23 #2
—¡Qué sabrás tú!
—Mucho. —Me dedica un nuevo guiño—. Ahora tengo novia y sé lo que se siente al estar enamorado.
—Abro la boca con una sorpresa absoluta—.
¿Sabes? No es tan malo como lo pintabas.
Rachel tiene un carácter de mil demonios, pero, a pesar de discutir bastante, no puedo imaginarme sin ella.
Y me siento feliz a su lado, no enfadado, ni inseguro ni nada parecido.
—Todavía agrando más la boca y los ojos, ¿quién narices ha usurpado el cuerpo de mi hermano?
—. Incluso mamá ha vuelto a enamorarse, ha perdido el miedo y ha superado a papá.
—Me gusta Rachel, pero no tenía ni idea de que estuvieras saliendo con ella.
—Es lo único que puedo pronunciar porque mi cabeza necesita un rato para procesar el resto, cómo mi hermano es capaz de presentar sus sentimientos sin ningún tipo de pudor, como si no fuera más joven que yo de verdad y creyese a pies juntillas en el amor.
—Sus padres se trasladaron aquí a principios de curso. —Sonríe—. Cuando la conocí, me cayó fatal. Es demasiado directa. Ni te imaginas cómo me molestó que la sentaran a mi lado en clase. Pero cuando empecé a tratarla… —Suspira—. Es perfecta.
Me lo quedo mirando un rato mientras me cuenta su historia, una llena de momentos tiernos y de otros muy tensos. En su voz prevalece el amor, la camaradería, la corriente de confianza creada entre Rachel y él, cómo su afición común por los videojuegos y los cómics los unió más allá de la razón.
Al escucharlo mi rabia contra Ashley se amplifica, porque percibo cómo es una relación de verdad, sin secretos, mentiras o zonas oscuras.
Es como si, al escucharlo, entendiera lo fácil que puede ser el amor y lo lejos que está el mío de eso, la manera exacta en la que el amor te puede hacer feliz, y no es para nada lo que tengo con Ashley.
Con los puños muy apretados, fuerzo una sonrisa para animar a Ernesto a terminar con su entusiasta exposición de cómo logró conquistar a una novia tan perfecta.
Rachel tiene un carácter explosivo, pero tiene un corazón muy grande y quiere a Ernesto por encima de todo.
Y, joder, lo más alucinante es que no le cuesta nada demostrarlo, nunca han de verse a escondidas, no la persigue el FBI ni deja colgado a su chico cuando tenían planeadas unas vacaciones juntos.
—Voy a confesarte algo —musita al terminar su larguísima explicación—. Si te lo digo, has de prometerme no enfadarte.
Contrae los músculos de la cara con ansiedad, como si estuviera a punto de darme una estocada.
Asiento con un suspiro, listo para encajar lo que sea, porque en realidad estoy tan cabreado con Ashley, tan a punto de estallar contra ella, que cualquier mala decisión de Ernesto no puede competir con mi dolor.
—Verás… —titubea un poco—. Bueno, mira… —Un suspiro—. Lo de los ordenadores…
—¡Suéltalo ya! No soy un ogro.
—Pero no te enfades, ¿vale? —Me mira un poco avergonzado—.
Okey, ahí va. Mira, te he dicho que quería usar esos ordenadores…
Los fui a explorar con Rachel. —Me sostiene la mirada aguantando la respiración.
Noto cómo busca fuerza para soltar las siguientes palabras—.
Y los llevamos usando desde entonces. Vamos tres tardes a la semana a la casa del bosque y nos pasamos casi todos los fines de semana en ese altillo.
—¡Joder! —Niego con la cabeza—. ¿Habéis tenido cuidado de no dejar ningún rastro? A Ashley la busca el FBI y si tienen algún indicio de la existencia de esa casa dejará de ser un lugar seguro .
—Hemos tenido cuidado, tranquilo —me asegura—.
¡Rachel es buenísima! ¿Te he dicho que su padre es un hacha con la tecnología?
Trabaja para una compañía asiática muy importante desarrollando software.
Teletrabaja, así que cuando la madre de Rach murió decidió instalarse en un pueblo tranquilo que no le recordara a su mujer.
Y eligió Elberta. —Su sonrisa se ensancha—. Él le ha enseñado un montón.
El gran corazón de mi hermano brilla como de costumbre. Es un chico muy sensible, quizá por eso ha usado ese tono dolido al hablar de la muerte de la madre de su chica. Siempre me ha gustado eso de él, su forma de querer.
—Hablaré con Ash de lo de tu afición por los ordenadores de la casa del bosque —explico—. Si el FBI nos tiene vigilados, podría ser un problema.
—Tomamos muchas precauciones, de verdad. —Su sonrisa se llena de picardía—. Además, aunque con Rach no hemos llegado al touchdown , nos gusta recorrer algunas bases, y esa casa nos ofrece intimidad.
—Espero que seas feliz, Ernesto —comento a media voz, con una sensación desagradable en el pecho—. Pero ve con cuidado. El amor a veces no es suficiente, lo vivimos con mamá.
—Mamá está bien. —Sonríe—. Espero que Miles se venga pronto a vivir aquí. Es un buen tipo, la trata como merece.
—No corras tanto… —La idea de compartir la casa con otro hombre me despierta otro arrebato de ira—. Papá también parecía una buena opción…
—Compararlos es imposible. Tía Emily dice que papá ya era agresivo cuando eran novios, pero mamá no quiso verlo.
Y el abuelo muchas veces habla conmigo de las diferencias entre Miles y papá.
—Me coge la mano con cariño—. Has de creer en el amor, Dorian.
A veces sale mal, pero la mayoría te hace feliz.
—Lo mío con Ash no se parece en nada a lo tuyo con Rachel —confieso—. Ojalá pudiera decir lo contrario. Y en cuanto al sexo… No corras, tómate tu tiempo y dale el suyo a tu chica. Cuando sea el momento, lo sabrás. Todavía eres demasiado joven para llegar al touchdown .
—La quiero un montón —admite—. Y no tengo prisa porque sé que ella seguirá a mi lado para toda la vida.
Me quedo unos instantes mirando a mi hermano, dándome cuenta de cómo ha crecido.
Es muy maduro para su edad, tiene las ideas muy claras, pero también es un soñador, alguien sin malicia, incapaz de ver las dolorosas consecuencias de amar a quien no debes, de cómo una relación puede destrozarte o de que es demasiado joven para pensar a tan largo plazo.
Cuando subo a mi habitación a darme una ducha en el baño que usó Ashley mientras vivió aquí, pienso en ella, en lo nuestro, en cómo me ha dejado plantado después de mi compromiso absoluto.
Y la rabia vuelve a crecer hasta convertirse en una herida sangrante.
Porque debería poder localizarla, hablar con ella, saber qué le ha pasado y dónde está. Y la odio demasiado por hacerme esto.
Una vez vestido, compruebo de nuevo que su teléfono secreto sigue desconectado, y la frustración se convierte en un puño que estruja mi corazón. Maldigo en voz alta varias veces, la insulto y le grito en mi cabeza.
Mi otro móvil, el de toda la vida, pita para hacerme llegar un mensaje. Lo compruebo con una aceleración de mi respiración, esperando noticias de mi chica, pero es de un teléfono desconocido.
«¡Hola! Soy Bella y… te echo muchísimo de menos. ¿Podemos seguir siendo amigos? ¿Tomar algo de vez en cuando a nuestro regreso a Austin? Desde que has vuelto con tu novia no te dejas ver demasiado y quizá me pasé contigo la última vez que nos vimos…».
Le contesto afirmativamente y nos pasamos un rato chateando.
Hablar con ella consigue quitarme un poco la mala leche y hacerme sentir bien, como si me ayudara a olvidar a Ashley por unos momentos, su traición, su decisión de apartarme de su vida.
Quizá sea lo único que consiga sacarme a Ashley de la cabeza.