23
DORIAN
Han pasado cuatro días desde que recibí su último mensaje, uno donde anulaba nuestra cita, las vacaciones compartidas, los días que íbamos a pasar horas juntos en la casa del bosque.
Y no me dio demasiadas explicaciones. Mencionó el FBI, una filtración y que yo estaba bajo seguimiento, pero todo me sonó surrealista, como si me estuviera dando excusas para desaparecer.
Me desperezo en la cama con rabia. No he dormido una mierda. Otra maldita vez. Esta casa me recuerda a ella, a nuestros meses perfectos, a cómo éramos entonces. Y estoy harto de esperar a que ella se decida a dar la cara.
Agarro el móvil de la mesilla de noche y vuelvo a abrir el chat con Ashley. Nada. Es unidireccional desde hace demasiados días. Y me desquicia.
La muy capulla me ha vuelto a dejar en la estacada. Yo lo he dado todo por ella y mírala, joder, desapareciendo como si nada. ¿Acaso se arrepiente de estar conmigo? Esa última pregunta me atormenta desde entonces, porque necesito entenderla, saber si me quiere o ha sido todo una mentira.
Me levanto arrastrando mi falta de sueño hasta la ducha. Llevo demasiadas noches en vela, con una mezcla de preocupación y rabia que me marea. Y lo peor es la incertidumbre: no saber, no poder hablar con ella, estar aquí a la espera de algo, aunque no tengo ni idea de qué.
Paso más rato del normal bajo el chorro de agua, ansioso. Y después me visto con un chándal y me voy al gimnasio. Un poco de ejercicio me ayudará a mantenerme ocupado. A no darle tantas vueltas.
Durante una hora me machaco a base de bien. Con unos auriculares en los oídos y la firme decisión de traspasar la máxima cantidad de límites físicos posible. Prefiero que duela para así dejar de pensar en ella, en su ausencia. En si está en peligro.
La casa está en silencio cuando vuelvo a la ducha. Apoyo las manos en la pared, con los nudillos en blanco. Dejo que el chorro impacte contra mis hombros tensos y me permito un instante de rotura.
—¿Dónde cojones estás, Ash? —murmuro con los dientes apretados.
Imagino demasiados escenarios, a cuál más jodido. Y se me hiela la sangre.
Cuando salgo y me visto con unos vaqueros y una camiseta, me detengo frente al armario, con la vista fija en la repisa donde todavía quedan algunas prendas de cuando ella estaba aquí. Camisetas, un par de pantalones… En un arranque de furia las barro de un manotazo.
—¡Háblame, joder!
Acabo sentado en el suelo, abrazando una de sus prendas y llevándomela a la nariz para intentar reconocerla en ella.
¡Qué puto patético estoy hecho! ¿De verdad he caído tan bajo?
Bajo a desayunar unos minutos después. Ya en las escaleras huelo a café recién hecho, a huevos revueltos, beicon y tostadas.
—Buenos días. —Mi madre está lista para iniciar su jornada en el colegio. Como cada verano, se ha apuntado a hacer de profesora en los cursos de refuerzo—. ¿Tienes muchos planes para hoy?
Se lleva una taza de café a los labios mientras acaba de llevar los platos a la barra.
—Trabajaré un rato en el taller de Rod y después me iré por ahí.
Ni muerto le hablo de mis verdaderos planes: pasarme el día en la casa del bosque. Hablar con Juls y Ralph para saber si ellos tienen alguna pista. Volverme loco, joder.
—No te olvides de venir a la hora de comer. —Se sienta a mi lado y se sirve—. Es el primer año que Ernesto no se apunta al curso de verano. Y hoy tu tía Emily no puede pasarse por aquí. Va a llevar a los niños a ver a sus abuelos.
—Cuenta conmigo.
Mi hermano ha cambiado mucho desde mi última visita.
Apenas queda un pequeño rastro de ese chico introvertido y poco cuidado físicamente al que dejé atrás hace un año para irme a la universidad.
Se ha bajado una app de preparación física para pasarse horas en el gimnasio de casa, ha conocido a una chica y se ha hecho un reducido grupito de amigos con intereses muy parecidos a los suyos.
A veces me gustaría tener su carácter, no sentir la rabia que me consume, llevándome a odiar, a desear romper algo, a la más absoluta devastación.
Pero, por mucho que intente buscar actividades para deshacerme de la ira, la traición de Ashley me pesa en el corazón y me empuja a sentir de nuevo los deseos de venganza.
—Hoy Miles viene a cenar —me cuenta mi madre. Su sonrisa se ensancha—. Podríamos ver una película después, ¿qué te parece?
Asiento, sin muchas ganas de hablar del tema. Su relación va bien, y me alegro por ella. Superar al cabrón de mi padre le sienta de puta madre.
Desayunamos envueltos en una conversación agradable. La echaba de menos. La casa, a mi madre, Elberta…
Cuando se despide con un beso en la mejilla, al que contesto con un gruñido, Ernesto aparece con cara de sueño.
Lo miro. Lleva el pelo más corto, con un estilo más interesante, la ropa está elegida siguiendo los cánones de la moda actual, su cuerpo ya no muestra sobrepeso y empieza a moldearse con las horas de ejercicio; además, los rasgos de su rostro han madurado hasta componer un mosaico muy atractivo.
—¿Todavía estás de mal humor? —pregunta caminando hacia la barra, donde todavía estoy sentado—. Deberías relajarte, Dorian. ¡Estás de vacaciones !
Le dedico una mirada atónita. ¿Quién narices es este Ernesto? He notado su cambio, pero no hasta el punto de teñir de sarcasmo sus palabras ni de leerme como lo hace.
—Lo sé —contesto, condescendiente—. Estoy bien.
—No lo parece, la verdad. —Le da un buen sablazo al té dulce de mamá y sonríe—. Es por Ash, ¿verdad?
Mi corazón empieza a palpitar a toda potencia, lo siento ahogándome en la tráquea.
—¿Ash? —pregunto haciéndome el tonto, como si pudiera de verdad engañarlo con mi extrañeza—. No sé nada de ella desde que se fue.
—Ya… —Una sonrisa pícara precede su guiño de ojo—. He visto los mensajes de tu móvil secreto. Y, aunque no la tengas etiquetada con su nombre, sé que es a ella a quien se los mandas. La conozco lo suficiente para calarla. Además, lleváis años enamorados.
Le dedico una mirada profunda para examinarlo. No solo ha cambiado en el físico, también lo ha hecho en su carácter, ganando confianza en sí mismo.
—Llevo aquí varias semanas y no me había dado cuenta de que te has convertido en un adolescente muy listo. —Sonrío—. Pero ahora mismo me vas a contar cómo sabes tú lo de mi otro teléfono.
—Sabía que te pasaba algo. Llegaste muy feliz, estabas diferente, mejor, como si por una vez pudieras dejar atrás lo que pasó con papá, y de repente volviste a ser el Dorian de siempre.
El amargado y enfadado con el mundo. —Tuerce los labios, como si esa versión de mí lo molestara—.
Debía investigar qué te pasa para ayudarte.
—Y te colaste en mi habitación para averiguarlo —deduzco.
—Encontré el otro móvil, leí los mensajes y vi que el último de ella encajaba con tu escalada de mal genio, así que até cabos. —Sonríe—. Bueno, también influyeron tus mil mensajes enfadados…
Me sirvo una tostada mientras interiorizo la perspicacia de mi hermano y lo que significa su incursión en mi vida con Ashley.
—No puedes decírselo a nadie —comento sin dejar de darle vueltas a hasta dónde puedo contarle sin exponerla—. Lo de Ash es complicado y hay demasiado en juego.
—Lo sé. —Asiente con un brillo intenso en los ojos—. Su último mensaje era esclarecedor. La busca el FBI y se está escondiendo, por eso no ha venido. ¿Me vas a contar la historia completa? ¿Por qué la investigan?
Espiro con fuerza, sin saber muy bien cómo seguir la conversación ni qué revelarle, hay demasiado en juego. Sin embargo, Ernesto es curioso, no parará hasta descubrirlo y podría ser la peor de las opciones.
—Ciberdelincuencia —suelto, decidiendo de golpe contárselo.
Imprimo toda mi rabia en la palabra, como si fuera la única culpable de nuestra situación, de su ausencia, de la mierda de seguir separado de ella—.
Nunca me ha explicado por qué delito la buscan exactamente, pero sé de lo que es capaz con los ordenadores, y es para flipar.
—¿Es hacker ? —Se le ilumina tanto la mirada que me hace temer lo peor—. ¡Los ordenadores de la casa del bosque son suyos! —Aplaude ante mi atónita mirada—. Ahora todo cobra sentido.
—¿Cómo sabes lo de la casa del bosque? —En este momento el corazón se me ha atragantado en la garganta.
La expresión orgullosa de mi hermano desvela una nueva diferencia con el Ernesto del pasado y me demuestra que nunca le he prestado la debida atención a su curiosidad innata.
—Te seguí en Navidad —confiesa. ¿Cuándo se ha convertido en un intrépido?
—. Desaparecías muchas horas, no decías a dónde ibas ni interactuabas casi con nosotros.
Y entonces encontré esa casa y te vi con Ashley.
—Sonríe con una emoción inmensa—. Cuando volviste a la universidad me colé en la casa.
—Me guiña un ojo y baja un poco la voz—.
Descubrí dónde guardas la llave y la usé.
Cuando me topé con el altillo, aluciné, no entendía qué hacías tú con esa maravilla de equipo informático, ni qué era esa vivienda ni por qué Ash estaba ahí en Navidad ni nada, pero acabas de despejar todas mis dudas.
Necesito un par de respiraciones profundas para serenarme lo suficiente y mirar a mi hermano sin desear abofetearlo. Él se lleva una tostada a la boca para darle un mordisco, con picardía en los ojos y sin darse cuenta de cómo ha invadido mi intimidad con sus actividades.
—No deberías haberme espiado —suelto cabreado—. Era algo privado.
—Ash limpió a conciencia los ordenadores de la casa —explica haciendo caso omiso a mis palabras—. Intenté encontrar algo, pero están en blanco. Y…, quiero seguir usándolos, son hiperpotentes, perfectos para aprender a hackear como toca.
—¡Ni se te ocurra! —Niego con la cabeza—. Ya hay suficiente con una hacker en esta familia. ¡Solo faltaría llamar más la atención del FBI!
Su sonrisa se ensancha, le llega a los ojos y los llena de ilusión.
—«En esta familia» —repite—. Me encanta escuchar cómo la incluyes, Dorian. Te ha cambiado, pero ahora vuelves a tener esa cara de cabreo. Y quizá deberías rebajarla un poquito.