Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 22 #2
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Mientras corro al baño para darme una ducha rápida, recuerdo cómo Carl consiguió entrar a trabajar en la empresa hace años, cuando el cuento de la lagrimita convenció a mi padre de sus buenas intenciones, a pesar de mi oposición clara. Yo conocía su verdadera cara, o como mínimo la intuía.

Durante nuestros años compartidos en un colegio muy caro de Dallas, Carl había intentado camelarme muy a menudo con su sonrisa, sus palabras empalagosas y sus emboscadas sutiles, que pretendían parecer agradables.

Había captado a menudo una parte oculta en su comportamiento, la malicia latente en su interior, su rabia contra mí.

Era algo visceral que no podía demostrar.

Porque Carl era mayor que yo, su padre había destrozado a mi familia, su madre sufría de una enfermedad degenerativa desde hacía años, y el «pobre chico» debía encargarse de todo.

O como mínimo así lo describía mi padre.

Aunque cedió a mis peticiones de no dejarlo entrar en nuestro círculo más íntimo ni ponerlo al corriente de mi verdadera personalidad, escondida bajo las capas de la Madison Gardner pija y consentida que aparecía en público.

Mi padre era tan bueno…

Cuando Carl cumplió los dieciocho años y su madre murió, le ofreció un puesto permanente en Reynolds Oil y lo ayudó a conseguir la custodia de Candy.

Lo creyó una buena persona hasta la aparición de Albert en mi escuela, hasta que mi tío me exigió que con dieciséis años me casara con él, hasta que un día después de negarme mi primo intentó forzarme tras acorralarme en el baño de mi escuela…

Suerte de la aparición de una profesora en el momento justo y de mi dominio de la defensa personal, porque ese día pude ver su verdadera cara y me libré de sus garras para abrirle los ojos a mi padre de una vez.

Si su coche no llega a estallar dos días después y precipitar mi huida, Carl ya no estaría en Reynolds Oil, pero la vida muchas veces no es justa.

En mis años de exilio valoré con lógica si debía despedirlo y no permitirle seguir conectado a mis negocios, pero decidí mantenerme muy cerca de mi enemigo y no mostrarle mi verdadera cara.

Era mejor que me creyera tonta y así poder controlarlo de cerca.

Aunque sus insinuaciones lascivas están siempre ahí y cuando me quedo a solas con él me pongo en guardia, preparada para repeler su ataque si se atreve a intentarlo de nuevo.

Una vez duchada, voy a mi habitación, donde me visto con uno de mis conjuntos más caros y sofisticados, haciendo malabares mentales para controlar mi ira .

Paso por el baño para peinarme y maquillarme un poco, y me voy corriendo a la cocina, donde empiezo el ritual que tantas veces hemos grabado para Carl.

Coloco varias piezas de fruta y verdura en el robot, junto a algunos hielos, lo programo y espero a que el zumo esté listo hojeando el libro en papel que me he traído.

Los minutos avanzan con lentitud. Escucho mi corazón palpitar a toda potencia y me siento observada en la distancia, pero no lo dejo traslucir para evitar darle pistas a Carl de la verdadera lealtad de Juliette y Ralph.

Nos ha costado mucho que confíe en ellos, llevamos meses jugando a demostrarle que están de su parte, no podemos fallar ahora.

Cuando me sirvo el zumo y lo dejo sobre la encimera, suena el teléfono. Es Juliette y no Ralph, deben haber intercambiado los papeles.

—Perdona que te moleste —dice mi amiga—. Pero necesito que vengas un momento a mi ala para ayudarme. Me he hecho un corte en la mano, no para de salir sangre y Ralph ha salido a correr.

—Voy enseguida. —Cuelgo el teléfono y camino con rapidez hasta su pequeño apartamento, como si estuviera de verdad preocupada. La Madison pública es fría, pero no insensible.

Mis ojos se agrandan cuando llego y veo que se ha abierto la mano de verdad. Le sale mucha sangre y su cara muestra dolor. No necesito demasiadas instrucciones para coger el botiquín de emergencias de su baño, desinfectarle la herida y ponerle un par de puntos adhesivos.

Nuestras miradas son lo suficientemente explicativas de la situación.

Ralph y mi primo están poniendo droga en mi zumo y a ella le han pedido que se cortara de verdad…

¿O quizá ha sido mi primo quien ha tenido el honor de herirla?

La mirada de mi amiga corrobora este último pensamiento y me arde la sangre al pensar en Carl.

Unos minutos después la dejo sin pronunciar ninguna de las palabras que queman en mi garganta. Ha llegado la hora de actuar para el capullo de mi primo, de hacerle creer que me ha drogado sin mi conocimiento y fingir que caigo rendida sobre el sofá.

No me cuesta demasiado concebir cómo lo haré, enseguida se me ocurre una idea fácil para engañarlos.

Llego a mi cocina, agarro el vaso y me voy al baño para limpiarme las manos.

Dejo la puerta entreabierta para mostrarles una pequeña sombra de mí, tiro el contenido del vaso a la pila sin que puedan verlo y finjo beber.

Durante los diez minutos siguientes hago una actuación estelar.

He visto suficientes películas para aparentar que poco a poco la droga actúa y acabo durmiéndome en el sofá.

Me quedo muy quieta, acompaso mi respiración a una que simule mi estado de inconsciencia, a pesar del fuerte latido de mi corazón, e intento mantener los párpados bien cerrados y controlar la respiración cuando escucho sus pasos acercándose.

—Voy a quedarme con todo —susurra Carl en mi oído.

Siento su cuerpo cerca del mío, rozándome, y su mano recorrer mis labios, bajar por mi cuello y acariciar mis pechos.

Necesito una fuerte dosis de autocontrol para no mostrar mi asco y quitarle la mano de mi cuerpo de forma brusca.

Me palpita el corazón en la garganta y me cuesta mucho mantener la respiración a raya, sobre todo cuando sigue descendiendo hasta rozar mi sexo sobre la ropa—.

Contigo también, no lo dudes. Y ni te imaginas cómo voy a disfrutar follándote hasta que me supliques perdón por haberme rechazado en el pasado.

Mueve la cabeza hasta mis labios y deposita un beso en ellos antes de retirar la mano y alejarse. Aguanto impertérrita, y sigo simulando dormir. Lucho contra un regusto amargo de asco e inquietud.

Juliette entra en el salón y Carl le dedica una alabanza. Se aleja de mí, deambula por el salón mientras explica su deseo absoluto de arrebatármelo todo y les promete de nuevo a mi amiga y a Ralph que si lo ayudan tendrán una recompensa a la altura.

Unos minutos después abandona mi casa convencido de la lealtad de mis amigos. Y puedo por fin levantarme del sofá y deshacerme de la rabia, de la repulsión, del odio manifiesto que me hace sentir.

—¡Lo tenemos! —Juls aplaude dando un saltito lleno de emoción cuando al fin el guarda nos corrobora que ha salido de la casa.

El corazón me da un vuelco—. Lo de hoy solo era para acabar de convencerse de que somos de fiar.

¡Y hemos pasado la prueba con creces! —Está tan contenta que no para de moverse—.

¿Lo has oído, Maddie? ¿Has escuchado la parte en la que nos ha citado a Ralph y a mí en su casa a las doce en punto?

—Asiento, y ella sonríe con entusiasmo—.

¡Al fin quiere exponernos su plan para que consigamos nuestro millón de dólares!

Y le importa una mierda que te quedes drogada durante unas horas en tu casita.

La esperanza me embarga. ¿Y si esta vez por fin vamos un paso por delante de él? ¿Y si podemos conquistar la victoria y respirar tranquilos?

Es como si el cielo se abriera para mí, como si después de tantísimos años peleando para respirar sin sentir el peso de Albert, pudiera vislumbrarlo posible.

Y ya no me importa la forma en la que me ha tratado ni los sacrificios que he hecho para llegar hasta aquí, porque por una vez me permito soñar en mi libertad.

Abrazo a Juliette, la estrujo contra mi cuerpo y comparto su ilusión, su seguridad. No puedo evitar saltar y gritar mi felicidad, porque llevamos mucho tiempo esperando un momento como este, un paso trascendental por parte de mi primo, conseguir doblegarlo y ganar.

—¿Qué habrán planeado esta vez? —pregunto ansiosa por conocer la respuesta—.

Lo de Otto no les salió bien. Han contratado a un hacker para rastrear la red y buscar quién me ayudó, porque no son capaces de imaginarme detrás de los ordenadores; incluso han usado el dispositivo que aísla vuestra zona del resto de la casa para indagar algo, lo que sea, pero no han conseguido nada.

Mientras mi tío sigue en paradero desconocido, Carl continúa con su guerra para quedarse con mi herencia.

¿Y si Carl se salta la prudencia por culpa de su ansia? ¿Y si no es tan paciente como su padre?

—Vamos a escuchar su propuesta —sugiere Juliette—. Y, una vez la sepamos, buscaremos las grietas, conseguiremos neutralizarlo, lo usaremos para conseguir que tanto tu tío como él acaben entre rejas.

—Ojalá eso fuera fácil… —Me permito por un segundo imaginarlo, darle una consistencia real a esa posibilidad, verme libre de mi familia para vivir con Dorian el resto de mi existencia. Sin miedo. Sin angustia. Sin tanto dolor.

No hablamos más sobre el asunto. Ni siquiera nombramos la actuación de Carl en el salón mientras me imaginaba drogada.

Apenas nos queda tiempo para prepararnos, y tampoco tenemos datos para discernir cuál es el plan maestro de mi primo.

Carl es imprevisible, nunca enseña sus cartas y su padre le manda instrucciones desde algún lugar.

Dios sabe las veces que he intentado descubrir cómo se comunican, cuál es el punto débil en su relación, pero no lo he hallado todavía.