22
MADISON
El calor de este último día de mayo es insoportable, hace años que no lo sentía tan pegajoso ni incómodo.
Llevo un mono de trabajo sobre el vestido de tirantes bastante ligero y muy viejo, y nada consigue librarme de las gotas de sudor que resbalan por mi piel al trabajar en mi coche, escondida en el taller de mi mansión.
El móvil secreto emite un sonido que solo puede anunciar la llegada de uno de sus mensajes.
Hace apenas diez días que se fue a Elberta, al hogar donde pasé dos maravillosos años antes de convertirme en una mujer poderosa, con un negocio millonario que llevar y un sinfín de responsabilidades sobre los hombros.
«En tres días te voy a tener entre mis brazos. Prepárate para no salir demasiado de la cama».
He urdido un plan para salir de Dallas sin levantar las sospechas de mis primos.
Madison tiene previsto viajar a una isla perdida en Tailandia, donde pasará tres semanas encerrada en una villa sin visitas, ni escuchas ni cámaras ni Internet.
Mi tío no averiguará nunca que mi intención es coger otro avión tan pronto como llegue para volar a Alabama bajo una identidad falsa, con mi querida careta de silicona y unas ganas enormes de compartir las vacaciones con el hombre de mi vida; ni posee la capacidad de seguirme .
Incluso he contratado a una chica a través de una empresa local para que viva en la villa y se haga pasar por mí durante esos veinte días. Mi intención es seguir a mi corazón y no dejar que lo mío con Dorian se destruya.
He sido una insensata al esconderle mi verdad. Me doy cuenta de cómo le duele mi secretismo, de mi culpa a la hora de colocar trabas a nuestra estabilidad. Mi falta de confianza puede romper lo nuestro sin remedio.
Me limpio las manos llenas de grasa en un trapo y paso el dedo sobre su foto del chat. Suspiro.
Ojalá fuera posible dar marcha atrás, actuar diferente, encontrar el punto exacto en el que me perdí y atenté contra nuestra felicidad. Porque al hundirme en un pozo tan profundo de mentiras, fui yo quien trajo la toxicidad a nuestra relación. Y me arrepiento cada día.
Ha habido tantos momentos propicios para sincerarme… He estado a punto en muchas ocasiones, pero el miedo me ha paralizado siempre, acosada por los recuerdos y una sensación de pérdida antes de consolidarse. Sin embargo, cuanto más lo retraso, más me expongo a su venganza.
Debo confesar. Es la única manera de salvarnos. Y todavía no tengo la seguridad de que reaccionará bien.
Conozco a Dorian, a pesar de su cambio en los últimos meses, de nuestra felicidad, de cómo ha sido capaz de controlar su temperamento por amor, basta un desliz para resucitar su lado rencoroso, desalmado y tóxico.
Si eso sucede, temblaría mi corazón y los cimientos de mi coartada, pero también pondría en jaque a personas demasiado importantes para ambos.
Coloco mis dedos en el recuadro para responder y cierro los ojos un segundo. Lo imagino en Elberta, en el taller de Rod, en nuestra casa del bosque, en mi habitación, con su familia…
«Me he comprado lencería sexy, aunque quizá la ropa interior esté sobrevalorada, ¿no crees?». Tecleo. Con una taquicardia desbocada y unas ganas locas de verlo.
No tarda en contestar, con un toque picante. Nos pasamos cinco minutos intercambiando frases ingeniosas que intentan mitigar la separación. Sonrío más de lo recomendable. La esperanza de poder con todo cobra vida en mi corazón.
—¡Maddie! —Juls aparece jadeando, como si hubiera bajado al circuito corriendo. Su voz suena estridente, asustada—. ¡Tienes que subir a la casa! ¡Ahora! ¡Ya mismo!
La observo sin entender, y su expresión asustada me prepara para el golpe.
—¿Qué pasa? —pregunto guardándome el móvil secreto en el bolsillo.
—¡Lo peor del puto mundo! ¡Eso es lo que pasa!
—Sigue hablando en chillidos agudos—. Nos acaba de llamar Carl para anunciar que viene hacia aquí.
Quiere entrar en la casa y ponernos a prueba de nuevo, va a ser testigo de cómo te metemos un sedante en la bebida porque quiere comprobar que somos capaces de hacerlo en directo, casi sin planificación.
—Resopla, se pasa la mano por la cara y me agarra del brazo para obligarme a moverme—.
En diez minutos estará en la verja de entrada y Ralph conseguirá hacerlo entrar sin que el vigilante lo anote.
—Vale. —Asiento con la cabeza, actuando con la mayor calma que soy capaz de reunir—.
Lleva meses mareando la perdiz. Habéis grabado un montón de «la vida de Madison en la mansión», me habéis fastidiado algunos negocios, dejado en ridículo un par de veces frente a los accionistas, traicionado mi confianza, e incluso os ha pedido que me intoxiquéis y me pongáis laxante en la comida para demostrarle «vuestra lealtad» —entrecomillo la frasecita y no me resisto mientras me lleva hacia la puerta del garaje—, ahora quiere un espectáculo en directo. Pues vamos a dárselo.
No contesta al instante, se limita a darse la vuelta para subirse al carrito de golf que suele usar para moverse por la mansión.
Yo prefiero andar para no perder la forma física, pero ahora tenemos poco tiempo y la mejor solución es ocupar el puesto de copiloto para llegar cuanto antes a mi zona, tras deshacerme del mono de trabajo.
Desde el fiasco de Otto, las peticiones de Carl a mis amigos han cambiado.
Ya no solo ha intentado descubrir mi vida gracias a las grabaciones, sino que ha ido más allá, solicitándoles mil pruebas para estar seguro de que están dispuestos a todo para ganar ese millón de dólares y una posición fija en la empresa.
Y le hemos concedido sus caprichos, sin dejar de intentar conocer sus planes, a pesar de las consecuencias para mí y para mi negocio, porque lo más importante es neutralizar al enemigo, cueste lo que cueste.
—Esta última semana nos ha interrogado más de lo normal.
—Juls constata un hecho que conozco a la perfección—.
Sospecha de tu viaje. No vas a poder hacerlo, Maddie, sabes tan bien como yo que tu visita a Elberta es demasiado peligrosa.
—Me mira un segundo y vuelve de nuevo su atención al frente—.
Deberías quedarte de verdad en la isla de Tailandia, o aquí, pero no puedes poner a tanta gente en peligro solo para estar con él.
No ahora que Carl confía en nosotros, que quiere venir, que estamos cerca de ser sus aliados en su siguiente plan.
—Dorian no me lo perdonaría —susurro—. Lo sabes tan bien como yo. No soportaría que no apareciera. Y no puedo perderlo.
—Intenta que sea él quien venga a verte o busca otra manera de despistar a tu familia.
Si sigues con tu plan inicial, tanto Dorian como su familia estarán condenados, y también los Brown, y Reese.
—El nombre de su hermano lo pronuncia con dolor.
No han vuelto a verse desde que llegó a Dallas y sé que es una herida abierta en su corazón—.
Incluso nosotros podemos sufrir las consecuencias.
Ralph jamás se sobrepondría a la pérdida de su familia y Dorian no te perdonaría en la vida.
—Suelta un suspiro angustiado—. Y, aunque mi relación con Reese se ha roto, también podría perderlo, y es mi hermano, Maddie.
A pesar de las palizas, de cómo me trató y de que desde su marcha a California no he vuelto a verlo ni a saber de él, no quiero ser la culpable de su desgracia. Tampoco quiero ser yo quien muera.
—Tu hermano es el que más se lo merece… —El viejo resquemor me calienta la sangre.
Reese la golpeó durante años, la denigró y la acusó de ser la culpable de su cambio de vida en vez de arremeter contra el destino por llevarse a sus padres en un accidente de coche.
Jamás se lo perdonaré, a pesar de haberle pedido perdón a Juliette y de que al final hizo lo correcto, no se ha vuelto a poner en contacto con ella, y eso dice mucho de su persona.
Pero mi amiga lo defiende a capa y espada, y no quiero herirla.
—Invita a Dorian a Filipinas, tráelo con alguna excusa, planea la manera de sacarlo de Estados Unidos y de llevarlo a la isla sin levantar sospechas, pasa esos días con él en secreto y cuéntaselo todo de una vez, Maddie.
—Detiene el cochecito de golf frente a la entrada de mi ala y me lanza una mirada profunda—.
Es la única manera de salir indemne de esta situación.
Lo sabes tan bien como yo. Y a él no lo tienen tan vigilado como a ti, será más fácil así.
—Vale —acepto—. Lo haré. Ya había decidido explicarle la verdad, así que esta tarde lo llamaré cuando lo haya preparado todo y lo invitaré a la isla tras idear la manera de burlar a mi tío y mis primos. Tienes razón, Juls, debo ser fuerte y confiar en él. Ha demostrado que me quiere de verdad.
Mi amiga me abraza con fuerza antes de bajar del cochecito de golf y caminar hacia la puerta de casa.
—Le hemos dado una visión bastante frívola de ti a Carl.
—Cambia de tema con ansiedad, regresando a nuestro presente, acuciada por el paso de los minutos—.
Él piensa que los sábados por la mañana sueles tomarte un zumo détox después de una larga sesión en el gym, justo antes de tumbarte a leer en la piscina, así que allí irá la droga; tendré que arreglármelas para colocarla mientras Ralph te distrae con una llamada o algo así.
—Resopla con inquietud—. Espero una de tus mejores actuaciones a la hora de fingir que te tomas el somnífero.
—Lo bordaré.
Asiente y se va para su zona sin mirar atrás, claramente atacada.
Entiendo por qué está tan nerviosa, todas las acciones de mi primo para ponerlos a prueba han sido desagradables.
Muestran su forma de ser, su maldad, sus intenciones.
Ojalá no estuviera en esta tesitura y mi vida fuera más sencilla.
Ojalá mi tío y mis primos no tuvieran tanta paciencia, porque entonces cometerían algún error más importante que cuando me mandaron a Otto Sven y podría neutralizarlos para siempre.