21 #2
Suelta un suspiro nervioso, como si lo que oculta fuera una bola de nieve capaz de desencadenar un alud de inmensas dimensiones. Siento una descarga en el estómago.
—No voy a alejarme nunca más de ti —promete—. Encontraré una solución a lo mío, de verdad. Estoy en el camino, pronto conseguiré darle la vuelta a la situación y podremos salir a la luz.
La certeza de que hay algo con capacidad de separarnos me corta la respiración.
—Pero no me vas a incluir ni me vas a dar ninguna pista para ayudarte a solucionarlo, ¿verdad?
—La amargura se cuela en mi voz—. Prefieres llevarlo en secreto porque desconfías de mí.
—Duele tanto admitirlo…—. Necesito conocerte de verdad, saberlo todo de ti, estar a tu lado para apoyarte.
Por favor, Ash, permíteme formar parte de todos los rincones de tu vida. No soporto esta distancia.
—No puedo —susurra—. Todavía no estoy lista para contártelo, pero lo haré. Dame un poco más de tiempo…
—Siempre haces lo mismo.
Escucharla otra vez con la misma cantinela me llena del veneno de la ira y despierta mi temperamento aplacado durante los últimos meses. No soporto que me esconda su verdad, me hiere en lo más profundo de mi alma.
No me muevo al principio.
Ella acerca sus labios a los míos para besarlos con pasión.
Sus manos empiezan a desnudarme, sin atender mi petición ni dejarme continuar con mi intento de persuasión.
Y, como cada una de las veces anteriores, acabo cediendo ante su contacto y haciéndole el amor una y otra vez, sabiendo que no debería.
Entrar en ella es como una maldita adicción de la que no me puedo desenganchar. Aunque escucho el ruido sordo de mi dolor, de la rabia, de la necesidad de deshacerme de la sensación de temporalidad. Del rencor que me arrastra hacia el mundo de la desesperación.
Pasamos la mañana en la cama, entre besos, caricias y sexo, como si solo existieran nuestros cuerpos y nuestro placer. Y vuelvo a esconder mi frustración tras murallas de contención. Pero cada vez me cuesta más levantarlas.
Comemos en el porche, frente al lago, charlando de cosas sin importancia, obviando la tensión que crepita entre los dos.
Por la tarde ella mira una película mientras yo dedico unas horas al estudio, sin conseguir concentrarme demasiado.
Dormimos juntos, abrazados, desnudos tras una nueva sesión de sexo.
Y aparco mis preguntas, las empujo al final de mi lista de prioridades, las ignoro.
Aunque ellas se resisten a dejar de aguijonearme.
La mañana me sorprende con los rayos de sol impactando contra mi cuerpo solitario.
Palpo la cama para constatar que ella no está y gruño al sentir su lado vacío.
La necesito tanto que me duele no poder abrazarla.
Miro el reloj del móvil y me sorprendo al descubrir lo tarde que es. Ashley debe llevar horas en pie.
Me levanto tras una inspección rápida de la habitación.
Hay una nota en la puerta, como las que solemos dejarnos.
Una sonrisa curva mis labios al caminar hacia ella y cogerla.
Lejos queda esa vez en la que una de ellas me rompió el corazón en mil pedazos.
«Recuerda… jamás dejaré de amarte». Detrás hay un billete de avión a nombre de Rebeka Harris para pasar quince días en Elberta este verano, justo a la mitad de mi estancia.
No necesito más para correr a su encuentro.
La veo en el porche, con su taza de café, de pie, mirando el horizonte.
Su pelo está mojado, suelto sobre los hombros, desprendiendo ese aroma a su champú de cítricos, y algunas gotitas se pierden en su piel desnuda.
Lleva una camiseta de tirantes gruesos pegada a su cuerpo y unos shorts cortitos de tela, un poco anchos. Y va descalza, como a ella le gusta.
Me quedo unos segundos observándola con una sonrisa demasiado embobada para disimularla con facilidad.
Siempre le ha gustado ver el exterior desde los porches después de su sesión de deporte matutino, con una taza de café entre las manos, frente al lago, pensativa, serena.
Doy tres pasos hasta llegar a su altura.
La abrazo por la espalda con emoción, apoyando mi torso en ella y llenándome con su olor.
La voy a tener dos semanas enteras para mí, ese billete de avión es una declaración de intenciones.
—¿Cuándo lo has comprado? —pregunto dándole un beso en el cuello. Ella sabe a qué me refiero.
—Hace una hora. —Deja la taza de café sobre la mesilla que hay a su lado y después coloca las manos sobre mis brazos, ciñéndolos, y gira un poquito la cara para mirarme y acceder a mis labios—. Quiero estar contigo, Dorian, todas las horas del día, pero es peligroso.
Esa palabrita otra vez: «peligroso».
La frustración se apodera de mí, estoy cansado de compartirla con las sombras que la atenazan, de no poder salir con ella a cualquier sitio, de no actuar como una pareja normal y limitarnos a la clandestinidad.
Exhausto de vivir en la cuerda floja, de no saberla mía del todo, de no poder abrazar la certeza de que siempre estará conmigo…
—Cuéntamelo —suplico sin pronunciar a qué me refiero. No hace falta, ella conoce a la perfección el contexto de esa petición.
Se da la vuelta entre mis brazos, hasta quedarnos cara a cara, y entonces me rodea el cuello con los suyos, sonríe y me da un beso suave antes de soltarme y buscar algo en el bolsillo de su pantalón corto.
—Tengo otra sorpresa para ti. —Me alarga un móvil de última generación—. Está limpio, es irrastreable y solo tiene un número. —Sonríe con ilusión—. El mío. Ya es hora de tener un medio de comunicación, ¿no crees?
—Te quiero. —La emoción de poder seguir conectado a ella durante los dos meses de verano es intensa, me hace olvidar cualquier pensamiento anterior, porque Ashley ha dado dos enormes pasos hoy y no quiero enturbiar la quimera de caminar hacia una nueva realidad a su lado con discusiones perdidas de antemano—. Nunca he dejado de hacerlo.
—Eso deberías demostrármelo —musita acercando su boca a la mía. Huele a café, a frescor, a flores, a cítricos y un poco a mar—. Quizá nos hemos levantado demasiado pronto y nuestro colchón nos echa de menos.
—Eres insaciable.
La levanto en brazos, ella me rodea la cadera con las piernas y me besa, con una pasión desmedida, de esas que auguran una larga y tórrida mañana entre las sábanas, amándola, aparcando otra vez mis ansias de conocer cómo es su vida ahora, de valorar la realidad del peligro al que se enfrenta, de descubrir sus más recónditos secretos. Aunque sé que esto no puede seguir así.