Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 21
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DORIAN

En quince días tengo los exámenes finales y estoy atacado de los nervios por la cantidad de horas de estudio que debo poner de mi parte si quiero sacarme las asignaturas.

En esta universidad no perdonan, a pesar de ser deportista, y sin las notas adecuadas podría perder la beca.

Pero no pienso consentir que eso suceda, tengo mi futuro trazado de antemano, claro y conciso.

Nada me lo va a arrebatar. Aunque no soy capaz de renunciar a mis horas con Ashley y prefiero pasarme noches sin dormir dedicadas por entero al estudio antes que dejar de verla un solo día.

No me reconozco en este Dorian y, a la vez, soy muy feliz dejándome llevar por un amor que jamás creí sentir. Sin embargo, una sombra oscura planea sobre nosotros, densa, compacta, capaz de deshacerse en una intensa tormenta.

Me gustaría tanto desentrañar a Ashley. Llegar a ella, disipar la ansiedad…

Conduzco con la ventana abierta, la música a tope y el codo apoyado en el marco, con el aire revoloteando a mi alrededor.

Las gafas de sol me cubren los ojos para evitar el impacto del sol en ellos y mi sonrisa no es del todo amplia al pensar que en pocas semanas llegará el final de curso y volveré a casa sin ella .

Siento el paso del tiempo como un atentado contra mi serenidad, me muestra una realidad difícil de gestionar y no sé cómo voy a sobrevivir a lo que se me viene encima.

Pasar una temporada en Elberta sin Ashley será como una muerte en vida; la necesito.

No quiero renunciar a nuestro tiempo juntos, las horas en la casita del lago, la rutina que hemos construido, nuestra conexión.

La anhelo hasta tal punto que me aterra imaginarme sin ella.

Pero también siento que hay demasiados muros entre nosotros por culpa de sus malditos secretos.

La música cambia para traerme una balada. Suspiro y empiezo a repiquetear con los dedos en el volante.

Cuando echo la vista atrás, me percato de cómo han cambiado las cosas en estos últimos cuatro meses, desde que estamos juntos.

Mi vida ha conseguido teñirse de un color más vivo, más brillante, más intenso.

Y, contra todo pronóstico, me gusta. Por una vez me he permitido querer de verdad, darlo todo de mí para recibirlo todo de ella. Y es tan perfecto…

Exhalo con profundidad. Porque si soy sincero conmigo mismo debo reconocer que no es todo tan idílico.

Su hermetismo atenta contra la burbuja de felicidad donde nos hemos recluido y hay cada vez más instantes tensos que indican obstáculos insalvables.

Disparan mi miedo a no volver a verla, a despedirme de ella un día y no encontrarla al siguiente, a llegar a la casa del lago y darme cuenta de que se ha ido sin dejar rastro, ni una dirección ni ninguna pista de dónde está.

Por eso no soporto la idea de viajar a Elberta para instalarme dos meses en mi casa y volver a trabajar en el taller de Rod durante el verano, correr en el circuito de la granja de Rowan…

Pasar un par de meses en casa sin ella. Sin ningún método para hablar con Ashley. Me despierta una inquietud sin límites.

¿Y si al regresar a Texas Ash ya no está aquí? ¿Y si la encuentra el FBI? ¿Cómo voy a superar dos meses sin verla, sin escuchar su voz, sin saber de ella, sin estar seguro de que todavía está ahí y no ha desaparecido de nuevo?

He intentado convencerla para que se venga conmigo y encontrar un medio de comunicación.

Tenemos la casita del bosque; Ash podría vivir ahí en secreto para seguir viéndonos y no cortar de raíz la posibilidad de estar juntos.

Pero se niega, y yo no dejo de preguntarme por qué es incapaz de dar el paso, de dejar el miedo a ser descubierta a un lado e idear la forma de estar conmigo, de no separarnos.

Tengo tantas preguntas… Demasiadas. Cada día la lista crece…

Aun así, las guardo en mi mente e intento no pronunciarlas demasiado en voz alta para evitar una discusión o atentar contra la felicidad que hemos creado en nuestra casita de Waco.

Aunque a veces no puedo evitarlo, y su reacción nunca es positiva.

La carretera va muy vacía de coches. Escucho el ronroneo del motor en una pausa fugaz de la lista de Spotify. El calor de principios de mayo me abofetea la cara.

Hay instantes en los que rompo alguna de sus barreras de contención y parece a punto de escupir todo lo que retiene en su interior, de abrirme las puertas a su verdad y de contarme hasta el último detalle de su vida, pero siempre acaba callándose, apretando muy fuerte los labios, con los ojos llenos de pánico, como si presintiera que sus palabras van a destruir lo nuestro.

Me atormenta esa reacción porque intuyo que, si algún día se decide a hablar, va a destrozarme, a herirme, a dejarme noqueado.

Y no puedo evitar la incertidumbre ni la sensación de inestabilidad de nuestra relación si no afrontamos ese tema.

Es una ascua que prende con lentitud en mi interior, lo revuelve, lo convierte en un polvorín a punto de recibir una chispa que lo incendiará.

Ashley se ha convertido en el centro de mi existencia.

Ya no me interesan las otras, ni tontear ni hacer el imbécil como antes, solo vivo a la expectativa de nuestro próximo encuentro, siempre deseándola.

Ya no me importan sus aplastantes victorias en el circuito de Warren, donde seguimos compitiendo los sábados, ni su habilidad mecánica ni nada que pueda hacerme sombra porque el amor me ha vuelto un poco ñoño, y lo peor de todo es que me la suda si es por ella.

Incluso he conseguido no despertar mi ira cuando me llegan los mensajes de mi padre, ni desear una venganza contra él ni necesitar demostrarle mi valía.

Con Ash a mi lado he tocado la cima de mis metas.

No necesito más. Y estoy acojonado, porque presiento que esos secretos pueden hacer volar por los aires mi corazón, nuestra felicidad y el futuro.

Aparco en el garaje interior, junto a su moto.

Decidimos ocultar mi coche de posibles miradas indiscretas por si acaso alguien lo reconocía. Ella está bastante paranoica con eso, pero nunca se me ocurriría ponerla en peligro, y tomo las mayores precauciones en todo momento. Su seguridad es lo primero.

Hace calor, las temperaturas diurnas de este principio de mayo son bastante más altas de las habituales, por eso agradezco el aire acondicionado al entrar en la casa y caminar hacia el salón acompañado de la emoción de verla.

Sé que la encontraré sentada en una silla frente a la ventana, con una taza de café entre las manos y la mirada puesta en el lago.

La observo un instante al entrar en el salón.

Está tal como me la imaginaba, de espaldas a mí, en el lugar preciso, con la melena pelirroja cayendo en rizos sobre sus hombros y una posición relajada, como si la vista le proporcionara paz.

Tiene un libro en las manos y ha adoptado una posición extraña, como siempre, con las piernas sobre la silla, cruzadas de una forma imposible.

Avanzo hasta colocarme tras ella y le paso los brazos por el cuello para abrazarla antes de bajar mi cabeza y darle un suave beso en el pelo. Ashley deja el libro en su regazo y me pone sus manos encima de las mías con un gemido cargado de ilusión.

—Hueles muy bien —ronronea rozándome el brazo con la mejilla—. No me canso nunca de tu aroma.

—Ven conmigo a Elberta —suplico de nuevo, a pesar de su inevitable negativa—. No soportaré estar dos meses lejos de ti.

—Pasaré a verte, te lo prometo. —Gira la cabeza para mirarme a los ojos, pero no termina de sostenerme la mirada—. No estaremos separados todo el verano, solo un poco menos juntos.

La suelto y rodeo la silla para ponerme en cuclillas frente a ella.

—Cuéntame qué haces cuando no estás conmigo, dónde vives, a quién ves, dónde compras la comida y la ropa, cuál es tu cafetería preferida, en qué estás trabajando… Te lo he dado todo de mí, Ash, necesito que hagas lo mismo.

—Dorian… —Frunce los labios, como cada vez que le pregunto. Presiento su deseo de hablar, de contarme algo, de co nfiar en mí, pero no lo hace y, tras unos segundos de indecisión, suspira y niega con la cabeza—. Ten paciencia conmigo, ¿vale? Necesito tiempo, solo es eso.

—Me pediste sinceridad y compromiso —rebato—.

Y no puedes acusarme de no dártelo. Lo he apostado todo por nosotros, porque te quiero, Ash, y necesito que lo nuestro funcione.

—Ella baja la cabeza, como si le costara sostenerme la mirada.

Le coloco una mano en la barbilla y consigo perderme en sus ojos inquietos—.

Por favor, confía en mí, cuéntame por qué te busca el FBI y cuál es tu plan para librarte de la cárcel.

No podemos pasarnos el resto de nuestras vidas escondiéndonos, ha de haber una manera de solucionarlo.

Hay momentos, como ahora, en los que hasta me parece escuchar sus engranajes cerebrales dando vueltas a su indecisión. Es como si al pronunciarla nos sentenciara. Hay algo oscuro en el secretismo de Ashley, algo potente, con munición para destruirnos.

Estar con ella me ha ayudado a vencer el pasado, los malos momentos con mi padre, los pensamientos autodestructivos, la sed de venganza.

La palabra amor ha cobrado un significado diferente, pero hay una barrera infranqueable entre nosotros, una sombra que puede teñir de penumbra nuestro bienestar.

Lo sé. En mi fuero interno lo siento. Y es desgarrador.

—Te quiero —musita atrapando la mano que le he puesto entre la mejilla y su hombro—. Y estoy dispuesta a contártelo todo. Solo espera un poquito más, todavía no es el momento…

—¿Qué te da miedo? Te he demostrado que he cambiado.

Ya no hay toxicidad entre nosotros, estamos mejor que nunca, no te he engañado, no le he puesto fecha de caducidad a la relación, ni tengo deseos de venganza ni me asusta comprometerme contigo.

—Doy un paso hacia ella—. Si incluso he dejado de pensar en mi padre y he ignorado todos sus mensajes porque tú me das esperanzas de un futuro mejor.