20 #3
—¿Sabes, Otto? —Le sostengo la mirada sin rebajar la sonrisa—.
Los hombres como tú deberían llevar un cartel de advertencia, así sería más fácil identificarlos desde el minuto cero.
—Me levanto para recoger los papeles tirados por el suelo y le coloco un par sobre la mesa, frente a sus ojos—.
Pero en unos minutos te vas a tragar tu arrogancia y les vas a decir a mi tío y a mi primo por dónde pueden meterse su juego sucio.
—Regreso a mi silla—. No soy tan fácil de ganar.
Por fin se enfrenta a la lectura de mis documentos y su piel empalidece a medida que procesa la información.
Se afloja la corbata al minuto, ahogándose, y no tarda en darse cuenta de la situación en la que está.
Mientras lee, Warren me observa con una mezcla de admiración y cabreo.
Necesitará conocer la historia completa para entenderlo y sé que no estoy en disposición de negársela, aunque me da miedo abrir todavía más mi círculo de confianza.
—Travis, ¿cómo podemos salir de esto? —pregunta Otto con la mirada ansiosa y un tono más comedido y asustado.
—Lo siento, señor Sven, acaba de despedirme, así que le voy a ofrecer a la señorita Gardner mis servicios, tiene todas las cartas ganadoras en este momento. Y mi bufete no representa a estafadores.
—Bienvenido a Reynolds Oil, señor Travis. —Inclino la cabeza—. Espero que nuestra futura relación profesional sea productiva para ambos.
Miro la hora y sé que ha llegado el momento del adiós definitivo a Otto y su arrogancia.
—Ni te lo imaginas, Madison. —Recalca tanto mi nombre que me arranca una sonrisa—. La primera reunión va a ser muy ilustrativa.
Cuando me dispongo a replicar, la puerta de la sala de juntas se abre para dar paso a un par de agentes del FBI, escoltados por Juliette.
Se identifican con sus placas y se ocupan de arrestar a Sven, acusado de una larga lista de delitos que ha destapado un hacker anónimo.
Uno «la hostia de bueno», asegura uno de los dos agentes, llenándome de orgullo.
Los gritos de Sven se escuchan hasta en la calle, son amenazas concretas contra mí y contra Warren, de esas cargadas de odio que no se van a cumplir porque el pobre hombre se dirige al calabozo, para no salir de él en lo que le queda de existencia.
—Así que Madison Gardner. —Warren sonríe una vez nos quedamos a solas en la sala de juntas—. ¿Quién lo iba a decir?
Por suerte, los inhibidores de frecuencia evitan los micrófonos en esta estancia, pero incluso así todas las precauciones son pocas, y más dentro del edificio Reynolds. Estamos los dos de pie junto a una de las cristaleras, con la vista puesta en la ciudad.
Entrecierro los ojos y abro mi móvil secreto, el que no está pinchado, para escribir en él y enseñarle la pantalla.
«Hay micrófonos en todo el edificio. No pueden saber que nos conocemos de antes».
Asiente y borro mis palabras para proponerle algo.
«A las siete en la casa del lago». Vuelve a afirmar con la cabeza.
Hago desaparecer las palabras y nos quedamos unos instantes en silencio, hasta que mi primo Carl aparece para informarse de lo que acaba de pasar.
Está enfurecido porque he vencido a uno de sus esbirros y acabo de tirar por tierra su patético intento de doblegarme.
La sensación de euforia por mi triunfo me acompaña el resto de la jornada.
A la hora pactada me reúno con Warren en la casa de Waco, dispuesta a ser sincera con él, tras grabar un poquito de teatro para mi primo en la mansión Reynolds y escaparme con la moto en compañía de Juls, quien no se aparta de mi lado una vez llegamos a la casa.
Warren me lanza preguntas sin cesar nada más verme llegar.
Mientras preparo la comida que he traído de un restaurante cercano y Juls pone la mesa, empiezo a desenredar el hilo de los acontecimientos. Rememorar los golpes de Albert, cómo me privó de mi familia y acabó con muchos de mis sueños, lo mantiene absorto.
—¿Nos sentamos? —lo invito una vez lo tengo todo listo.
—Esa parte la conocía —expone una vez sentados a la mesa—. Es del dominio público.
—Cierto. —Le doy un sorbo al agua—. Pero es el principio de todo porque la muerte de mi padre, Garrett y Simon no fue un accidente.
—¿Cómo puedes estar segura?
Inspiro una gran bocanada de aire, la suelto por la boca y retrocedo hasta la aparición de mi tío a la salida de mi escuela el aciago día en que pronunció su amenaza letal.
Su expresión va cambiando a medida que relato la realidad de mi vida desde entonces, cómo he luchado para sobrevivir y mantener la herencia, mi verdad.
Desgrano cada uno de los sucesos que me han traído hasta aquí con crudeza, sin endulzarlos ni un poco.
Warren escucha con atención, su rictus pasa por varias fases y a veces lo acompaña de gruñidos.
Al finalizar mi exposición, me lanza preguntas, indaga en aspectos determinados y se toma unos minutos para reflexionar.
—¡Joder con tu familia! —Le da un largo sorbo al vino que he comprado para él y espira con fuerza—. Me uno a tu grupo contra los Reynolds que quieren destruirte. Son unos malditos capullos.
Levanta el vaso para brindar y choco el mío lleno de té dulce para sellar nuestro pacto.
—Juntos los venceremos, estoy segura.
—Y yo. —Juls sonríe—. Bienvenido a nuestro club.