Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 20 #2
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Les mando un mensaje para avisar del cambio de horario y paso un segundo por mi baño privado para arreglarme, aunque estoy perfecta.

A pesar de tener el triunfo de mi lado, me incomoda tratar con tiburones rastreros como Otto; son carroña, y necesito toda mi fuerza de voluntad para no dejar traslucir la rabia que me carcome.

Nada me alejará de la victoria de esta nueva batalla, no permitiré que mi tío me gane jamás y tarde o temprano conseguiré asestarle un golpe mortal.

Cierro los ojos frente al espejo y recreo a mi padre, sus años instruyéndome, sus consejos, toda la sabiduría que me transmitió.

«Ojalá estuvieras aquí conmigo», susurro en mi cerebro.

Al abrir los ojos me dedico una sonrisa y un asentimiento de cabeza antes de encaminarme hacia la sala de conferencias, que está en un ala separada de esta planta.

Me detengo frente a la puerta un segundo, inspiro hondo y entro en una enorme estancia con dos paredes de cristal para ofrecer unas vistas espectaculares de la ciudad.

En el centro hay una enorme mesa de juntas ovalada, que ocupan dos hombres.

Mi sonrisa se congela al posar mis ojos en el acompañante de Otto.

Respiro con dificultad. El corazón parece decidido a salirse por mi garganta.

Y mis piernas parecen reacias a moverse.

—Buenos días, Madison —saluda Sven con una sonrisa de triunfo al ver mi reacción—. Te presento a Warren Travis, mi abogado.

Los ojos de mi amigo muestran su estado de shock al encontrarse conmigo, me observan con incomprensión. Ambos estamos buscando la forma de reaccionar con la mayor entereza posible cuando la puerta se abre y aparece Juliette con los cafés para salvar la situación.

¿Cómo es posible? ¿Warren es su abogado?

¿El mismo Warren dueño del circuito donde sigo corriendo muchos sábados?

¿Con el que he congeniado? ¿El que se ha convertido en mi amigo?

Con un gran esfuerzo, me obligo a ocupar una silla frente a los dos hombres, sin apartar la mirada de Warren.

Él se desabrocha un botón de la americana e inspira con incredulidad, parece tan alterado como yo.

—Gracias, Juliette. —Coloco la carpeta con mi triunfo sobre la mesa, espiro y busco la manera de centrarme, aunque me es muy difícil. Miro a Juls con intensidad antes de pronunciar mis siguientes palabras—. Te presento al señor Warren Travis, el abogado de Otto.

El gemido ahogado de mi amiga solo lo percibo yo, pero es suficientemente elocuente como para saber que ha captado quién es. Y no le hace ni pizca de gracia.

—Encantada —dice, recobrando el aplomo para pronunciar su reproche—. Antes no ha querido darme su nombre.

—No me lo ha preguntado. —Warren recupera un poco la compostura y es capaz de bromear con mi amiga.

Luego gira la cara hacia mí y me fulmina con sus ojos azules—.

Señorita Gardner, si le soy sincero, me ha desconcertado conocerla, no me la imaginaba así.

Se reirá si le digo que guarda un parecido con la reina de Inglaterra, ¿verdad?

Un disparo directo al corazón. Desde luego, quiere darme a entender que está enfadado por mi falta de sinceridad estos últimos meses en los que nuestra amistad se ha hecho más estrecha. Le dedico una mueca de disculpa y esbozo una de mis sonrisas más falsas.

—Espero no haber desmontado un mito —comento con ironía—. Así que es usted el abogado de Otto…

—Licenciado en Harvard —corrobora un dato que ya conozco y me alarga su tarjeta—. Socio fundador del bufete Travis, Sloane, Riffs y Asociados.

—Impresionante currículo —corroboro—. ¿Y puedo saber a qué debo su visita?

Repiqueteo con los dedos sobre la carpeta.

A medida que avanzan los segundos voy reponiéndome de la impresión inicial, ambos sabemos que no es el momento ni el lugar de las explicaciones, ni de desviarnos de la cuestión que nos ha traído hasta aquí.

El trabajo no puede condicionar nuestra amistad o la conversación pendiente.

—El señor Sven me ha contratado para llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes —expone con solemnidad.

A pesar de mi elevado ritmo cardíaco, los muchos años de preparación con mi padre y las desgracias a las que me he enfrentado me han capacitado para afrontar los desafíos. Ensancho todavía más la sonrisa, avanzo la carpeta hacia él y le doy el toque de gracia.

—Su cliente pasará el resto de su vida en la cárcel —anuncio triunfal.

La carcajada de Otto me llena de satisfacción porque todavía no se espera mi victoria y está demostrando hasta dónde llega su confianza en sí mismo. Su caída será mayor de lo que imagina.

—Madison, querida —habla con condescendencia. En otro momento ese tono me habría calentado la sangre, pero ahora solo siento lástima por él—, acepta tu derrota con dignidad .

Warren tiene la carpeta abierta y el ceño fruncido mientras lee los documentos.

No le contesto a Sven, me limito a apoyarme bien en el respaldo de la silla mientras su abogado descubre la cantidad de mierda que guarda Otto bajo la alfombra.

Mi sonrisa es tan amplia que veo cómo mi competidor se llena de odio al contemplarla.

—Estás a punto de perderlo todo, Madison —ataca con veneno en su voz—. Vas a suplicarme ayuda y no te la voy a ofrecer.

Warren le pone una mano en el brazo y levanta la mirada de los documentos para fulminarlo a él.

—Vámonos —ordena sin darle posibilidad de réplica, pero obedecer no es algo que Otto suela hacer, así que vence su prepotencia y niega con la cabeza. Warren insiste—. Deberíamos hablar en privado antes de continuar con esta reunión.

—¡Te he contratado porque eres el mejor! —grita Sven con exigencia—. ¡Hunde a esta zorra de una maldita vez!

—El único que va a salir jodido de esta sala vas a ser tú —anuncio con el triunfo colándose por mi voz—. Esposado, más bien.

—Tiene razón —admite Warren señalando la carpeta—. Deberíamos irnos cuanto antes para discutir esto.

La cara de Sven enrojece de ira. Nos mira a uno y al otro con una rabia irracional y, en vez de leer los documentos, dirige toda su cólera hacia Warren.

—¿Estás compinchado con ella? —lo acusa sin medir su tono—. ¡Voy a ocuparme de destruiros a los dos! ¡Olvídate de ejercer en lo que te queda de vida!

—Señor Sven. —Warren intenta detener su verborrea con una inflexión firme—. Antes de amenazarme, haga el favor de leer los documentos de la señorita Gardner.

Como respuesta, Otto los tira al suelo y saca los suyos, una carpeta cerrada y un contrato, tomando su peor decisión, ya que en unos minutos entrarán las autoridades para llevárselo y, si encuentran esas pruebas, todavía le será más difícil justificarse en un juicio.

—¡Estás despedido, Travis! —ruge—. Y tú, Madison, ya puedes firmar este acuerdo de compraventa del cien por cien de tus acciones a un precio de risa si no quieres pasarte el resto de tu vida en prisión.

Tengo pruebas irrefutables de tus delitos y las usaré si es necesario.

Puedes hacer esto por las buenas o acabar entre rejas. Tú eliges.

—¿De verdad crees que puedes amenazarme? —La socarronería se cuela con satisfacción por mi voz—. Quizá deberías haber escuchado el consejo de tu exabogado, porque si alguien va a salir hoy de aquí acusado de un sinfín de delitos, no voy a ser yo.

—¡Jodida zorra! —grita cabreado y abre la carpeta para mostrarme todos y cada uno de sus mezquinos trapicheos—. ¡Te tengo! Así que no me jodas más y firma.

Extiende el contrato sobre la mesa, convencido de que acaba de ganar.