19
DORIAN
Conduzco acompañado de música rap y del aire fresco de la tarde, que entra por la ventana abierta, donde tengo apoyado el codo.
Necesito sentir la temperatura exterior, más baja a esta hora mientras avanzo hacia esa casa donde la tengo para mí durante horas, en días sueltos, pero nunca el tiempo suficiente para saciar mi necesidad de ella ni para sentirme a salvo a su lado.
Necesito más de ella, por eso esta situación me desquicia. Me cuesta demasiado continuar con nuestra relación sin una comunicación real.
En plena era de la tecnología, ¿cómo es posible que no me ofrezca un medio para contactar? ¿Por qué no me cuenta nada de su existencia más allá de Waco? ¿Ni me explica de qué huye en realidad?
Hay tantas incógnitas alrededor de Ashley que en demasiados instantes me ofuscan y entro en un torbellino de ansiedad.
Mientras estamos juntos todo es tan perfecto…
Nos queremos de verdad y nuestras horas compartidas son idílicas, pero cuando abandono la casa, la distancia y la desconexión avivan mi anhelo de saber qué hace, dónde vive, a qué se dedica, cómo es su rutina diaria…
¿Piensa en mí? ¿O me reserva solo un pedacito de su mente para cuando nos vemos ?
A veces estas reflexiones me hacen sentir en la cuerda floja, como si me cortaran la respiración y me llevaran de nuevo a la casilla de salida, cuando la hería una y otra vez para no aceptar mis sentimientos.
La incertidumbre se ocupa de llenar algunos recodos, de abrir grietas y de hacer zozobrar mi intención de seguir con ella, fiel a mi corazón, sin escuchar mi cabeza ni ninguno de los mensajes envenenados de odio del hombre al que se supone que debería llamar padre.
Pero intento resistir, no sucumbir a mis instintos, ni a mis demonios ni a la toxicidad de antes, porque la amo demasiado para arriesgarme a perderla de nuevo, por eso solo le lanzo algunas de mis cuestiones y le hablo con el corazón destrozado en la mano, con miedo, y siempre termino tragándome mi necesidad de más, la soledad de su ausencia, la desesperación por tenerla entera, por saber de ella, por rellenar los huecos de su existencia lejos de mí.
La casa está frente al lago de Waco. Es bonita, decorada con gusto, acogedora…
Tiene un porche con unas vistas impresionantes al embarcadero privado y unas escaleras directas al agua.
Ash suele ver el amanecer sentada en una silla bajo ese tejadillo, con su taza de café en la mano y la mirada perdida en el horizonte. Como hacía en Elberta…
Algunas mañanas desafiamos al fresco de esta época y nos lanzamos al lago entre gritos y risas.
Luego nos metemos juntos en la ducha y acabamos en la cama, enredados, felices, unidos.
Pero una vez regreso a Austin, Ashley desaparece como si no fuera real y se desvaneciera sin dejar rastro.
Y es tan doloroso separarme de ella, que mi corazón se parte en mil pedazos.
Mi madre me llama para felicitarme, con su efusividad de siempre. Mientras la escucho hablar de su vida, de los cotilleos del pueblo y de las hazañas de Ernesto, el anhelo por explicarle que he encontrado a Ashley se acrecienta. A ella la haría feliz, tanto como a mí.
—Te llamo con toda la familia en un par de horas —me recuerda antes de colgar.
Aparco dentro del garaje, junto a su moto, y al apearme escucho la banda sonora en el interior de la casa.
Es una de esas listas de tío patético que le creé hace tiempo, cuando la había perdido por mi gilipollez y se me ocurrió esta ñoña manera de recuperarla.
Ella me lanzaba desafíos y yo me pasaba la noche buscando los mejores temas para contestar a sus preguntas.
Esta era la respuesta a: «Si decidiera que no es tarde para aceptar tus disculpas, ¿qué sentirías?
» . Sonrío al recordar cómo acabó la reproducción de las canciones en el gimnasio de mi hogar familiar en Elberta.
El olor a barbacoa se filtra desde el pequeño jardín trasero, entre el de la vainilla de sus infusiones y la zarzamora y el arándano predominantes en su perfume caro que usa desde su llegada a Dallas.
Camino hacia allí deshaciéndome de mis últimos pensamientos, como cada vez que estoy a punto de disfrutarla desde hace dos meses y medio, deseoso de aparcar cualquier mala vibración que me impida gozar del momento.
¿Quién narices me ha cambiado la cabeza de esa forma?
—¿Ash? —Salgo al jardín trasero buscándola con la mirada, ansioso por besarla.
La encuentro frente a la barbacoa, junto a la mesa puesta de gala.
Lleva el pelo mal recogido en un moño, con varios cabellos sueltos, unos vaqueros y un jersey ajustados a su cuerpo de escándalo, uno que me excita al instante.
No se ha maquillado y lleva unas sencillas Converse de color rosa, a juego con el suéter.
Me quedo un segundo apoyado en el marco de la puerta para observarla y domar como puedo el cúmulo de sensaciones que me provoca cada encuentro. Si fuera por mí, no saldríamos de la cama…
Ella levanta la mirada con lentitud, hasta encontrarse con mis pupilas; sonríe y me derrito, me lleno de nerviosismo, de anticipación, de deseo.
—¡Feliz cumpleaños! —Deja las pinzas con las que hace un segundo trajinaba en la barbacoa y se lanza a mis brazos tras una pequeña carrera.
La cojo al vuelo y ella se cuelga de mí para besarme—.
Diecinueve… —Por un segundo percibo la dirección inequívoca de sus pensamientos y, cuando sus labios pronuncian las siguientes palabras, ya las intuyo—.
Recuerdo el último veintinueve de marzo, cuando cumpliste dieciocho.
—Ese Dorian ya no existe. —La abrazo muy fuerte y pego mis labios a los suyos.
Me he arrepentido muchas veces de haberla abandonado el día en el que alcancé la mayoría de edad con una simple nota, sin hablarle de Sasha, de nuestro viaje a Nueva York, de sus intenciones, del chantaje…
—. No volveré a hacerte daño, Ash, no cometeré el mismo error dos veces.
—Vamos a crear nuevos recuerdos para borrar los malos, ¿vale?
—Me da un beso casto y sonríe—. Hoy va a ser el mejor cumpleaños de la historia.
Cena de cinco tenedores, baile bajo la luz del sunset , besos de felicitación…
, y después… —Se baja de mi cuerpo y me guiña un ojo—.
Seré toda tuya. —Se acerca a mi oído para susurrar—.
Ni te imaginas la ropa interior que me he comprado como regalo.
La atrapo entre mis brazos para besarla. Ella se ríe a carcajadas cuando intento levantarle el jersey para descubrir esas prendas de las que habla, pero su capacidad para evitarlo es alucinante.
—Suéltame o se nos quemarán los chuletones. —Deshace el abrazo para caminar hacia la barbacoa—. Eres un impaciente.
—Estar lejos de ti es una mierda, Ash. —Se gira un instante para mostrarme cómo le molesta mi machacona insistencia en mantener una relación más normal.
Me he prometido hace unos minutos no hablarle de eso, y mírame…
Espiro con fuerza y me obligo a rectificar para evitarnos una discusión.
Empañar nuestro escaso tiempo juntos es mi último deseo—. ¿Qué vamos a cenar?
Ella esboza una sonrisa tensa, pero no tarda ni dos segundos en relajarla ante mi intento de desviar mi metedura de pata y no enturbiar el momento.
Ambos sabemos que la tensión nos atrapará algún día y explotará como una ojiva nuclear.
Pero hoy no es el día, hoy vamos a celebrar mi cumpleaños sin malos rollos.
—Carne, ensalada de col, mazorcas de maíz…
, y he preparado un poco de chili por si te apetece.
—Llega a la barbacoa para ocuparse de ella, ya más serena—.
También he comprado uno de esos cheesecakes que tanto te chiflan, con velas y todo.
—Me guiña un ojo—. Además, hay una enorme jarra de té dulce en la nevera. He seguido la receta de tu madre.
—Suena increíble. —Me coloco detrás de ella, la atrapo por la cintura y la beso en el cuello, aspirando su aroma—. Te quiero —susurro en su oído.
—Y yo a ti, Dorian. Demasiado. —Otra vez siento un pesado muro entre los dos, como si me ocultara algo. Sin embargo, rechazo las emociones negativas para no dejarme arrastrar por ellas—. ¿Qué tal el entreno?
No tenemos partidos, la temporada ha acabado, pero seguimos entrenando a diario, poniéndonos en forma y compitiendo entre nosotros. Es importante mantener el ritmo para no fallar el año que viene.
—Como siempre. Los de último curso que no han entrado en la NFL van a medio gas y los de primero somos la caña.
—Con un quarterback como tú, han de ser buenos. —Coloca sus manos en mis brazos y gira un poco la cara para darme un beso—. La próxima temporada volverás a llevarlos al mismo sitio. Ganaréis los p layoffs otra vez.
—Tienes mucha confianza en mí.
—Siempre.
Me suena tan falso…
La carne está en su punto y las mazorcas también. Ashley se deshace de mi abrazo para colocar ambas cosas en una fuente. Yo me ocupo de ir a la cocina en busca del té dulce y lo sirvo en los vasos.
Comemos enfrascados en una conversación entretenida, sin ahondar en nada importante y desviando las palabras cuando nos acercamos a algún borde peligroso.
Nos reímos, disfrutamos de la compañía, del sabor único de la comida, de cómo la tarde se va tiñendo de oscuridad, del vino, de tenerla tan cerca.
Al terminar saca el pastel con las velas ardiendo, en medio de la canción típica de cumpleaños, entonada por ella entre risas emocionadas.
Cuando soplo, deseo con todas mis fuerzas avanzar en lo nuestro, encontrar la forma de tenerla para siempre a mi lado, de deshacernos de la amenaza del FBI, de cualquier obstáculo que impida nuestra felicidad plena, de no volver a caer en el pánico al compromiso, de no permitirle a las puntas oscuras de la situación clavarse en mi corazón.
Y sí, lo flipo muchísimo, porque hace pocos meses me aterrorizaba amar a alguien, unirme tanto a otra persona que me robara la libertad.
En cambio, ahora… La miro con una emoción intensa en mi corazón, y me doy cuenta de cómo me afecta no estar con el la a todas horas.
Desearía tanto volver a vivir bajo su mismo techo, sentir cómo la anticipación me atrapa de camino a casa…
Últimamente la soledad de mi piso me aboca a imaginármela conmigo, alargando hasta el infinito las horas en su compañía.
—Tengo un regalo para ti. —Se levanta de la mesa para perderse un segundo en el interior—. ¡Vas a alucinar!
Corto un trozo de tarta y lo saboreo despacio, con la mirada perdida en la lejanía.
Mi móvil empieza a vibrar en el bolsillo del vaquero.
No tardo ni dos segundos en contestar a la videollamada de mi casa.
Las caras de Ernesto, de mi madre, de mi abuelo, de mis primos y de tía Emily me saludan sonrientes desde Alabama, con esas expresiones felices que tanto echo en falta.
—¡Cumpleaños feliz! —gritan todos a la vez, y me cantan la canción enterita entre carcajadas divertidas, con serpentinas y confetis, como si estuviera ahí con ellos.
—Cuéntanos dónde estás —comenta mi madre—. Con quién lo has celebrado, qué has comido, qué deseo has pedido al soplar las velas… —No puede ocultar la tristeza de la separación. Quizá por eso me ha llamado tanto hoy—. Te echamos de menos.
—Estoy con unos amigos en casa de uno de ellos —miento como un cosaco. Levanto un poco la vista y veo a Ash a pocos metros de mí, con los ojos llenos de nostalgia y deseos de hablar con nuestra familia. Deja un paquete sobre la mesa y se sienta a mi lado, mirándome. Lejos del objetivo del teléfono.
—¿Ralph y Juliette no están contigo? —se extraña Ernesto.
—Los veré mañana —justifico la ausencia de mis amigos, aunque la idea de pasar este día a solas con Ashley fue mía y ellos la acataron sin problemas—. Vamos a comer juntos para celebrarlo.
Observo a mi hermano. Ha empezado a hacer ejercicio y se le nota.
Durante diez minutos charlo con mi familia, escucho algún que otro cotilleo, la emoción de mi madre al explicar sus progresos con Miles, las novedades de mi hermano, los consejos de mi abuelo y unas cuantas cifras de Emily, quien está al frente de la fábrica que heredamos Ernesto y yo.
Cuando cuelgo, Ashley se sienta en mi regazo, me rodea el cuello con sus brazos y esconde la cabeza en mi cuello.
—Ojalá pudiera volver a hablar con ellos —musita con la voz rota—. Es tan difícil mantenerme alejada.
—Cuéntame de qué huyes —suplico—. Dónde vives, a qué te dedicas, si hay alguna posibilidad de deshacerte de la persecución del FBI… Confía en mí, Ash. Es el único regalo que quiero. Dame un número de teléfono, explícame cómo encontrarte a todas horas. Por favor.
Se queda callada unos instantes. Después se levanta con lentitud, se seca los ojos y me dedica una mirada cargada de dolor. Es como si sus pupilas hablaran de miedo a fiarse de mí, como si ocultara mucho más de lo que veo a primera vista.
—Tengo un regalo mejor —dice al fin, y señala el paquete cuadrado y enorme de encima de la mesa—. Te va a encantar, ya lo verás.
—Seguro. —Me callo la decepción y la necesidad de escuchar otra respuesta.
Ella me acerca el paquete con una sonrisa muy triste, apagada. Y yo lo abro despacio, sin separar mis ojos de los suyos. Es una pelota de fútbol americano con varias firmas.
—Conseguí que todos los jugadores de los Dallas Cowboys estamparan su nombre en ella —explica con muchísima emoción—. Es una de las que Denton Gardner dejó con su rúbrica antes de morir.
La ilusión de tener semejante tesoro entre mis manos borra cualquier atisbo de dolor. ¡Es una pasada de regalo! Giro la pelota en mis manos para leer todos los nombres, y no puedo evitar que un tsunami emocionado me recorra el cuerpo.
—¡Increíble! —admito dejando la pelota sobre la mesa y abrazándola para besarla—. ¿Cómo lo has conseguido? ¡Es difícil y caro!
—Tienes a una hacker de las buenas por novia. —Suelta una carcajada—. Y en la red oscura se obran milagros. —Señala un sobre que hay encima de la mesa—. Ahí tienes otro superregalazo.
Alargo la mano para hacerme con él. Y, al abrirlo, mi corazón empieza a latir a una velocidad vertiginosa. ¡Son tres entradas para uno de los partidos de la próxima temporada de mi equipo favorito!
—Para que vayas con Ralph y Juliette —anuncia—. Os encantará.
—¿Y tú? —Se me encoge el estómago—. ¿ No vas a acompañarnos?
Se muerde el labio con inquietud.
—No puedo —susurra con ansiedad—. Son entradas VIP. Después del partido podréis saludar a los jugadores.
En vez de contarle cómo me siento al saberlo, sonrío.
Porque no quiero volver a discutir en mi cumpleaños y necesito pasar un rato con mi chica sin que todo se desmorone a mi alrededor.
Como la mayoría de veces, me trago la réplica, las ganas de exigirle demasiado y, en vez de exteriorizar todas y cada una de mis ansiedades, la abrazo, la beso y le hago el amor para agradecerle los regalos.
Y sí, quizá deberíamos afrontar la realidad antes de que nos engulla, pero necesito tanto tenerla, vivir la felicidad entre sus brazos…