Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 18
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MADISON

Aquel partido fue una locura. Las Bowls son las semifinales del campeonato nacional universitario de fútbol americano: los cuatro mejores equipos del país se enfrentan en dos partidos que deciden quién llega a la final. Este año tocaban la Fiesta Bowl y la Peach Bowl.

Los Texas Longhorn de Dorian jugaron la Fiesta, y lo que ocurrió allí fue una exhibición.

Mi chico estuvo imparable como quarterback , leyendo la defensa rival como si pudiera anticiparse a cada movimiento, lanzando pases imposibles y llevando a su equipo a una victoria que los colocó directamente en el partido más importante de la temporada.

Las Bowls van rotando cada año entre seis grandes escenarios del fútbol universitario —Fiesta, Peach, Sugar, Rose, Orange y Cotton—, pero lo único que importa ahora es lo que viene después: la final del campeonato nacional.

Y estoy aquí para verla.

Observo cómo el campo se va llenando de jugadores mientras las animadoras hacen su trabajo en el césped. Estoy en un lugar bastante apartado del meollo, escondida tras mi capucha, sin dejar de sentir la euforia de estas últimas semanas con Dorian y de nuestros encuentros en la casita de Waco.

De momento es todo tan perfecto…

Juls se opuso con mucha vehemencia a mi aparición en el Mercedes-Benz Superdome Stadium de Nueva Orleans para asistir en directo a esta final.

La entiendo, el peligro sigue ahí, es parte de nuestras vidas, nos dicta muchas veces cómo actuar, y hay el riesgo añadido del viaje, pero no quiero dejarme vencer por el miedo; por eso estoy aquí y he conseguido que ella y Ralph me cubran en Dallas.

He volado esta mañana en secreto, con mi ya trillada careta de silicona, he reservado una suite en uno de los hoteles más emblemáticos de la ciudad, a nombre de una desconocida, y he traído un arsenal de ropa interior sexy para celebrar su triunfo, sin la sensación de que nos falta la serenidad necesaria para ser, durante dos días, una pareja como cualquier otra.

Me arrebujo en la capucha de la sudadera para asegurarme de que mis rasgos quedan bien tapados, observo el movimiento de la cámara y la zona de las gradas que sale en las pantallas. Atenta a cualquier peligro.

Dorian llega al centro del campo para darle la mano al capitán rival y esperar a que la moneda dance en el aire para otorgar la potestad a uno de los dos equipos de decidir cuándo quiere realizar el saque inicial, si ahora o en la segunda mitad.

Mientras la moneda vuela, mi novio barre las gradas unos segundos en mi busca.

Siento su mirada recorrer el lugar con ansiedad, como si necesitara de verdad hacer contacto visual conmigo antes de empezar uno de los partidos más importantes de su carrera.

Por seguridad no le he dicho dónde tengo la entrada, y hay una cantidad inmensa de público, así que no me localiza.

Suelto un suspiro de alivio. Sería demasiado arriesgado que me viera, podría dar pistas a los de la cámara o a mi prima Candy, sentada en una zona muy cercana al campo.

Los Clemson Tigers, de la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, ganan el kickoff —saque inicial—.

Es un rival a la altura de los Texas Longhorn, llevan una temporada casi tan invictos como nuestro equipo y van a ser difíciles de derrotar.

Sonrío para darle fuerzas secretas al inicio de la primera parte.

Sé que me siente y conoce de sobra mi intención de animarlo, de llenarlo de energía positiva, de acompañarlo en este nuevo paso hacia su futuro.

Es un gran jugador, logrará sus metas sin dudarlo.

El partido es emocionante, reñido, intenso…

No dejo de levantarme del asiento ni de gritar en cada jugada, extasiada por asistir en directo a la superación constante de Dorian, a su empeño por ganar, y sé que lo va a lograr, tengo absoluta fe en él.

Llegamos al final del primer cuarto casi empatados, ambos equipos han llevado un ritmo frenético.

Me tomo un perrito caliente sentada en mi escondite y por unos momentos recuerdo el pasado, cuando mi padre me llevaba de incógnito a algún partido.

Solía comprarme la misma comida y comentar cada jugada con una emoción inmensa. Era un auténtico forofo.

Ya entonces nos escondíamos tras una gorra y unas grandísimas gafas de promoción de los Cowboys para evitar que la gente reconociera al gran Denton Gardner en ese hombre que vibraba con cada jugada. Y así la leyenda del fútbol se convertía solo en mi padre.

Cierro un segundo los ojos. Recordarlo todavía duele, y a la vez reconforta.

Sigo con una emoción palpable cada jugada, aplaudo cuando los Longhorns empiezan a ganar terreno en el marcador, con un quarterback imparable.

A pocos minutos de terminar el último cuarto, Dorian se detiene un segundo, vuelve a buscarme con la mirada y, antes de iniciar el mejor touchdown del partido, hace un gesto de asentimiento con la cabeza, como si quisiera explicar sin necesidad de palabras su intención de no sucumbir ante el rival.

Luego levanta los ojos y lanza un beso al aire.

Saber que es para mí me dispara el corazón.

El partido termina envuelto en vítores, abrazos, bailes de las animadoras y una aplastante victoria de mis chicos.

Los Texas Longhorns han conquistado el campeonato nacional en un College Football Championship Game, la final de los playoffs , muy reñida y emocionante, que catapulta a Dorian a la primera posición en la liga.

Me gustaría tanto bajar al campo como las novias de los otros jugadores, abrazarlo, felicitarlo como clama mi cuerpo. Pero no es posible, nuestra situación solo permite una retirada a tiempo y esperarlo en el hotel.

En momentos como este me gustaría ser de verdad Ashley McGregor, una chica anónima, inofensiva, sin pasado...

Salgo del campo como cualquier otro espectador, escondiéndome entre ellos. Sin mostrar mi rostro en ningún momento.

Imagino a Dorian en el vestuario, junto a sus compañeros, celebrando a lo grande la victoria, y el deseo de estar a su lado en momentos tan increíbles como este me invade.

Si como mínimo pudiera comunicarme con él… Pero la idea de tener un móvil, aunque sea secreto, no es viable.

Llego a la parada del autobús. Mi prima Candy estaba en el estadio, acompañando a sus amigas, muchas de ellas animadoras y, aunque hay miles de personas, no quiero tentar al destino ni a esas casualidades que a veces nos empujan hacia el abismo.

Por eso me uno a la muchedumbre en el transporte público y tardo un poco más de lo deseado en llegar al hotel.

Me ha molestado ver a Candy en las gradas, tan cerca de la zona donde estaban los jugadores, pero también me ha llenado de celos el resto de chicas que tenían acceso a vivir el partido sin ocultar su identidad, solo disfrutando del momento, de su libertad, de su capacidad de felicitar a los jugadores por la victoria…

Hubo un tiempo en el que la amistad me unía a mi prima, y fui yo quien la alejó por culpa de los pecados de su padre. Quizá mi visión de entonces no fue justa, pero ahora ya es tarde, ella se ha vuelto mezquina, su odio hacia mí es uno de los motores de su vida.

En la habitación del hotel me pongo el pijama y me estiro en la cama con el portátil encendido. No debería espiar a Dorian, sin embargo, lo necesito, por eso me meto en su móvil, repaso una y otra vez los mensajes que recibe, los que manda, las llamadas, su ubicación, sus búsquedas en Internet…

Me tranquiliza saber que esa tal Bella no ha vuelto a comunicarse con él, aunque me parece muy extraño que la chica haya dado de baja su anterior número.

Me hubiera gustado navegar por el dispositivo, darle un rostro, una identidad, una completa entidad en mi cerebro.

Pero no tengo pistas acerca de quién es.

Y sin ese móvil de prepago, apenas hay un hilo del que tirar.

Dorian se relaciona con Dustin Ferber y Robert Vallis, dos antiguos estudiantes de mi exclusivo y carísimo colegio en Dallas que frecuentan el círculo de mis primos.

Arrugo la cara cuando vuelvo a leer un par de sus intercambios de frases, ya que me da mala espina y creo que son enviados de Carl para sonsacarle a Dorian cualquier información relevante acerca de Juls y Ralph.

Y esa realidad es un motivo más para alimentar mi instinto de no abrirme a Dorian, de seguir dándole informaciones falsas acerca de la verdadera Madison Gardner.

Contraigo los músculos del cuerpo cuando aparecen fotos en el teléfono de Dorian.

Son de él celebrando la victoria en la fiesta exclusiva que la universidad ha preparado en un hotel cercano al estadio.

No podía faltar, lo entiendo, y yo no puedo estar ahí sin revelar mi rostro ni mi realidad, pero duele mantenerse al margen.

Me pongo una película tras un par de horas siguiendo la fiesta gracias a meterme en varios de los móviles conectados al wifi del hotel.

El sueño me va meciendo. No soy consciente de cuándo acabo sucumbiendo del todo a él hasta que noto a mi chico metiéndose en la cama, abrazándome, besándome en el hombro y susurrándome al oído.

Está desnudo, la calidez de su piel se une a la mía en los espacios desprovistos de la tela del pijama.

Se coloca pegado a mi espalda, acurrucado contra mi cuerpo.

—Te he echado de menos. —Sus manos recorren mi cuerpo—. No he bebido ni una gota de alcohol para celebrarlo contigo a lo grande. Y aquí estoy, dispuesto a darlo todo.

—Has llevado a tu equipo a conquistar el campeonato nacional —comento despertándome del todo y sintiendo cómo sus caricias estimulan mis ansias de él—. Te mereces algo grande.

Me da la vuelta con suavidad. Hay una leve luz filtrándose por la ventana para dar la bienvenida al día, que despunta en el exterior. Veo sus pupilas brillantes, la felicidad en su rostro, la sonrisa extensa, sus sentimientos reflejados en sus facciones perfectas y centelleantes.

—Tú eres lo más grande que tengo, Ash. —Se acerca a mis labios para hablar sobre ellos—. La fiesta no ha sido lo mismo sin ti, pero te he sentido a mi lado a cada segundo, porque te quiero, y esta vez no me voy a asustar.

—Lo sé. —La culpabilidad me ahoga, es penetrante, real, intensa.

Dudo por unos segundos si confesarle la verdad sobre quién soy, pero entonces los recuerdos de sus reacciones desmesuradas del pasado me pasan factura.

Si solo pudiera salir yo perjudicada, me lanzaría al vacío, sin embargo, hay demasiado en juego—. Te quiero mucho, Dorian. Demasiado.

—Nunca es demasiado.

Sus labios me apresan, se abren para devorarme mientras sus manos me despojan del pijama con rapidez. Nuestros cuerpos encajan a la perfección, piel con piel.

El calor se propaga por cada una de las fibras de mi ser.

Es necesidad, lujuria, amor. Desciendo con los labios por su cuello, lamiéndolo y dándole pequeños mordiscos.

El sonido de sus gemidos, unido a su aroma, me vuelve loca.

Me entretengo en sus pezones, primero uno, luego el otro, y sigo el camino hacia su vientre.

—Tengo un regalo para ti —musito al llegar a su vello genital. Con una mano me dedico a excitarlo, y mi aliento está tan cerca de su miembro que sus respiraciones se convierten en jadeos roncos—. Eres el campeón.

Utilizo la lengua para lamerlo en toda su extensión.

—Ash… —Es un golpe de voz en medio de un resuello imposible de detener.

Sonrío un segundo antes de llenarme la boca de él, hasta el fondo.

Siento una de sus manos en el pelo para marcar el ritmo.

Escucho sus sonidos cargados de una excitación próxima a la locura.

Y me vengo arriba. Mi boca recorre toda su longitud, acompañada de movimientos de la lengua y de mis dedos en la base.

Cada vez más rápido, al ritmo de sus jadeos.

—Quiero acabar dentro de ti. —Dorian alarga la mano para alcanzar un preservativo que ha dejado en la mesilla de noche—. Por favor.

Lo beso mientras se lo pone, ansiosa por abarcarlo en mi interior. Él no tarda en estirarse boca arriba e invitarme a que sea yo quien tome las riendas. Lo hago con una sonrisa, me coloco a horcajadas sobre él y le doy la bienvenida un segundo antes de cabalgarlo muy lento.

Instala sus manos en mis pechos para pellizcar mis ya enhiestos pezones.

Gimo, me muerdo el labio y empiezo a moverme más rápido, con una energía perversa.

Mantengo la mirada fija en su cara, en cada una de las expresiones de placer que la invaden, en ese brillo oscuro de sus pupilas cargadas de éxtasis.

Estallamos casi a la vez. Él abandona mis pechos para agarrarme de las caderas y marcar un movimiento más enérgico, rápido, vigoroso.

Gritamos nuestros nombres, gemimos, resollamos y acabamos abrazados, unidos y con la respiración muy alterada.

—Te quiero —susurra acariciándome la espalda—. No puedes imaginarte cuánto.

—Hasta la estratosfera —bromeo.

Unos segundos después, me levanto para permitirle ir un segundo al baño. Lo observo caminar desnudo, cada uno de los músculos de su cuerpo marcado, ese culo perfecto, su figura increíble.

Otra vez me sobreviene la culpabilidad de engañarlo. ¿Va a ser siempre así? ¿Por qué siento que mi traición acabará con nosotros?

Tarda poco en regresar y meterse boca arriba entre las sábanas, a mi lado. Me pasa el brazo por los hombros para permitirme acurrucarme contra su costado. Sus dedos se pasean por mi piel, erizándola.

—No habías vuelto a bajar ahí desde esa noche.

—Su tono es cauto, y a la vez sensible. Los recuerdos a los que hace referencia me dolieron durante mucho tiempo.

Fue nuestro primer contacto sexual, el único para mí en ese instante, y él lo estropeó con su traición.

Es su mano la que agarra la bala de mi colgante—.

Nunca te he dicho cuánto lamento lo sucedido, cómo me comporté.

Ni tampoco que entonces ya te quería y me equivoqué muchísimo.

¿Lo has superado? ¿Por eso has vuelto a hacerlo?

—Dejemos el pasado donde está, Dorian —musito dándole un beso en el pecho—. No vale la pena recordar cuando nos hacíamos daño. Por eso he vuelto a bajar, y no va a ser la única vez. Vamos a superar cualquier obstáculo juntos.

«Mentirosa», clama una voz en mi conciencia. Es atronadora, clara, concisa, desgarradora. Muestra demasiado.

Me quedo unos minutos abrazándolo, ansiosa.

Escucho su respiración acompasada y mis pensamientos dan vueltas a la situación, a mi falta de confianza, a cómo podemos acabar si no encuentro el momento de confesarle mi verdadera identidad.

Se ha quedado dormido. La bala del colgante se clava en mi pecho. Cierro los ojos.

Hoy tampoco voy a decirle quién soy.