16 #2
Siempre llego a mi despacho por el ascensor que sube directo, sin permitirle a la gente verme, evitando así las miradas indiscretas o la posibilidad de ser pasto de alguna cámara anónima.
Ronald me lleva hasta un reservado del garaje con acceso directo y privado al elevador que lleva a mi despacho gracias a mi llave.
Solo cuando estoy en el ático, ocupando mi espacio, me deshago de las gafas y del sombrero.
Evito al máximo las reuniones en persona.
Suelo elegir la opción digital sin imagen o delegar en Juliette la asistencia mientras la guío mediante un aparato de escucha.
Aunque a veces es inevitable mostrarme ante alguien, entonces lo hago en mi sala de juntas, equipada con inhibidores capaces de bloquear cualquier aparato electrónico.
Cierro los ojos y recuerdo cuando mi abuelo me traía aquí para observar este despacho en las alturas de Dallas.
Era muy pequeña y ya soñaba con conquistar la silla donde ahora me siento.
Cuando la ocupó mi padre, después del tiroteo, solía colarme para verlo trabajar.
Entonces me sentaba en su regazo y hacía ver que dirigía el cotarro, como una auténtica profesional.
Las risas de mi padre se cuelan por los recovecos del pasado.
Es como si volviera a estar aquí, enseñándome a usar el teléfono, a leer los balances, a decidir hacia qué lado tirar.
Inspiro con fuerza para intentar alejar la nostalgia.
Tengo demasiado trabajo como para sucumbir a un pasado que ha desaparecido.
Aunque, por unos momentos, me permito felicitarme por haber llegado al lugar donde soñaba, por ejercer este puesto, por luchar con uñas y dientes contra los titanes que amenazan con destruir todo cuanto me importa.
Me sumerjo en el trabajo alejando de mí cualquier interferencia mental, pero no logro deshacerme de Dorian, de sus manos en mi piel, de sus besos, de sus caricias, de su cercanía, de la promesa de intentarlo.
Porque mi corazón al completo suplica por conseguirlo esta vez, por no desatar su lado cruel, por ser feliz.
Llevo tres días intentando quitarme a Dorian de la cabeza para centrarme en lo importante, sin embargo, se niega a abandonarme, y eso hace más difícil la espera para volver a verlo de nuevo.
He de ser cauta, no puedo ir a por él hasta el sábado en el circuito, ni siquiera puedo aspirar a verlo en secreto, hay demasiado en juego como para ser imprudente.
La tarde llega como una exhalación, rápida y veloz. Si la cena de Juliette y Ralph con Carl sale bien, podremos trazar un plan de asalto, encontrar la manera de atacar en vez de permanecer a la espera de sus movimientos.
—Me voy. —La voz de Juls me devuelve al despacho—. Tengo una cena y he acabado con mi trabajo.
—Deberías quedarte una hora más como mínimo.
—Sonrío asumiendo el tono de la jefa cabrona para engañar a los que escuchan los micrófonos de mi despacho—.
Tenemos demasiado trabajo para que te ausentes de tu puesto a la hora que te da la gana.
Ya sabes que mañana a las ocho hay programada una reunión importante.
Eres mi asistente personal. Has de estar disponible las veinticuatro horas.
—Está todo listo para mañana. —Asiente con contundencia y me guiña un ojo, intentando no dejar entrever su juego entre sus palabras airadas.
Ambas sabemos la importancia de esta cena y necesitamos sentirnos unidas un segundo antes de separarnos, por eso me levanto con cuidado de no hacer ruido y la abrazo—.
Prepara la botella de José Cuervo —susurra en mi oído—. Destrozaremos a ese cabrón.
—Lo haremos —murmuro. Nuestra voz es tan tenue que ni la potencia de nuestras escuchas puede captarla. Me separo un poco de ella y adopto de nuevo un tono autoritario—. Como haya un solo fallo, ya puedes ir olvidándote del empleo.
Cuando se va, mis nervios hacen su aparición estelar. Son intensos, fuertes, incapaces de mantenerse serenos. Me cortan la respiración, me llenan de palpitaciones y muestran mi impaciencia por conseguir una victoria.
Tal como hemos planeado, salgo del despacho con pasos firmes, sin mostrar mi rostro ni otra cosa que determinación por bajar hasta el coche con los cristales tintados y dejar que Ronald me lleve a mi casa, donde no tardo ni dos segundos en encerrarme en mi cueva .
Estoy inquieta, no dejo de repiquetear con la pierna derecha en el suelo mientras me coloco unos auriculares inalámbricos y proyecto en la pantalla la imagen que recibo en directo desde uno de los restaurantes más caros de Dallas.
Los dispositivos que llevan Ralph y Juliette me permiten tener una imagen clara de mi primo.
Arrugo la cara con un gesto de repugnancia al verlo ocupar la pantalla.
Vestido con uno de esos trajes caros que le ha pagado la fortuna de Albert, la arrogancia en su postura, la pedantería en su voz.
Por mucho que intente parecer agradable, conozco su juego, ya intentó engañarnos una vez, pero no lo consiguió.
—Me alegro de que aceptarais mi invitación —anuncia el capullo—. Tenía ganas de hablar con vosotros en privado para proponeros un acuerdo bastante lucrativo para todos.
Mi corazón empieza a latir en demasiados sitios de mi cuerpo.
¿Acaso después de tantísimos años esperando, al fin voy a tener de verdad la suerte de nuestra parte?
Observo los gestos de mi primo con mucha atención.
Tiene la mandíbula tensa, mantiene las manos sobre la mesa, con una postura agarrotada, y sus ojos están cargados de inquietud.
Se prepara para soltar una bomba, lo presiento.
—Somos todo oídos. —Percibo un deje de tensión en la voz de Ralph, pero solo es apreciable si lo conoces bien.
—¿Qué os parece mi prima? —pregunta Carl—. Lo hemos hablado varias veces, pero hoy necesito total sinceridad. —Fija la mirada en Juls—. Trabajas con ella cada día, vives en su casa, eres una de las personas más próximas a ella, aparte de Tammy… ¿Es tan cabrona como parece?
—¡Peor! —Ahí va la actuación estelar de mi amiga—. ¡Es una bruja! Siempre con esos aires de superioridad, trazando líneas claras de división en la casa, ladrando órdenes como si fuera la maharajá de la compañía, sin sonreír jamás. ¡Es una amargada!
Bien por mi amiga, lo ha clavado. Los ojos de Carl relucen con un brillo letal, de esos que muestran su emoción por estar a punto de conseguir aliados en su lucha. Aguanto la respiración a la espera de sus siguientes palabras.
—Con vuestra ayuda podría conseguir el control de la compañía y privarla de esa posición que no se ha ganado ni merece.
— La euforia me invade porque acaba de reclutar a su enemigo.
Estoy tan embriagada de emoción que me cuesta centrarme en el resto de la conversación, pero me obligo a ello—.
Si lo logramos, os colocaré en puestos mejores y os pagaré un millón de dólares.
—Eso sería increíble. —Ralph toma la palabra con un control absoluto de la situación—. Esa capulla le hace la vida imposible a Juls. Y la pasta nos vendrá de perlas para establecernos lejos de la mansión Reynolds. ¿Qué necesitas de nosotros?
—De momento es bastante simple. —Me dan ganas de golpear la sonrisa de mi primo, que inunda la pantalla, pero me agarro a la felicidad de estar al fin ante la última recta hacia mi triunfo—.
Quiero descubrir qué hace en la intimidad, cuando se encierra en la mansión; cómo pasa las horas, sus aficiones…
También necesito conocer su agenda, con quién se reúne, los entresijos de sus negocios…
Incluso me iría bien que me colarais alguna vez en la casa para observarla de cerca.
—Podemos intentarlo —asegura Juliette—. Pero Madison es muy reservada con su vida, hay detectores en las zonas que conectan nuestras alas en la casa para estar avisada si se nos ocurre pasar a su lado, además de una puerta blindada, cerrada con llave, y no suele compartir demasiado conmigo.
Sé que su gran afición es bajar al circuito para poner el coche a tono y correr.
También suele ir al gimnasio cada día, pero desconozco qué hace el resto del tiempo en casa.
—Conseguiré a alguien que inutilice los detectores —asegura Carl—. Y tú deberías hacerte con una copia de la llave. No debería ser tan difícil…
—Lo quiero por escrito —solicita Ralph—. El millón de dólares y la posición en la compañía a cambio de nuestra colaboración. Redacta un contrato y cuenta con nosotros.
—No esperaba menos. —Carl les guiña un ojo y saca un fajo de papeles de un maletín que debía tener en el suelo—. Léelo con tranquilidad. Cuando lo firméis, contrataré a un especialista para desactivar los aparatos de mi prima.