Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 16
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MADISON

La puerta de mi habitación se abre de golpe, con energía.

No esperaba menos de la llegada a la mansión Reynolds de Juliette y Ralph un par de días después de Navidad, preparados para «hablar» de mi «locura transitoria», tal como lo susurró con cabreo ella en la casa del bosque el único día en el que coincidimos durante mi corta estancia en Elberta.

Nunca he apreciado tanto la peligrosidad de mantener la comunicación por medios rastreables como estos últimos dos días; el no poder hablar conmigo les ha dado tiempo para calmarse y así discutir mi tendencia a ser temeraria con más distancia que si lo hubiéramos hecho en Alabama.

—Tienes diez minutos para sentarte en el salón —anuncia mi amiga sin rebajar la ira de su expresión—. Ni uno más, Maddie.

Cuando cierra la puerta tras de sí, sé que está enfadada de verdad.

En parte tiene razón, si actúo sin pensar puedo poner en peligro a muchas personas a las que ambas queremos, pero en unos minutos voy a aclararle todas y cada una de las precauciones que tomé para que se sienta a salvo.

No soy una incauta, ni hago las cosas sin pensar ni soy irreflexiva. Nunca lo he sido, la vida no me lo ha permitido, pero ¿y si alguna vez quisiera dejarme llevar? A veces ser yo es una carga demasiado pesada para no ahogarme.

Me visto con unos leggings negros, una camiseta larga y un jersey.

Me calzo las zapatillas. Me hago una coleta.

Y salgo de la habitación a las once de la noche para encarar la conversación.

Sabía que no me dejarían dormir, la impulsividad es un rasgo bastante característico de Juls, por eso no estaba metida en la cama ni me había puesto el pijama.

Los encuentro sentados en el sofá, hablando en susurros, y por sus gestos intuyo que no tienen la misma visión de cómo enfocar sus reproches. Carraspeo para anunciar mi presencia y camino hasta sentarme en un sillón comodísimo que solía ocupar mi padre.

—Hola —saludo con una sonrisa cauta—. Veo que habéis llegado bien.

—¿Por qué no nos lo dijiste? —suelta Juliette a bocajarro. Eso me gusta de mi amiga, su forma de ir siempre al grano, sin dar demasiados rodeos—. ¿Ibas a acercarte a Dorian sin informarnos? ¿Qué clase de amiga eres?

Ahí está su corazón dolido, y me doy cuenta de repente de que su enfado no es por la peligrosidad, sino por la falta de confianza. Ralph la abraza por los hombros al descubrir, como yo, las notas de dolor en su voz.

—Lo siento —digo con arrepentimiento al darme cuenta de cómo le ha afectado mi forma de actuar—. No pretendía dejaros fuera, solo decidí hacerte caso y hablar con él. Quería acabar con nuestra historia, conseguir que dejara de buscarme y alejarme de él después. Pero se me fue un poco de las manos…

—¡Pues menuda manera tienes de cortar con alguien! —suelta con retintín—. ¿Tirarte a Dorian innumerables veces en un día es una forma de decirle adiós? ¡Venga ya, Maddie! Ahora estáis más colados que nunca.

Suspiro y la miro con una sonrisa de disculpa. Entiendo su arrebato, su ansiedad, incluso por qué se ha sentido dolida, y me gustaría recompensarla por haber sido tan insensible.

—Tenías razón. —Empiezo por admitir mis errores—. Dorian y yo nos queremos y nos merecemos intentarlo otra vez.

—¿Qué le has contado? —pregunta Ralph con un tono más calmado—. Flipé con tu historia del FBI. ¡El tío se la ha tragado como un campeón! Pero no creo que sea una idea brillante mentirle, Madison. Si quieres empezar algo de verdad, deberías ser sincera.

—Me voy a mantener fiel a la historia del FBI —aseguro—.

No puedo explicarle quién soy de momento, todavía no me fío lo suficiente de él.

Ya me la ha jugado otras veces y nada me asegura que vuelva a dejarme tirada.

—Suspiro—. Ya lo conocéis, cuando hace eso siente una rabia bastante irreflexiva. Es demasiado arriesgado.

Ralph asiente, pero también exhala con fuerza.

—Si alguna vez descubre la verdad, será mucho más peligroso. —Frunce los labios y yo asiento—. No se toma bien ese tipo de engaños, y ya sabes cómo se vuelve entonces. Vengativo, cruel, irreflexivo, mezquino. Valóralo bien. Pedirle sinceridad cuando le mientes a la cara…

—No puedo explicárselo. —Me mantengo firme—. Como mínimo, no todavía. He de asegurarme de que no va a hacer ninguna tontería. Nunca me perdonaría que pusiera en peligro a tanta gente.

—Quizá la única manera de protegernos a todos es confiar en él —insiste Ralph—. Es muchas cosas, pero no un tonto, y quiere a su familia, nunca la expondría sin pensar en su seguridad.

—He pensado bastante en eso —admito—, pero hay una parte irracional en Dorian, una que se ciega cuando algo lo sobrepasa, y entonces no mide las consecuencias de sus actos.

—Agarro la bala que cuelga de mi cuello desde que Dorian me la regaló, y recuerdo cómo fundió la original, tras una escalada infantil de «putaditas» irreflexivas y absurdas entre nosotros—.

Después se arrepiente, pero entonces ya es demasiado tarde y el mal está hecho.

Mis amigos no necesitan demasiado para averiguar en qué estoy pensando, mi gesto me delata. Juliette es la primera en asentir con una mueca tensa.

—Tienes razón. —Aprieta los labios—. Si evaluamos el riesgo, quizá la balanza se inclina por extremar las precauciones y mantenerlo en la ignorancia de quién eres en realidad.

Pero no debemos subestimarlo ni tomar ninguna decisión precipitada.

Porque si nos descubre, acabaremos en peligro de verdad.

—No lo hará —aseguro—. Lo veré en dos días en el circuito, Warren nos va a dejar su despacho. Entraré por la ventana después de que todo el mundo me vea marcharme. Nadie sabrá que nos hemos visto.

—¿Y después? —pregunta Juliette—. Ya conoces a Dorian, es el tío del todo o nada. ¿Cómo vas a verlo y mantenerlo en secreto?

—Lo del FBI es una patraña, lo sabes, ¿verdad?

—Me levanto para sentarme al lado de mi amiga y abrazarla—.

Ni mis primos ni Albert lo están siguiendo, solo han pinchado su móvil y el vuestro para asegurarse de que no le contáis algo jugoso acerca de mí y acabar de convencerse de que sois sus aliados.

No hay nada que temer en ese sentido. Pero se lo dije para mantenerlo en guardia y justificar que apenas le explique nada acerca de mí.

—Es arriesgado… —insiste Juls.

—Y podría funcionar —comenta Ralph—. Pero no hagas nada imprudente.

—Alquilaré una casita en Waco, cerca del lago. Warren me ayudará poniéndola a su nombre para no delatarme. Nos veremos ahí.

La mirada de mi amiga es perspicaz.

—¿Qué le has contado a Warren? —pregunta con un poco de aprensión a mi respuesta—.

Os lleváis bien, te ha ayudado con Dorian y parece inofensivo, pero no podemos cagarla.

—Me muestra su teléfono—. Tu primo Carl empieza a confiar en nosotros, hemos quedado para cenar mañana, y ya sabes que tenemos muchas esperanzas puestas en esa cena.

—Warren no tiene ni idea de quién soy —aseguro con firmeza—. Me ha visto la cara, pero nadie ha conseguido una foto de Madison Gardner, tengo un programa rastreando la web y si alguna vez saliera una imagen, la borraría de inmediato. E, incluso así, ¿qué probabilidades hay de que la viera?

—La Ley de Murphy existe por algo… —apostilla Ralph.

—«Si algo malo puede pasar, pasará» —musito con la mirada un poco perdida—.

Cierto, así que mejor no darle vueltas y confiar en quien decidamos.

Warren es de fiar, os lo aseguro. Llevamos un tiempo trabajando en mi coche, hemos pasado algunas horas juntos los fines de semana y me ha demostrado que es un buen tío.

Además, es abogado, y de los buenos. Está bien tenerlo cerca.

—Les guiño un ojo—. Y lo he investigado a fondo… No tiene ni un solo trapo sucio.

Un suspiro relaja a mi amiga. Asiente despacio, como si estuviera dándole vueltas a algo y le costara pronunciarlo. Levanta la mirada con lentitud y la centra en mí, dispuesta a darles voz a sus pensamientos.

—¿Por qué eres capaz de confiar en un extraño y le mientes a Dorian? —Su voz titubea, como si le doliera escuchar la respuesta que ambas conocemos demasiado bien.

—Precisamente porque lo conozco —admito—. Ojalá esta vez sea diferente y haya cambiado de verdad. Pero ninguno de los tres podemos evitar temer lo peor…

No sigo hablando, la idea de aceptar en voz alta mis oscuros recelos solo incrementa la sensación de estar al borde de un precipicio. Por una vez necesito acelerar al máximo, meterme en la boca del lobo, vivir sin evaluar constantemente si mis pasos me llevarán a la ruina emocional.

—La verdad es que deberías alejarte de él —comenta Ralph—.

Eso sería lo sensato en nuestra situación, y más ahora, con Carl a punto de cometer un fallo y confiar en nosotros.

—Sonríe al descubrir mi expresión derrotada—.

Pero te entiendo, Madison. No decidimos de quién nos enamoramos, es algo impredecible.

Y no se puede dar la espalda al amor para siempre.

—Ve con cuidado —susurra Juliette casi sin voz. Está asustada, y no la culpo—. Dorian sigue siendo el mismo de hace unos meses, es inestable, y no podemos estar seguros de que esta vez no te destruya de nuevo. O algo peor…

Nos vamos a la cama pasados unos minutos, con el peso de la conversación todavía fresco en nuestras mentes.

Es doloroso ser consciente de que me estoy adentrando en un terreno pantanoso donde puedo salir herida otra vez, pero no puedo renunciar a intentarlo, soy incapaz de alejarme de él ahora. ¿Y si sale bien? Tardo en dormirme, y mis sueños son revueltos, apenas descanso como es debido.

Por la mañana, noto el cansancio al entrar en la oficina, pero las horas de trabajo me engullen como siempre. Hay mucha tensión, muchas decisiones importantes esperando a mi dictamen, muchos fuegos que apagar.