15 #2
Subo la boca para llegar a sus labios y saborearlos despacio, con la lengua y los dientes. Mis manos cobran vida propia al desprenderla de la camiseta y el sujetador. Es como una adicción de esas imposibles de abandonar, no soy capaz de mantenerme lejos de ella, y no lo voy a hacer nunca más.
—Podemos… intentarlo. —Me desabrocha el vaquero para acceder a mi miembro hinchado y palpitante—. Con cuidado… Vigilando…
—¡Joder, sí!
Me la suda que Ralph y Juliette estén cerca, dar un espectáculo, hacerla gemir, porque sus palabras son lo único importante. Tenerla, entrar en ella, haber conseguido una promesa de continuar juntos.
¡A la mierda con todo lo demás!
La amo, es superior a cualquier otro sentimiento o deseo.
Dos horas después estoy sentado a la mesa del abuelo con una sonrisa de dos pares de narices, como un jodido pringado de esos de novela romántica.
Por fin Ashley y yo hemos sentado las bases para seguir juntos, ambos tenemos claro que queremos intentarlo de nuevo.
Estoy tan contento que incluso veo la vida de color de rosa.
«Sí, joder, se me están añoñando hasta los pensamientos».
Me concentro en la conversación de la mesa.
Ernesto nos cuenta con muchísima emoción su decisión de empezar a prepararse para estudiar ingeniería de software y diseño de videojuegos cuando llegue su hora de ir a la universidad.
Quiere dedicarse a programar esos juegos que lo obsesionan desde crío, y es un tío hiperinteligente, con capacidad y cualidades suficientes para conseguirlo.
Lo escucho hablar sobre algunos motores que ha encontrado en la red, con los que ha creado un par de juegos bastante sencillos, y el orgullo de hermano mayor me posee. Llegará muy lejos, lo sé.
Tía Emily toma la palabra para ponernos al día de las novedades de la fábrica.
El abuelo coge el testigo y nos habla de sus feligreses, de sus próximos sermones y de las reformas que planea hacer en la iglesia.
Mis primos aportan algunos cotilleos. Y mi madre está pletórica por su relación con Miles, quien le ha devuelto la sonrisa.
Me siento en casa, feliz y mucho más a gusto que otras veces.
Pero me falta Ashley. El año pasado estaba con nosotros, era una más de la familia, y la traté como el culo.
Ojalá hubiera conseguido mantenerla a mi lado entonces, no hacer el imbécil, no jugar con ella ni acojonarme, porque la echamos en falta.
Por la noche, ya de vuelta en casa, con todos dormidos, me escabullo para conducir hasta la casa del bosque con la intención de dormir con ella y reafirmar nuestras intenciones. No tengo su nuevo teléfono ni sé dónde encontrarla.
Si se ha ido, si todo era una mentira, si no vuelvo a verla…
Quizá solo soy un paranoico sin fundamento, pero estoy acojonado, y más tras haberla catado de nuevo. Ahora no podría prescindir de ella, sería como si me rociaran con ácido. Y me mata el descontrol que tengo sobre su vida, no poder contactar con ella si no está en esa casa.
Aparco frente a la puerta, me apeo y no tardo ni dos segundos en acceder al recibidor. No hay luces ni ruidos, aunque sí se nota la calefacción. Y hay unos toques de aroma de vainilla, de una de esas infusiones relajantes que Ashley suele prepararse de noche, antes de acostarse.
Sonrío, exhalando un suspiro de alivio.
Está en casa, y voy a abrazarla en pocos minutos, a dormirme durante unas horas pegado a ella, oliéndola, sintiéndola, amándola.
Camino hacia las escaleras para subir al piso de las habitaciones y me cuelo en la suya, donde tantas otras noches dimos rienda suelta a nuestra pasión.
El sonido de su respiración es como una balada emocionante.
Me desnudo sin hacer ruido, me cuelo entre las sábanas, me acoplo a su espalda, la abrazo por la cintura y le doy un suave beso en el cuello.
—Un poco más y me quedo dormida —musita colocando una de sus manos en mis brazos—. Te quiero, Dorian. No imaginas cuánto.
—Yo también te quiero, Ash. Muchísimo.
Le hago el amor despacio, tomándome mi tiempo, regalándoselo todo de mí, sin dejarme ni una migaja, porque a veces no te das cuenta de lo que sientes si la vida no te lo arrebata.
Nos dormimos desnudos, saciados y abrazados. Su piel contra la mía es un bálsamo contra cualquier pensamiento oscuro. No necesito más para sonreír y ser feliz. Aunque hay una sombra planeando en mi mente, una que me susurra lo absurdo que es entregarte en cuerpo y alma a otra persona.
Cierro los ojos y, cuando vuelvo a abrirlos, suena el despertador a las cinco de la mañana.
Debo regresar a casa antes de que mi familia se despierte para abrir los regalos de Navidad.
Están bajo el árbol, esperando ser descubiertos.
Le doy un beso a Ashley, ella se remueve un poquito entre las sábanas, dormida todavía.
—Te veré en el circuito el sábado —susurra—. Solo nos separaremos tres días. Te quiero.
—Más te vale no dejarme fuera de tu vida. —Le doy otro beso antes de caminar hacia mi ropa—. Porque haré lo que sea con tal de seguir a tu lado.
Ella hace un ruidito sordo, se gira y vuelve a sumirse en el sueño. La observo un segundo en la penumbra y salgo de la habitación para bajar las escaleras con sigilo. Paso por la cocina, abro el cajón donde guarda los folios y los rotuladores para prepararle una de nuestras notas.
«Recuerda… te amo más que a mi vida».
Le doy la vuelta y le dibujo dos coches de carreras en un circuito.
Estoy ansioso por verla de nuevo ahí, por iniciar esta nueva etapa a su lado, por disfrutar de la universidad de otra manera.
Cuelgo la nota en la puerta de entrada de la cocina y me voy a mi casa con una amplia sonrisa, una de esas que cuesta de borrar porque muestra la felicidad sin tapujos.
Quizás esta vez salga bien…