Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 14 #2
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Cuando Dorian se chivó de lo de las carreras, me interrogaron durante una eternidad, y mostraron con bastante contundencia su absoluto rechazo a mi forma de actuar y a mi imprudencia.

Por eso, cuando decidí venir a hablar con Dorian no les dije nada, pensaba hacerlo a mi vuelta, una vez estuviera consumado.

Suelto un gemido al ver cómo la puerta se abre y mis dos amigos sueltan un exabrupto bastante clarificador de sus pensamientos al ver a Dorian metiendo los pies en el vaquero y a mí con el pelo chorreando, envuelta en la toalla.

Mi ropa está encima de la tapa del váter, doblada.

La camiseta de Dorian ocupa un lugar en el suelo, tirada de cualquier manera, y no hace falta ser un Einstein para saber qué hacíamos hace unos minutos.

—¿Mad…? ¡Mierda! ¿Ashley? —Noto el mosqueo en los ojos de Juls y cómo le cuesta no llamarme Maddie, ahora que se había acostumbrado a ello—. ¿Eres tú?

Ralph la agarra del brazo para separarla de la puerta. Él también me fulmina con la mirada, pero no es tan temperamental como su novia y se hace cargo de la situación empujándola fuera del baño.

—Vestiros, os esperamos en el salón —anuncia sacando fuego por los ojos—. No me puedo creer que estés aquí, Ash.

Esa última frase deja muy claro lo que piensa de mi insurrección. Aunque, no lo es tal, ¿verdad? Son solo mis amigos, y yo soy dueña de mis decisiones.

«No si les afectan a ellos, lo sabes».

Esa molesta voz de mi conciencia me aguijonea con una sensación de culpabilidad; al venir aquí pongo en riesgo a sus familias y a la de Dorian. Debería haber confiado en ellos en vez de mantenerlos al margen.

—Vístete —murmura Dorian acabando de ponerse la camiseta—. Deberíamos salir y hablar con ellos.

Me quito la toalla sin sentirme cohibida por mostrar mi desnudez, y me empiezo a colocar la ropa interior con un poco de temblor en las manos.

—¿Y qué les vamos a decir?

Se acerca a mí, me rodea con sus brazos y me planta un beso en los labios.

—No voy a dejarte escapar de nuevo —sentencia—. Encontraremos una manera de estar juntos, cueste lo que cueste.

—Antes has dicho que me odias y que nunca me perdonarás.

—Tú también, pero ambos sabemos que no podemos estar separados.

—Me besa de nuevo y sonríe al separarse de mí—.

Así que ahora vas a acabar de vestirte y les anunciaremos a nuestros amigos que hemos vuelto.

Quiero escuchar la historia completa de por qué te escondes bajo la capucha y una identidad falsa, y trazar un plan para no volver a perderte de vista nunca más.

—Hay mucho de lo que hablar antes de eso…

Me ciñe más hacia él, posa un instante fugaz sus labios en los míos y se separa un poco para mirarme a los ojos. Leo determinación en los suyos, junto a una mezcla de sentimientos intensos y desordenados.

—Ash, no voy a dejarte marchar otra vez.

Me da igual cómo lo consiga, pero te quiero a mi lado, como mi chica.

—Suena tan bien… Ojalá pudiera decirle que sí sin pensármelo, sin remordimientos, sin ponerlo en peligro, sin sentir el miedo a que vuelva a destrozarme—.

Te odié esa mañana, cuando me dejaste la nota y desapareciste.

Te he odiado cada vez que te veía espiándome en las gradas sin dar la cara, cada maldita noche que aparecías en mis sueños, cada instante en el que te recordaba.

Y te odié mucho más por haberte escapado en el circuito de Warren después de encontrarte al fin.

¿Y sabes por qué te odio tanto? ¿Por qué no puedo dejar de hacerlo?

—«No es cierto que solo haya un paso del amor al odio —cito mis propias palabras, las que le repetí tanto en el pasado—. En realidad odiar a la persona amada solo es un intento fallido de deshacernos de nuestros sentimientos a través de la rabia, pero seguimos queriendo, a pesar de todo».

—Ambos sentimientos son el mismo porque solo cuando alguien te es indiferente has dejado de sentir algo por esa persona de verdad —susurra pegándose a mi boca—. Así que te odio, Ash. Con todo mi corazón.

Sus labios desatan la mayor de las tormentas en mi interior. Vuelve a ser el Dorian luchador, el perfecto, el que me quiere.

Pero ¿hasta cuándo?

Nunca ha podido mantenerse demasiado tiempo en este papel, suele asustarse al avanzar, y entonces me hiere con su puño de acero, me destruye, me aparta. No presto atención a mis reparos, me limito a tomar de él todo cuanto me da, mi amor es lo único que importa en este momento.

Ojalá pudiera volver a ser Ashley McGregor, ojalá pudiera convertirme en ella para siempre, ojalá esta vez sobrevivamos al abismo del desamor.

Se separa de mí con reticencia y un gruñido.

—Deberíamos hablar con ellos. —Se arregla el pelo frente al espejo y me mira con una sonrisa dubitativa—. ¿Estás preparada?

Niego con la cabeza. Inspiro con fuerza y al sacar el aire me lleno de valor. Son mis amigos, viven conmigo, querían que conversara con Dorian… Y soy una persona valiente, no pienso amedrentarme ahora.

—Vamos. —Alargo la mano para entrelazar los dedos con los de él.

Entramos en el salón que tantas veces ha sido nuestro espacio privado y veo a Juliette y a Ralph sentados en uno de los dos sofás, con bastante rigidez, como si la tensión los tiñera de incomodidad.

Están susurrando entre ellos, discutiendo.

Gesticulan mucho con los brazos y no parecen nada contentos.

—Lo siento —suelto nada más irrumpir frente a ellos—. De verdad, perdonadme.

Juliette se levanta, se queda unos segundos frente a mí y después me abraza con fuerza, como si necesitara ese gesto para tranquilizarse.

—No vuelvas a mentirme de esta manera —dice—. Somos un equipo, ¿recuerdas? Nada de secretos ni desapariciones.

Son palabras en clave, pero suficientes para convencer a Dorian de que llevamos meses sin vernos.

Ralph también me abraza y en su expresión veo que no me guarda rencor.

Aunque espero un discursito de los suyos cuando estemos a solas.

Porque es su modus operandi, y no los puedo culpar si están enfadados. Yo también lo estaría en su lugar.

—¿Dónde has estado? —pregunta Dorian haciéndose cargo de la situación—. ¿Por qué te escondes tras una capucha? —Baja la voz hasta un susurro dolido—. ¿Por qué te fuiste?

—Es complicado —digo ante la atenta mirada de mis amigos.

—Necesito saberlo. —Ocupa un asiento en el sofá—. Entenderte.

Ese muro invisible vuelve a levantarse entre nosotros, el que nos ha envuelto durante nuestra relación, ese construido a base de las desconfianzas de Dorian y de mis mentiras.

Porque, a pesar de su parte de culpa, de sus acciones, de cómo me trató, yo también le he fallado al guardarme la verdad acerca de mí.

Una mirada a sus ojos centelleantes de ira y dolor me basta para saber que no puedo exponerme ante él, no cuando nada en las aguas pantanosas del rencor, cuando ese odio al que hacía referencia antes es real y puede convertirse en un arma de doble filo.

Me siento frente a él, Juliette y Ralph no necesitan mucho más que ver mi expresión para entenderlo, los tres somos conscientes de la capacidad de Dorian para exponerse al peligro cuando la situación lo supere.

—Me busca el FBI. —Con el corazón en carne viva, me invento una historia—. No puedo dejar pistas acerca de dónde estoy. Y lo peor sería acercarme a cualquiera de vosotros, porque os vigilan. Saben quién soy y dónde me escondí.

Durante los veinte minutos siguientes sustento mi mentira en muchas más, utilizo una historia construida en mi mente hace un tiempo, por si llegaba el momento de exponerla y alguna vez debía mentir a Dorian.

Y cada una de mis falsas explicaciones se me clava en el pecho.

Si alguna vez averigua la verdad, si llega a vislumbrar el alcance de mis secretos, su venganza será feroz.