14
MADISON
Dejo correr el agua de la ducha mientras me estudio frente al espejo. No reacciono, hay demasiados sentimientos recorriéndome, demasiados reproches y, al mismo tiempo, una necesidad brutal de volver a tener sus labios sobre los míos…
Llevo casi tres semanas perdida en la locura más absoluta.
He mentido a mis amigos, pero también me he mentido a mí misma porque solo me prometí hablar con él, aclarar las cosas, pedirle que nos alejáramos para no hacernos más daño.
Cuando lo vi destrozado en el sofá de Juliette y Ralph hace diecinueve días, comprendí que no podía seguir huyendo de él ni de la realidad.
El corazón es un músculo demasiado autónomo para obedecer a la lógica, y mi amor por Dorian no se ha apagado en ningún momento, sigue brillando en mi oscuridad con la misma intensidad de siempre.
Enfrentarme a su dolor por la ruptura y a sus heridas, fue el detonante para trazar un plan y venir a aclarar las cosas con él.
Ambos nos debemos cerrar bien el capítulo de lo nuestro, sentar las bases para el futuro y aprender a vivir sin el otro.
Pero… resoplo y cierro muy fuerte los ojos permitiendo que el agua caliente me acaricie la piel, ávida de él.
Pretendía alejarlo, y ahora solo puedo pensar en tenerlo entre mis brazos para siempre.
Y me detesto por eso. Dorian es peligroso para mí y yo soy una bomba de relojería para él.
Siempre acaba sucumbiendo a sus instintos primarios, al miedo al compromiso, a ese concepto doloroso del amor que le llevó a ser testigo de la degradación del matrimonio de sus padres.
¿Por qué me he olvidado de todo y me he lanzado a sus brazos?
Ha sido un «aquí te pillo, aquí te mato», un momento de enajenación total por amor desesperado.
Porque amo a Dorian Stone más que a mi propia vida y no me controlo al tenerlo enfrente.
Me he pasado diecinueve largos y agónicos días preparándome para este momento.
Quería despedirme de él sin acusar mi desgarro, como el inicio de un nuevo ciclo.
He luchado cada día para contener mis ansias de investigar a esa tal Bella, de meterme en los dispositivos de Dorian para saber si están juntos, de acudir en secreto a sus partidos para espiarlo… Porque de verdad quería olvidarlo.
Pero todo ha sido en vano. Ha bastado un segundo frente a él para mandarlo todo a la mierda.
Inspiro con profundidad, recordando cómo he llegado hasta aquí, mis precauciones y la necesidad de explicárselo a mis amigos en cuanto me sienta preparada.
Anoche salí por la puerta trasera de la mansión y cogí la moto rumbo al aeropuerto, caracterizada con una máscara de silicona.
Le di instrucciones a Tammy para que fingiera mi estancia en casa, tanto con el servicio como de cara al exterior.
Lo preparé todo para evitar dejar pistas de mi viaje y me subí a un avión con un pasaporte falso y un cambio total de imagen.
Sé que Tammy me guardará el secreto y cumplirá su parte con eficiencia —tampoco sabe demasiado acerca de mis intenciones, solo que pasaré unos días fuera—.
La mansión es enorme, es fácil no encontrarme en ella y tan solo se necesita deshacer la cama, dejar mis objetos por mis rincones favoritos, ensuciar los platos, fingir que he comido, que he pasado por el salón, por el circuito…
Pero también conozco los riesgos y hasta dónde los he desafiado para llegar aquí.
Apoyo las manos temblorosas en la pared y permito que el chorro impacte en mis hombros. No entiendo qué me pasa ni por qué estoy tan sensible, pero las ganas de llorar me oprimen la tráquea.
Esta casa, Dorian, lo que acabamos de hacer juntos, la necesidad de apartarlo de mi vida… Quiero tenerlo conmigo, combatir a mi tío, a la lógica, a la razón, a la toxicidad de estar con él.
Lo deseo tanto…
No me he podido resistir a sus caricias ni a su magnetismo porque él es mi todo y me siento tan perdida cuando no lo tengo, tan destrozada, tan vacía… Pero es tan arriesgado seguir jugando a esta ruleta rusa…
El agua está muy caliente. Se desliza por mi piel como si quisiera borrar sus manos, sus besos, su tacto, pero no es capaz de deshacerse de las huellas en mi alma, de su presencia en mi corazón ni de esa necesidad de no separarme de él, aunque me hiera al final.
¿Estoy loca? ¿Por qué quiero darle una oportunidad si va a romperme cuando se sienta preso de una relación? ¿Y si Albert lo descubre? ¿Y si le arrebata la vida como hizo con mis seres queridos? ¿Y si ha cambiado esta vez? ¿Y si de verdad puede amarme como merezco?
¿Y si sale bien?
Escucho la mampara de cristal abrirse y cerrarse antes de sentir su presencia a mi espalda. Mantengo los ojos cerrados, sin moverme, sin darme la vuelta, sin pronunciar palabra. Me abraza y apoya su cuerpo desnudo en el mío. Coloca la cabeza en mi hombro y se acerca a mi oído.
—Te amo más de lo que te odio —susurra—. No vuelvas a escaparte de mí, Ash.
—Dorian… —No encuentro palabras, es como si su confesión me hubiera desarmado, llevándose toda la lógica de mi mente.
Nos quedamos más de lo recomendable abrazados bajo el chorro de agua casi hirviendo, hasta que una de sus manos se adentra en mi sexo y la otra amasa uno de mis pechos mientras sus labios devoran mi cuello.
Me muerde, me besa, me lame, me chupa, me llena de nuevo de esa avidez que solo él dispara en mí.
Tengo dos de sus dedos en mi interior mientras el otro juguetea con mi hinchado centro de placer, sin detenerse en él demasiado tiempo, torturándome con sus caricias.
Siento su erección contra mi espalda, mi pezón se yergue y no logro dominar mis gemidos .
—Yo también te amo más de lo que te odio —susurro entre jadeos.
Su dedo al fin decide quedarse en el lugar donde lo necesito, lo masajea en círculos, lo hincha todavía más, lo dispara de placer y, de repente, mi mundo se resquebraja en las oleadas de un orgasmo épico.
Grito su nombre una y otra vez, porque solo él tiene el poder de hacerme sentir completa.
Me da la vuelta y, sin pensárselo dos veces, me apoya en la pared y entra en mí, otra vez sin protección, sin prudencia, sin pensar.
—Nunca te perdonaré —musita aumentando el ritmo de las penetraciones, con sus labios sobre los míos—. Nunca, Ash.
—Yo tampoco.
Me lanzo a morderle el labio inferior, luego se lo recorro con la lengua y acabo besándolo al sentir cómo se forma de nuevo el orgasmo, cómo él también está a punto, cómo nuestros corazones laten a la vez, al borde del abismo.
Mi explosión llega primero. Letal, furiosa, intensa. Vuelvo a gritar su nombre entre resuellos, a dejarlo entrar en mi corazón, a alcanzar la cima del éxtasis. Y él me acompaña cuando los últimos coletazos de placer me invaden con una réplica demoledora.
—Ashley, joder —murmura en medio de sus gemidos—. No vuelvas a marcharte.
Nos separamos respirando rápido, mirándonos a los ojos, hablando con ellos.
—No podemos estar juntos. —Curvo los labios en una sonrisa triste—. Es imposible.
—Estás increíble. —Me acaricia la mejilla con un dedo—. El color de tu pelo, los ojos, las pecas… Me encanta la verdadera Ashley. —Cierra un segundo los ojos—. ¡Dios! Te he echado tanto de menos.
Su boca vuelve a la mía, pero esta vez lo hace despacio, con ternura, con ese amor que no podemos borrar, con una declaración de nuestros sentimientos.
Respondo al gesto con la misma viveza, transmitiéndole cuánto lo amo porque, a pesar de los obstáculos, de la distancia y de nuestro pasado, él es el amor de mi vida y nunca seré capaz de negar esa realidad.
Tardamos una eternidad en enjabonarnos el uno al otro para borrar los rastros de fluidos en nuestros cuerpos. Lo hacemos sin hablar, usando nuestras manos para transmitirnos cómo nos hemos añorado y cada uno de nuestros sentimientos. Porque atesoramos muchos, quizá demasiados.
Su tacto me dispara calor, calidez, recuerdos y anhelos.
Es como si por un momento viviéramos dentro de una cúpula capaz de alejar cualquier obstáculo real a nuestra relación, como si nada importara fuera de esta ducha.
Son nuestros cuerpos los únicos que deciden ahora, sin escuchar a la razón, sin prestar atención a nuestra historia o a los impedimentos para construir un puente entre nosotros.
Salimos con la piel enrojecida y arrugada por tanta exposición al agua caliente, todavía en silencio. Ambos somos conscientes de que las siguientes palabras deberán dar voz a demasiadas verdades y nos enfrentarán directamente a la realidad, esa que quiere mostrar las dificultades para estar juntos.
Goteando, sin vestirse ni cubrirse, Dorian coge una de las toallas guardadas en el armario de debajo de la pila y me envuelve en ella.
Los recuerdos son tan vívidos. Me atrapan para llevarme a ese tiempo de felicidad efímera donde pensé que quizá podía confiar en él.
Se mantiene abrazado a mí durante más rato del necesario.
Es como si ambos entendiéramos que una vez salgamos de este baño la situación se impondrá, y no estamos preparados para ello.
—¿Dorian? —La voz de Juliette nos separa con una aceleración de nuestro ritmo cardíaco—. ¿Dónde estás? He visto el coche fuera, así que ahórrame buscarte. No puedes pasarte la vida recordándola.
—Deberías superarlo, tío —añade Ralph mientras Dorian empieza a vestirse a toda prisa y yo me quedo paralizada, sin saber muy bien cómo afrontar lo que se me viene encima.
No hay manera de escondernos, nos van a pillar—.
Obsesionarte de esa manera con Ash acabará contigo.
Si ella quisiera verte, te habría buscado, ¿no crees?
Mis nervios escalan el Everest en dos segundos.
No les he contado mi expedición porque me habrían recordado los riesgos de viajar de incógnito mientras mis primos y mi tío me vigilan tan de cerca. Ahora conocen la existencia de la puerta secreta, de mi moto, de mi otra vida, y están molestos conmigo por ocultárselo.