13 #2
Mis ojos se pierden en la casa donde tantas veces estuvimos juntos, nuestro refugio durante todos esos meses de felicidad compartida, cuando nuestra relación era perfecta, y el lugar en el que conocí la otra cara de Ash, sus mentiras, su verdad escondida.
Y, aun así, la perdoné, la deseé y decidí permanecer a su lado.
Por eso me pasé tantas horas encerrado aquí tras su cobarde huida, tumbado en la cama o en el sofá, buscando su recuerdo en las pequeñas cosas.
¿Por qué no se quedó?
Ojalá lo hubiera hecho, ojalá no tuviera la certeza de que no puedo olvidarla.
Guardo el móvil en el bolsillo del pantalón.
Puede haber sido un espejismo producido por mi mente desquiciada o una realidad.
Porque Ashley es una ciberdelincuente capaz de borrar cualquier rastro digital de su paso por mi teléfono.
Por eso se esconde. Pero quiero creerlo, así que me agarro a la ilusión de encontrarla en nuestra casa, esperándome.
Una ráfaga de aire frío me impacta en la cara y es como una señal para mis piernas.
Empiezo a andar con pasos rápidos, y a la vez vacilantes, resuellos audibles y el corazón imparable.
Mantengo las manos en los bolsillos para evitar estrujarlas.
Y aprieto los labios en busca de algo de contención para los gemidos que desean escaparse por mi boca.
Si ella está ahí dentro, si puedo abrazarla, si…
¡Joder!
Me paso la mano por el pelo y vuelvo a esconderla en el bolsillo. Parezco un patético adolescente pillado hasta las trancas por una tía. Tiemblo. Sí, hostia, tiemblo, y no puedo controlarlo.
Alargo la mano para colocar la llave en la cerradura, pero el temblor es tan pronunciado que no logro encajarla hasta el cuarto intento.
Los recuerdos se abalanzan en mi cabeza, la llenan, la perturban.
Y en todos está ella como protagonista. Su sonrisa, su cuerpo, sus gemidos, sus besos, su voz, su aroma…
Empujo un poquito la puerta y avanzo muy despacio, casi a ralentí, sin saber si voy a darme la vuelta o acabaré adentrándome en busca de Ashley.
Hay música muy flojita en algún lugar de la casa.
Escucharla hace que mis venas bombeen tan rápido que casi me ahogo.
Huele a ella, a esa mezcla de flores silvestres con vainilla.
Con una profunda inspiración, avanzo por el recibidor hacia el garaje. Porque si es ella, si Ashley está aquí...
Apenas he dado cuatro pasos cuando aparece en la puerta que da acceso al garaje, y todo se detiene. El aire, el tictac del reloj, el mundo, mis pensamientos… Solo puedo sentir la necesidad, el anhelo, la pulsión de mi corazón en cada rincón de mi cuerpo.
Está cambiada.
Su melena pelirroja le cae en una cascada de rizos sobre los hombros. Las pupilas azules brillan en medio de su cara poblada de pecas, sin ocultarlas ni darle color a su tono natural. Más delgada, más musculada, más guapa… Más de todo.
No pienso, no me detengo, no le hablo ni le grito, dejo mi cuerpo en piloto automático, guiado solo por mi corazón, por demasiados meses sin tocarla, por mi avidez, por la sed de ella. Los dos nos acercamos y nos abalanzamos sobre el otro.
Los besos ahogan nuestros gemidos o cualquier atisbo de conversación, lo único importante es devorarnos.
Mis manos no dejan de tocar cada centímetro de su piel mientras la empujo hasta apoyarla en la pared, al lado de la puerta.
Ella se deshace de mi chaqueta y de mi camiseta con movimientos desesperados, como si no pudiera soportar las barreras entre nuestros cuerpos.
Y yo hago lo mismo, la desvisto con rapidez, sin ser delicado con las prendas, solo con la urgencia de tocarla, de sentir su tacto desnudo, de acariciar su piel.
Su mano baja hasta tocar mi entrepierna, la libera del vaquero y juega con ella haciéndome perder la cordura.
Le muerdo los labios mientras le bajo el pantalón y la ropa interior, sin alejarme demasiado de su boca. Ella me ayuda jadeando, y no tardo en hundirme en su interior, sin valorar nada más, solo con la necesidad de hacerla mía.
Bombeo con fuerza, agarrándola de las caderas para que suba las piernas y me rodee por la cintura, arrasando con sus labios, aplastándola contra la pared con mi cuerpo, invadiendo hasta la última partícula de su ser, alentado por sus sonidos cargados de lujuria.
Ella gime y me clava los dedos en el trasero para ayudarme a ser más duro, más enérgico, más intenso. Los dos acusamos la separación y requerimos borrarla, hacerla volar en pedazos, resarcirnos de ella.
Exploto en su interior y ella me sigue, como si por una vez nos hubiéramos sincronizado.
Es un orgasmo demoledor, me sacude hasta los cimientos, me recorre el cuerpo entero, hasta el alma…
Se enreda en mi corazón para hacerlo latir al ritmo del placer y volver a calentarse.
Me arrebata la cordura. Y termino con flojera en las piernas, sudado, resollando.
Ella también parece ida, casi no se sostiene, su respiración está tan agitada como la mía.
Nos quedamos una eternidad ahí mismo, sin reaccionar, sin movernos, sin hablar.
No salgo de ella, no quiero dejar de tocarla ni de sentirla, cuando lo haga deberemos enfrentarnos a la realidad: mi rencor, el suyo, su huida, los meses de ausencia, su forma de espiarme en la distancia y negarme la posibilidad de estar a su lado.
Y cuando eso pase, todo volverá a cambiar.
No me será fácil perdonarla ni rebajar los obstáculos que nos separan.
Es la primera en moverse, lo hace colocándome las manos en el pecho para separarme un poco de ella, y luego se escurre para irse al baño sin hablar, como si la tensión hubiera vuelto a electrificar el aire con su densidad.
Camino hasta la cocina para usar un poco de papel y limpiarme.
Ha sido… ¡Joder! No debería haberme dejado llevar por los impulsos, ahora no sé cómo vamos a enfrentar lo que viene a continuación.
No podemos obviar lo sucedido ni dedicarnos a follar para ocultar nuestros errores ni la realidad. Pero la deseo tanto…