Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 13
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DORIAN

Esta casa me recuerda demasiado a ella, y más estar estirado en la cama donde durmió durante dos años, donde le hice el amor muchas noches, donde la amé y donde destruí su corazón una y mil veces.

La odio con todas mis fuerzas por haberme convertido en un adicto a ella. Y, aun así, la deseo, la echo de menos, la ansío con tanta intensidad que a veces siento que moriré si no consigo recuperarla.

¿Tiene puto sentido?

Llevo cuatro días en Elberta, intentando encontrar equilibrio entre tantas emociones contrapuestas. Pero soy incapaz de quedarme en un solo lado del corazón.

Odio, amor, rencor, necesidad…

¡Joder! ¡Parezco una jodida batidora!

Mi equipo conquistó el último partido el pasado 19 de diciembre, pasando a la semifinal, y no tenemos que jugar hasta la Fiesta Bowl, el 1 de enero en el Sun Devil Stadium, el estadio de la Universidad de Phoenix, en Glendale.

Ese resultado me ha dado siete días de descanso de entrenos, aunque no puedo olvidarme de mantener mis músculos a punto porque quiero ganar el College Football Playoff .

Ayer por la tarde llegaron Ralph y Juliette para instalarse en casa de mi amigo y pasar la Navidad en familia.

Cené con ellos para indagar acerca de sus visitas al circuito.

Han ido dos veces para descubrir algo de Ashley, y estaba ansioso por escuchar sus noticias, pero son tan poco alentadoras…

Varios conductores les aseguraron que llevaba un par de carreras sin aparecer por ahí, y escucharlo fue demoledor.

Porque era mi única pista y, si no regresa al circuito, no tengo nada.

Han pasado diecinueve días desde la borrachera en la fiesta. Bella se ha cambiado de teléfono y se ha negado a darme el nuevo, desechando mis disculpas y mi propuesta de amistad. Sin embargo, con Robert y Dustin hablo de vez en cuando.

Juls y Ralph mantuvieron una amarga charla conmigo después de presentarme en su casa con una pinta horrible.

Y cuando me insinuaron que quizá debería olvidarme para siempre de Ash, me vine abajo.

Pero no me paré a analizarlo, solo grité, los acusé de ser unos capullos insensibles y acabamos cabreados.

Todavía me pesan parte de sus palabras, cómo intentaron que no siguiera por el camino de la autodestrucción.

Y, en vez de escucharlos, me largué de la mansión Reynolds dando un portazo, sin ofrecerles tiempo a replicar.

Mis últimos cuatro días han sido extraños.

Volver a compartir el espacio con Ernesto, Miles y mi madre.

Comer con mi abuelo, tía Emily y mis primos.

Reencontrarme con gente de mi pasado reciente.

Ir al diner que antes era de Juls y Reese para ver a los nuevos dueños y a mis antiguos compañeros de equipo…

Hacerlo sin ella…

Es como si el mundo hubiera dejado de girar para convertirse en un lugar plano, sin movimiento ni ningún tipo de esperanza.

Me crucé con Sasha Miller el miércoles. Mi ex.

Y una de las personas más tóxicas de mi pasado.

Fue un momento bastante tenso porque después de todo lo sucedido entre nosotros no nos hablamos.

Me miró con odio, como si yo fuera el culpable de todas sus desgracias, y se acercó solo para escupirme su rencor con algunas palabras demasiado mezquinas como para reproducirlas ahora en mi cabeza.

Tampoco es que nuestra historia terminara bien.

Antes de romper con ella, Ashley, Ralph, Juls y yo habíamos descubierto la corrupción de su padre, el antiguo alcalde del pueblo, ahora entre rejas.

Pero Sasha no sabe que fuimos nosotros quienes lo desenmascaramos.

Para ella todo es mucho más simple: soy el heredero de la fábrica de su familia, el cabrón que la dejó el mismo día en que detuvieron a su padre y el tipo que nunca la quiso de verdad.

Lo que Sasha nunca ha querido reconocer es cómo empezó todo entre nosotros.

Me había coaccionado para salir con ella. Obligado a meterme en su cama con amenazas contra mi familia. Y había contribuido a que acabara haciéndole daño a Ashley con su manera enfermiza de chantajearme.

Cuento los segundos sin dejar de mirar al techo, con el corazón a mil por hora.

Añoraba la cercanía de mi familia, pasar unas horas jugando a la consola con Ernesto, ver a mi madre por las mañanas medio dormida tomando su café, escuchar cómo el abuelo prepara el sermón dominical, subir al depósito de agua con unas cervezas para charlar con mis amigos como si el tiempo no hubiera pasado.

Anteayer nos reunimos mi antiguo equipo casi al completo, jugamos un amistoso y luego fuimos al diner a explicarnos los cambios de vida de cada uno de los que estamos en la universidad y de los que se han quedado en el pueblo para ponerse a trabajar o para seguir en el instituto.

Por unos momentos fue como si no nos hubiéramos separado nunca, como si todos siguiéramos siendo miembros de los Warriors —algunos todavía lo son—.

Aunque me faltaron Ralph y Juliette. Y también eché demasiado en falta a Ashley sonriéndome desde la barra, sentada en un taburete junto a su inseparable amiga…

Esa noche, al llegar a casa, fue como si me desgarraran por dentro. Sentí su ausencia como un hierro candente introduciéndose en mi piel para llegar a mi corazón y hundirse en él.

Estar aquí sin ella me recuerda demasiado lo que he perdido, quizá por eso he evitado dormir donde lo hicimos juntos por última vez, antes de que me dejara esa nota que destrozó mi mundo y me convirtió en una sombra de mi verdadero yo.

Llevo un buen rato despierto en la cama, pensando en ella, pero debería ir al gimnasio a entrenar como marca mi rutina.

Hoy es veinticuatro de diciembre, esta noche tenemos la primera cena familiar de celebración en casa del abuelo, y no puedo evitar pensar en la del año pasado, cuando ella todavía vivía en esta habitación y la tenía conmigo, cuando no me había echado de su lado, cuando existía la posibilidad de un nosotros, a pesar de mi mezquina forma de actuar.

Cuando escucho el pitido de mi móvil en la mesilla de noche, son solo las siete de la mañana, muy pronto para que alguien me escriba en un día festivo, pero como llevo desde mi llegada sin pegar ojo, no tardo ni cinco segundos en alargar la mano para ver quién me ha mandado un mensaje a estas horas.

Abro mucho los ojos y empiezo a respirar muy rápido. En la pantalla bloqueada solo puedo ver una parte de las palabras:

«Recuerda… siempre te querré».

Mis espiraciones se convierten en resuellos mientras mis dedos intentan no temblar para acabar de leer:

«¿Dónde siempre? No tardes».

¡Joder! No puedo pensar. Ni calibrar nada. El corazón me late tan fuerte que parece que me vaya a reventar el pecho.

Me levanto de un salto. Busco cualquier cosa que ponerme. Vaqueros. Camiseta. Un jersey. Me los pongo a toda prisa, casi sin mirar, mientras el mensaje sigue quemándome en la cabeza.

«Recuerda… siempre te querré. ¿Dónde siempre? No tardes».

¿Es posible que esté aquí?

Me quedo un segundo inmóvil en mitad de la habitación, intentando ordenar mis pensamientos. Pero es imposible. La euforia me invade como una descarga eléctrica. Ni rabia, ni reproches. Solo esa sensación brutal de que tengo que ir en su busca. Ya.

Salgo de la habitación casi corriendo y bajo las escaleras de dos en dos.

En la cocina, como todos los días, mi madre está preparando el desayuno. Tiene el pijama puesto, zapatillas, el pelo recogido en un moño mal hecho con una pinza y la cafetera burbujeando en la encimera. Todavía parece medio dormida.

Me detengo en la puerta un segundo, intentando parecer normal .

—Buenos días —murmuro.

Ella levanta la vista y me dedica una sonrisa somnolienta.

—Buenos días, cariño.

Camino hasta la encimera fingiendo tranquilidad, aunque por dentro siento el corazón desbocado.

—Voy a pasar el día con Ralph y Juliette. —La excusa sale sola, atropellada. No soy capaz de inventar nada mejor. Tengo las palabras atascadas en la garganta.

Mi madre ni siquiera sospecha nada. Asiente mientras me sirve una taza de café.

—No llegues tarde a la cena, ¿vale? —dice acercándose para darme un beso en la mejilla—. Pásalo bien.

—Lo haré.

Agarro la taza y salgo casi inmediatamente de la cocina antes de que pueda preguntarme algo más.

«Ashley está aquí». La frase retumba en mi cabeza mientras cruzo el jardín y doy sorbos al café demasiado caliente. Intento respirar hondo, calmarme, encontrar una forma de bajar esta ansiedad que me está devorando por dentro. Pero es imposible.

Hace frío, aun así, conduzco con la ventana abierta para que el aire helado me golpee la cara y me mantenga despierto. Porque, joder… Ashley me espera en la casa del bosque. ¿Ha venido a por mí?

No sé qué siento —rabia o deseo. Odio o amor. Rechazo o necesidad—. No sé qué quiero —hundirme en ella o gritarle. Besarla o exigirle respuestas. Decirle cuánto la he echado de menos… o cuánto la odio—. Demasiadas emociones chocando dentro de mi cabeza.

La última vez que la vi se escapó sin decir una sola palabra.

¿Viene a recriminarme mis intentos por contactar con ella? ¿A echarme del todo de su vida? ¿O a pedirme otra oportunidad?

Me salto un latido al pronunciar la última pregunta en mi mente, con una aceleración preocupante de mi ritmo cardíaco.

¿Qué haría si pudiera tenerla de nuevo? No quiero contestar, me da demasiado miedo hacerlo, darme cuenta de hasta dónde estoy dispuesto a arriesgar para tenerla ni que sea una vez más.

Aparco frente al garaje, me apeo y me quedo un instante quieto. El latido de mi corazón bombea en demasiadas partes de mi cuerpo, me inunda los oídos, las venas, la respiración acelerada.

Busco el mensaje de nuevo en mi teléfono para releerlo y asegurarme de su existencia, pero ha desaparecido, y me pregunto si ha estado ahí en algún momento o mi mente perversa ha jugado conmigo.

Dudo durante unos segundos. Si entro allí y Ashley no está, si todo ha sido un juego perverso de mi cerebro, si no la tengo…