Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 12 #2
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—Aunque no te lo creas, tenemos la capacidad para hacerle frente —asegura Ralph leyéndome la mente—.

Carl nos ha seguido al restaurante para asegurarse de que no le mentimos, y como a Dorian jamás le hemos dicho la verdad y nos hemos ceñido a nuestra coartada con él, ha colado.

Sus reacciones han sido muy reales, te odia por lo que le hemos explicado.

Y eso refuerza nuestra posición con tu primo. Lo tenemos, Madison, de verdad.

—¿Y si… —empiezo a decir, pero Juliette me corta.

—Los condicionales son una mierda, y lo sabes.

—Se levanta para caminar hacia el armario donde guardamos el José Cuervo—.

Falta poquito para Navidad, en tres semanas nos vamos a Elberta y te dejaremos sola en fiestas.

—Me enseña la botella de tequila—. Nos toca celebración de la buena.

Porque hemos avanzado con Carl y vamos a disfrutar de la ventaja.

—Se sienta en el suelo, frente a la mesilla de centro, donde ha dejado la botella y tres vasos de chupito, con la espalda apoyada en el sofá—.

Vamos, Maddie, saca uno de esos álbumes de fotos de tu familia y pon música acorde con el momento.

Brindaremos por acabar con Albert Reynolds, tus primos y sus secuaces.

—¡Así se habla! —Ralph se sienta a su lado y sirve el tequila.

Sonrío, me limpio los restos de lágrimas y los acompaño, a pesar de que siento cómo la situación me desborda.

—Por unos amigos cojonudos. —Levanto el vaso, lo choco con el de ellos y me lo tomo de un trago, con los recuerdos de otras celebraciones parecidas del pasado.

Diez chupitos después estamos bañándonos en la piscina, a pesar de la temperatura exterior, cantando y riendo como unos locos. ¡Suerte que el agua está climatizada! Si no, mañana tendríamos todos una pulmonía, y yo no me lo puedo permitir.

El baño nos ayuda a despejarnos un poco, lo suficiente para apagar la música, abrigarnos y despedirnos hasta mañana. Me desmaquillo, me pongo un pijama calentito y me meto dentro de la cama, estirada boca arriba, con la vista fija en el techo, sin ver nada en la oscuridad.

Duermo poco, a pesar de haber decidido ir a por todas, la ansiedad se ha asido a mí como una maldición.

Hay una parte de nuestra conversación de antes del tequila que me ronda por la cabeza y no me deja tranquila.

Hace un par de semanas, cuando pasó lo de la carrera y vi a Dorian, supe que no podría olvidarme nunca de él.

A veces el amor es imposible de erradicar y nuestra única salida es aceptarlo y luchar cada día por salir adelante.

Quizá debería haberlo hablado con mis amigos, pero esperaba que fuera Dorian quien les contara lo sucedido, anhelaba que les pidiera ayuda para llegar a mí, que entre los tres tomáramos una decisión de cómo encarar el asunto.

Sin embargo, ha habido una tácita sentencia porque tanto Ralph como Juliette le han mentido acerca de mi otra identidad y me han dejado como una persona insoportable.

Eso inclina la balanza de nuestra capacidad de confiar en él.

Tenemos miedo a su inestabilidad, a su parte más cruel, a esa que se encargó de destrozarme en el pasado y que dictó algunas de sus peores hazañas.

Es un miedo racional y bien fundado porque Dorian ha demostrado demasiadas veces cómo su oscuridad barre la luz demasiado a menudo, y no nos podemos arriesgar con él.

¿Por qué él ha callado? ¿Cómo es que no les ha contado lo de la carrera?

Me agobia no poder responder a mis dudas…

Acabo sucumbiendo a un duermevela poco satisfactorio y por la mañana estoy en pie muy pronto, con una resaca del copón y un malhumor de primera.

Soy fiel a mi rutina. Ejercicio y mi sagrado café de pie en el porche, tapada con una manta, viendo el amanecer, permitiendo que la mañana me acabe de despertar.

Hoy tengo una agenda apretada. Hay un par de asuntos de trabajo que requieren mi atención, ser la responsable de un monstruo como Reynolds Oil me absorbe, aunque sea sábado.

Después debería investigar los dispositivos de Carl y de Candy para ver en qué andan metidos.

Comer con Ralph y Juliette. Y pasar la tarde con ellos antes de escabullirme para participar en la carrera de esta noche.

Así son mis días. Completos.

Resoplo y agarro el móvil para ver en qué anda Dorian. He seguido con mi costumbre de rastrear su móvil. Hay una constante en sus comunicaciones de las últimas semanas que me tiene celosa. No puedo evitarlo. Todo indica que con la tal Bella solo mantiene una amistad. Pero me molesta.

He entrado en el teléfono de la chica, lo he estudiado y he descubierto que es muy reservada, no tiene redes sociales ni fotos ni demasiada información personal. Mi instinto hacker me impele a investigarla, a escarbar en su vida, a averiguarlo todo acerca de ella.

Sin embargo, necesito dejar marchar a Dorian, y solo lo conseguiré distanciándome de él, así que no voy a indagar en la vida de Bella ni de sus últimos amigos. Se terminó. Dorian forma parte de mi pasado. Ahora debo concentrarme en Carl, Candy, mi tío y sus acólitos .

Me retiro a mi cueva, esa llena de aparatos informáticos de última generación, acompañada de mi segunda taza de café y mis ganas de revolver en la vida de mis primos.

Cuando, una hora después, recibo la llamada del guardia de seguridad de la garita de entrada a la casa, mis nervios alcanzan una cota brutal.

—Señorita Gardner. —Su voz es firme, como siempre—. Está aquí el señor Dorian Stone. Dice que viene a visitar a la señorita Monroe y al señor Brown. —Baja un poco la voz—. Viene un poco perjudicado. Y su asistente no contesta a la llamada.

Mi pulso traspasa un pico muy preocupante.

¿Dorian está aquí? ¿Qué coño significa «perjudicado»?

Aprieto el botón de la cámara que enfoca a los vehículos desde la garita y lo veo.

Mi corazón late cuatro veces en un milisegundo.

Su cara es un poema de cardenales y sangre seca.

Lleva la camiseta manchada y sus ojos están furiosos.

—Déjalo pasar, pero explícale las normas. —Me cuesta hablar, es como si cada palabra me pinchara la garganta—. Mi zona es sagrada. —Adopto una voz fría—. Entretenlo unos cinco minutos, debo hablar con Juliette Monroe de esta intromisión. Y luego lo acompañas a la puerta que toca.

No tardo ni cinco segundos en irrumpir en el ala de mis amigos. Están los dos todavía en la cama, durmiendo. Entro en el dormitorio y les abro las cortinas de cuajo sin importarme la invasión de su intimidad.

—Dorian está aquí —anuncio sin ninguna consideración—. Y, por el aspecto de su cara, está claro que se ha metido en una pelea.

—¿Cómo que Dorian está aquí? —Juliette se endereza de golpe y alarga la mano para mirar en su teléfono—. ¡Joder! Nos ha mandado un mensaje avisándonos.

—Nosotros nos ocupamos. —Ralph se hace cargo de la situación enseguida. Se levanta, se viste con una camiseta y unos vaqueros y camina con rapidez hasta la puerta—. Madison, lárgate y no aparezcas por aquí hasta que te avisemos.

—Le he dicho a Thomas que lo entretenga. —Me tiembla la voz—. Me voy a quedar en mi cueva, pero no tardéis en sacarlo de aquí. No puedo tenerlo tan cerca .

Escucho unas voces acercándose. Thomas intenta retener a Dorian con palabras enérgicas y supongo que con algo más, pero no puede con él. Por cómo suena, está borracho y muy gallito. Lleva demasiados años ejercitando su cuerpo y sus puños como para no conseguir salirse con la suya.

—¡Señor Stone! —insiste Thomas. Su voz suena cada vez más cerca—. ¡No puede entrar ahí sin autorización!

—¡Al baño! —Juls señala la puerta con una expresión de pánico—. Lo voy a sacar de aquí, te lo prometo. No lo dejaré entrar en la habitación.

No espero ninguna señal ni más indicaciones por su parte. Me meto en el baño con rapidez y una taquicardia del quince, y me siento en la tapa del inodoro con los latidos pulsando en mis sienes.

Si me encuentra…

Su llegada al apartamento de mis amigos es inminente, y la oigo desde mi escondite.

Me estrujo los leggings con las manos y me muerdo el labio para impedirme gritar como deseo.

Hay una parte de mí muy interesada en saltarse todas las precauciones y salir a su encuentro.

Me cuesta domarla, el anhelo es insoportable.

—¿Qué coño haces aquí, Dorian? —grita Ralph—. ¿Y qué te ha pasado en la cara?

—Necesitaba un sitio donde esconderme. —Arrastra las palabras como si estuviera muy bebido.

Los oigo un poco lejos, y deduzco que deben estar en el salón.

Tengo la suficiente acústica para percibir el muchísimo alcohol que corre por las venas de Dorian y no dejo de preguntarme qué le ha pasado—.

He tenido una bronca de la hostia. —Suelta una carcajada amarga—.

Por una vez que me lanzo a por una tía, va un imbécil y me parte la cara. ¡Jodida Ashley!

Sus palabras me agrietan el corazón. ¿Se «ha lanzado» a por una chica?

No pensaba que escucharlo decir algo así me llenaría del veneno de los celos ni que me rompería, y menos después de mi decisión de hace un instante: mantenerme alejada, pero mírame, con las lagrimitas a punto de salir de mis ojos por una frase cortita y que puede significar mil cosas diferentes.

Ahora el deseo de investigar a esa tal Bella me incita a correr a mi cueva y no perder ni un minuto.

Mi instinto indica con luces de neón que ella es la chica de esta noche.

—Vamos a sentarnos. —Juliette interviene, imagino que lo lleva al sofá, es lo que yo haría.

Como una maldita temeraria, salgo de puntillas hasta la puerta de la habitación y me asomo un poquito por la rendija para observarlo en secreto.

Ocupa el sillón, frente al sofá donde se han colocado mis amigos, y no deja de retorcer las manos en el regazo.

Mueve una pierna de forma compulsiva—. Cuéntanos exactamente qué significa eso de «lanzarte a por una tía», por qué te han pegado y qué tiene eso que ver con Ashley.