12
MADISON
—La única explicación es que Carl nos sigue.
—Ralph camina arriba y abajo del salón con un creciente nerviosismo.
Lleva repitiendo esa misma frase desde su llegada a casa, y se me clava de una forma muy vívida—.
Quería interrogar a Dorian, es su manera de estar cien por cien seguro de que no mentimos cuando hablamos con él.
—Se pasa una de sus manos por el pelo y nos dedica una de sus miradas más profundas—.
¡Si hubieras visto cómo lo ha sondeado, Madison!
He estado a punto de darle un puñetazo en los morros varias veces.
El tío parecía uno de la secreta en pleno interrogatorio.
Hace media hora que han regresado de su comida con Dorian, y Ralph no ha dejado de analizar en voz alta la aparición de Carl en el restaurante, su forma de invitarse a la mesa, sus preguntas y su conversación acerca de mí.
—¿Por qué os ha seguido? —inquiero, dándole vueltas a la situación, con una idea latente que todavía no se materializa del todo—.
No hay necesidad de corroborar hasta tal punto vuestra lealtad.
Al principio pensaba que solo le interesaba estar cerca de mi asistente para conseguir algo de información de primera mano, pero ahora parece algo más.
—No hace falta encontrarle sentido a todo. —Juliette suelta una espiración ansiosa—. Es un tío desconfiado, no hay más.
—Con Carl nada es tan inocente. —Me levanto del sofá para moverme un poco, con un runrún interno que intenta clarificar mi presentimiento—.
Nunca actúa sin buscar algo a cambio. Lo conozco demasiado bien.
Es calculador, paciente, ambicioso, perverso…
Si se ha acercado tanto a vosotros, ha de ser porque su intención es obtener una recompensa para él.
Porque si algo no tiene, son remordimientos.
—¿Y qué espera de esto? —pregunta Juls—. Ilústrame. Porque no lo veo. ¿Y si es cierto que solo quería tomar unas costillas? Él me recomendó ese restaurante. Creo que estáis viendo demasiados fantasmas en esta situación.
Mi amiga le da un sorbo a un vaso de agua que se ha servido antes de sentarse y usa un tono picajoso, como si mis elucubraciones no tuvieran fundamento.
No entiendo su postura, ella conoce de primera mano cómo me trata Carl, sus constantes amenazas veladas, lo que me hizo su padre; debería ver más allá de su fachada, pero esta vez parece reticente a aceptar que mi primo tiene intenciones ocultas, incluso se ha opuesto al razonamiento de su novio.
—Vivís en mi casa, tú eres quien más cerca de mí está, Juls.
—Me detengo en seco frente a ella, con cada una de las piezas colocándose en su lugar y, de repente, siento un chispazo de agitación—.
Solo hay una explicación para su aparición en el restaurante: os quiere usar para su plan contra mí.
—Los ojos de Juliette se abren muchísimo.
Está a punto de hablar, pero no tarda ni un segundo en tragarse la voz—.
Os está poniendo a prueba para estar seguro de que puede confiar en vosotros.
—Mi tono va tiñéndose de emoción—. Si jugamos bien nuestras cartas, quizá tengamos una posibilidad de descubrir qué traman.
—Tiene todo el sentido del mundo. —Ralph camina hasta sentarse al lado de su novia y le da un trago a la cerveza que se ha abierto hace un momento—. Está planeando usarnos, por eso ha interrogado de esa forma a Dorian.
Contra todo pronóstico, mi amiga ejerce de abogado del diablo durante los minutos siguientes.
Se niega a creer de buenas a primeras mis deducciones, pero, a medida que analizamos lo sucedido, las intenciones de mi primo parecen muy claras, y lo mejor es que nos está poniendo en bandeja una solución a todos y cada uno de nuestros problemas.
Si ellos se convierten en sus nuevos aliados, podríamos cazar a Albert y desenmascarar a sus socios en la macabra lucha por el poder, porque por una vez lograríamos ir algunos pasos por delante de ellos.
—Deberíamos llevar algún aparato de escucha a partir de ya —propone Ralph, con una clara agitación danzando en sus ojos—. Grabar cualquier conversación con Carl. Nunca se sabe si puede decir algo interesante para un jurado o para analizarlo más tarde.
—Vale… —susurra Juliette—, admito que empieza a tener sentido.
—Y si conseguimos imágenes de vídeo, incluso mejor. —Ralph se viene arriba—. Es la manera de no perdernos nada, ni siquiera sus expresiones faciales.
—Miraré qué hay en el mercado y si nos sirve. —Inspiro con inquietud, dándome cuenta de demasiado y sintiendo una opresión en el pecho—. Debemos intensificar las precauciones, no podemos exponernos. Si en algún momento sospecha de vosotros…
—¡Lo haremos genial! —Aplaude Juls, ya totalmente convencida, y se abalanza sobre mí—. ¡Lo tenemos, Maddie! ¡Tenías razón! Siento ser tan cabezona y haber tardado tanto rato en darme cuenta de la verdad.
Al separarme de ella, me quedo un instante en silencio, con la sensación de que hay una parte oscura en todo esto.
Los miro dándome cuenta de lo que significa seguir adelante, del peligro que implica acercarse a Carl de esa manera, de cómo se están exponiendo por mí.
Y entonces regresan los recuerdos, las imágenes de los disparos, de la explosión, de las muertes.
Y me engulle la desolación, el vacío, el desgarro de mi alma.
—No puedo consentir que os arriesguéis por mí —susurro al borde del colapso nervioso.
Me doblo un poco hacia delante intentando reprimir las náuseas y el golpe en el estómago que he recibido tras darme cuenta de cómo los estoy empujando al abismo.
La amenaza de Albert cobra vida de nuevo.
Repito sus palabras en mi mente y revivo cada uno de sus actos para demostrarme hasta dónde es capaz de llegar para conseguir sus propósitos.
Tiemblo. Las lágrimas humedecen mis ojos.
El corazón me late desenfrenado en mis sienes y en mis oídos. Y respiro en resuellos estresados.
Me ahogo.
Es como si el aire no pudiera llegar a mis pulmones. Veo lucecitas parpadeantes frente a mi mirada, al ritmo del sudor frío que copa cada uno de los poros de mi piel. Las imágenes del pasado son tan potentes… Y la idea de poner en peligro a mis amigos tan desquiciante…
—Respira. —Juls me coloca su mano sobre las mías y me habla despacio—.
No nos va a hacer daño, estamos preparados, y tanto Ralph como yo hemos tomado la decisión de luchar por ayudarte conociendo los riesgos.
—Sus palabras se cuelan por mis oídos para llegar al cerebro y empezar a procesarse.
Es como si mi amiga y yo nos entendiéramos sin necesidad de hablar, ya que es capaz de intuir mi reacción, mis pensamientos, la raíz de mi crisis de ansiedad—.
Y los asumimos, Maddie. —Me abraza con lentitud por los hombros.
Su contacto y su discurso empiezan a hacer mella en mí—.
Vamos a vencer a tu tío, no te lo va a quitar todo ni nos va a hacer daño porque esta vez tenemos armas que él no conoce.
Y sí, Carl es un capullo muy listo, pero nosotros también. Y contamos con el factor sorpresa.
Asiento con la cabeza mientras respiro lo más profundo que puedo para calmarme. Pero la ansiedad no remite con rapidez.
—Destrozaremos a esos cabrones —apostilla Ralph con decisión—. Los machacaremos, Madison, porque por primera vez en la vida tenemos ventaja, y no dejaremos que nos hagan nada ni que nos descubran.
—Lo conseguiremos —reafirma mi amiga.
Tardo cinco minutos en controlarme lo suficiente para asentir, aunque sigo respirando bastante rápido y las lágrimas se niegan a desaparecer con rapidez.
El recuerdo de mi padre, de Garrett y de Simon en este salón, vivos, felices y llenos de vitalidad, se me agarra al corazón y me lanza imágenes de un pasado al que deseo regresar.
Los echo tanto de menos y me siento tan culpable de su muerte…
Sin embargo, no puedo renunciar a la posibilidad de conseguir una ventaja sobre Albert, necesito erradicarlo de mi vida.
—Vale —murmuro casi sin voz, aceptando que quizá debamos intentarlo, que necesito confiar en nuestra capacidad de vencer a mis enemigos—. Vale —repito un poco más firme—. Vamos a por ello.
Juliette me abraza más fuerte, y yo me giro para derramar un poquito de mi llanto en su hombro.
A veces permitirme un poco de dolor es un requisito para no encapsularlo.
Y saber a qué me enfrento es la única manera de estar alerta y preparada para cualquier cosa.
Aunque jamás sobreviviría a nuevas muertes.
—Sois los mejores —susurro—. Pero si os pasara algo, nunca me lo perdonaría.
Cuando Albert me amenazó, se lo conté a mi padre, a Garrett y a Simon, ellos conocían el riesgo, tomaron precauciones y acabaron muertos.
—Me paso las manos por las piernas—. Estaba ahí cuando mi tío se lio a tiros con mi abuelo, mi madre y mi hermano, cuando intentó matarme a mí también, cuando hizo volar por los aires el coche de mi padre.
Nunca entenderé por qué nos creímos a salvo de él, por qué no valoramos su capacidad para cumplir su amenaza.
—Los miro, angustiada—. ¿Y si os descubre?
Llevo años preguntándome por qué actuamos de esa forma, cómo se nos ocurrió no tomarnos en serio las palabras de Albert.
Fue una estupidez. Conocíamos la crueldad de mi tío, la habíamos sufrido, ¿y solo tomamos precauciones simples?
¿Nos expusimos? Esa vez demostró hasta dónde es capaz de llegar con su ingenio y nada impidió la detonación gracias a un dron cargado con explosivos, ni siquiera las medidas de seguridad adoptadas por Simon.
¿Y qué nos protege ahora? Solo somos tres chicos de dieciocho años cargados de buenas intenciones.