11 #2
Fui un cabrón. Pensaba que podía arrancármela del corazón, pero solo conseguí hundirla más dentro. Echarla de menos. Arrepentirme. Crispo con fuerza las manos en el volante, hasta marcar los nudillos en blanco. Amor… qué palabra más jodida. Debería haberla erradicado de mi vocabulario .
Observo el exterior por la ventanilla, cómo el paisaje de Texas me acompaña en mi trayecto. Piso a tope el acelerador en busca de un chute de adrenalina que me haga olvidar. Tengo los dientes apretados, la respiración acelerada y los músculos tensos.
No le permitiré a Ash ni a nadie hacerme creer que todo es culpa mía. No, hostias. Fue ella, se fue, me dejó, me la jugó. Y ahora no quiere verme.
El teléfono suena de repente. El sonido me devuelve al coche, a la realidad, a mi mierda de soledad. Mi madre.
—¿Hola? —respondo al quinto timbrazo.
—Dorian, ¡qué bien oírte! —Su voz inunda el interior del coche a través del manos libres—. Hace días que no me llamas, ¿cómo va todo?
—Bien.
—Ya… —Se calla un instante y suelta un suspiro cargado de reproche—. Ernesto te echa de menos. Yo te echo de menos. ¿Podrías ser un poco más comunicativo? Queremos formar parte de tu vida.
Me paso la mano por el pelo y aprieto la mandíbula.
—Estoy bien —reitero—. Voy a la universidad, entreno, he conseguido el puesto de capitán, el equipo está en buen lugar en la liga… ¡Ya lo sabes todo!
Hay un instante de silencio tenso.
—Vale —dice al fin—. ¿Sabes ya cuándo vendrás?
Miles y yo te recogeremos en el aeropuerto, ¿vale?
Hemos preparado unas fiestas navideñas muy en familia.
Tu abuelo dará el sermón de Navidad en la parroquia y tía Emily cocinará sus famosas galletas de chocolate.
—Se detiene un segundo—. Las últimas fiestas ella todavía estaba aquí…
—Depende de los partidos —respondo, obviando la referencia a Ashley, a su desaparición. Sé cómo piensa, que me hace responsable de lo sucedido, pero no le daré la satisfacción de aceptarlo en voz alta—. Ya lo sabes.
—Dorian —suelta, con autoridad—. Has de hablar de ella. Has de empezar a cicatrizar. Se fue.
—Hablamos pronto.
Cuelgo. Soy incapaz de seguir escuchándola con su trillado discurso de mierda. Golpeo el volante, subo la música y piso a fondo.
Cuando llego al restaurante he conseguido rebajar bastante la ira.
Aparco cerca de la entrada, me arrebujo en el abrigo y entro en el local. El calor del restaurante me golpea en la cara. Llevo tres horas y media conduciendo y todavía tengo los hombros duros como piedras. Resoplo. No puedo continuar dándole vueltas a lo de Ashley, necesito parar.
El restaurante es agradable, con una decoración muy texana y una carta surtida de comida tex-mex que me hace la boca agua. El olor a carne y especias me despierta el estómago.
Doy mi nombre en la entrada y me conducen hasta la mesa donde me esperan mis amigos. Ralph levanta una mano al verme y Juliette se levanta para darme un beso en la mejilla. Ellos también volarán a Elberta durante las fiestas, aunque solo para los días señalados. Es lo que tiene trabajar.
—¿Qué tal la carretera? —pregunta Juls con una sonrisa—. Pareces cansado. ¡Alegra esa cara!
Gruño y ocupo mi silla.
Se pasan más de quince minutos contándome cómo es su nueva vida. Yo doy vueltas al vaso entre las manos mientras escucho.
El camarero se retira después de dejarnos las bebidas y entonces noto un respingo muy sutil en Juliette.
Sigo su mirada y descubro a un tipo rubio, de veintipocos años, que se acerca a nuestra mesa con una sonrisa.
Va vestido de marca, perfectamente arreglado, rezumando clase y dinero.
Mucho dinero. No sé por qué, pero su expresión me resulta falsa.
Demasiado perfecta. Como si la sonrisa no le llegara a los ojos.
Se detiene a nuestro lado y saluda con efusividad a mis compañeros. Yo no me levanto.
—¡Qué coincidencia más agradable encontraros aquí! —Le tiende la mano a Ralph y le guiña un ojo a Juliette. Ambos se tensan, aunque intentan disimularlo con una sonrisa—. Este restaurante es uno de mis preferidos. Las costillas son espectaculares. Por eso me he atrevido a venir solo…
Ese comentario deja claro su interés en que lo invitemos a sentarse con nosotros. Y mis amigos lo captan enseguida. Me miran un segundo antes de hacer las presentaciones, con una expresión inquieta que intentan por todos los medios ocultar, y apenas se nota si no los conoces tanto como yo.
—Carl, él es Dorian —indica Ralph señalándome. Luego se gira hacia el rubio—. Él es Carl Reynolds, mi jefe y un muy buen amigo. —Noto cómo aprieta los puños—. ¿Quieres sentarte con nosotros? Todavía no hemos pedido…
El rubio asiente y ocupa una silla vacía en nuestra mesa con un «gracias» y una enorme sonrisa de satisfacción, impidiéndome seguir con la charla cómoda con mis amigos.
Iba a contarles lo del circuito, lo de Ashley, lo de su aparición, pero no lo haré frente a un desconocido, y menos con el cambio de comportamiento de Juliette y Ralph.
Están serios, contenidos, angustiados incluso, aunque intentan no mostrar su ansiedad.
Es como si midieran cada una de sus palabras.
La conversación se vuelve muy neutra, sin ahondar demasiado en ningún aspecto importante, y siento cómo Carl intenta averiguar cosas acerca de su prima a través de preguntas sutiles.
—¿Has estado en la mansión Reynolds? —Se dirige a mí—. Yo solo la he visitado cinco veces en mi vida, y eso que soy el primo de Madison… ¿La conoces?
—No a las dos cosas. —Sacudo la cabeza—. Pero por lo que cuentan estos, tu prima es una lagarta de mucho cuidado y, si te digo la verdad, muchas ganas de conocerla no tengo.
—Tampoco te pierdes nada. —Tuerce el gesto con asco y resentimiento—. Es una caprichosa de manual, se cree superior a los demás.
Juls cambia de tema con sutileza, pero no dejo de notar los ojos inquisitivos de Carl, tanto puestos en mí como en mis amigos. Es una sensación extraña, como si fingiera una confianza inexistente y estuviera midiendo en todo momento las respuestas del otro.
Consigue volver a hablar de Madison Gardner, y me hace preguntas extrañas, como si intentara cazarme en un reniego.
Salta a la legua que odia a su prima. Durante más de veinte minutos ella es nuestro único tema de conversación, pero apenas puedo aportar datos porque, ni la conozco ni me interesa conocerla .
Terminamos charlando de fútbol de una forma más animada y distendida.
Al finalizar la cena, Carl insiste en pagar y, tras una breve discusión, le permitimos salirse con la suya.
Se despide con una sonrisa y un apretón de manos, junto con la promesa de volver a quedar los cuatro algún día.
Cuando lo vemos subirse a su Jaguar deportivo, mis amigos sueltan un largo y profundo suspiro, como si llevaran toda la comida aguantando la respiración.
—¿Todo bien? —inquiero con las cejas levantadas—. Estabais más tensos que un cable de alta tensión.
—Es nuestro jefe —se excusa Juliette.
—Y os cae como el culo —me aventuro a deducir—. Es un esnob con la vida solucionada. Y tiene una fijación rara con su prima.
—¿Vas a ir a casa de tu amigo ahora? ¿O nos tomamos un café? —pregunta Ralph demasiado rápido.
La forma brusca en la que desvía mis palabras me desconcierta.
Voy a insistir, pero me suena el móvil y contesto la llamada de Robert para indicarme que me esperan en un bar cercano para tomar una copa antes de la fiesta. Mientras hablo, mis amigos se levantan con una rapidez sospechosa, me dedican un gesto de despedida y se largan.
Cuando cuelgo ya no están. Frunzo el ceño y me quedo mirando la puerta del restaurante unos segundos. Ralph y Juliette pueden ponerse nerviosos por muchas cosas, pero nunca se escabullen de una conversación complicada.