Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 10 #3
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—Estamos muy lejos del Reino Unido. —Suelto una carcajada nerviosa—. Pero molaría ser de la realeza.

—Ni puta idea de quién eres, la verdad. —Me analiza con ojo crítico, como si intentara reconocerme.

—Eso está bien —exhalo con alivio—. Pero si alguna vez lo descubres, vas a guardarme el secreto. Un trato es un trato.

—Lo voy a descubrir ahora mismo. —Camina hacia la ventana para atisbar por ella—.

Dorian Stone sigue apoyado en tu coche. —Señala detrás de su escritorio, donde hay otra ventana—.

Si me lo cuentas todo, te doy las llaves de mi coche y te dejo salir por ahí.

Podrás recuperar el Mustang mañana, junto al dinero del premio, y me encargaré del chico.

Es un buen plan. Pero ni de coña le cuento mi vida, no puedo darles a Albert y a los suyos ninguna pista acerca de mis actividades fuera de lo poco que les muestro. Y, vale, Warren Travis es un tío legal, y de momento me cae bien, sin embargo, no pienso darle acceso a mis secretos más íntimos.

—No puedo explicártelo —admito con un tono derrotado—. Lo siento, Warren, pero de verdad que no puedo.

—¿Tan grave es? —Me mira con los ojos centelleando con curiosidad—. Si necesitas un abogado, podemos ceñirnos al secreto profesional…

Suelto una carcajada. Ya conocía su faceta de cotilla por los mensajes de su móvil con sus amigos y, sobre todo, a su hermana, la chica explosiva que me ha atendido esta mañana.

Suele ser el más curioso de todos y, además, es adicto a los libros policíacos, como si resolver casos fuera de lo más interesante.

Recuerdo que cuando lo investigué me gustó conocer esa faceta suya.

Subraya algunas partes de los e-books que tiene en su e-reader , las que conciernen a la investigación y dan pistas para resolver el caso.

—Quizá te equivocaste de profesión —suelto sin detenerme a pensar en mis palabras ni en que revelan parte de mis pesquisas—. Deberías ser detective privado o entrar en el FBI.

—Los abogados también investigamos, es parte de nuestro cometido. —No parece haberse percatado de mi indiscreción—. Y lo mejor es que conseguimos liberar a personas de una condena injusta, incluso destapamos la historia completa.

—¡Pero si te dedicas al derecho empresarial!

—Ni te cuento los tejemanejes que se descubren. —Silba rebajando su enfado hasta casi hacerlo desaparecer—. Hay gente muy retorcida por ahí, no hace falta buscar clientes criminales, te aseguro que en las grandes corporaciones hay tiburones de lo más sanguinarios.

Mis ojos se desvían un segundo a la ventana.

No puedo ver a Dorian desde aquí, pero lo siento, es como si emitiera un campo magnético que me impulsa hacia él.

Ojalá pudiera confiar en él y volver a ser feliz a su lado sin temer ni sus reacciones ni a mi tío.

A veces incluso me planteo ser suya el tiempo que dure para atesorar esa felicidad.

Pero enseguida sé que no voy a hacerlo: la rotura posterior sería demasiado devastadora.

Y necesito estar entera para repeler cualquier ataque de mis enemigos.

—Ayúdame —solicito con súplica en la voz—. Por favor. Sin preguntas, solo porque eres una buena persona.

—Si me prometes volver a correr un mínimo de diez carreras más, sin llegar a los extremos de hoy, y enseñarme a conducir como solo tú lo haces.

—Acabas de decirme que soy una loca peligrosa al volante… —Le lanzo una mirada curiosa—. ¿No te da miedo mi capacidad de hacerle daño a los demás? ¿O conducir bajo mis órdenes?

—Me has dejado sin palabras —admite con un guiño de ojos—.

Y me he acojonado al verte en la pista, lo admito.

—Baja un segundo la vista, como si le avergonzara pronunciar sus siguientes palabras—.

¿Dónde cojones has aprendido a conducir así?

Mi padre era uno de los mejores corredores del circuito, y yo un imbécil celoso con ganas de tenerlo más en casa…

Quizá por eso nunca me interesé lo suficiente por su pasión, me parecía la culpable de sus horas alejado de nosotros.

—Trato hecho. —Levanto el brazo para encajarle la mano.

Es una imprudencia por mi parte aceptar, cuanto más tiempo pase con él, más puedo terminar desvelándole sobre mí, pero estoy tan cansada de esconderme, de anteponer el miedo a mi capacidad de vivir, que no estoy dispuesta a renunciar a todo—.

Puedes contar con mis lecciones de conducir en plan kamikaze y mi participación en un mínimo de diez carreras, pero asegúrate de mantener a Dorian alejado de mí.

—¿Me vas a contar vuestra historia? —pregunta con curiosidad—. Tiene pinta de dramón.

—Ni lo sueñes. —Suelto una carcajada.

Se une a mi risa un segundo y camina hacia el escritorio para abrir un cajón, de donde extrae lo que presumo son las llaves de su coche.

—Mañana a las diez te espero aquí para la primera clase. —Me las tiende, se da la vuelta y abre la ventana trasera, por donde voy a salir y a escapar del hombre al que amo—. Tienes ocho minutos de ventaja antes de que vaya a deshacerme de tu Romeo. No los desaproveches.