Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 10 #2
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Hago un asentimiento de cabeza y me alejo de él, con la piel cosquilleando en el brazo y un sinfín de estremecimientos recorriéndome el cuerpo.

No tengo una escapatoria plausible esta vez, veo cómo se apoya en mi coche con los brazos cruzados, y lo asimilo antes de entrar en la caseta, donde Warren me espera medio sentado en su escritorio, sin rebajar la dureza de su rostro.

—Sácate la capucha —ordena tras comprobar que he cerrado la puerta a mi espalda.

—No puedo. —Niego con todo mi cuerpo—. De verdad.

Se endereza y avanza hasta pararse frente a mí, muy cerca. Veo cómo una vena del cuello le late con nervio, y también escucho su respiración demasiado rápida para estar sereno.

—¡No tenía ni idea de que eras una jodida loca! —Alza la voz—. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? ¡Has forzado la máquina y podías haberte matado!

—Vamos, no seas exagerado. —Suelto un fuerte suspiro—. Sé hasta dónde puedo llegar, no hay para tanto.

—¡Te falta un puto tornillo! —Parece a punto de sacar fuego por la boca y sus ojos están descontrolados—.

No me has enseñado ni la mitad de lo que puedes hacer en las pruebas y, aun así, eres de las mejores corredoras que he visto en mi vida.

¡Juegas en otra liga, joder! Y no le tienes miedo a nada, lo que es muy peligroso.

—Suelta una exhalación inquieta—. No quiero problemas en mi circuito ni a una jodida imprudente capaz de hacerle daño a alguien.

Este último comentario es como un bofetón por su tono, me recuerda a Garrett cuando me pasaba de la raya en el circuito.

—¡Qué poco confías en mis habilidades! —Necesito relativizar la situación con un poco de sarcasmo o acabaré inmersa en mi pena, así que lo suelto con ese tonillo que le crispa la cara y desata un mayor mosqueo en Warren, quizá por eso insisto, pero esta vez menos segura de mí misma—.

No me he puesto en peligro en ningún momento. Sé lo que me hago al volante. Tranqui.

Inspira una larga bocanada de aire, la suelta por la boca y me lanza una mirada airada.

—Pareces una niña malcriada. —Niega con la cabeza y chasca la lengua—. ¡Quítate la capucha! —insiste—. O no volverás a correr en este circuito ni en ninguno cercano.

Resoplo. Sé que sus amenazas son reales, lo he investigado. Tiene veintiocho años, un título de Derecho por Harvard, pasta en el banco y el circuito es suyo y de su hermana.

Perdieron a su padre hace tres años y se ocupan de su negocio desde su muerte.

Warren también ejerce la abogacía empresarial, y es bueno, gana muchos casos, y ni te cuento a cuánto cobra la hora…

Y, lo peor de todo, es que puede cumplir su última amenaza, ya que conoce a demasiada gente en el mundillo como para tomarme sus palabras a la ligera.

Estoy en una encrucijada difícil. No sé si volveré a este circuito, la posibilidad de encontrarme con Dorian de nuevo es peligrosa, pero tampoco quiero privarme de correr, es una de las pocas cosas que llevo en estricto secreto y que me hacen feliz.

Warren es un tipo de palabra, lo sé por cómo lleva los casos y la multitud de información que he encontrado sobre él hackeándolo.

Su ordenador es una mina, y ni te digo su teléfono.

No tiene fotos guarras, ni mira demasiado porno ni tiene muchas citas.

Mantiene una buena relación con Donna, su única hermana, la pelirroja que se ocupa del circuito cuando él se dedica a su otro trabajo, paga sus impuestos, es un tío alucinante con sus amigos y es concienzudo con sus casos. Quizá pueda ayudarme…

Le doy un vistazo rápido, apenas me quedan opciones.

—Hagamos un trato —propongo tomando una decisión rápida—. Me quito la capucha si prometes ayudarme a deshacerme de un tipo.

—No sé quién cojones eres, pero o me muestras tu cara o ya puedes ir largándote.

—¿Aceptas? —insisto sin amilanarme ante su tono—.

¿Me ayudarás con Dorian Stone? Está ahí fuera esperándome, y no tengo ganas de hablar con él.

—Dudo un segundo antes de seguir, pero necesito pronunciar mis próximas palabras para protegerme, aunque quizá sean una grandísima tontería—.

Hay algo más… —Exhalo y muevo un poquito la cabeza para darme coraje—.

Te voy a mostrar quién soy, pero si alguna vez descubres algo más de mí, no revelarás que me conoces.

—¡Ni que fueras la reina de Inglaterra! —Resopla—.

De acuerdo. Jamás de los jamases diré nada de ti.

Y ahora, quítate esa capucha de una jodida vez.

No pienso hablar con nadie de quién es la zumbada que me ha dejado sin palabras al ver cómo conducía, lo prometo.

—Se acerca la mano a la boca y se da un beso, en plan promesa, aunque con sarcasmo—.

Pero tampoco te dejaré correr de nuevo si no sé quién eres, y mucho menos, sin llegar a un acuerdo sobre tu grado de temeridad.

Inspiro una gran bocanada de aire, asiento y me descubro con un gesto rápido. Total, estas cosas es mejor hacerlas así, a lo bruto, sin pensar demasiado. Pero, como nunca he mostrado mi rostro en público, se queda mirándome sin saber a quién está viendo.