10
MADISON
Acabo de tener la peor suerte de la historia.
¡Mierda! De todos los lugares de Texas, ¿por qué Dorian ha elegido este en concreto para pasar la noche del sábado?
Si lo llego a ver antes de bajar del coche…
Pero no, el karma no me ha mostrado su Mustang ni su presencia cuando he abierto la puerta para salir, y entonces ya era tarde para mantenerme oculta gracias a las ventanas tintadas.
¡Malditas normas del jodido Warren! Investigué a los corredores fijos, pero el dueño tiene unas reglas absurdas con los novatos: se inscriben pocas horas antes de la carrera, por separado y de forma analógica. ¡A boli! ¡Hay que joderse!
Me tiembla todo, incluso los dedos puestos en el volante.
Las palabras de Dorian muestran su grado de cabreo y hasta dónde está dispuesto a llegar para no dejarme escapar esta vez.
Sabe quién soy y, como ha dicho, una vez en la pista no puedo engañarlo.
Hemos competido demasiadas veces como para no conocer mi conducción a la perfección. No hay escapatoria.
Durante unos segundos mis impulsos me llevan a desertar para alejarme del peligro, pero cuando escucho la cuenta atrás en megafonía, sé que ya no hay tiempo, y busco la forma de concentrarme en ganar.
No puedo dejarme arrasar por Dorian ni por el miedo a descubrir qué hará a continuación.
He de rechazar esos pensamientos mientras compito por permanecer entre los mejores y asegurarme un puesto fijo en este circuito. No me queda otra opción.
Enciendo el aparato de música a toda potencia, con una de mis listas favoritas de rap dándome la energía necesaria para concentrarme en ser la mejor.
Pero esos acordes también me recuerdan a él, a nuestras comidas en la cocina de la casa de Elberta cuando nos conocimos, a ese verano donde todavía éramos extraños que gozaban de una tregua momentánea durante unas horas al día.
Yo solía poner la banda sonora y a él le encantaban mis elecciones, por eso, años más tarde, me reconquistó con listas de canciones, con temas preparados para ablandarme…
«¡Basta, Maddie!».
Me grito para dejar a un lado el pasado, para aplastarlo, para superarlo. Entonces el rostro de Garrett enseñándome a conducir ocupa mi mente.
—Va por ti —susurro, recordando cuando tenía a una parte de mi familia cerca y no me sentía inmersa en una guerra de poder tan destructiva como ahora. Y eso me ayuda a centrarme, a olvidar por unos momentos la situación en la que yo misma me he metido y a pelear por el pódium.
Le echo otro vistazo antes de acelerar para hacer volar mi Mustang por la pista.
Temo por él, por Juliette, por Ralph y por sus familias.
Es una sensación horrible que se apodera de mi serenidad con una fuerza indestructible.
Saber a qué me expongo si al terminar la carrera Dorian me descubre del todo…
La sentencia de Albert planea sobre mí mientras conduzco como una temeraria, luchando contra mis pensamientos recurrentes, contra el miedo, contra la ansiedad del después, y no tardo en colocarme en primera posición arriesgando demasiado.
Aunque todavía no he dado al máximo de mí, me lo guardo hasta el momento preciso.
La música y la furia invitan a mis pies a acelerar, a mi mente a pensar más rápido, a mis sentimientos a revolucionarse hasta el infinito.
Dorian me pisa los talones con el conocimiento exacto de mi manejo del coche.
Es capaz de anticiparse a muchos de mis movimientos, por eso invierto una gran dosis de energía en sorprenderlo.
Somos los mejores con diferencia, hemos dejado a los demás corredores a una vuelta de distancia y estamos batallando por el pódium de esta ronda, pero sigo superándolo en astucia y rapidez.
Por eso logro cruzar la línea de meta en primer lugar, sacándole unos segundos de distancia.
Mi adrenalina alcanza su apogeo al traspasar la bandera a cuadros negros y blancos que me nombra vencedora.
Hay demasiadas cosas danzando en mi mente, es como si no acabara de encontrar el equilibrio interior. El público aplaude y silba con fuerza, acabamos de darle una carrera digna de infarto.
Dorian ha luchado hasta el último momento por superarme y yo he mantenido la mínima ventaja, recordando demasiado y con los ojos inundados en lágrimas de indecisión, dolor e impotencia.
No puedo obviar la realidad, la situación ni su presencia.
Tampoco engañarlo ni mentirme, ya que acabo de corroborarle quién se esconde detrás de la capucha gracias a mi forma de conducir.
Tras esta carrera no le pueden quedar dudas. Los dos lo sabemos.
Por suerte la nueva ronda nos engulle. Según la dinámica de la competición, los dos ganadores deben ocupar su puesto en la línea de salida para enfrentarse a la siguiente sin dejar pasar demasiado rato.
Los coches deben venir preparados para aguantar todas las rondas sin necesidad de un arreglo técnico.
La batalla en la pista se desarrolla entre nosotros dos, somos los líderes indiscutibles y el hecho de sentirnos atrapados en una espiral de emociones nos impulsa a ser más agresivos que de costumbre, a apretar el acelerador con mayor fiereza a medida que avanzamos en las rondas, posicionándonos en todas ellas en los dos primeros puestos.
Nos desafiamos hasta conseguir que desate mis mayores dotes, esas temerarias de narices, y termine barriéndolo en la última carrera con un alarde de peligrosidad al volante que desmelenaría a más de un Job, sin darle a Dorian ninguna opción. Ni a él ni a nadie.
Lo dejo a media vuelta de distancia antes de atravesar la línea de meta, ganando incluso a los corredores más veteranos, aquellos que se alzaban con la mayoría de los récords y pódiums del lugar.
He sido una kamikaze y he forzado la máquina hasta rozar la osadía.
Si Garrett estuviera aquí, me bombardearía con uno de sus discursos de cuando me pasaba en ímpetu para lograr mis metas.
Pero no está porque voló por los aires por culpa del pirado de mi tío.
Y me da igual lo que hubiera pensado de mi forma de conducir de hoy, no me importa, lo único válido es mi necesidad de dejar a Dorian atrás, de escapar.
Si hablo con él, si lo tengo delante, si me mira con esos ojos llenos de recuerdos, no seré capaz de resistirme a besarlo, a dejarlo entrar demasiado, a aceptar cuanto lo amo todavía.
Conduzco hacia la explanada para los corredores, situada a un lado de la pista, con el corazón bombeando a la velocidad de la luz.
No estoy preparada para el reencuentro ni tengo claro cómo enfrentarme a los siguientes minutos.
Warren me ha explicado las normas esta mañana y sé que, tras ganar la última carrera, mi sitio es esta explanada, junto a los cinco participantes y, como Dorian sigue pegado a mi espalda, no tengo escapatoria.
Apago el motor y la música, me cubro los ojos con las manos un segundo y me deshago de las lágrimas antes de suspirar para encontrar la fuerza necesaria para salir del coche, tapada de nuevo con mi capucha, protegiéndome al máximo de la gente. Pero soy incapaz de abrir la puerta.
Nunca estaré preparada para Dorian.
No sé cómo reaccionar, qué decirle, qué hacer. Lo añoro, lo necesito, lo anhelo, pero nos hacemos daño, y temo tanto por él como por mi corazón hecho trizas.
Paso unos segundos quieta, con la cara tapada, buscando fuerzas en mi interior para superar el momento. Quizá la inacción es la peor de las soluciones, pero estoy bloqueada, no tengo ni idea de cómo comportarme ante él, su presencia, los reproches que vendrán a continuación.
Un par de golpes en la ventanilla me hacen saltar en el asiento.
Escucho cómo mi corazón alcanza la cota máxima y la rebasa para salirse de la línea.
Mi respiración es una traidora y corre detrás de él, e inunda el coche de resuellos acelerados.
Me destapo la cara despacio y miro hacia la ventanilla.
Lanzo un jadeo al encontrarme con los ojos de Warren.
—Tenemos que hablar —dice enfadado. No puede verme, los cristales están tintados, pero su expresión no deja espacio a desobedecer.
Con un inmenso suspiro de alivio, abro la puerta, todavía inmersa en un carrusel de ansiedad difícil de detener. El rictus del dueño del circuito muta a neutro, como el que ha mostrado en mis últimos entrenos aquí y en nuestro único encuentro esta mañana.
Me calo todavía más la capucha, para demostrar que no quiero desvelar mi identidad.
En las ocasiones anteriores no ha puesto ningún reparo, espero que siga así porque si intenta obligarme a lo contrario, me dejará sin un lugar donde correr.
Arriesgarme a mostrar quién soy no va a suceder jamás.
Y menos con Dorian lanzándome una mirada dolida y airada desde la cercanía.
Está a dos pasos de Warren, en una posición amenazadora.
—Tú dirás. —Miro al organizador de la carrera, intentando mantener la calma al máximo, pero sin lograrlo.
—Espérame en mi despacho —decreta señalando la pequeña caseta que hay al final de la explanada y dedicándome una mirada autoritaria. Después se gira un segundo hacia el público, que no para de lanzar gritos y abucheos por la inusual situación—. ¡Que corra el dinero de las apuestas!
Hay aplausos y vítores recorriendo las gradas cuando los ojos de Warren me descubren a su lado. Su expresión cabreada me indica que quizá hoy me he pasado en la pista.
Se gira y empieza a andar esperando que lo siga, y me basta una ojeada a Dorian para darme el empujón necesario, acelerar para poner distancia entre los dos y aplazar lo inevitable, pero él me intercepta agarrándome por el brazo.
—Ashley —susurra acercándose mucho a mi oído. Su olor es como una droga dura, se filtra por mis venas y las hace arder—. No me voy a ir de aquí sin hablar contigo. Sé quién eres, ya no volverás a escaparte de mí.