9 #2
Me despido de los chicos unos minutos después, con una única copa en mi estómago y la promesa de ganar mañana. Dustin me frena un segundo.
—Eh, tío, un momento. —Señala el móvil que llevo un rato sujetando en las manos, desde que Ralph me ha mandado un mensaje para decirme que ya lo tenía todo listo—. Apúntate mi número y el de Robert y haznos una perdida.
Asiento con una sonrisa y no tardo nada en completar su petición. Cuando estoy a punto de levantarme, Bella me coge el teléfono, al que no le ha dado tiempo a bloquearse, y toquetea la pantalla para escribir algo en ella.
—Mañana me voy a casa y no podré ir a tu debut en el circuito —explica devolviéndome el móvil—.
Pero te he anotado mi teléfono como Bella y me he mandado una llamada para guardar el tuyo como Edward.
—Se acerca mucho a mí para susurrarme al oído—.
Te llamaré para una maratón de Crepúsculo, así te culturizas. Y quizá aprendes algo más.
—Será una noche perfecta —coqueteo con ella al captar la invitación en su tono sugerente. Estoy cansado de pensar en Ashley y de guardarle fidelidad cuando la muy capulla ha vuelto a desaparecer.
Bella me acompaña a la puerta con una intención clara de intimar conmigo.
Al mirarla veo el reflejo de Sasha en ella.
Las dos rubias, vestidas de marca, arregladas, con padres ricos, la vida solucionada, populares…
Pero, aun así, le sigo el juego. No me quiero cerrar a nada y, a pesar del parecido, quizá son personas diferentes.
—Te veo el lunes. —Se acerca para darme un beso en la mejilla al llegar al exterior—.
Vendré a tu entreno y luego te llevaré a cenar algo para que me cuentes tu carrera.
Aunque también voy a escribirte mañana por la noche para averiguarlo —susurra cerca de mi oído—.
Esperaré con ansia la noche de los Cullen.
No va más lejos de un mordisco suave en el lóbulo de la oreja, pero se llena de sensualidad, como si quisiera dejar claras sus intenciones.
Se separa de mí con lentitud, y yo intento sentir algo de lujuria, de interés, de sensualidad, pero otra vez la molesta Ashley se apodera de todos esos sentimientos, como si solo ella pudiera hacerme vibrar.
—Nos vemos el lunes. —Sonrío para tapar mis pensamientos—. Pásalo bien con tu familia.
Ella se da la vuelta para volver a entrar en el bar con un contoneo sexy de caderas, y yo no tardo nada en conducir el Mustang hasta casa, donde Juliette y Ralph han acabado de apilar cajas para hacer la primera parte de la mudanza mañana, tras el último entreno de mi amigo.
Nos sentamos a charlar en el salón, con la tele de fondo, pero no les menciono mis planes ni lo sucedido esta noche.
Me voy a la cama pronto, tras leer un mensaje de buenas noches de Bella, y por un momento imagino que puedo volver a ser ese Dorian de antes de Ashley, uno capaz de liarse con cualquier tía sin buscar más que un revolcón y pasarlo bien.
Aunque sé que ya no existe.
Por la mañana doy lo mejor de mí en el entreno. He desayunado con Juls y Ralph por última vez en nuestro piso, y es una grandísima putada porque los voy a echar mucho de menos, pero es lo que hay, y no voy a hacer un maldito drama.
Me limito a ayudarlos a meter las cajas en la furgoneta que han alquilado, a estar al lado de mi amigo en el entreno y a darles un abrazo antes de su partida.
Conduzco hacia el circuito acompañado de música rap, mi preferida. Hacía tiempo que no la escuchaba, me recuerda demasiado a Ashley. Pero estoy cansado de sentirla invadir mis posibilidades de avanzar en cualquier recodo de mi vida, así que hoy me he decidido a desafiarla con la banda sonora.
Robert y Dustin me esperan junto a Warren, el organizador de la carrera, un tipo de unos veintiocho años, alto, musculado y con una clara tendencia a intimidar a la gente.
Me saluda y señala la pista mientras me informa de que va a decidir si participo tras ver mi entreno, ya que su circuito es muy exclusivo y en él solo admite a los mejores.
—¿Te han contado cómo funciona la carrera? —pregunta mirando a mis dos nuevos colegas. Sacudo la cabeza en señal de negación—. Capullos —les dice—. Si no llegas a la tercera ronda, te vas a la calle y no vuelves a competir aquí en la vida.
—La pregunta del millón —suelto sin perder la sonrisa—. ¿Cómo se llega a la tercera carrera?
—Hay cinco coches en la pista en cada ronda —explica Warren—.
La primera es para los novatos, como tú.
Y solo los dos vencedores pasan a la siguiente, enfrentándose a nuevos contrincantes.
A partir de la tercera ya son los veteranos, los que han participado al menos cinco veces y tienen plaza asegurada en mi circuito.
—Gana el tío que conquista la meta en primer lugar en la sexta ronda —aclara Dustin—. El premio es jugoso. —Me guiña un ojo—. Y los cinco corredores de la última carrera ganan algo de pasta.
Interiorizo las normas y asiento aceptando el desafío. No tengo ni idea de cómo son de buenos los demás, pero sí tengo claras mis aptitudes para pasar el examen y seguir invicto hasta el final.
—Puedo hacerlo —aseguro.
—Vamos a verlo. —Warren señala la pista—. Enséñame lo que eres capaz de hacer y te diré si puedes participar esta noche.
Sonrío de camino a mi coche y salgo a la pista dispuesto a darles un espectáculo.
Tras diez vueltas, ya me conozco el trazado, tengo claro dónde acelerar, dónde bajar el ritmo, cómo tomar las curvas…
Lo suficiente como para ofrecerles una demostración de lo bueno que soy.
Cuando llevas toda la vida corriendo, estás siempre preparado.
Acelero y doy lo mejor de mí en las próximas doce vueltas.
—¡Eres la hostia! —me felicita Dustin al bajarme del Mustang. Me da una palmada en la espalda y ensancha la sonrisa—. ¡Joder, tío! ¡Eres bueno de verdad!
—Lo vas a petar esta noche —conviene Robert.
Le lanzo una mirada a Warren para ver si he pasado su criba.
El tío es de lo más inexpresivo, se mantiene con el semblante serio, como si no quisiera mostrar sus pensamientos antes de emitir un juicio.
Me quedo quieto al lado de Dustin y Robert, con mi mirada en él, hasta que da tres pasos y levanta el brazo para encajarme la mano.
—Bienvenido a la carrera. —Atisbo un amago de sonrisa en sus labios—. Pasa a mi oficina a rellenar el papeleo con Donna y te veo a las seis para la primera ronda. —Me señala a una pelirroja y se da la vuelta para caminar hacia el siguiente candidato—. Sé puntual.
No tardo demasiado en firmar el papeleo legal de narices donde asumo la responsabilidad de cualquier cagada durante la carrera.
La tal Donna resulta ser la hermana de Warren, una aspirante a cantante de country que se gana la pasta trabajando en el circuito de su familia mientras le llega su oportunidad.
Se me insinúa con total descaro, y está buenísima, pero lo único de ella que despierta algo en mi libido es el color de su pelo, y por los recuerdos de otra pelirroja… La rechazo con mucha delicadeza.
Mis dos nuevos colegas aplauden cuando me reúno con ellos y me invitan a un tentempié ligero mientras repasamos las estrategias.
El resto de las horas las pasamos acabando de ajustar el coche en el taller que Dustin ha alquilado cerca del circuito.
Me hubiera gustado observar a los contrincantes probar su valía, pero Donna me ha dejado claras las normas y no está permitida la asistencia a las pruebas a ninguno de los participantes en las carreras.
A las seis, tras una cena frugal, el circuito empieza a llenarse de corredores y de espectadores.
Es como si volviera a Elberta, a la granja de Rowan, a esas carreras que mi padre ganó mil veces y donde Ashley rebasó todos y cada uno de sus récords con su conducción temeraria y perfecta…
¡Joder! ¿Por qué siempre se mete en mi mente?
La emoción de volver a correr me acompaña mientras me acerco a la pista con mi Mustang, dispuesto a conocer a mis contrincantes en esta lucha por conquistar un puesto fijo en las carreras.
La emoción de retornar a la competición es suficientemente fuerte como para olvidarme de mis mierdas y centrarme en mi única meta: ganar.
Hay cuatro coches más apostados en la línea de salida. El último es un Mustang muy parecido al mío, pero en vez de ser negro, es rojo, y tiene los cristales tintados.
Observo un segundo a los otros tres pilotos apostados junto a sus coches y entonces me fijo en cómo la cuarta conductora sale del GT.
Mi corazón entra en barrena. Es como si la adrenalina disparara un montón de sensaciones en mi interior.
No puedo retener la inquietud, ni la euforia ni mis emociones descontroladas.
Va toda vestida de negro, con una capucha tapándole la cara, preparada para competir, con esos mechones pelirrojos escapándose de la capucha…
¡Joder!
Siento sus ojos en los míos, aunque no puedo verlos, incluso me parece escuchar un jadeo de ansiedad y su ritmo cardíaco aporreando el silencio.
—Ashley. —Doy un paso hacia ella, pero enseguida se da la vuelta para subirse a su coche y cerrar las puertas con pestillo—. Sé que eres tú —le digo a la ventanilla cerrada—. Y una vez en la pista, no tendré dudas. ¡Habla conmigo!
Estoy a punto de usar el puño para aporrear el cristal cuando los altavoces anuncian el inicio de la carrera.
—Esta vez no te vas a ir sin dar la cara —le espeto a la ventana, y me concentro para derrotarla.