Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 9
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DORIAN

Pasamos de puntillas por la larga barra de madera y nos dirigimos a las escaleras que se encuentran a un lado.

Hay tubos enormes negros en el techo, paredes de piedra y, al final de la barra, un pasillo con mesas.

Los muebles son de madera y está atestado de gente.

Subimos al primer piso, un enorme recinto abierto al exterior.

No pierde las paredes de piedra, donde hay guitarras colgadas, una televisión, carteles…

Es un espacio diáfano, con varias casetas de bebida y un escenario donde hay un grupo tocando.

Un montón de universitarios de mi edad copan las mesas, charlando animadamente mientras nosotros caminamos entre ellos en busca de un rincón para sentarnos y tomar algo.

Ralph no ha venido, está con Juliette en casa, empaquetando sus cosas porque, si nada se tuerce, mañana se muda a Dallas con ella.

Ha tenido una especie de batalla con la jefa de mi amiga durante estas últimas dos semanas y, según parece, ha acabado con una victoria aplastante de mi colega porque el primo de Madison Gardner lo ha ayudado a conseguir un trabajo en Reynolds Oil como becario en el departamento de administración, a asegurarse vivir en la mansión junto a Juls y a traspasar su expediente a la Universidad de Dallas.

Incluso le ha asignado una beca de estudios.

Flipante el poderío de la gente rica.

No he seguido demasiado sus progresos, pero es imposible no enterarse de todo.

La verdad es que me la traen floja porque no soporto pensar en la deserción de Ralph ni en su capacidad para abandonarme y largarse a otra ciudad sin pensar en mí ni un segundo.

No sé por qué, pero esa Madison Gardner me cae como el culo.

No entiendo qué gana oponiéndose a hacerles el camino más fácil a mis amigos, ni su obsesión por esconderse ni esa forma suya de tratar a la gente. Y me molesta.

—¡Hola! —Escucho la voz de la rubia con la que he coincidido en varias fiestas estos últimos meses, aunque apenas hemos hablado. Ni siquiera sé cómo se llama. Está frente a mí con una copa en la mano y una sonrisa—. ¿Has venido a verme? Te dije hace un tiempo que solía pasar las noches aquí.

Lo recuerdo con vaguedad y asiento. Es una chica agradable y no la he visto tontear con tíos demasiado a menudo ni liarse con nadie. Es más de pasarse las noches bailando, charlando o bebiendo y jugando a las cosas chorras que se organizan para acabar con un pedo de narices.

—Hola… —Dejo su nombre en el aire para que me rellene el hueco.

—Bella. —Me guiña un ojo—. Para ti voy a ser como una chica capaz de bloquear tu capacidad para leer mi mente, una humana dispuesta a todo para que me chupes la sangre y me conviertas en alguien como tú, Edward.

Hace un gesto con la boca fingiendo que me muerde, y luego suelta una carcajada.

—¿Edward? —pregunto sin entender demasiado su juego.

—¡No puede ser! —Se tapa la boca sin dejar de reír—.

¿No conoces a los Cullen? —Niego con la cabeza—.

¡Acabas de perder muchos puntos! Edward Cullen es el mejor vampiro de la historia de los vampiros, inigualable, perfecto, increíble…

—Me agarra del brazo para llevarme hacia una mesa—.

Vamos, te voy a invitar a una copa para explicarte la historia completa porque esta incultura me parece muy preocupante.

Mis compañeros nos siguen hasta un par de mesas unidas, donde un grupo nada desdeñable de tíos y tías de nuestra edad está pasándoselo en grande.

No son los habituales en las fiestas; más bien parecen selectos, de esos pijos que cuadran con la rubia.

Pero nos acogen con menos distancia de la imaginada, como si estuvieran habituados a este tipo de comportamiento de «Bella».

—¡Vais a flipar! —anuncia la rubia tras conseguirme una cerveza con un carnet falso—. Aquí el quarterback no conoce a Bella Swan, ni a Edward Cullen ni a Jacob Black.

—¡Imposible! —asegura una de las chicas acercándose un poco para mirarme con incredulidad—. ¿De dónde sales?

—De Elberta —digo con una sonrisa—. Alabama.

Tras mi confesión, se inicia una conversación acerca de los pueblos pequeños, de Alabama, de cómo de importante es la inmersión en la vida cosmopolita de una ciudad…

Descubro que la mayoría de los amigos de Bella son de Dallas, como ella.

Han estudiado en un colegio privado de esos exclusivos y han decidido graduarse en esta universidad porque sus destinos están bastante decididos gracias a pertenecer a familias con negocios en marcha.

—¿Y qué se hace en un pueblo como Elberta para pasar el rato? —pregunta uno de los chicos, un tal Thomas—. ¿Hay algo emocionante?

—Las carreras de coches —contesto sin casi pararme a pensar—.

Aquí voy a un circuito, pero no es ni la mitad de bueno que el de Elberta.

Allí había carreras de verdad, desafíos, rankings, pasta gansa moviéndose en las apuestas…

En el de aquí está todo demasiado regulado y hay cero emoción.

—Le doy un sorbo a la cerveza—. Me sirve para entrenar, pero para nada más.

—¿Eres bueno? —Robert, otro de los chicos, me examina con mucho interés.

—De los mejores. —Sonrío con suficiencia—. Tengo varios récords. Solo me superó una corredora muy buena, el resto de los triunfos fueron míos.

Me hace bastantes preguntas técnicas. De tiempos, de mi coche, de conducción… Es como si estuviera pasando un examen, pero me parece bien responder porque, aparte del fútbol, las carreras so n mi otra pasión.

El tío domina el mundillo, todas sus cuestiones están planteadas con conocimiento y van encaminadas hacia alguna dirección que todavía no vislumbro.

—¿Qué me dirías de una carrera en un circuito mañana por la noche?

—Robert me lanza una mirada inquisitiva, como poniéndome a prueba—.

6,56 kilómetros de longitud, ocho curvas y un diseño bastante difícil.

Hay cuatro de las eses la hostia de pronunciadas, y se hacen carreras de cinco coches.

El trazado es muy agresivo, pero podrías intentarlo.

—Antes de correr hay que conocer el circuito, y más si es tan chungo como lo pintas. —A pesar de mi respuesta, siento la sangre vibrar en mis venas, circular a toda potencia por ellas, con deseos de experimentar la adrenalina del asfalto y el desafío propuesto.

—Dustin debía correr mañana. —Señala a uno de sus amigos—.

Pero se ha lesionado y no podrá conducir.

—Lo miro bien y descubro que lleva una escayola en la pierna derecha, incluso hay unas muletas apoyadas en su silla—.

Si te apetece correr, podríamos llegar a un trato con los beneficios.

Nosotros pagamos la inscripción y nos repartimos algo si ganas.

—Apenas me conoces…

—Has contestado a todas las preguntas a la perfección. —Dustin sonríe—. Tío, tienes las cualidades que buscamos. Mañana a las diez podemos ir a probar el circuito con tu coche, le das unas vueltas y decides. Se gana pasta.

—A las doce. —Acepto sin darle demasiadas vueltas, me apetece muchísimo volver a correr—. Tengo entreno de ocho a diez.

—Quedamos allí. —Me da una tarjeta con la dirección—.

Hablemos un poco acerca de las curvas. —Robert me indica la silla al lado de Dustin para que me cambie de sitio—.

Piensa que vamos a la primera carrera, a la de los novatos.

Para conseguir un puesto en ella debemos para pagar la inscripción y pasar una prueba.

Warren, el tipo que lo lleva, es muy estricto con probar a cualquier corredor antes de aceptarlo.

—Los cita la mañana de la carrera y los evalúa mientras dan un par de vueltas.

Solo los habituales tienen la plaza asegurada —explica Dustin.

Chasca la lengua como si ese funcionamiento le molestara—.

Robert y yo iremos a pagar, reservamos para esta carrera hace tres semanas y no vamos a perder el turno.

Tú limítate a aparecer a las doce y demuestra lo que vales. Si lo haces bien, estarás dentro.

Conversamos un poco más acerca de las condiciones de nuestro trato y de por qué unos tíos con pasta como ellos quieren ganar más en las carreras.

Al final entiendo que, a pesar de tener unos padres forrados, no todos consiguen el dinero que quieren para sus antojos y estos dos parecen muy caprichosos.

Acepto el trato.

A mí no me interesa tanto el dinero como la adrenalina de correr, el ganar, el ser el rey de la pista. Hace tiempo que dejé atrás el circuito de Elberta, los récords, la emoción de correr al máximo, y lo echo de menos.

Tras ese último pensamiento aparece Ashley, su rostro concentrado tras el volante, su pericia, sus ojos brillantes al ganar una carrera… Me sienta como una patada en los huevos añorarla tanto, por eso la echo de mi mente con un movimiento brusco.

Durante la media hora siguiente, Dustin me pone un par de vídeos de carreras en el circuito. Escucho con atención las indicaciones del trazado desde su punto de vista de corredor experto, aunque jamás ha conducido en él.

Me doy cuenta con rapidez de que el tío es bueno por sus tiempos en su circuito habitual de Dallas y sus hazañas.

Después descubro que viene de una familia de pilotos, que lo lleva en la sangre, y la imagen de Ash vuelve a cruzar por mi mente para invadirla.

Ella lo aprendió todo de un excorredor de la NASCAR. Era buena gracias a él…

Aprieto un puño para aplastar mis pensamientos recurrentes, mi necesidad de verla, de retenerla, de no perderla nunca más. Y me prometo que, si vuelve a aparecer, me dará igual todo e iré a por ella, a descubrirla, a revelar su rostro para estar seguro y después…

¡No tengo ni idea de qué cojones haría si la tuviera delante de nuevo!

¿De verdad la castigaría? ¿O no resistiría mi anhelo de ella?

Aunque hace unos minutos haya tonteado con la rubia, aunque mis pensamientos sean contradictorios, aunque no acabe de centrarme en mis ideas, sé que Ashley siempre tendrá mi corazón, y la odio por eso. Y a la vez la amo tanto…