8 #2
Una vez más me fustigo por no haberme escondido esos dos años en algún lugar apartado de Estados Unidos, sin los peligros añadidos.
Pero entonces una vocecita cada vez más molesta me indica que, si no hubiera ido a Alabama, tampoco tendría a mi lado a dos amigos capaces de todo para ayudarme ni habría conocido al amor de mi vida.
Me detengo en seco un segundo al repetir en mi mente ese último pensamiento. «¿El amor de mi vida?». No. Dorian no puede serlo, es demasiado duro por nuestra situación y la imposibilidad de llegar a algo.
Respiro hondo, aprieto muy fuerte los puños y camino con pasos firmes.
El sonido de varios flashes me devuelve a la realidad.
Juliette adopta su papel de asistente nerviosa por la situación, me agarra del brazo y me ayuda a avanzar hasta alcanzar la seguridad de la puerta, donde los periodistas ya no pueden fotografiarme.
El vestíbulo está engalanado para la fiesta y hay muchas personas en tránsito hacia la biblioteca habilitada para la celebración.
Es una estancia enorme a nivel del suelo donde mi abuelo construyó este lugar acristalado, lleno de estanterías con libros antiguos y modernos, sillones, mesas, un escenario…
Lo erigió para el descanso para sus trabajadores y salón de actos para cualquier evento de la empresa.
De niña siempre me gustó perderme entre las estanterías.
—¿Qué te pasa? —susurra Juliette disimulando con una expresión airada.
—Nada. —Sacudo la cabeza de forma casi imperceptible.
—Suerte de la pamela y las gafas —masculla antes de soltarme y dar un paso al lado con una mueca de fingido disgusto, como si acabara de espetarle palabras malsonantes—. El peinado solo no es suficiente para esos flashes.
Mi corazón empieza a latir frenéticamente al darme cuenta del significado de esa frase.
¿De verdad he sido tan insensata como para detenerme frente al circo de cámaras preparadas para conseguir la ansiada foto de mi rostro?
Estar alejada de Dorian es más peligroso que conducir para ver sus partidos oculta tras la capucha.
Siento la necesidad de escabullirme a una estancia tranquila para comprobar las redes sociales, los medios digitales, cualquier lugar donde pueda aparecer una instantánea de mi cara. Porque no me lo puedo permitir.
—Voy al baño —anuncio señalando las puertas—. No tardo.
Mi amiga se cuelga del brazo de un Ralph trajeado.
Ella lleva un larguísimo vestido violeta con una abertura en la pierna derecha.
Se ciñe a su cuerpo de curvas perfectas y realza su figura de una forma impresionante.
Reprimo una sonrisa al sentirme cerca de ella y me deslizo dentro de un cubículo para rescatar mi móvil.
En cinco segundos he activado los programas de rastreo para averiguar hasta dónde puede perjudicarme la insensatez de hace un instante.
—¿Sabes? —Juliette abre la puerta del cubículo y se cuela conmigo.
No es muy grande ni hay mucho espacio para las dos, pero nos las arreglamos para sentarnos en el suelo, apoyarnos en la pared y alargar algo los pies.
Estamos muy juntas—. Esto me recuerda al día en que te conocí.
Tienes una maldita obsesión con eso de buscar fotos en la red.
—Bueno, aquel día acababa de darle un puñetazo en la nariz a tu cuñado. —Hablamos en susurros para evitar escuchas indeseadas—. Y estaba muy alterada.
—Si no llegas a atizar a Logan, no estaríamos aquí. —Me abraza con ternura—. No te han visto la cara, tranquila. Te has quedado quieta, pero con la cabeza baja. La pamela, el peinado y las gafas han logrado su cometido.
—Me alegro de haber pegado a Logan. —Le devuelvo el abrazo y me muevo para levantarme—. Venga, vamos a comernos el mundo.
—Es el momento idóneo —comenta—. Carl te ha visto entrar y a mí detrás. Es perfecto.
Le tiendo la mano y las dos nos las arreglamos para alisarnos los vestidos antes de salir del cubículo. Me he arriesgado a venir a la gala solo por esta actuación, y no puedo echarme atrás ahora.
Antes de nada compruebo la seguridad que he instalado para detectar cualquier dispositivo electrónico. He dado órdenes de confiscarlos todos, incluso las cámaras de fotos. Hasta ahí llega mi paranoia.
Frente al espejo, me quito la pamela, me acomodo el pelo para que oculte mis rasgos, me la pongo de nuevo y me preparo para la siguiente escena, donde voy a representar a la caprichosa Madison Gardner, una mujer implacable, capaz de hundir a cualquiera.
—¿Preparada? —pregunto una vez termino con mi puesta a punto.
Ambas sabemos que aprovechar el momento es la mejor manera de conseguir nuestras metas, y esta evasión al baño nos ha ofrecido un escenario perfecto.
Ella asiente, me aprieta un segundo la mano y compone una expresión cabreada.
Solo se permite arquear un segundo los labios para mostrar una sonrisa, y después se mete en el papel.
Salgo con paso firme, sin mirar atrás, altiva. Ella me sigue con rapidez, me agarra del brazo y me detiene ante la mirada atónita de varios de mis empleados y de mi «querido» primo Carl.
Ralph observa la escena desde un ángulo, con gestos exasperados, tal como hemos ensayado. Y el rostro de mi primo enseguida denota interés.
Giro la cabeza con brusquedad hacia mi amiga. Ella me aguanta la mirada con furia, como si de verdad estuviera enfadada conmigo, y hacemos ver que discutimos en voz baja unos segundos.
—Se acerca. —Escucho la voz de Ralph por el auricular indetectable que llevo en el oído—. Lo estáis haciendo de narices.
No revelo el brillo de triunfo de mis ojos ni doy muestras de euforia. Solo fulmino a Juls con la mirada, preparada para la representación de mi vida.
—Juliette, suéltame y olvídate ya de esa locura. —Mi tono es duro e inflexible—. He dicho que no, y no hay más que hablar.
—Pero, Madison… —Nunca me ha llamado señorita Gardner en público, ni va a empezar ahora. Veo a Carl muy cerca y me felicito por la puesta en escena—. Por favor —masculla entre dientes, como si le doliera pronunciar esa súplica.
Me desembarazo de su agarre con altivez, niego con la cabeza y me alejo de ella con paso firme, como un desprecio.
No sonrío como deseo, ni me giro como clama mi instinto, ni hago nada que me delate, pero mi corazón palpita a toda potencia mientras camino hacia el salón donde se celebra la gala anual de la compañía.
Hay mesas de bebidas, otras de comida, música en directo, un escenario y toda la plantilla al completo, junto a sus parejas.
Me aparto de la gente. Por suerte mi papel público me presenta como una mujer con puntas afiladas, bastante antisocial y sin deseos de interactuar con la gente.
Eso disuade a los presentes de acercarse demasiado a mí y me ofrece la posibilidad de esconderme de miradas indiscretas y protegerme al máximo mientras me concentro en la conversación de Carl y Juls.
Llevo el peinado especial para taparme media cara con el pelo, intento no mostrar demasiado de mi rostro ante tanta gente y uso la penumbra de un ángulo de la sala para desaparecer. Toda precaución es poca.
Ralph y Juliette están con Carl. Los escucho en mi oído a la perfección. Mi primo ha picado el anzuelo porque no ha tardado ni dos segundos en preguntarle a mi amiga por el numerito de hace un momento.
—No es nada —insiste ella—. Solo Madison Gardner en todo su esplendor —añade con sarcasmo.
—Puedo ayudarte. —El tono de mi primo es sutil, pero con notas de triunfo. Su único interés es sacar información sobre mí y está dispuesto a todo para invadir mi entorno, por eso este plan es infalible—. Vamos, Juliette, somos amigos, ¿no?
—Tu prima es una capulla —interviene Ralph con rabia. Está sacando lo mejor de él, incluso actúa mejor que en nuestros ensayos—. No quiere ayudarnos.
—Necesito más información —los anima Carl.
—Está bien. —La voz de Juls la presenta como hastiada—.
Ralph estudia en Austin y se quiere trasladar a Dallas para estar conmigo.
Eso significa que quiere vivir en la mansión Reynolds y que necesita un trabajo a media jornada, porque dejaría el fútbol y su beca.
Si no ha de pagar alquiler, le sería más fácil.
¡Y esa casa es enorme! Madison puede ayudarnos en todo, pero se niega.
—¡Será capulla! —suelta mi amigo—. No entiendo cómo alguien puede ser tan rico y tan poco altruista.
Aguanto la respiración esperando la reacción de Carl.
—Contad conmigo para convencerla. —Reprimo un grito de victoria, e imagino el gesto de camaradería fingida de mi primo—. Vamos a repasar bien el contrato de Juliette y a buscarte un trabajo en la compañía mientras muevo hilos para traerte a Dallas, Ralph.
—¿De verdad harías eso por mí? —pregunta él con un fingido agradecimiento.
—Más bien será por tu novia. —Carl siempre tan adulador. Puaf—. Pero puedes darlo por hecho. Lo conseguiremos.
Sonrío para mis adentros. El anzuelo ya está dentro.