8
ASHLEY
Estoy muy nerviosa. Al fin vamos a poner mi plan en marcha para traer a Ralph a Dallas. Y necesito que salga bien. No solo es por Juliette, también es por mí, por tener cerca a las personas que me importan, por poder sentirme más a salvo y no tan perdida como últimamente.
Me pongo boca arriba en la cama, a oscuras, e insto a mi corazón a rebajar su pulso desbocado.
El tiempo pasa, mis responsabilidades en la empresa y en los Dallas Cowboys aumentan.
La ausencia de movimientos de mis enemigos es desesperante; parece la calma antes de una tempestad.
Y, en medio de todo este descalabro, yo muero cada día por no estar con Dorian.
Sobre todo ahora que ya no voy en su busca con mi moto secreta y mi capucha.
Es una locura, algo demasiado fuera de la lógica, y, aun así, siento que me hundo. Ha pasado un mes desde la última vez que lo vi, y cada día pesa más.
Suspiro, arrugo la sábana entre los dedos y me quedo mirando las sombras que la noche extiende sobre el techo.
Juliette se asustó mucho cuando habló con Dorian hace dos semanas acerca de la chica de la capucha.
Me reconoció, o eso le dijo a mi amiga. Y no me quito de la cabeza sus palabras, cómo me animó a buscar una forma de hablar con él sin peligro.
Porque Dorian tampoco me ha olvidado y parece muy indeciso en relación a mí.
Ella no se da cuenta, pero eso fue lo que me disuadió a la hora de no intentarlo, esa vacilación que nos arrastró por arenas movedizas en el pasado y nos engulló en una relación tóxica en la que él no se sentía seguro y me dejaba cuando la realidad lo desbordaba.
Cierro los ojos cuando una imagen de Dorian cruza por mi mente. Me pasa a menudo, como si no me resignara a alejarlo de mí. Resoplo con resignación.
Solo tengo dieciocho años, pero he vivido demasiado como para no ver su inestabilidad y la necesidad extrema de mantenerme lejos de él.
Le hace falta ir a terapia y descubrir cuáles son sus verdaderos sentimientos y aspiraciones.
No puedo volver a arriesgarme a estar con él, esta vez sería demasiado peligroso, tanto para mi corazón como para mis personas queridas.
Si llegara a enterarse de la verdad, ¿qué haría en un momento de dolor?
Alargo la mano para coger mi móvil de la mesilla de noche.
Como una drogadicta en busca de su chute, abro mi galería de fotos encriptadas y paso diez minutos recorriendo las de nuestro tiempo juntos.
Esos meses donde de verdad creí en un posible «nosotros».
En una sale en el campo del instituto, en Elberta, con el casco bajo el brazo y esa sonrisa torcida que siempre me hacía perder el norte.
Ojalá pudiera confiar en él. Pero estoy segura de que si se lo contara acabaría actuando de forma irreflexiva.
Es un hombre impredecible, no puedo aventurar las consecuencias de sus actos.
¿Sería capaz de explotar de la peor manera?
¿De crear una onda expansiva tan peligrosa que hasta pondría a su familia en la diana?
Es doloroso amar a alguien capaz de romperlo todo en un arrebato. Por eso me contengo cada vez que el impulso de conducir la moto hasta Austin se apodera de mí.
Cuando sucede —más a menudo de lo que me gustaría— me escondo tras mi sudadera, me subo a la moto y recorro lugares cercanos. Me gusta caminar por la calle como una persona anónima, observar a la gente, tomarme un helado o un café en un bar cualquiera, sintiéndome libre por unas horas .
Esas pequeñas escapadas me dan la capacidad de vivir el resto de la semana enjaulada en un papel que odio.
Apago la pantalla más atacada que al principio. Seguir con esta obsesión absurda de recordarlo a través de las fotos es una mala decisión, lo sé. Pero apenas pasan unos segundos antes de volver a encender el teléfono.
Suelto una larga y profunda exhalación.
En mis fugas he descubierto un circuito cerca de Waco, a medio camino entre Dallas y Austin.
Es perfecto para desconectar, lo que necesito.
Volver a correr, sentir la adrenalina en mi cuerpo, pasar horas en el garaje preparando mi coche.
Un Mustang parecido al de Dorian. Mientras lo haga, no pensaré en él.
Nadie de ese mundillo me conoce ni tiene relación estrecha con mi familia.
Llevo un tiempo metiéndome en todos los dispositivos de los corredores habituales, los organizadores y las personas asiduas a las carreras, aunque siempre acuden también unos cuantos esporádicos a los que no podré conocer de antemano.
Sonrío cuando decido usar otra identidad falsa para acudir a la siguiente carrera. Pagaré la inscripción en efectivo. Accedo a mis fondos ocultos para alquilar un garaje cercano al circuito que ya tenía visto.
—Nueva vida, allá vamos —susurro con el pulso latiéndome en la garganta.
Quedan apenas quince días para lograr mi primera victoria en Waco. Será mi secreto, porque a Juliette no se lo voy a contar ni muerta. Me disuadiría de mis intenciones enseguida y no lograría convencerla.
Se ha vuelto muy protectora conmigo, quizá demasiado. Y no se da cuenta de mi soledad los fines de semana ni de mi necesidad de contar con un aliciente que me ayude a no hundirme en la oscuridad más absoluta.
El desamor es una mierda. Se te mete bajo la piel y convierte cualquier recuerdo en una herida abierta.
Inspiro una bocanada de aire antes de levantarme de la cama y arrastrarme hasta la cocina para conseguir una taza de café cargadita. Hoy es el día D para Ralph, y no puedo seguir inmersa en esa espiral de pensamientos autodestructivos ni en la pena .
—Buenos días. —Doy un salto al escuchar la voz de Juliette, incluso se me escapa un pequeño gritito, y ella esgrime una de sus perfectas sonrisas—.
Uy, parece que se te han pegado las sábanas.
—Suelta una carcajada—. Soy yo, tu amiga del alma, una tan impaciente por lo de esta noche que apenas es capaz de dormir.
—Saldrá bien —aseguro un poco más relajada, aunque el corazón sigue acelerado por el susto—. Ralph lo tiene muy ensayado y Carl es imbécil, lo sabes tan bien como yo. Vamos a darle carnaza y se tirará a ella como un depredador.
—Ojalá no se huela nada —insiste—. Si lo hiciera…
Me acerco a ella, la rodeo por los hombros y aprieto un poco.
Mi primo suele meterse en mi despacho como mínimo dos veces a la semana para lanzarme insinuaciones obscenas, mirarme con lujuria y prometerme que se va a quedar con todo. A veces incluso me amenaza con hacerme su esposa y acabar «follándome como un animal» cuando al fin me rinda ante él.
Me estremezco, con la bilis escalando por mi tubo gástrico.
—Vamos, Juls, agárrate a la fe en tu chico y en el plan —digo con seguridad.
Porque, a pesar del asco, mi primo no me intimida.
Sé que sus palabras y su comportamiento solo intentan amedrentarme, y no se lo consentiré ni le daré la satisfacción de verme reaccionar con miedo—.
Llevamos cuatro semanas de planificación, hemos estudiado todas las contingencias desde cualquier perspectiva posible y también hemos valorado las respuestas de Carl, sus movimientos…
Estamos preparados. —La achucho un poco más—. Somos invencibles.
—Lo somos. —Suelta un suspiro y se queda más rato del planeado abrazada a mí—. Solo espero que nunca nos descubra.
—No lo hará.
Desayunamos entre una conversación agradable acerca de temas sin demasiada relevancia, pero que nos ayudan a mantener a raya la ansiedad de enfrentarnos a esta noche.
Ralph aparece unos minutos después con una cara de sueño que tira de espaldas, se sirve una taza de café, unas tostadas y se sienta a la barra con nosotras para integrarse en una amena charla informal.
—¿Están mis chicas preparadas para bordar el plan? —pregunta con una sonrisa—. Porque ya tengo las maletas hechas.
—Mmmm. —Juls se arrima a él, le da un beso en la mejilla y le da un generoso mordisco a su tostada—. No sé yo si asignarte la habitación de invitados.
—Pobre de ti. —La señala con la cuchara, riéndose—. Te perderías mis masajes secretos.
Mi amiga se ruboriza y yo me los quedo mirando con una mezcla de sentimientos bastante contradictorios. Solo me permito una punzada fugaz de nostalgia, y enseguida la dejo atrás para iniciar una conversación distendida, de esas fáciles, cargadas de cotidianidad.
Es perfecto estar los tres así, disfrutando de la compañía, sin cadenas ni imposiciones, sin necesidad de mentir ni de forzar una personalidad alejada de la real y, por unos instantes, me permito imaginar mi vida de esta forma el resto de mis días.
Nuestro plan empezará a las seis de la tarde, en la gala anual de Reynolds Oil a la que asistiremos los tres. Es el escenario perfecto, por eso hemos esperado al momento justo para ponerlo en práctica.
Durante las últimas semanas, Juliette y yo hemos escenificado bastante tensión entre nosotras y hemos fingido que ella me ha pedido que su novio viva en la mansión y yo me he negado de forma contundente.
Lo hemos hecho en mi despacho, frente a los micros de los que en teoría no sabemos nada.
A lo único que he accedido es a la presencia de Ralph esta noche en la gala, una donde pienso mantenerme oculta la mayor parte del tiempo.
Hemos lanzado el cebo para Carl, ahora nos queda esperar a que pique.
Pasamos el día en la piscina, sin salir de la mansión, con la ilusión de compartir los momentos. Y a las cuatro empezamos la sesión de chapa y pintura.
He contratado a una peluquera a domicilio, la misma de siempre, la que tapará mis rasgos con un peinado especial que llevará mis rizos a la cara; tenemos nuestros vestidos preparados y una vez el personal entra en casa, nos ceñimos a nuestros papeles.
A la hora del evento, me oculto tras una pamela y las famosas gafas XXL al salir del coche frente al edificio Reynolds.
Dentro de la gala están prohibidos los móviles y las cámaras fotográficas, así que estaré a salvo, pero debo tener cuidado, no puedo permitirme una instantánea, salir en ningún medio ni dejarme ver demasiado.