7
DORIAN
El móvil emite un pitido molesto para ser las ocho de la mañana de un domingo.
Palpo a ciegas la mesilla y alargo el brazo para mirar quién me manda un mensaje a estas horas, con la cabeza lanzando andanadas de dolor por culpa de una de las mayores resacas de los últimos tiempos.
Ayer me pasé con la bebida en la última fiesta de mi complejo, y voy a pagarlo durante el día, queda claro.
Cuando consigo abrir los ojos para mirar la pantalla, la luz que se cuela por la cortina abierta me machaca.
Entorno los párpados y me tapo la cara con el antebrazo.
Han pasado dos semanas desde que vi a la chica de la capucha por última vez y desde entonces el alcohol es mi íntimo amigo en las noches de farra.
¡Dios! ¡Que alguien apague los rayos de sol! Me perforan las pupilas.
Es otra vez ese número, el mismo que mi padre lleva años usando desde la cárcel, con sus mismas palabras envenenadas de siempre, llenas de un odio manifiesto.
Paso el pulgar por la pantalla sin abrir el mensaje del todo.
Nunca entenderé su necesidad de herirme, menospreciarme y hacerme sentir un mierda.
Cuando era niño intentaba encontrar una explicación lógica a las palizas, a las culpas, a la sensación de que nunca hacía nada bien. Hasta que lo pillé en la cama con otra y vi su expresión mientras terminaba de tirársela sin dejar de mirarme. Era pura maldad. Y entonces decidí sublevarme.
«¿Te crees que por ser el quarterback de los Texas Longhorns eres alguien? Nunca llegarás a nada, nunca dejarás de ser ese mocoso debilucho que lloraba en un rincón y no era capaz de luchar».
Duele recordar.
Aprieto los dientes y dejo caer el móvil sobre el pecho.
No debería. Han pasado muchos años. He logrado prosperar, tengo lo que él no consiguió, estoy en el camino de alcanzar la cima de mis sueños, ya no está en mi vida, ni necesito mi fuerza para repeler sus puños ni me siento amenazado por su presencia y, sin embargo, sigue afectándome. Aunque de una forma diferente.
Hace un tiempo mi vida giraba en torno a demostrarle que era capaz de superarlo, de restregarle por la cara hasta dónde podía llegar, que había logrado todos y cada una de sus metas mientras él se pudría en la cárcel.
Porque no soportaba esa lacra de escucharlo afirmar una y otra vez que no soy nada.
Pero ahora…
Cierro el puño con fuerza para espantar mis pensamientos, esos que me muestran qué capitanea mis deseos, y me froto la cara con la mano libre. Son demasiado jodidos para hacerles frente.
Miro el móvil otra vez. Sus mensajes son una clara muestra de cómo le afecta mi éxito.
Llegan más seguidos desde mi entrada en la universidad, más cáusticos, más llenos de ese odio recalcitrante que lo consume, como si le afectaran tanto mis logros que buscara una manera de asestarme su golpe más mortífero.
Pensaba que llegados a este punto sacaría pecho y me llenaría de la emoción de la venganza conseguida.
Pero, en vez de sentirme eufórico, estoy igual que antes, sin rebajar mi rabia, ni mi dolor ni la sensación de que se merece pagar por todos sus pecados.
Y no lo entiendo. ¡Joder! ¡Soy incapaz de comprenderme!
Debería saltar de alegría ante su rabia, era cuanto buscaba: herirlo, destrozarlo y hacerlo morder el polvo de ver que yo valgo para mucho más que él.
Y, sin embargo, siento un vacío extraño.
Como si el recuerdo de sus puños y sus palabras denigrantes se negara a desaparecer, a pesar de haber alcanzado el primero de mis objetivos: asestarle un porrazo en su orgullo.
Por primera vez, no necesito escuchar cómo se arrepiente de haberme golpeado en el cuerpo y en la autoestima durante tanto tiempo, sino que descubro que no me reconforta haberlo herido y que nada conseguirá resarcirme del pasado.
Aparto el teléfono con un gesto brusco, lo dejo en la mesilla de noche y salgo de la cama para pasar por el baño y tragarme un par de ibuprofenos, dispuesto a frenar el dolor de cabeza y mitigar al máximo la resaca.
Por mucho interés que tenga en volver a dormirme, mi cabeza va a cien por hora y no habrá manera de lograrlo.
El capullo de mi viejo ha ido a joder mandando su mensaje un domingo a estas horas, pero si algo tengo claro es que no pienso permitirle salirse con la suya.
Eso se acabó. No voy a tolerar que siga destrozándome la vida ni condicionando lo que soy.
Aunque, para ser sincero, hace tiempo que mi cabeza está demasiado ocupada con otra cosa. Con alguien. Apoyo las manos en la encimera de la cocina y bajo la cabeza un instante. Ya no gira solo alrededor de él, sino de pensamientos más insistentes. De una necesidad insana de ella.
De su calor.
De su voz.
De su cuerpo contra el mío.
Y, al mismo tiempo, deseo destruirla. Ver cómo se arrepiente de abandonarme. Cómo me suplica que la perdone.
¡Joder!
Paso una mano por mi pelo revuelto y resoplo. Es como ir montado en un maldito tiovivo emocional. O como deshojar una margarita enferma: «La quiero… la odio. La necesito… quiero hacerla pedazos».
¡Mierda! ¿Por qué no puedo apagar mi mente y sacarla de ahí?
Pongo algo de música suave en el móvil para intentar ahogar ese ruido constante en mis pensamientos.
Mientras su recuerdo me revuelve por dentro, preparo un café bien cargado, un par de tostadas y unos huevos revueltos para reponer fuerzas.
Una noche de alcohol y desfase siempre exige un buen desayuno .
Y más cuando mi imaginación está llena de ideas que preferiría no tener.
—¿Qué haces despierto tan pronto? —Juls aparece cuando me siento a la barra a degustar la comida. Tiene cara de sueño, con el pelo revuelto, los ojos legañosos y la mirada apagada—. Ayer llegaste tardísimo.
Anoche ellos se fueron antes de la fiesta porque querían pasar un ratito a solas en su habitación. Y mi amiga suele madrugar, es de ese tipo de personas incapaces de dormir hasta tarde, como si tuvieran un despertador interno que les sonara a la misma hora cada día, sin importar si es o no festivo.
—Ha vuelto a escribirme —admito señalando el móvil mientras me froto las sienes—. Es la misma mierda de siempre.
—Deberías denunciarlo.
Esgrimo una sonrisa cabreada al escuchar su respuesta estándar, esa que suele usar en nuestras conversaciones acerca de mi padre.
—¿Y de qué serviría? No hay nada en esos mensajes que lo delate, no puedo demostrar quién los manda, ni siquiera contienen amenazas explícitas. Sería una pérdida de tiempo.
Le doy un sorbo al café con leche y me llevo un poco de huevos revueltos a la boca para asentar el estómago, cargado de alcohol hasta los topes.
Desde mi llegada a la universidad, anoche fue mi mayor borrachera.
La culpa la tuvo recordar la ausencia de la chica de la capucha en mis últimos partidos y de perder el de esta semana, tras una temporada invictos.
Mi concentración se fue a la mierda por mirar demasiado a las gradas.
Parezco un tío patético, uno de esos a los que mi padre tanto detesta.
Pero tener a esa chica cerca me daba una seguridad increíble, y llevo días dándole vueltas a eso, a mi presentimiento, a esa vocecita insistente.
¿Por qué me atraía tanto mirarla? ¿Qué le encontraba?
¿Cuál era mi motivación para sentirme conectado a ella?
Tengo una respuesta aterradora para todo eso.
La misma que lleva semanas rondándome la cabeza desde su desaparición.
Y acojona. Mucho. Y a la vez me llena de sentimientos encontrados: ilusión, rabia, amor, dolor, necesidad, rencor, esperanza…
Por eso no escucho esa voz de mi mente, a pesar de tenerla clara, de saborearla, de casi tocarla con los dedos.
Y de ser mi motor estos últimos meses para avanzar, para reencontrarme, para saber qué quiero de verdad y tener fuerzas de luchar por ello.
En el fondo sé que esa chica es Ashley. No puede ser otra persona.
Y también sé que se asustó cuando le hice ese gesto hace dos semanas.
Es la única explicación a su nueva desaparición, a ese comportamiento, a mi intensa sensación de conectar con ella.
Y me duele tanto su nueva deserción, que la rabia me posee cuando me doy cuenta de que podíamos haber sido felices y ella prefirió dejarme.
—Tu padre no debería afectarte. —La voz de Juliette me devuelve al presente.
Se ha llenado una taza de café y ha cortado un trozo de la tarta de limón que trajo de Dallas el viernes—.
Está en la cárcel, no va a salir de ahí en muchos años, has conseguido una vida mil veces mejor de la que tuvo él. No le permitas destrozarla.
Se sienta a mi lado, en uno de los taburetes, sube las piernas y las cruza en una de sus posiciones más comunes.
Una incómoda de narices, pero a ella le parece perfecta y suele sentarse así.
Levanta su taza de café aguado, con un montón de azúcar y leche, y le da un largo sorbo con los ojos cerrados, disfrutando del sabor.
Nos quedamos unos instantes en silencio, los suficientes para volver a pensar en mis sospechas, en la realidad que me consume por dentro y necesita salir a la superficie…
—Creo que la he visto —anuncio casi sin voz, dejando la taza sobre la barra y dándoles permiso a mis pensamientos para materializarse.
—¿A quién?
Puedo notar cómo su expresión se contrae con ansiedad y miedo.
—A Ashley.
Deja la taza sobre la barra, cierra los ojos un segundo, inspira fuerte y cuando suelta el aire parece inmersa en la tensión.
—Se fue, Dorian —suelta con rabia—. Nos dejó con una miserable nota. Y sí, entiendo que su situación no era fácil, y seguro que si volviera a nuestras vidas tendría una explicación coherente para marcharse así, y la perdonaría porque es mi amiga. Pero de eso a imaginarte que está aquí…
—Era ella, estoy seguro. —Ahora ya no dudo porque llevo días sabiendo la verdad y no puedo callármela más—. Es la chica de la capucha, la misma a la que me viste hacerle un gesto en las gradas hace quince días, la que ha desaparecido desde entonces.
Resopla con fuerza. Luego niega con la cabeza y me observa enfadada.
—¿Cómo puedes saberlo? —inquiere—. ¿Has hablado con ella?
—La vi por primera vez cuando llegamos a Austin —explico sacudiendo la cabeza, sin contestar a sus preguntas, necesitado de exponer mi razonamiento—.
Vosotros os metisteis en la habitación y yo decidí largarme a dar una vuelta.
Al salir a la calle me fijé en una chica vestida de negro, con una capucha tapándole la cara.
Le salía un mechón pelirrojo, y sabes tan bien como yo que Ash no tenía ni un pelo de rubia…
—Recuerdo la primera vez que la vi, cómo su vello púbico rojo me llamó la atención por lo mucho que contrastaba con su melena rubia.
Y me lleno de calor al pensar en cómo mis ojos la devoraron entonces y en cómo era estar dentro de ella.
Suelto un suspiro y me centro en mi amiga—.
¿Sabes? Fue la hostia de extraño porque sentí la conexión al instante.
Ella me miraba con mucha intensidad, y yo no fui menos.
—¡Venga ya! —exclama—. ¿Ves a una tía pelirroja con una capucha y ya te imaginas que es Ashley? —Niega con la cabeza—. ¿No te das cuenta de lo absurdo que suena eso? ¿La has visto siquiera bien?
Niego con todo el cuerpo.
—La capucha le tapaba la cara todas las veces, aunque no lo suficiente para no mostrar sus pupilas azuladas. Pero no la he podido ver bien nunca.
—Y entonces, ¿cómo sabes que es ella? —Sacude la cabeza con fuerza—. ¿No te das cuenta de lo irreal que suena todo esto? Entiendo que la eches de menos, pero de eso a inventarse que la chica de la capucha es ella…
—Lo es, lo noto aquí dentro. —Me señalo el corazón mientras asimilo mis sensaciones y esperanzas—.
Durante estos últimos meses ha venido a varios entrenos y partidos.
—La confronto, dispuesto a explicárselo todo para que me crea—.
Cuando me miraba, sentía que era ella, pero me negaba a aceptarlo en voz alta. Me daba miedo equivocarme.
Suelta un suspiro exasperado. La entiendo, le cuesta creer que su amiga esté cerca y no se haya puesto en contacto con ella. Pero no dejaré que me intimide.
—¡Estás majara! —Chasquea la lengua sin atender a razones—. Ashley no puede estar aquí… Ni tú puedes estar seguro de que una chica a quien no le ves la cara es ella.
—Desde que le hice ese gesto ha desaparecido. —Repito—. Se encogió cuando vio que me dirigía a ella, y a los pocos segundos se había ido. Lleva dos semanas sin asomarse a los partidos o a los entrenos. —Alargo el brazo para cogerle la mano—. Era ella, Juls, créeme.
Durante un segundo atisbo pánico en los ojos de mi amiga. Es algo fugaz, pero cuando lo rebaja le queda un tic nervioso en un párpado.
—No puede ser —masculla—. Habría venido a hablar conmigo…
—Es Ashley —repito con seguridad absoluta—. Ayúdame a encontrarla.
Le da un sorbo a su bebida, traga despacio, pasea la mirada por la habitación, con nerviosismo, y finalmente asiente.
—Vale, pongamos que es ella. —No rebaja la ansiedad de su voz—. ¿Qué harías si consiguieras dar con ella? Llevas meses diciendo que te quieres vengar.
No contesto, ya que no tengo clara mi respuesta.
Le doy un sorbo al café e intento centrarme en la posibilidad de volver a tenerla frente a mí, entre mis brazos, pegada a mis labios. Y siento demasiadas cosas a la vez.
Nuestra historia siempre ha sido así —en gran parte por mi culpa—. Cuando Ashley estaba cerca me volvía loco, incapaz de pensar con claridad. Pero en cuanto la apartaba, el vacío me devoraba. Como si fuera al mismo tiempo el fuego que me quemaba y la única forma de entrar en calor.
Llevo dos meses en Austin sin acostarme con ninguna tía y echándola de menos de una forma demasiado desesperada.
Me froto la cara un segundo con las manos y miro a mi amiga.
—Sigo enamorado de ella, Juls. Y saber que está cerca me revuelve todo por dentro. —Resoplo—. ¿La verdad? No tengo ni idea de cómo reaccionaría si la encontrara.
—La quieres y, al mismo tiempo, hablas de destrozarla. —Sacude la cabeza—. Eres una contradicción con patas.
No respondo. Porque tiene razón.
Aprieto la taza entre las manos y fijo la mirada en el café.
—Era Ashley —digo al fin—. No tengo ninguna duda.
Juliette no contesta.
El silencio se instala entre los dos. Y entonces lo entiendo con una claridad casi dolorosa. La próxima vez que aparezca no pienso dejarla escapar.