Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 6
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MADISON

Levanto la mirada de la pantalla con rabia.

¡El muy imbécil de Dorian ha contratado a uno de mis colegas en la red para investigarme!

Suerte que la vida de Ashley McGregor está muy bien hilada.

Me ocupé de eso hace años, cuando decidí esconderme en esa identidad y la creé sobre el papel.

Durante mi paso por Elberta me ceñí a esa historia, a lo que el expediente de Asuntos Sociales pone.

Era la única manera de mantener una mentira, tener algo sólido en lo que apoyarme para no delatarme.

Estoy sentada en mi cueva, escondida dentro de la mansión, rodeada de mis equipos informáticos, con una enorme taza de té humeando, cerca de mí. Repaso una y otra vez los pasos de Rey, cómo ha pinchado los dispositivos de Juliette y los de mi casa del bosque en Elberta.

Doy un sorbo al té mientras reviso sus accesos.

Por suerte hice una buena limpieza y no hay nada que pueda encontrar ni ningún hilo del que tirar para llegar a mí.

Pero me cabrea esa insistencia de Dorian por encontrarme.

Lo nuestro se acabó. Es historia. Y, aunque cuando me disfrazo para ir a verlo siento mi amor como el primer día, sé hasta dónde puedo y quiero arriesgar.

«Sí, ya, sigue diciéndote eso. ¡Cómo si no estuvieras dejándole pistas para descubrir quién se esconde tras esa capucha! » .

Aprieto fuerte los párpados para retener las lágrimas. No pienso admitir que necesito volver a tenerlo en mi vida. Dorian sigue ocupando hasta la última fibra de mi corazón y el tiempo no logra rebajar mis sentimientos ni mis deseos de seguir a su lado, de verlo, de abrazarlo…

He de ir con pies de plomo desde ya mismo.

Abro los ojos, me reprimo y elimino cualquier pista de mi intromisión en el ordenador de Dorian para evitar que Rey me localice.

Mi vida es suficientemente complicada como para añadir más problemas, por eso no he vuelto a Austin desde el viernes.

Ese gesto de Dorian fue demasiado; me podría haber descubierto, quizá ya intuye quién soy, y no me puedo permitir ningún descuido con Carl y Candy merodeando siempre tan cerca, con ganas de encontrar un punto débil para atacar. Pero anhelaba tanto verlo…

Pronto se cumplirán dos meses desde que llegué a Dallas y ni mi tío ni mis primos han mostrado sus cartas ni cuál es su plan para arrebatármelo todo.

Y esa parte me inquieta. Porque ellos nunca se precipitan, actúan con lentitud y premeditación, sin dejarse cegar por la ansiedad, como si para ellos fuera más importante conseguir sus metas que el tiempo requerido para ello.

Recuerdo a mi tío Albert de antes del tiroteo.

Durante los primeros años de mi vida formó parte de ella, se ocultaba bajo la careta de hombre bueno, engañó a mi abuelo, a mi madre, a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Escondía sus verdaderas intenciones tras una sonrisa y un comportamiento intachable.

Pero bajo esa coraza se escondía un depredador cargado de celos y ansias de poder que no salió a la superficie hasta que mi abuelo ascendió a mi madre en la empresa, en vez de a él, y la nombró su sucesora en la presidencia de Reynolds Oil.

Entonces su cara real salió a la superficie.

Jugó sucio, le tendió una trampa a mi madre para involucrarla en una trama bastante oscura de tráfico de influencias, pero no calibró bien la capacidad de mis padres para repeler sus asquerosas maniobras.

Por aquel entonces yo todavía no era tan experta en informática como ahora, apenas contaba con nueve años, pero Simon conocía a varios hackers muy buenos de su paso por el ejército y sabía cómo llegar a ellos.

Le consiguió la información a mi padre y todo salió a la superficie.

Cómo Albert había contratado a un experto para involucrar a mi madre en esa trama, sus verdaderas intenciones, su implicación en el tráfico de influencias y su interés en ser el único sucesor de mi abuelo.

Lo echaron de Reynolds Oil sin ningún tipo de escándalo y fue desheredado por mi abuelo, quien decidió mantener en secreto la verdad para proteger a su hijo.

Albert, tras la prematura muerte de mi abuela, había heredado una parte de su fortuna, no necesitaba a la compañía para vivir de forma holgada, y algunos pensaron que su rabia acabaría ahí, que se conformaría.

¡Qué equivocados estaban!

Un año después, mi tío entró en nuestra casa, pistola en mano, para acabar con nuestras vidas y quedarse con todo. Si nos eliminaba, sería el único heredero. Pero yo sobreviví. Y Albert escapó.

Carl tomó el relevo en silencio. Durante años se comportó como el primo perfecto: obediente, atento con mi padre, siempre dispuesto a ayudar en la empresa.

Nadie sospechó de él. Guardó sus cartas hasta el final.

A pesar de mi desconfianza. Y cuando mi tío apareció para chantajearme…

la careta también cayó sobre mi primo. Aunque yo llevaba años advirtiendo su comportamiento en la escuela, cómo intentaba atraparme en sus redes y ningunearme.

Una de las pocas cosas que agradezco de aquella época es que mi abuelo no acabara de creerse a salvo.

Tras descubrir al verdadero Albert, instaló la puerta secreta para movernos con total seguridad fuera de la mansión, llenó la casa de cámaras y colocó el botón del pánico en la cocina, ese que logró salvarme de morir a manos de mi tío el día más funesto de mi existencia.

Durante muchos años deseé haber corrido la misma suerte que ellos, no despertar en el hospital ni heredar el imperio y la responsabilidad de mantenerlo. Pero ahora lo veo distinto.

Sé que la lucha con Albert solo se ha quedado en punto muerto, que está preparándose para volver a saltar sobre mi yugular, con la experiencia de los años y su clara intención de no desistir jamás. Y no puedo permitirme ningún otro desliz como el del viernes, o todo se puede ir a la mierda.

Reviso por enésima vez esta semana mis programas de rastreo para ver si hay alguna señal de Albert en los dispositivos de mis primos o en la red.

Pero Carl y Candy son muy precavidos, igual que su padre.

Aprendieron la lección cuando descubrimos su maniobra con mi madre; no volverán a cometer el mismo error.

Y es tan desesperante su falta de prisa, eso les da la ventaja de planear cada uno de sus pasos con desquiciante minuciosidad.

Mi mano actúa por inercia y decide volver a entrar en las redes de Dorian. Ver sus fotos, su sonrisa, su paso por una vida no compartida conmigo…

Las lágrimas vuelven a inundarme los ojos y el corazón. Por eso sigo escapándome para verlo, a pesar del peligro…

¿Puede el amor ser más capullo? Dorian me destrozó, no es una persona centrada, no quiere amar, lo nuestro no es posible… ¿Y sigo suspirando por él?

—¡Tú te has vuelto loca! —Juliette abre la puerta con fuerza y entra con una expresión muy cabreada—. ¡Joder! ¿Cómo se te ocurre ir al estadio escondida tras una capucha?

—No sé de qué estás hablando.

Me limpio las lágrimas y miento como una cosaca.

Juls da tres pasos al frente, con los brazos en jarras y una mirada mosqueada de narices. Resopla, señala las cuatro pantallas donde las fotos de Dorian me delatan y niega con la cabeza.

—¿En serio no tienes ni idea? —me espeta—.

¡Venga ya! ¡Supe que eras tú desde el segundo cero!

De negro, con capucha, mirándolo… Te lo repito, Maddie: ¿se te ha ido la puta olla?

Porque sabes tan bien como yo que si tus primos te identifican todo se irá a la mierda.

—Suelta un bufido—. ¡Pondrás en peligro a Sutton, a Ernesto, al reverendo, a Emily, a sus hijos!

¡Y a Reese también! Por no hablar de Dorian, Ralph y yo.

¡Incluso la familia de Ralph puede pagar por tus gilipolleces! ¡Piensa antes de actuar!

Bajo la mirada.

Tiene razón. No debería correr riesgos innecesarios, ni darles voz a mis más recónditos deseos ni seguir saliendo a hurtadillas para ver a Dorian, pero mi necesidad de él es tan devastadora…

Me paso una mano por la cara.

—Podría verlo como Ashley —susurro sacando a la superficie unos anhelos demasiado vivos—. Presentarme en alguno de sus entrenos, decirle que estoy bien, pasar un tiempo con él. No tendría por qué saber nada de Madison…

Mi amiga recibe mis palabras con ira.

—¿Te escuchas? —Niega con la cabeza—. No puedes saltarte todas las reglas para presentarte así en el estadio.

¡Tú me lo enseñaste! Si quieres ver a Dorian, pensemos en un plan y evaluaremos los riesgos, pero no lo hagas así, poniéndonos a todos en peligro porque actúas sin pensar.

—Chasca la lengua—. De verdad, Maddie, tú no eres así, la impulsividad no es un rasgo tuyo. ¿Qué te pasa?

Rebaja un poco el enfado al final, en las últimas palabras. Y yo me hundo porque llevo muchos días en Dallas sin él, lo echo de menos y no puedo evitar amarlo. Me levanto de la silla y me paso una mano por la cara, intentando recomponerme.

Juls suspira y camina hasta quedarse cerca de mí.

—Pensaba que sería más fácil olvidarlo —admito, sin ser capaz de domar las lágrimas—. Necesito verlo, Juls. No puedo seguir separada de él, pero sé que no debo hacerlo, lo nuestro siempre termina mal. Nos hacemos daño. Por eso lo espío, es mi única manera de seguir a su lado sin estarlo realmente.

Sus brazos me envuelven con suavidad, consiguen confortarme lo suficiente como para calmarme un poco.

—Entonces, cuéntaselo todo, dale la oportunidad de decidir qué quiere hacer con lo vuestro. No ha estado con ninguna chica en este tiempo, está obsesionado con encontrarte, solo piensa en ti.

—De forma negativa. —Noto cómo las lágrimas vuelven a llenarme los ojos. Pensar en Dorian siempre me hace daño, quizá nunca lo supere—. Ha contratado a un hacker que incluso ha entrado en tus dispositivos. Pero las dos sabemos que su único propósito es vengarse de mí porque lo abandoné.

—¿Y si no es eso? ¿Y si esta vez lo hace bien?

—Ojalá pudiéramos arriesgarnos a darle ese voto de confianza…

Juliette asiente, con dolor en la mirada, y suspira.