5 #2
Ralph la estrecha entre sus brazos y le da un beso en los labios. Su gesto es como una patada en los huevos, desata mis celos, mis recuerdos de Ashley, mis ganas de tenerla a mi lado como se tienen ellos.
—Tranquila, Juls —la consuela Ralph—. Ya entrará en razón.
—¡Cómo si fuera tan fácil! —escupe con un cabreo de narices—. Esa no cambiará de opinión con facilidad. ¡Y no debería actuar sin pensar! ¡Se va a enterar la muy…! —Deja la frase en el aire con un movimiento exaltado de sus brazos.
Intuyo que ha recibido una bronca de la ególatra de Madison Gardner.
Una chica altiva y soberbia y, según parece, con algún tipo de problema con la gente, porque no se deja ver en público ni fotografiar sin esa pamela y unas enormes gafas.
Juliette no la traga. ¿Cómo puede ser así la hija de un grandísimo jugador de fútbol, tan cercano y amable con la gente?
—Deja ese trabajo de una vez, Juls —comento con seriedad—. Podrías aspirar a algo mejor. Tu jefa tiene un trastorno de pijería subida a la cabeza. —Arrugo la cara—. Las tías así me dan grima.
El recuerdo de mi última novia, Sasha Meyer, me agria el estómago. Ese tipo de mujeres deberían estar prohibidos. Son obsesivas con el yo, yo y yo, mi dinero, mi aspecto, mis modelitos, mis joyas y mis necesidades…
Caminamos juntos hacia el coche. Ellos abrazados, yo con paso rápido.
—Madison no se parece en nada a Sasha —contesta Juliette, como si acabara de leerme el pensamiento—. Es terca y arrogante cuando quiere. Pero lo ha pasado mal y se esfuerza por salir adelante entre tiburones.
—¡Vamos, Juls! —Desbloqueo las puertas y ocupo el asiento del conductor—. No la defiendas. ¿Qué te pasa? ¿Tienes el síndrome de Estocolmo?
Mi amiga cruza otra mirada cómplice con Ralph mientras se sienta en la parte trasera de mi Mustang. Entonces resopla, asiente y se pasa la mano por el pelo.
—Tengo sentimientos encontrados con ella —explica—.
A ver, no soporto muchas de sus decisiones.
Es hiperexigente, no me deja pasar ni una, sabe una pasada de sus negocios, es muy recta a la hora de cumplir con sus obligaciones y le gusta mantener su intimidad y su espacio.
Y sí, quizá me agota muchas veces. Pero también veo su tristeza.
Está sola, Dorian. Muy sola. Eso ha de desquiciar a cualquiera.
—Niega con la cabeza—. Todas las personas que le importaban han muerto, su tío la intentó asesinar tras disparar a su madre, su hermano y su abuelo.
Y encima, el coche de su padre explotó hace más de dos años dejándola huérfana a los dieciséis.
Resoplo.
—¿Y eso le da derecho a tratarte mal? —inquiero con un tono incisivo—. Porque a mí no me lo parece.
—Me gusta el trabajo —replica Juls apretando los labios—.
Tiene mucha proyección, me pagan superbién, estoy aprendiendo muchísimo, va con casa gratis, incluso puedo invitar a Ralph los fines de semana.
Y vale, Madison es muy severa, y muchas veces me molestan sus maneras y cómo actúa, pero si me quedo con ella un tiempo, será una buena plataforma para mi futuro.
—Son buenos argumentos para continuar en tu puesto —reconoce Ralph—. Mientras no interfiera en nuestra vida privada, todo irá bien.
Otra vez siento su conversación callada, una de esas en las que solo se necesitan miradas y gestos para comunicarse.
Hay una tensión nerviosa flotando en el ambiente, ambos están preocupados, pero prefieren guardarse la razón para ellos.
Arranco el coche para ir a casa, decidido a olvidarme de la chica de la capucha, los rollos que se llevan Ralph y Juliette y cualquier mierda parecida.
Me tomaré algo en condiciones, un gran vaso de café y revisaré la información que me ha mandado Rey.
No parecía contento con su investigación cuando me ha llamado, y eso me inquieta.
—¿Vais a venir a la fiesta? —Pongo un poco de música para aligerar la atmósfera y busco un tema de conversación menos peliagudo, aunque el trayecto es tan corto que solo nos va a dar tiempo a escuchar una canción—. Llevamos imbatibles desde el inicio de la temporada, hay que celebrarlo.
—No lo sé —contesta Juliette con la voz tensa—. Dame un rato para pensármelo.
—Venga, tía, no me seas aburrida.
Ella se limita a gruñir y Ralph la imita, así que conduzco en silencio, sin revelar mi curiosidad ni mis ansias de entender qué narices ha pasado con su jefa para dejarla tan tocada.
Una vez en casa, preparamos la comida entre los tres, y poco a poco mi amiga se va calmando y uniéndose a las risas mientras Ralph y yo contamos anécdotas divertidas de nuestro paso por la universidad y del pasado.
Ponemos una lista de Spotify, cocinamos y nos comemos el resultado después, sentados a la barra de la cocina, entre una conversación amena.
Es como si por unos instantes pudiera olvidar mi resentimiento hacia Ash, la extraña sensación de descubrir a la chica de la capucha en cada partido, la ausencia de un corazón partido en mi pecho.
Hay una vocecita incisiva en mi cabeza que intenta racionalizar una sensación, un «¿Y si?
» . Pero la silencio, incapaz de afrontarla.
«¿Y si la chica de la capucha es Ash?», insiste la muy cabrona.
Cuando mis amigos se van a su habitación a «echarse una siesta» —léase el eufemismo—, me lleno de nuevo el vaso de café y entro en mi habitación decidido a leer la investigación de Rey.
Miro un segundo el póster de Denton Gardner y recuerdo la sonrisa de Ashley, su olor, su sabor, su voz… ¿Cómo pudo dejarme con una simple nota?
Me siento frente al ordenador que he instalado en la mesa, bajo la ventana.
Enciendo el equipo y abro el dosier mientras suena una de esas listas de música que preparé hace tiempo para recuperarla.
No sé por qué he elegido precisamente la que explica qué es para mí el dolor.
Es como si quisiera sabotearme mientras me enfrento a la poca información existente sobre ella.
Como si por un momento dejara de lado mis deseos de hacerle pagar su deserción para rendirme a mis sentimientos.
Quizá por eso le doy una dimensión imposible a las apariciones de la chica de la capucha.
No puede ser Ash. ¿Verdad?
Antes de abrir los archivos releo el mensaje de Rey: «No me extraña que sea una ciberdelincuente.
Esta tía sabe borrar bien sus huellas. Te mando todo lo que he reunido, pero ya te aviso que apenas hay algo útil.
He recurrido a mis contactos, incluso he entrado en la IP que me diste de sus dispositivos en la casa del bosque, pero nada, tío.
Ha eliminado todo rastro de su existencia».
Todo cuanto poseo en este momento de Ashley McGregor es su expediente en asuntos sociales, un listado de sus casas de acogida, su historia pública y un informe detallado de la búsqueda de las autoridades desde su huida hasta cumplir los dieciocho, momento en el que dejó de ser un problema del estado.
Pasó por cinco hogares tras la muerte repentina de sus padres cuando apenas era una cría.
Antes de instalarse en Elberta estuvo a cargo de una pareja de hombres: uno con pasado en la NASCAR y el otro en el ejército.
Pero ellos también murieron. Tengo sus nombres, sus fotos e incluso una extensa colección de datos de su vida y la de los demás padres de acogida, así como de su familia verdadera.
Pero no hay nada más. Ni siquiera una instantánea de ella de niña. Ninguna pista relevante para ubicarla.
Cierro los puños con una inspiración ansiosa.
Rey no me ha desvelado nada desconocido.
Ash me contó por encima esa parte de su vida, y esto solo corrobora su veracidad.
Ni siquiera la propiedad de la casa del bosque de Elberta, donde pasamos la mayor parte de nuestro noviazgo, ofrece un mínimo resquicio de luz.
Tampoco el coche con el que competía. Rey ha investigado el entramado de corporaciones que esconden la verdadera identidad del comprador sin hallar un nombre.
También ha entrado en los dispositivos de Juliette, tal como le pedí.
Mi amiga no tiene contacto con Ash y, según parece, tampoco hay rastro de fotos de su paso por su vida.
Es como si se la hubiera tragado la tierra.
Golpeo la mesa con rabia. No me resigno a darme por vencido.
Ni de coña voy a permitirle salirse con la suya y desistir de mi búsqueda.
Ha de haber una manera de encontrarla, y daré con ella. Cueste lo que cueste.