Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 5
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DORIAN

Miro a las gradas por cuarta vez para observarla, con una sensación extraña bajo la piel.

Cada vez que la chica de la capucha se esconde en algún lugar de las gradas y sus ojos me encuentran, me tenso por dentro.

Se ha convertido de alguna manera en mi amuleto de la buena suerte: si no la veo, fallo en el campo.

Y hay algo más… Un runrún, como si la conociera de otra vida o de un recuerdo mal enterrado que no termina de desaparecer.

La universidad me está resultando más dura de lo que imaginaba en un principio.

Compaginar los estudios con la dedicación al fútbol, cada vez más exigente, mis entrenos personales y las horas de conducción en un circuito cercano para no perder el ritmo me deja muy poco tiempo libre.

Y eso, al menos, me ayuda a aniquilar mi machacona obsesión con Ashley.

Aun así, no dejo pasar la mayoría de las fiestas universitarias. A veces salgo a desfasar con los compañeros de equipo o con mis vecinos para llenarme la cabeza y obligarme a no pensar en ella.

Recibo el balón y esquivo a un defensa antes de lanzar un pase rápido hacia la derecha. Ralph lo atrapa sin problemas y avanza unos metros antes de que lo derriben.

Lo miro con un resoplido. Lleva un par de semanas raro de narices, y no tengo ni idea de por qué.

Desde su visita sorpresa a Juliette se ha planteado dejar el fútbol para pasar más tiempo con su chica; incluso ha mencionado la posibilidad de instalarse con su novia y cambiarse a la Universidad de Texas en Dallas para estar con ella.

Allí también tienen un departamento de Matemáticas.

¿Lo peor? Ni siquiera se ha planteado cómo se pagaría los estudios ni si la jefa de Juliette lo dejaría vivir en la mansión Reynolds. Solo lo suelta, como si bastara quererlo para tenerlo.

La semana pasada, cuando Juls vino a pasar el fin de semana con nosotros, palpé tensión entre ellos.

Y ni te digo esta tarde, cuando ella ha llegado a casa.

Está en contra de la idea de Ralph de irse a Dallas, aunque lo apoya en lo de dejar el fútbol para dedicarse más de lleno a las mates.

Su meta nunca ha sido la NFL, como la mía.

Quizá nuestros caminos no convergen en ese punto, pero presiento algo más en sus intenciones que el mero deseo de pasar más tiempo con Juliette.

Está irascible, paranoico, obsesionado con mantenerla controlada, como si tuviera miedo por ella de alguna manera.

Y se ha propuesto conocer la historia de los Reynolds y los Gardner.

Intuyo que la jefa de Juls no es demasiado empática ni agradable. Quizá incluso le hace la vida imposible a mi amiga y Ralph quiere estar cerca para apoyarla en todo momento. Aunque no acabo de estar seguro.

Hay algo raro en todo esto.

Vuelvo a centrar mi atención en ella, mi chica misteriosa. Como siempre, va vestida de negro y oculta sus rasgos. Pero, a pesar de no ver sus ojos, los siento en mí, como si me estuviera vigilando.

Por primera vez desde nuestros «encuentros» le dedico un gesto, levanto la mano derecha, alzo el dedo medio y el anular, me señalo los ojos y luego los dirijo hacia ella.

Es el signo universal de «te estaré vigilando» o, para este caso, «te veo».

Ella reacciona de una manera nada normal.

Se encoge mucho en el asiento, como si quisiera seguir en el anonimato y, cuando me concentro en el juego, desaparece.

Lo sé porque unos minutos después descubro su asiento vacío.

Noto el hueco en el estómago antes incluso de asumir que se ha ido.

Ganamos el partido gracias a mí y acabo vitoreado por compañeros y el público. Me he ganado el puesto de quarterback titular con más rapidez de la esperada, todo el equipo me apoyó cuando lo propuse hace una semana, incluso el capitán suplente estuvo de acuerdo.

Fue un subidón de autoestima porque si consigo llevar a mi equipo a los playoffs las cuatro temporadas que dure mi estancia en la universidad tendré el camino allanado para conseguir mi meta de jugar a nivel profesional en los Dallas Cowboys.

El entrenador Cunning me da una palmada en la espalda antes de la charla motivadora pospartido. Está contento con mi progreso, apuesta por mí y sé que será un gran apoyo para lograr mis sueños, aunque para eso me exija mucho.

Mientras me desvisto el teléfono me trae otra de las comunicaciones de mi padre.

Lleva años en la cárcel, pero eso no evita que siga mandándome mensajes envenenados: «Eres un perdedor.

Nunca llegarás a nada en la vida. Solo has tenido suerte en este partido, pero sigues siendo Dorian el incapaz de conseguir nada importante».

Suerte…

Aprieto los puños, los dientes, los músculos faciales. Estoy cansado de escuchar esas palabras repetirse en mi mente: «Eres un perdedor», «un mierdecilla». Me las coreaba cada vez que sus puños impactaban contra mi cuerpo.

Recuerdo su sonrisa sibilina, esa expresión de superioridad y disfrute, como si usarme de saco de boxeo lo excitara. Era demasiado pequeño para entenderlo… ¡Incluso me creía merecedor de sus palizas! Y también justificaba las que recibía mi madre. El muy cabrón tiene una vena sádica.

Por suerte crecí y me fortalecí para plantarle cara, para evitarle a mi hermano pasar por lo mismo y para proteger a mi madre de su ira.

Aparto el teléfono sin contestar y aplaco mi rabia, aunque no la rebajo del todo. Me paso la mano por la cara y respiro hondo antes de moverme.

Tardo más de la cuenta en dirigirme a la ducha, antes me tomo mi tiempo para relajarme.

Una vez bajo el potente chorro de agua templada, mi mente regresa al extraño comportamiento de la chica de la capucha.

¿Por qué se ha largado tras mi gesto? Parecía asustada, y me da pánico no volver a verla en las gradas.

Resoplo. Ya basta de pensar en ella.

Me encuentro con Ralph en las taquillas al salir de la ducha con la toalla enrollada en la cadera.

Se está vistiendo mientras charla con un par de chicos del equipo.

Hay una fiesta esta noche en una de las fraternidades y están intentando convencerlo de que se traiga a Juliette en vez de quedarse en casa.

—Tío, deja de ser tan muermo. —Me meto en la conversación—. Juls se lo pasará en grande en una farra como esta. ¡No te la quedes para ti solito!

—Stone tiene razón —interviene Kevin Huff, uno de los defensas que suele estar de juerga todo el día.

Es de tercero y uno de los jugadores con más posibilidades de pasar a la liga profesional—.

Tu chica se lo va a pasar a lo grande con nosotros.

¡Somos cojonudos! —Las risas de mis compañeros corean su afirmación—.

Y no podéis comportaros como unos viejos antes de hora.

—Se lo preguntaré —acepta mi amigo al fin—. Pero si no le apetece, nos quedaremos en casa viendo una peli.

—¡Soporífero! —Dustin Farmer, mi suplente, mete baza—. Una peli un viernes por la noche en tu época universitaria es un plan de mierda.

—Como mínimo habrá sexo, ¿no? —Huff se une a las pullas—. Porque, tío, he visto a tu novia y está cañón. Yo no me limitaría a ver una película si la tuviera para mí solito.

—Córtate un poco —se molesta Ralph—. Es mi chica, tío.

—¡Eh! Tranqui. —Se carcajea Huff—. Solo digo que tiene un polvazo y que si tú no quieres aprovecharlo, me presento voluntario…

He de intervenir para parar a Ralph. No suele mostrarse irascible, solo cuando le tocan las narices con Juliette. Ya la perdió una vez y no está dispuesto a aceptar comentarios como ese. Tardo un poco en calmarlo, los chicos ayudan poco con sus burlas y sus carcajadas.

Me lo llevo del vestuario en cuanto se ha vestido, sorteamos a las grupies y nos encontramos con Juliette una vez salimos del estadio. Su expresión no augura nada bueno. Está tensa, incluso cabreada. Como si acabara de discutir con alguien.

—¿Tu jefa? —inquiero. La Gardner no es santo de su devoción.

—¿A quién le has hecho ese gesto en el partido? —suelta a bocajarro, con una mirada airada, y a la vez asustada—. ¿La conoces?

—¿A la chica de la capucha? —Niego con la cabeza—.

No tengo ni idea de quién es. La vi por primera vez cerca de casa el día de nuestra llegada.

Y después ha aparecido en algunos entrenos y en los partidos.

Incluso me ha parecido verla alguna vez en el circuito.

Pero es escurridiza y siempre se va antes de que pueda ir tras ella.

Capto una mirada extraña entre Ralph y Juls. Se hablan sin necesidad de palabras y, sea lo que sea lo que se dicen, los asusta un montón. Es como si de repente la tensión entre ellos se convirtiera en algo más profundo.

—¿Qué pasa? —Los observo intentando entender su reacción—. ¿Hay algo en esa chica que deba saber?

—Nada. —Juliette sacude la cabeza, pero no me convence. Su rictus sigue tenso—. Me ha parecido que la conocías, y me ha molestado que no nos hubieras hablado de ella.

—Juls, no me tomes por tonto. ¿Qué narices pasa?

Ella espira con fuerza antes de componer una expresión menos tirante. Se pasa una mano por el pelo, visiblemente alterada.

—¡Madison Gardner! ¡Eso es lo que pasa! —Lo dice con ansiedad, y no sé por qué, pero me suena a excusa—. Está loca. ¡Se le ha ido la puta olla!

—¿Y qué tiene que ver Madison Gardner con la chica de la capucha?

—¡Nada! —suelta enfadada, con los ojos brillando llenos de una preocupación discordante en este instante.

Esa reacción dispara una alarma en mi cerebro, pero la apago para centrarme en mi amiga—.

Es que no sé, te he visto hacer ese gesto y he flipado.

¿Ya no confías en nosotros? ¿Has dejado de explicarnos las cosas importantes?

—Venga, Juls. —La abrazo un segundo—. Tu jefa no te puede afectar hasta ese punto. ¡Olvídala y pásatelo bien! No te cabrees conmigo por eso. ¡ Apenas significa nada! Es una tía que aparece en mis partidos, pero no hemos hablado ni nada…

—Cuando vuelva a casa, me la cargo. ¡Está pirada, joder!