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— «Mataré a todos cuantos te importen» —susurro al reproducir esas palabras lapidarias de mi tío.
Ralph deja de moverse. Incluso Juls parece contener la respiración.
Él ha pasado del enfado a la incredulidad, como si no acabara de creerse mi relato—.
Y lo cumplió. Usó un dron para llegar al coche y lo hizo saltar por los aires.
—¡Imposible! —me corta—. En los medios dijeron que se debió a un fallo en el sistema eléctrico, que por eso explotó.
—Lo vi en directo —musito casi al borde del colapso nervioso, porque esta es la peor parte para mí—.
El dron tenía una cámara y mi tío me mandó un enlace para que pudiera verlo.
—Esta vez no logro detener las lágrimas—.
Fue horrible. Intenté recuperar el vídeo para demostrar lo que Albert había hecho, pero no hubo forma de conseguirlo, ni siquiera con mis capacidades.
El vídeo voló por los aires con el aparato y el coche de mi padre.
Con Simon, Garrett y él. Y se llevó también mi vida. Aunque no de una forma tan literal.
—¡Joder! —Ralph me mira consternado y se pasa una mano por el pelo —. Entonces huiste…
—No podía hacer otra cosa. Mi primo Carl contaba con todas las cartas ganadoras en ese terreno.
Era mi familiar más cercano y tenía capacidad para pedir mi custodia.
Y yo sabía que se la darían, no había motivos de peso para negársela.
Y él… —Trago saliva—. Ya conoces la historia, cómo se ha comportado conmigo y las ganas que me tiene…
—Asiente—. Mi única opción era desaparecer hasta los dieciocho, y entonces reclamar mi herencia.
—Miro a mi amiga y después regreso a Ralph—.
Pero cometí un inmenso error al esconderme en Elberta, porque hice amigos y me enamoré.
—Esa es la mejor parte, Maddie —interviene Juliette con lágrimas en los ojos. Mi amiga siempre ha sido muy empática y escuchar mi historia la pone triste—. Lo sabes tan bien como yo.
—Os he puesto en peligro —disiento—. Si Candy, Carl o cualquiera de los que ayudan a Albert se entera de que me importáis… —Aprieto los labios—. Quizá Candy no sea una mala persona, pero Carl y Albert son perversos, Juls. Carecen de alma.
Ralph se frota la cara con ambas manos.
—¿Y qué hay de Dorian? —pregunta Ralph, sin rastro de ira.
—Estaba dispuesta a contárselo, a darle la oportunidad de decidir si quería arriesgarse.
Lo habría hecho si nuestra relación no hubiera sido tan tóxica.
—Sonrío con mucha tristeza—. Estuviste ahí, Ralph, lo viviste como yo.
A veces el amor no es suficiente, y Dorian tiene demasiados demonios para llevar lo nuestro de una forma racional. Solo nos hicimos daño. Por eso me fui.
Asiente sin pronunciar ni una palabra. Porque no hace falta darle voz a lo que todos sabemos, a la realidad, a la oscuridad de Dorian.
Pasamos media hora más repasando algunos aspectos de mi narración, contesto a todas las preguntas de Ralph y acabo consiguiendo su perdón a marchas forzadas. Quizá nos costará un poco recuperar nuestra amistad, pero andamos bastante cerca.
—¿Cómo has entrado aquí? —pregunta Juls—. Maddie es bastante obsesa con la seguridad…
—Lo puse en la lista —deduzco, sin necesidad de escuchar la respuesta de Ralph—. Solo para acceder tu ala, pero has dejado la puerta abierta y Harris ignora que te pasas la vida aquí. —Suspiro—. No predije una visita sorpresa.
—¡Y tan sorpresa! —Ralph silba—. Tenía un montón de ideas para pasar el máximo de horas posibles contigo, Juls. Si llego a saber que me encontraría esto…
—¿José Cuervo? —propone mi amiga levantándose para abrazar a su chico con cariño.
Él no acaba de contestar al gesto, se limita a mirarla con reticencia.
Pero tengo la esperanza de que no tardarán en reconciliarse.
Se quieren demasiado—. Es una tradición y no la podemos perder.
—Me guiña un ojo—. Cuando descubrí quién era Ash de verdad, cogimos una cogorza de narices.
¡Si incluso tuve que quedarme a dormir en su casa porque era incapaz de abrir los ojos!
El día del entierro de mi hermano, mi madre y mi abuelo, mi padre, Simon y Garrett inauguraron esta tradición.
Nos sentamos los cuatro frente a la mesa de centro de este salón, en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda apoyada en el sofá y cuatro vasos de chupito encima del cristal, junto a una botella de José Cuervo, una de zumo de manzana para mí, limas cortaditas, un salero y sus fotos.
Así les dijimos adiós a tres de las personas más importantes de nuestras vidas.
Y desde entonces hicimos lo mismo en cada aniversario de su muerte, en cada giro doloroso o feliz, en cada instante importante.
Mi primera vez con tequila fue tras su muerte. Y la segunda ese día con Juliette, cuando me insinué a Dorian con la necesidad imperiosa de llegar hasta el final con él.
Ponemos música, voy a la despensa a por una botella de José Cuervo, colocamos los vasos de chupito sobre la mesilla y ocupamos un espacio en el suelo, como hacía con ellos. Empezamos a beber mientras limamos asperezas y vamos recuperándonos un poco de las revelaciones.
Durante un rato, el mundo deja de ser peligroso.
Los tres brindamos. El tequila nos arde en la garganta.