4 #2
Sus ojos van de Juliette a mí… y regresan a mi cara.
—¿Ashley…? —dice, casi en un susurro, como si la palabra se le hubiera escapado sin querer.
Frunce el ceño. Da un paso hacia dentro.
—Ralph… —susurro, con el latido en la garganta.
—No… —niega para sí mismo—. No puede ser.
Avanza un poco más, con poca seguridad en sí mismo. Niega con todo su cuerpo. Juliette se levanta con rapidez para caminar hasta él, con nerviosismo, pero Ralph da un paso atrás.
—Ella… Yo… —masculla sin acabar ninguna frase.
Él la fulmina con la mirada, se aparta más de ella y se acerca al sofá.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —Sus ojos me atraviesan con rabia—. ¿Me habéis estado mintiendo? —Me señala con el dedo—. ¿Eres amiga de Madison? ¿Es eso?
Ralph se queda observándome unos segundos más, como si intentara encajar una pieza que no termina de entrar en el puzle.
—Bueno… —titubeo. No sé muy bien cómo encarar la situación—. Yo… ¡Dios! —Resoplo—. ¿Cómo has entrado? No deberías estar aquí, no has anunciado tu visita. —Hablo muy acelerada—. ¿Por qué Harris te ha dejado pasar?
—Harris… —musita. Trago saliva—. Sabes cómo se llama el guardia de seguridad. Estás sentada en ese sillón. ¡Y eres pelirroja de ojos azules, joder!
—Sí —admito.
—Ralph, oye. —Juliette se acerca a él, despacio—. No saques conclusiones precipitadas, ¿vale? Esto… no es lo que parece.
Se gira para encararla. Ella se abraza por la cintura al ver su reacción y da un paso atrás, asustada.
—¡Joder! —Sacude la cabeza—. Ashley es la jodida Madison Gardner —murmura, señalándonos a una y otra con incredulidad—.
Es que todo cuadra. Los años en Elberta, su desaparición, el color del pelo…
—Se lleva una mano al pelo para estirarse un mechón—.
¡Es la hostia! ¿Cuánto tiempo lleváis engañándome?
—No tiene nada que ver con Juliette —lo interrumpo antes de diga algo de lo que arrepentirse después—. Si alguien te ha mentido, he sido yo.
Ralph se gira hacia mí con una carcajada seca, incrédula.
—¿Ah, sí? —escupe—. ¿Y en qué parte exactamente? ¿La de Ashley, la de Madison o la de multimillonaria infiltrada en un pueblo perdido de Alabama?
—Basta —replico, más firme—. Juls no tenía elección.
—Siempre hay elección —contraataca él—. Sobre todo cuando no se trata de engañar durante dos putos años a todo el mundo.
Juliette levanta la cabeza.
—Ralph…
—No, explícame por qué demonios tuviste que escondérmelo. —Cruza los brazos bajo el pecho—. ¡Tu jefa es Ashley! —espeta—. Tú que vas de sheriff de la confianza, ¡me has mentido en la puta cara!
Ralph se queda callado un segundo.
El silencio que cae en la sala pesa como una losa. Respiro hondo. Juliette se adelanta un poco, sin encontrar la estabilidad. Tiene los ojos húmedos y tiembla.
—No podía decírtelo —explica—. Yo…
Se queda callada.
—Haz el favor de no hablarle así a Juls —ordeno, levantándome—. Si no te lo ha dicho, es porque os está protegiendo.
—¡Sí, ya! ¡Vete con el cuento a otro! —Levanta el índice para enfatizar su enfado y me dirige sus siguientes palabras con una rabia palpable en ellas—. ¡Eres una maldita embustera!
—Lo siento —admito al descubrir el dolor en su voz—. Nunca quise haceros daño. Pero tampoco podía contároslo, es demasiado peligroso.
—¡Ya estamos con el peligro! —Resopla con fuerza y mira a su novia—. ¿Te engañó para que aceptaras este trabajo? ¿O también te la encontraste de sopetón en esa entrevista? —Avanza hasta ella—. Dime que fue eso, Juls.
Mi amiga baja la cabeza y la mueve de un lado a otro, presa de la ansiedad.
—Lo descubrí por casualidad un domingo. —Levanta la vista muy lentamente—. Fue después de esas dos semanas en las que Ash dejó de hablarme…
—¡De eso hace mucho tiempo! ¡Años, joder! —Ralph se coloca las manos en la cabeza y la fulmina con los ojos—. ¡Dorian tenía razón! ¡Sabías dónde estaba!
—Es mi amiga…
—¡Y yo tu novio!
Me interpongo entre los dos, los cojo del brazo y los llevo hacia el sofá para intentar reconducir la situación. No puedo ignorar la realidad ni hacer desaparecer a Ralph. Solo me queda una baza: decir la verdad.
—Vamos a calmarnos un poco —digo una vez estamos sentados.
Ellos ocupan una punta cada uno para dejar patente su distanciamiento actual y yo me ubico en uno de los sillones laterales. No se miran. Ralph se dedica a fulminarme con sus ojos cargados de ira y Juls a retorcer un hilo de su jersey con ademán nervioso.
—¿Y por qué debería calmarme, «Madison»?
—Ralph recalca mi nombre con rabia—. Te largaste de Elberta sin decir una palabra, por lo visto engatusaste a mi chica para seguirte, y nos has engañado durante dos años con el cuento de la huerfanita.
¡Eres una de las tías más ricas del puto planeta!
—Se gira hacia Juliette, quien no se atreve a levantar la cabeza—.
Y tú lo has guardado en secreto, como si yo no te importara lo suficiente para confiar en mí.
Inspiro hondo mientras ordeno mi cabeza. Nadie dice nada.
—Hay una explicación lógica para habértelo ocultado —digo con la mayor calma que soy capaz de reunir—, y antes de juzgar a Juls, deberías escucharla.
—Nada de lo que digas me hará sentir mejor.
—Sus ojos centellean—. Dorian lleva jodido desde tu marcha, ¡ni siquiera mira a otra tía, joder!
Y yo también te he echado de menos, como el resto de las personas que dejaste en Elberta sin importarte una mierda.
No sabíamos si estabas bien, si tenías dinero, si te habían enchironado por tus delitos en la red…
¿Y estabas aquí? ¿En un casoplón? ¿Dirigiendo una de las compañías más potentes del planeta y el equipo de fútbol en el que tu exnovio sueña con debutar?
—Sacude la cabeza con un gruñido de exasperación—.
¿Te lo pasaste bien co n los pueblerinos?
¿O solo buscabas reírte de nosotros cuando volvieras a tu vida?
Sus palabras duelen, aunque las comprendo. No es fácil asimilar la realidad. Intento sonreír un poco para suavizar la situación, pero mis labios no colaboran y acabo sintiendo la humedad en mis ojos.
—Nunca seréis unos pueblerinos para mí —admito casi en un susurro—.
Yo no pedí nacer aquí, ni tener tantas responsabilidades desde niña ni perder todo cuanto me importaba.
En Elberta descubrí la libertad de ser yo misma, de no esconderme, de querer sin miedo.
Todo cuanto no podía tener fuera de esta casa.
—¡Venga ya! —Su exclamación no tiene tanta fuerza, como si mis palabras empezaran a calar en él—. Ahora me dirás que ser una de las personas más ricas del planeta es una lacra.
—El dinero consigue muchas cosas, Ralph.
—Suelto un pequeño suspiro—. Tengo ropa de marca, zapatos, bolsos, coches, una mansión, chófer privado y todo cubierto en la parte material.
Solo necesito desear algo que se pueda comprar para tenerlo.
Pero me falta lo más importante. —En un acto reflejo cojo el colgante que me regaló Dorian para sustituir la verdadera bala, la que recibí el día que tres personas importantes para mí murieron, y con la otra mano acaricio los tatuajes de mi abdomen—.
Mi familia y la seguridad de poder acercarme a alguien sin tener miedo a perderlo.
Su resoplido de incredulidad me da alas para hablar, desgranar mi historia completa, contarle cómo Albert me ha arrebatado demasiado.
Empiezo con el funesto día en el que mi tío se coló en esta mansión para liarse a tiros contra mi familia, con su plan macabro para heredar hasta la última migaja del imperio Reynolds.
Revivo el pánico de escuchar los disparos, de sentir cómo uno de ellos se incrustaba en mi vientre, en el mismo lugar donde más tarde me tatué una bala con tres letras: H P M.
Howard, Priscila y Magnus. Hermano, madre y abuelo.
Es como si volviera a ser esa niña asustada que al despertar en el hospital dos días después se enfrentó a la peor de las desdichas: la de haber perdido a tres de sus referentes.
Mientras mis labios se mueven y mi voz le da vida al relato de mi doloroso pasado, regresa todo.
Incluso mi último encuentro con Albert cara a cara, sus palabras y cómo terminaron con una explosión que se llevó los últimos pedazos de mi vida.
Es como un vendaval que arrasa con mi presente, lo desdibuja para mostrar la crueldad de mi tío, de sus actos, de cómo cumple sus amenazas.
Consiguió burlar la seguridad de mi padre para arrebatarme a otras tres personas…