Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 4
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MADISON

Mi vida en Dallas es menos dura gracias a la presencia de Juls en casa, a nuestras horas compartidas una vez protegidas por los muros de la mansión.

Se ha instalado en la zona donde vivían Simon y Garrett, pero solemos pasar muchas horas juntas, cenar frente al televisor, entrenar en el gimnasio como hacíamos en Elberta, reír sin parar…

Incluso la he aficionado a bajar al taller del circuito y dar un par de vueltas. Aunque no es lo mismo sin ellos…

Juliette ocupa el pequeño apartamento contiguo a la casa grande, donde vivían Garrett y Simon.

Está en un ala apartada de mi zona, como en un aparte, y tiene una habitación, un salón-comedor con cocina integrada, una terraza y un gran baño.

Nadie sabe que ella cruza cada día la puerta blindada que lo conecta con mi vivienda y que cara al mundo está protegida por unos sensores con alarma; ni siquiera los trabajadores del servicio de hogar, que vienen cuando estamos en el trabajo, la utilizan.

Juls suele pasar sus horas conmigo en el salón, como en este momento.

Los fines de semana suelo quedarme sola en casa.

Mientras Juls se va en busca de su novio yo me dedico a correr en el circuito privado de la mansión, pasar horas en el taller arreglando los coches de carreras, navegar por la red para descubrir algún movimiento de Albert, entrenar y usar la salida secreta de la casa para disfrazarme y mezclarme con la gente.

Y sí, también he conducido esa moto que mi padre compró hace muchos años sin dejar rastro —y duerme en un garaje cercano sin levantar sospechas— para espiar a Dorian.

Incluso me he colado en las gradas para ver sus partidos y entrenos, como hacía en Elberta.

Quizás es una idea arriesgada, porque podrían descubrirme y entonces todo se desmoronaría. Pondría a demasiadas personas en peligro y me sentiría culpable. Por eso no se lo he explicado ni siquiera a Juliette.

Salgo de casa por el pasadizo secreto, ese que mi abuelo instaló unos meses antes de su muerte.

Solo lo conocían mis padres y, después del tiroteo, nos lo revelaron a Garrett, a Simon y a mí.

A nadie más. Ni siquiera a Tammy. No podíamos exponernos a que Albert o mis primos lo usaran en su beneficio.

Sigue siendo mi secreto. El mejor, dadas las circunstancias.

Mi abuelo ya sospechaba de su hijo por entonces.

Por eso lo apartó de su testamento, reforzó la seguridad de la mansión y mandó construir ese acceso oculto para poder entrar y salir sin ser detectados.

Creía que Albert nos vigilaba. Y el tiempo le dio la razón: el único lugar donde estábamos realmente a salvo era dentro de estas paredes.

El día que mi tío atentó contra nosotros, entró sin problemas en el recinto, y eso puso en alerta a mi padre.

Pensaba que Albert había descubierto la entrada construida por mi abuelo en el garaje del circuito, pero mis dotes informáticas demostraron que mi tío había sobornado a uno de los guardias de seguridad para entrar por la puerta principal sin ser anunciado.

Suspiro y observo un instante a Juliette.

Está concentradísima en la película que proyecta el equipo que instaló mi padre para las «noches de cine familiar».

Siempre preparaba palomitas, traía refrescos y gominolas, y los cuatro veíamos alguna película juntos.

La nostalgia me llena los ojos de lágrimas.

Desde que volví a la mansión me pasa muy a menudo.

Me gusta tenerla aquí.

—¿Todo bien? —pregunta al notar que me he quedado mirándola más tiempo del normal .

Asiento. Inspiro y me recoloco en el sofá moviéndome con ansiedad. Ser Madison otra vez es duro, más de lo que imaginaba.

Aunque también tiene ventajas, como la de interesarse por los nuevos jugadores de la universidad en previsión de futuros fichajes para los Dallas Cowboys.

—El entrenador de los Texas Longhorns me habló de Dorian —le explico a Juliette regresando mis ojos a la pantalla para no delatarme—. Dice que es su mejor hombre desde hace años. Tiene una técnica impecable, una visión de juego superior a la media y un potencial enorme.

Juls se gira hacia mí con una sonrisa ladeada.

—Eso ya lo sabías tú antes de preguntárselo, Maddie. —Mi nombre real en sus labios parece todavía frágil. A veces le sale Ashley. Pero con el tiempo acabará acostumbrándose.

Me aprieto un labio entre los dedos.

—Si juega bien sus cartas, no tardará en alzarse con el puesto de capitán —añado—. Aunque acabe de llegar y los de primero no lo tengan tan fácil. Es bueno. Mucho.

—Ya…

—¿Por qué, Juls? —estallo—. ¿Por qué tuvo que comportarse de esa manera? —Sacudo la cabeza—. Podría habérselo dado todo, tenía la capacidad, los medios. Si se lo hubiera dicho quizá no se habría ido con Sasha.

—¿Y eso habría cambiado algo? —pregunta ella con suavidad—. Dorian es… Ya lo conoces.

Niego despacio.

—No lo sé. Entiendo su lucha por alcanzar metas, por demostrarle a su padre su valía, pero ¿hasta dónde merece la pena perder para conseguirlo? —Resoplo y aprieto los puños—. Es tan difícil entenderlo...

Ella me abraza para reconfortarme y nos quedamos en silencio, con la película de fondo. Llevo tantos días dándole vueltas a lo mismo que ya no nos quedan argumentos.

Quizá debería contarle mis corredurías a solas.

Cuando me convierto en la «chica de la capucha» me escondo entre las sombras de los estadios para ver sus partidos, a veces incluso sus entrenamientos.

Soy una temeraria porque si alguien me reconociera, todo estallaría por los aires.

Pero no soy capaz de desistir en mi empeño de usar la puerta secreta, subirme a esa moto y conducir las tres horas hasta Austin, o hasta el estadio donde juegan los Texas Longhorns, para verlo.

Es magnético. Atrayente. Adictivo.

Y perjudicial.

Sobre todo porque sus ojos siempre me encuentran entre la gente y se quedan asidos a mí durante unos largos segundos. Es como si mi presencia lo imantara, como si pudiera percibirme e identificarme.

Quizá tengo un problema con la peligrosidad y soy de esas personas imprudentes que necesitan la adrenalina del riesgo.

O, simplemente, el amor me vuelve descuidada.

Es una locura escaparme los fines de semana para verlo, una insensatez.

Pero mi necesidad de seguir conectada a él en la distancia pesa más que la prudencia.

Y cuando me quedo sola en la mansión y las horas de soledad caen sobre mi corazón, el recuerdo de Dorian es implacable.

Hoy es un viernes diferente, feliz, perfecto. No estoy sola ni voy a ir en busca de una mirada suya, de verlo ni de sentirlo. Juls ha decidido quedarse conmigo para pasar un fin de semana de chicas y, aunque se lo agradezco, echo en falta mis escapadas.

Cara al mundo mi amiga me odia. Lo deja patente en la oficina, en algunas salidas con sus compañeras tras una dura jornada, en las ocasiones en las que Carl le pregunta por cómo se siente en su puesto…

Mi primo ha intentado varias veces llevársela, engatusarla.

Pero cuando Juliette le explicó que tiene novio, cambió la estrategia haciéndose su amigo.

Vamos con mucho cuidado en ese sentido. En el despacho nos comportamos como si nuestra relación fuera solo profesional y no nos aguantáramos demasiado en el terreno personal.

El hecho de que Juliette pase los fines de semana con Ralph da credibilidad a su versión de que le he prohibido el paso a mi zona de la casa y de que me muestro muy celosa de mi intimidad.

De momento, Carl se lo ha tragado. Ha fingido ser alguien muy diferente a su verdadera personalidad para embaucar a mi amiga, y ella le ha seguido el juego haciéndose la inocente para usarlo en nuestro beneficio, ya que le pasa información «sin querer» que solo nos beneficia a nosotras.

Su hermana, la odiosa Candy Reynolds, vino a decirme, con palabras poco amables, su intención de ayudar a su familia a conseguir hasta el último centavo de una herencia que no me corresponde.

Mi prima lleva odiándome desde el tiroteo de su padre, cuando en vez de continuar con una amistad que nos unía desde niñas, yo la aparté.

Su posterior juego sucio en la escuela me demostró su intención de herirme, y en su última aparición en mi despacho dejó clarísimo que solo busca hundirme.

—¡Eh! —Juls me da una palmada en el brazo—. Nada de ponerse melancólica, que no me he quedado para verte llorar como una blanda.

—El lunes tendrás que explicarle a Carl por qué no has ido a Austin este fin de semana —susurro mientras me limpio las lágrimas con disimulo—. Eso sí es triste.

—Tenemos la coartada perfecta. —Me muestra un pañuelo de papel—. Puedo estar enferma un finde, ¿no? Y, si además le aseguro que la capulla de mi jefa ha pasado de mí, conseguiré convencerlo una vez más de cuanto te odio.

—Si él supiera…

Estallamos en carcajadas y eso me ayuda a aliviar la tristeza. Con Juliette a mi lado no me siento tan sola ni tan perdida en esta casa. Tammy pasa los fines de semana con su hija en un pueblo cercano, y apenas tengo más relaciones de verdad.

—He hecho un montón de palomitas —anuncia Juls señalando la mesa de centro—. Y ahí tienes una colección nada despreciable de refrescos y chuches de las buenas. —Coge el mando a distancia y se coloca cómoda en el sofá—. Ahora solo nos toca elegir la película. ¿Qué te apetece?

—Acción o thriller —anuncio—. Algo que no me recuerde a Dorian, ¿vale? Así que nada de romanticonas ni rollos parecidos. Porque te anuncio desde ya que el amor es una mierda.

—Sigues con eso… —Chasca la lengua—. Es cansino, de verdad. —Levanta el índice para señalarme y se pone muy seria—. Decidiste marcharte y te comprendo, de verdad, pero no sigas dándole vueltas o acabarás hecha polvo. Pasarse la vida obsesionada…

Calla de golpe cuando un ruido en la puerta nos hace levantar la mirada. Y mi corazón se dispara hasta la estratosfera. Se me hiela el estómago. Ralph está parado en el umbral del salón. Petrificado. Nos mira como si hubiera entrado en la habitación equivocada.