Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 3 #3
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La mirada de mi amigo se ensombrece. Se está empezando a cabrear, lo delata esa vena palpitante en el cuello.

—No sé qué problema tienes, la verdad. —La repasa con desprecio—.

Supongo que en tu casa nunca te han dicho que no.

Pero deberías empezar a aceptarlo. No me interesas, no voy a acostarme contigo ni a hablar de mi novia con una desconocida.

Así que, por favor, ¿puedes dejarme en paz de una jodida vez?

—Me encantan los chicos decididos… —Se pasa la lengua por el labio con lascivia y Ralph resopla antes de rodearla para emprender la marcha hacia el coche.

Me mira a mí al decirlo. Como si estuviera retándome.

—¿Tú tienes novia? —La rubia me detiene cuando empiezo a andar tras mi amigo—. Porque si él no quiere nada conmigo, podría quedar contigo…

—Paso. —Niego con la cabeza y me alejo de ella.

—Si cambias de opinión, suelo pasarme por el Blind Pig Pub —anuncia—. Hay música en directo, alcohol y mucho ambiente. Búscame.

No le contesto, me limito a seguir avanzando hasta el coche, donde mi amigo ya me espera en el asiento del copiloto.

—Insistente la tía —comenta enfadado—. Me molestan las que no entienden un rechazo directo. Además, ¿la has visto bien? Parece una pija mimada con ropa de marca, perfectamente arreglada…

—Tenía un polvo.

—No todo consiste en eso, Dorian. —Su réplica está cargada de reproche—. Y lo sabes tan bien como yo.

Me callo porque me jode mucho esa referencia a Ashley. Aunque es cierto, ya no soy ese imbécil superficial que solo buscaba el placer físico. Y vale, la rubia estaba para mojar pan, pero no estoy disponible.

—La muy capulla me dejó inservible —murmuro, con Ralph no suelo reprimirme ni mentir—. Y se lo voy a hacer pagar. Te juro que va a morder el polvo cuando la encuentre.

—Y te la vas a comer enterita. —Suelta una carcajada—. Sigues enamorado de ella, no lo niegues. Si te la encontraras de nuevo, no irías directo a su yugular, sino a su boca. Por no decir algo más fuerte.

Gruño con rabia.

—Lo único que haré será romperle el corazón como ella hizo con el mío.

—Después de tirártela unas cuantas veces, ¿no? —Su guiño de ojos me molesta.

—No tienes ni idea —mascullo con los dientes apretados.

Nos quedamos callados el resto del trayecto. No es muy largo, el estadio está al lado de nuestro apartamento. Al llegar al complejo le doy las llaves de mi Mustang a Ralph antes de ver cómo se coloca en el asiento del conductor.

—Cuídamelo —ordeno—. O te voy a dejar sin dientes.

—Te veo el domingo. —Se carcajea.

Saco mi bolsa de deporte del maletero y dejo la de Ralph antes de despedirlo una última vez con la mano.

Una hora después estoy con el hacker que me recomendó uno de mis colegas del complejo, un tal Rey —diminutivo de Reynaldo, según me explica cuando me hace entrar en su apartamento repleto de aparatos informáticos—. Significa «rey» en español.

Mi corazón da un vuelco al recordar la primera vez que vi la «cueva» de Ash, su equipo, su forma de teclear y llenar las pantallas de códigos, su pericia en ese campo, desconocida por mí hasta ese instante.

¿Qué más me ocultó? ¿Cómo pudo acusarme de mentir cuando ella tenía una vida paralela y jamás me la confesó?

¿Acaso no es una falta total de confianza en mí?

¿No invalida su discurso acerca de mis engaños?

Rey me interroga un poco acerca de los servicios que le voy a contratar, me explica sus tarifas —caras de cojones— y suelta una batería de preguntas acerca de Ashley que me son muy difíciles de contestar.

—Si quieres encontrar a alguien que no quiere que la encuentren, prepárate para no gustarte lo que descubras —dice sin mirarme—. Cuéntame todo lo que sepas de ella. ¿Conoces su nick en la red? ¿Algo con lo que empezar?

No tengo ni idea de cuál es su puto « nick en la red», ni a qué se dedicaba en su faceta de cracker ni por qué se ocultaba ni nada de su vida secreta. Porque era eso, un jodido secreto que me escondió incluso a mí.

La rabia vuelve a poseerme cuando recuerdo cómo me dejó al margen, me mantuvo en la ignorancia y al irse borró su paso por mi vida como se limpia un disco duro.

Y no la voy a perdonar jamás. No me olvidaré de cómo me sentí al despertarme el día de su deserción, ni al descubrir la desaparición de sus fotos ni al enfrentarme a la realidad.

—Okey. —Teclea en el ordenador, donde aparecen los códigos como una regresión a esas semanas en las que Ash se dedicaba a rastrear la red para pillar al padre de Sasha—. Dame lo que tengas.

Me levanto tan brusco que la silla raspa el suelo.

Le doy a Rey los datos que sí poseo. Su nombre, su edad, su descripción física, su asistente social…

También conozco el tono pálido de su piel, las pecas que se tapaba siempre con maquillaje, el color azul de sus ojos, que cambiaba a gris con unas lentillas, el vello pelirrojo en su sexo, ese que daba una idea del tono real de su melena teñida de rubio, los tatuajes en su abdomen…

Aprieto los dientes y los puños con una inspiración profunda. El deseo de tocarla es tan grande que casi duele.