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Sorteamos a las grupies gracias al interés de nuestros compañeros de equipo por pegar un polvo esta noche.
Es viernes, tienen dos largos días por delante después del partido de las seis para disfrutar de los placeres de la carne.
Y los envidio. La idea de retozar con otra y olvidar es altamente tentadora.
Pero estoy hasta los cojones de esa mierda.
Y, para qué me voy a engañar, sé que no funciona.
Sigo enamorado de Ashley y a la vez la detesto… Mis contradicciones son cada vez más pronunciadas. Ni yo mismo me entiendo. Estoy soltero, en la universidad, soy una máquina sexual y quiero devolvérsela a Ashley, ¿por qué me mantengo fiel a ella? ¿Se me va la puta chaveta?
Un recuerdo se forma con rapidez en mi mente, cargado con una bala directa a mi corazón.
Apenas acababa de cumplir los seis años, mi patética fiesta para celebrarlo había dado sus últimos coletazos, los invitados habían abandonado nuestro salón entre risas, besos, abrazos y despedidas. Estaba tan feliz…
Todavía era un niñato con la idealización de la vida capitaneando mis días.
Muchas noches me dormía imaginando que los insultos de mi padre, sus ataques a mi madre y su mal carácter desaparecerían por arte de magia.
Esos sueños absurdos me ayudaban a sobrellevar la situación.
Aunque temblaba cada vez que él aparecía por la puerta y nos saludaba con esa sonrisa cruel en sus labios.
Lloraba a menudo, sobre todo cuando mi madre me pedía que me llevara a Ernesto a mi habitación y nos encerrara en el armario.
Mi hermano era tan pequeño…, me costaba un mundo mantenerlo callado para no llamar la atención de mi padre.
Hasta mi sexto cumpleaños no me había puesto la mano encima, solo me dedicaba agresiones verbales, me despreciaba con frases como «eres un perdedor y nunca serás otra cosa».
Camino todavía más rápido, como si correr me ayudara a escapar del recuerdo. Esa era la peor porque me intimidaba, me destrozaba, me llevaba a creérmelo. Me debilitaba. Pero ese día, después de la fiesta…
Hincho las aletas de la nariz para espantar la rabia al recordarlo.
El salón se había vaciado de personas, Ernesto dormía en el sofá, la estancia aparecía desordenada, la música todavía coleteaba con canciones infantiles.
Sentí cómo la atmósfera cambiaba de repente, cómo él se preparaba para sacar su perversión por la boca y los puños.
Temblé. Mi padre me aterraba en esa época.
A pesar del cariño de mi madre, de sus caricias, de sus frases tranquilizadoras, de cómo lo excusaba, temía a la persona que debería mostrarme su amor incondicional, pero me trataba con desprecio.
—¡Joder, Sutton! —espetó mirando a mi madre con odio—.
¿Cómo cojones tienes la casa así de sucia?
—Se acercó a ella—. ¡Y esa música! ¡Es una mierda!
—Juntó los dedos, preparado para «castigarla» por su «ineficiencia a la hora de mantener el orden»—.
Eres tan perdedora como tu hijo. —Me señaló con los ojos y una burla en la voz—.
No te mereces esta fiesta, Dorian. Nunca llegarás a nada, serás un mierda toda tu jodida vida .
—Jason —susurró mi madre—. Por favor.
Le asestó el primer golpe en el estómago sin escucharla ni perder la sonrisa, la atizó con tanta fuerza que ella se dobló por la mitad con unos jadeos rotos.
Yo conocía las normas, sabía que llegados a este punto debía correr a esconderme con Ernesto, pero mi hermano seguía dormido y no podía llegar hasta él sin pasar enfrente de mi padre.
Me gustaría pensar que fui valiente, pero sería una mentira.
Todo cuanto me mantuvo paralizado fue mi incapacidad de seguir las directrices de mi madre.
Temblaba, estaba aterrado, apenas me atrevía a respirar.
El segundo puñetazo fue todavía más fiero, la arrojó hacia atrás por la fuerza brutal del impacto y acabó en el suelo, con lágrimas en los ojos y casi sin respiración. Grité. No debería haberlo hecho, pero la voz salió sola por mi boca, junto a mi llanto.
—¿Qué coño te pasa, mierdecilla? —Mi padre reparó entonces en mi presencia.
Se acercó con su mirada de depredador, una que no olvidaré jamás—.
¿Tú también quieres un poco de mi medicina?
¡Porque los hombres no lloran, joder! —Vi cómo preparaba su puño, cómo sus ojos se llenaban de furia, cómo me odiaba.
—Jason —musitó mi madre sin haberse recuperado del todo—. El… Dorian… no. Por favor. No. —Y se rompió, llorando.
Las carcajadas de mi viejo fueron el detonante para su crueldad.
No tardó ni dos segundos en golpearme en el vientre —ese era su lugar favorito porque apenas dejaba marcas visibles—.
Sus ojos permanecían fijos en ella, como si quisiera castigarla más todavía.
Sus sollozos me impactaron tanto o más que el dolor del puñetazo.
Me quedé en el suelo, retorciéndome, con lágrimas, desespero, ansiedad.
—Si vuelvo a ver una jodida lágrima en tus ojos, Dorian, te moleré a golpes —anunció mi padre—. Ninguno de mis hijos mostrará debilidad al mundo. Jamás.
Desapareció por la puerta de casa un par de segundos después con un sonoro portazo y entonces mi madre se arrastró hasta abrazarme.
—Eres más fuerte de lo que dice, cariño. —Me consoló—. Tu padre es un buen hombre, pero está pasando una mala época. Te quiere mucho, cielo, de verdad. No se lo tengas en cuenta .
Nunca he entendido cómo mi madre pudo seguir enamorada de semejante monstruo. ¿Por qué lo defendía?
Ese fue el primer maltrato físico de mi padre, el pistoletazo de salida para usarme de saco de boxeo, para insultarme más, para menospreciar con mayor contundencia, para herirme sin tregua.
Y ella siempre encontraba excusas para absolverlo, seguía queriéndolo…
Sus continuas palizas me volvieron fuerte, como él quería, me armaron con una necesidad imperiosa de devolverle cada porrazo, de defender a mi madre, de evitarle a Ernesto probar sus puños de acero.
Y me ayudaron a entender que el amor te debilita.
Estudio a las grupies con deseos de avivar mi avidez, sin ningún resultado.
Está atontada perdida, solo se levanta al pensar en Ashley, al recordar su voz, su sabor, su mirada cargada de anhelo…
¡Ya está firmes! ¡Joder! Si la muy cabrona incluso eliminó todas y cada una de las fotos que tenía de ella en mi móvil, y le hizo lo mismo a toda mi familia.
Entiendo que es una ciberdelincuente, que estaba en mi pueblo escondiéndose de la justicia, que decidió largarse para evitar rastreos innecesarios, pero ¿hacía falta borrar de esa manera su existencia en Elberta?
Me molestó cuando el caso Meyer saltó a la palestra gracias a su pericia con los ordenadores, y me mosqueó mucho más cuando decidió desaparecer cada vez que los periodistas intentaban hablar de nosotros.
Era como enfermizo. Y sí, entiendo lo suyo con la justicia, pero ¿hacía falta ocultarse de esa manera?
¿Siempre atenta a las posibles cámaras? ¿Escondiéndose de ellas?
Todo aquel lío de herencias, traiciones y la fábrica que ahora es mía no me devolvió lo único que quería: a ella.
Fue Ashley quien consiguió salvar a mi otra tía, Emily, de la cárcel, la exoneró y demostró la culpabilidad de Meyer tras una incursión acojonante en la red.
Eso también sirvió para evitarles problemas a mi madre y a mi abuelo, por eso los periodistas invadieron nuestra intimidad.
Y mi «hermanita de acogida » se hizo la escurridiza las veinticuatro horas que duró su presencia, consiguió quedar al margen de los medios, no aparecer en ninguna instantánea.
Las tías adictas a los futbolistas están acercándose, con esas sonrisas de leonas depredadoras que tanto me gustaban antes. Ahora me asquean.
He seguido de cerca a Juliette este último mes, he espiado sus conversaciones con Ralph, incluso le robé el móvil la primera noche que pasó en nuestra casa para investigar sus interacciones recientes, y lo he repetido en cada una de sus visitas.
Al principio no me tragaba su falta de contacto con Ashley.
Sin embargo, no hay mensajes sospechosos, ni e-mails ni llamadas ni nada que me sirva de pista para encauzar mi búsqueda.
¿Y si Juls de verdad no sabe nada de ella?
Esa idea me estruja el corazón porque es mi única pista, no tengo otra.
Esta tarde he quedado con un tío que podría ayudarme a bucear en la red para revelar algún rastro de ella. Una hacker siempre deja alguna miguita de pan, en su mundo se conocen, y no pierdo la esperanza.
La rubia se adelanta una vez dejamos atrás a las otras y se planta enfrente de nosotros con una sonrisa suspicaz dirigida a mi amigo. Me concentro en ella con una expresión ladina y me olvido por unos instantes de Ashley.
—Ralph Brown. —Lo dice como si saboreara el nombre. Levanta un dedo y lo usa para repasarle el pecho sobre la camiseta en un gesto sensual, pero él la agarra de la muñeca para separarla de su cuerpo.
—Estoy pillado —anuncia dando un paso atrás para alejarse de ella y dejar clara su postura.
—¡Qué suerte tienen algunas! —No se da por vencida y se aproxima de nuevo, invadiendo su espacio personal—. ¿Eres un tío fiel? No soy celosa y sé guardar un secreto.
Lleva un bolso de esos que a Sasha le iluminaban los ojos. Con un logo de una marca cara. No recuerdo cuál. Pero es caro de cojones.
—Lástima que Juliette sí lo sea —replica Ralph—. Y que yo esté loco por ella.
—Juliette… —La voz de la rubia suena muy seductora. A pesar de la claridad con la que mi amigo la rechaza, ella insiste en seguir la conversación—. No me suena ese nombre… ¿Estudia aquí?
—No. —La respuesta de Ralph es muy seca—. Y ahora, ¿te importaría dejarnos marchar? Tenemos un poco de prisa.
—¿Hace mucho que estáis juntos? —pregunta ella sin darse por aludida—. ¿Tengo alguna posibilidad?