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DORIAN
Hoy he conseguido llevar la voz cantante en el campo de fútbol y salgo de él con la sensación de estar a punto de alcanzar la cima.
Mi meta este año es ocupar el puesto de quarterback cuanto antes, aunque sea un novato.
Soy mejor que la mayoría, y el entrenador lo sabe.
Solo me hace falta demostrárselo al resto de mis compañeros y me alzaré con el puesto.
Porque desde la partida del capitán Astron tras graduarse, el puesto lo ocupa un suplente hasta que se decida quién será el titular.
Y tengo todos los números para convertirme en él por méritos propios.
Entro en el vestuario con Ralph a mi lado.
No ha demostrado tanto como yo desde nuestra llegada, está demasiado metido en eso de estudiar Matemáticas y entrar en algún grupo de investigación para seguir con esa obsesión suya de friki de los números.
Pero es bueno y, a pesar de no darlo todo, también destaca.
Por eso consiguió una beca para estudiar aquí. Espero que no la pierda.
Septiembre está a punto de acabar. Llevamos un mes en la Universidad de Texas, viviendo en ese complejo de apartamentos tan lleno de vida nocturna.
Juliette ha venido de visita todos los fines de semana, se ha instalado en el piso y ha sido como si volviéramos a ser ese trío de cuando éramos niños.
Aunque al estar acompañado por la parejita feliz la imagen de Ashley se cruza por mi mente en demasiadas ocasiones, evoca esos tres meses de tregua en los que nuestra relación fue perfecta…
Y luego me trae ese abrupto final, su huida, mi despertar en casa sin ella tras la mejor noche de mi vida.
Intento sin mucho éxito quitármela de la cabeza y entro en la ducha. Las felicitaciones de mis compañeros de equipo suben mi ego hasta la estratosfera. Estoy donde quería y sé que conseguiré todo cuanto me proponga, y ellos también lo ven.
La jodida sonrisa de Ash me acompaña bajo el chorro de agua, junto a un deseo perverso de contarle cómo me va, que estoy en mi lugar soñado y que he logrado subir el primer peldaño hasta la meta.
Sueño con ella a diario, con mi venganza, y a la vez con recuperarla, como si esa dicotomía de opciones pudiera convivir con facilidad en mi mente.
Y me mata enfrentarme a su desaparición completa, es como si se la hubiera tragado la tierra y no hubiera forma de saber dónde se esconde.
Aprieto un puño con fiereza y golpeo la pared mientras el agua me cae impune por la espalda.
—¿Te has vuelto loco o qué, Stone? —grita Johnson desde las duchas contiguas—. Tío, la pared no tiene la culpa de lo que te jode. —Suelta una carcajada—. Mejor usa un saco de boxeo.
—Cállate —gruño, apoyando la frente contra el azulejo.
El resto de mis compañeros se unen a su hilaridad y eso me cabrea todavía más. Yo me miro el nudillo ensangrentado y sigo las gotas rojas que se mezclan con el agua.
¿Por qué me empeño en recordarla? ¿En invocarla?
¿En necesitarla con esta desesperación? Debería dedicar mis esfuerzos a tirarme a todas las tías que se me insinúan en las fiestas, a las que esperan a la salida de los vestuarios tras cada entreno para lanzarse a los brazos de cualquiera de los jugadores, a las anónimas de un bar cualquiera.
El vestuario está animado cuando camino hacia mi taquilla con la toalla alrededor de la cadera; la abro, saco mi ropa y la coloco sobre la banqueta para empezar a vestirme. Los chicos están planeando la fiesta de esta noche, y lo hacen con el tono de voz bastante alto.
El móvil vibra dentro de mi bolsa. Siento la aceleración de mis latidos. Soy un imbécil, siempre creo que es ella, aunque en el fondo sepa que es imposible. Lo saco con el corazón en un puño. Pero solo es una notificación de mierda de Instagram.
—Tengo muchísimas ganas de llegar a Dallas —anuncia Ralph al salir de la ducha y situarse a mi lado—. Espero que no me pongan pegas para entrar en la mansión Reynolds porque le he preparado un finde de la hostia a Juls. Va a flipar.
Su novia consiguió el trabajo de asistente de la hija de Denton Gardner hace un mes, se instaló en la mansión y Ralph ha ido a verla un par de fines de semana, cuando los partidos nos lo han permitido, aunque no ha coincidido con Madison Gardner en ningún momento.
Hoy lo ha preparado todo para darle una sorpresa a Juliette presentándose en la casa con no sé cuántos regalos para celebrar no tengo ni idea de qué chorrada de esas de novios.
Juliette apenas habla de su jefa cuando está con nosotros, prefiere no pensar en el trabajo, relajarse y pasárselo bien.
Me da la sensación de que está un poco harta de esa arpía.
La prensa sigue sin sacar ningún primer plano de su cara, es como si quisiera esconderse bajo esa enorme pamela y unas gafas exageradamente grandes para sus rasgos.
Solo sé que tiene la piel muy blanca, moteada de pecas, como su padre, y a veces se le cuelan algunos mechones pelirrojos bajo el sombrero, como los de esa chica que vi en mi primer día en Austin, la misma que lleva semanas apareciendo en las gradas, vestida de negro y con una capucha tapando su rostro.
Suelo sentirla cuando ocupa un puesto entre el público, y me la quedo mirando con una sensación extraña en la piel, como si la conociera de algo.
No se queda nunca hasta el final del partido y siempre elige un asiento apartado, como si buscara más privacidad de la que le otorga la capucha.
No le he hablado a nadie de ella, ni siquiera a Ralph, pero estoy decidido a seguirla si me da ocasión y alguna vez se queda lo suficiente, porque hay algo en ella que me resulta familiar, y necesito averiguar qué es.
Suelto un largo suspiro para despejar mi mente, hay demasiado en ella, y los sentimientos parecen amotinados, como si estuvieran a punto de sacudirme. Así que me concentro en otra cosa.
—¿Ya sabes cómo vas a entrar en la mansión sin que Juls se entere? —le pregunto a Ralph acabando de vestirme. No lo han convocado al partido de esta tarde y ha decidido ocultárselo a Juls—. No va a venir este finde porque está ocupada con algo de su jefa, quizá se cabree.
—No lo hará, tío. —Niega con la cabeza y sonríe—.
Se va a poner contenta. Y te aseguro que voy a entrar en esa mansión como me llamo Ralph Brown.
Nadie me lo va a impedir. —Baja un poco la voz—.
Tengo al guardia en el bolsillo y la Gardner me ha puesto en la lista de personas con pleno derecho a entrar.
Incluso le pidió una foto de mi carnet de conducir a Juls para que pueda demostrar mi identidad sin problemas.
—¡Qué suerte, tío! —Le doy una palmada en la espalda—. Has logrado pleno acceso a la mansión Reynolds.
—Bueno, solo a la zona donde está instalada Juliette —explica—. Tienen entradas independientes, incluso hay una valla de separación para los coches que aísla las dependencias de su jefa. Ninguno de los dos tiene permiso para pisar la casa grande.
—Madison Gardner tiene fama de capulla, no me extraña que restrinja el paso a su «ala de pija indecente».
—La casita de Juls es increíble. —Suelta un silbido y me guiña un ojo—. Ni te imaginas el lujo de ese lugar, tío. Es para flipar.
—Pues disfrútala. —Le doy otra palmada en el hombro de camino hacia la puerta, con las bolsas en el hombro—. Y haz fotos. O, mejor, llévame la próxima vez y así me lo enseñas en directo.
Como siempre, nos encontramos con un enjambre de chicas a la salida del vestuario, son grupies con ganas de meterse en la cama de alguno de los ídolos de la universidad, la mayoría de ellas animadoras.
Las miro a todas con altivez, como si se tratara de un trozo de carne.
Porque ellas hacen lo mismo con nosotros, nos buscan para un revolcón que las haga sentir en la cúspide del mundo por unos instantes.
Una me agarra del brazo. Me la quito de encima sin mirarla siquiera, con un gesto tan brusco que se tambalea. Hay un murmullo general, alguien silba, pero no me giro, sigo caminando sin detenerme.
Hace un tiempo me hubiera lanzado de cabeza a por ellas.
Disfrutaba de una buena noche de polvos con una desconocida.
Pero claro, la capulla de Ash tuvo que eclipsarlo todo con su presencia en mi vida.
Hice el amor con ella muchas veces —sí, joder, con ella no solo follaba, aunque me duela admitirlo—, y después de ella ninguna ha estado a la altura, no me satisfacen, no consiguen hacerme sentir más que un orgasmo y luego el vacío total.
¡Joder! Ya está mi puta cabeza haciendo de las suyas y ese capullo entre mis piernas anhelándola a tope. ¿Por qué no puedo quitármela del corazón? ¿Darle el lugar que le corresponde? ¿Odiarla?
Hay una chica que me llama la atención entre todas las grupies .
Rubia, grandísimos ojos azules, mirada felina, cuerpo de escándalo…
Me fijo en ella porque observa de forma bastante intensa a Ralph, como si quisiera arrancarle la ropa o algo parecido.
No acabo de captarlo bien. La repaso de arriba abajo.
Va vestida de marca, peinada perfecta y maquillada como una diva.
Es como si en ella no hubiera nada fuera de lugar y supiera cómo resaltar cada uno de sus atributos.
Me quedo unos segundos con la mirada en esos voluptuosos labios pintados con carmín rojo y, como no, mi imaginación los confunde con otros.
«¡Joder, Ash! ¿Cómo me has podido convertir en un adicto a ti?» .
Mi amigo apenas repara en la rubia. La única cagada grande que tuvo con Juliette implicó a una chica con ese tono de pelo, y ahora las rehúye como el agua al aceite; bueno a ese y a cualquier otro color de cabello.
Le costó más de un año recuperar la confianza de su chica y se prometió no volver a joderla nunca más. ¡Qué asco me da su «amor»!