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—Buenos días, cariño —saluda cuando abro la puerta.
Está sentado en mi silla, como si intentara dejar claras sus intenciones, aunque no lo necesita, sé exactamente qué quiere.
No es la primera vez que expone con claridad su deseo de meterse entre mis piernas y apoderarse de todo cuanto considera suyo.
Apoya los codos en la mesa y usa una mirada lasciva para recorrerme de arriba abajo mientras me deshago de la pamela y de las gafas—.
Cada día estás más apetecible. Veo que te has decantado por Chanel, ese traje chaqueta es una invitación a tocarte, primita.
—Lárgate —ladro con insolencia, señalando la puerta—. Tengo demasiado trabajo para escuchar tus gilipolleces.
—Gilipolleces… —Se pasa la lengua por los labios de una forma asquerosa.
Ojalá pudiera deshacerme de ese energúmeno co n una patada en los huevos—.
Si estoy aquí, es porque me has robado mi lugar y no voy a parar hasta recuperarlo.
—Su voz se tiñe de amenaza—. Ya sabes hasta dónde puede llegar mi familia para conseguirlo.
«Hasta mandar un dron para hacer volar por los aires el coche donde viajaban Garrett, Simon y mi padre. ¡Cabrón! Te voy a machacar».
En vez de darles voz a mis pensamientos, compongo una sonrisa letal y lo miro con triunfo, como si sus palabras me resbalaran.
—Sin embargo, esa es «mi» silla —la señalo sin amedrentarme ante sus gestos y palabras—, este es «mi» despacho y estás en «mi» compañía —hago mucho énfasis en cada uno de los tres «mi»—, y no tengo ninguna intención de regalártelo. Así que arreando.
Se levanta con rabia en la mirada, se detiene muy cerca de mí y alza el índice para pasearlo por mis labios, con una intimidación implícita en el gesto.
—Vas a ser mía de todas las formas que desee —susurra acercándose a mi oído. Me lame la mejilla—. Y, de paso, me quedaré con todo eso que dices que es tuyo.
Mi cuerpo se tensa antes de que mi mente reaccione. Le doy un manotazo sin perder la sonrisa, me aparto de él y camino hacia mi silla con seguridad. Porque ni él ni nadie va a atemorizarme. Aunque el brillo perverso de sus pupilas me hace temblar.
Recuerdo sus otros intentos de controlarme a la fuerza, cada una de las acciones que a lo largo de nuestras vidas ha perpetrado con el anhelo de someterme a su voluntad, y se me agria el estómago.
—Sigue soñando —digo sosteniéndole la mirada—. Y ahora, deberías largarte de una vez de mi despacho para dejarme sola.
—Tarde o temprano te tendré comiendo de mi mano, Madison. Y entonces desearás no haberme tratado así.
Sonrío por el triunfo momentáneo, aunque me desinflo cuando mi secretaria anuncia la primera candidata para asistente personal de esta mañana y él se larga al entender que se le ha acabado el tiempo para intimidarme.
Ha llegado la hora de prepararme para darle la bienvenida a Juliette a mi vida en Dallas.
Debo relegar mis ansiedades para otro momento.
Llevamos demasiado tiempo sin comunicarnos y la echo un montón de menos.
Paso por cuatro entrevistas hasta llegar a la suya.
Mantengo el mismo nivel de frialdad con cada una de las candidatas, tal como Juls y yo lo entrenamos mil veces antes de mi partida de Elberta, casi recitando las mismas palabras.
Intuía que habría micros en mi despacho y decidimos buscar la manera de convencer a mis primos de mi odio manifiesto hacia Juliette antes de contratarla.
Es la mejor manera de mantenerla a salvo.
—Señorita Monroe. —Le señalo la silla frente a mi escritorio cuando entra en el despacho sosteniendo su currículum en la mano; la miro con altivez mientras la puerta permanece abierta, pero enseguida adopto una expresión feliz al quedarnos a solas.
Ella me guiña un ojo y me lanza un beso cuando inicio la entrevista con una patente hostilidad en la voz—.
Veo que no ha estudiado en la universidad ni tiene ninguna preparación para este puesto.
—Llevo dos meses en Reynolds Oil, y el señor Evans me ve preparada para asumir el reto.
—Tal como ensayamos, Juls imprime seguridad en sus palabras, las pronuncia con dulzura, aunque su tono se tiñe de sarcasmo disimulado para disfrute de mis primos—.
Póngame a prueba y verá cómo soy la idónea para este puesto.
—Lo dudo —replico con contundencia, tratando de ser muy desagradable—. Una asistente sin formación universitaria nunca estará a la altura.
—El paso por la universidad no es indispensable para trabajar en ese puesto.
—Su tono mordaz, bastante bien disimulado, le da un toque perfecto a lo que pretendemos, y esbozo una sonrisa invisible para mis enemigos—.
Mis aptitudes son perfectas para ganarme el trabajo. Póngame a prueba y no se arrepentirá.
Durante un rato le lanzo preguntas incisivas, sin perder la arrogancia. Ella contesta a cada una de mis pullas con suavidad, pero las adereza con un toque de ironía oculta, haciendo referencia velada a mi corta edad, a mi falta de estudios o a mi inexperiencia.
Yo me mantengo en mi papel de jefa cabrona, la ataco en más de una ocasión y le doy cancha para que se defienda.
Es la estrategia ideal si aspiro a que el capullo de mi primo haga presión para que sea la elegida, y más si me opongo.
Una vez Juliette sea mi asistente personal, él creerá que me ha ganado la batalla moviendo los hilos para imponerme su voluntad, y yo habré conseguido muchísimo a sus espaldas, sin poner a mi amiga en peligro.
Sonrío y sigo adelante con nuestro plan. Y, aun así, siento que alguien más sonríe desde el otro lado de la pared.