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A veces me pregunto por qué no me quedé en esa casa desde el principio. Hablo español, nadie habría sospechado de mi verdadera identidad. No me habría enamorado. No me habría roto. Pero tampoco habría conocido a Juliette, ni a Ralph, ni a Sutton, ni a Ernesto …
Ni a Dorian.
Pronunciar su nombre me desequilibra. Lo amo.
No puedo borrar sus besos, su voz, nuestras conversaciones, la primera vez y todas las que vinieron después.
Sé que debo mantenerme lejos. Es lo correcto.
Pero el amor no obedece órdenes. En Mallorca intenté enterrarlo entre baños en el Mediterráneo, noches en la piscina, puestas de sol perfectas y anonimato.
No sirvió de nada. Dorian forma parte de mí.
Tammy aparece en el recibidor al verme bajar los últimos escalones.
Lleva trabajando en la mansión Reynolds desde que tengo memoria, y siempre ha sido mi aliada a la hora de encubrir mis actividades dentro de la seguridad de estos muros, aunque a la vista de todos me odia y apenas pasa tiempo conmigo.
En vida de mis tres chicos, Tammy se encargaba de proteger nuestras coartadas, de dirigir a las personas que trabajan en la casa para evitar mostrar nuestros secretos, y nosotros siempre la resguardamos hablando mal de ella en público.
Quería a mi madre, a Garrett, a Simon, a mi padre, a mi hermano Howard, a mi abuelo, y también me quiere a mí.
Es la única amiga que me queda de mi otra vida.
Bueno, ella y Rupert, mi colaborador secreto en la empresa.
Quizá en mis años en Elberta he recordado más a mis tres pérdidas, pero ella también estaba en mis pensamientos.
Y tenerla de nuevo conmigo me ayuda a no sentirme tan sola.
—¿Lista para tu gran día? —pregunta con una sonrisa.
Le he explicado solo algunas partes de mi tiempo fuera de aquí; no quiero poner en peligro a las personas que dejé en Elberta y cualquier filtración podría ser desastrosa.
Tammy vive en la casa que hay cerca del circuito privado de la mansión, no suele salir demasiado de los dominios Reynolds, solo se va los fines de semana para visitar su hija en un pueblo cercano.
Es la única con el conocimiento de la inminente llegada de Juliette y los lazos que nos unen.
Sin embargo, no le he hablado de Dorian ni le he dado mi ubicación estos años.
Mis primos suelen interrogarla cuando tienen ocasión, y no puedo arriesgarme a que se le escape alguna pista reveladora.
—Ojalá no tuviera que ser otra persona ahí fuera —susurro y la miro—. Pero estoy preparada para convertirme otra vez en una arpía cara a los espectadores. Juls lo vale.
—Tus padres estarían muy orgullosos de ti. —Me da un abrazo suave y me abre la puerta para que salga al ruedo, componiendo una expresión fría.
Una vez ocupo el asiento trasero del Mercedes negro de los Reynolds, con Ronald al volante, me preparo para afrontar el día en la oficina.
Ronald es el chófer de la familia desde tiempos inmemoriales, y también es fiel a nuestros secretos, aunque no convive con nosotros y apenas conoce la punta del iceberg de cómo éramos en nuestra intimidad.
Hace apenas una semana conseguí mi silla de directora general y presidenta del consejo de mi compañía, tras una batalla legal liderada por mis carísimos abogados, y amparada por la herencia y mis muchísimas acciones de Reynolds Oil.
Ese puesto genera envidias y suspicacias entre los directivos y los consejeros, porque para ellos no soy más que una cría que se ha pasado dos años en paradero desconocido y no tiene ni idea de dirigir el negocio.
Así que no solo debo luchar contra mi tío y mis primos, también hay otras muchas personas dispuestas a ponerme la zancadilla para hundirme.
Reynolds Oil es un monstruo empresarial con miles de millones en juego y más de veinte mil empleados bajo mi firma.
Cuando Ronald aparca frente a la puerta principal, me coloco bien la pamela e inspiro con fuerza para apartar de mí el hormigueo de la responsabilidad en mi piel. Suelto el aire.
En el momento en el que Ronald me abre la puerta y me ofrece su mano para descender, ya he escondido mi verdadero sentir bajo capas de frialdad y puedo capear los flashes constantes de los periodistas, quienes insisten en tomar una foto clara de mi rostro desde hace días.
Pero soy una experta escondiéndome de ellos.
No puedo arriesgarme a que Dorian, Ralph o alguno de mis antiguos compañeros de Elberta me reconozca en un rotativo, en Internet, en la tele…
Una vez dentro del edificio, paso los controles de seguridad manteniendo en todo momento el porte erguido, como si fuera una víbora capaz de picar a cualquier avezado que se acerque.
Por eso todos se mantienen a una distancia prudencial.
Podría entrar por el garaje, pero una vez a la semana es importante dar un pequeño espectáculo a la prensa para que todos sepan quién está al mando.
Aquí dentro no estoy a salvo. Hay micrófonos en todas partes del edificio, incluso en mi despacho y, como no quiero alertar a mi tío de mis habilidades informáticas, no voy a dar señales de conocer su existencia. He decidido usarlo en mi beneficio.
Subo al piso más alto con rapidez, desde donde la vista de la ciudad es impresionante y me siento en la cima del mundo. De cría adoraba venir aquí con mi abuelo, verlo trabajar, sentirme parte de esta empresa. También adoraba pasar el día en los pozos de petróleo junto a él.
Mi abuelo era increíble…
—Buenos días, señorita Gardner. —Monica, mi secretaria, se levanta al verme llegar—. El señor Reynolds está esperándola en su despacho, quería comentarle un asunto.
Asiento con contundencia, aunque mis puños se cierran. Adopto la postura más fría que soy capaz de componer y me preparo para el asalto.
Carl no pierde el tiempo, ya está tocándome las narices de buena mañana.
Las ganas de echarlo a la calle me invaden, pero ha trabajado a tiempo parcial en Reynolds Oil desde su entrada en la universidad, y ahora que está graduado se ha incorporado con pleno derecho y horario completo.
Si llego a negarme, nuestra batalla se hubiera encrudecido, y a tus enemigos es mejor tenerlos cerca.