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MADISON
Me miro al espejo solo un segundo. Sin ni parpadear.
Estoy perfecta, con ropa de diseño, el pelo divinamente arreglado, el maquillaje justo, la careta de capulla puesta y la energía en modo on para sortear el día.
Toda una ejecutiva pija, borde, altiva… Como mi papel público exige.
Me metí en ese papel muy jovencita, cuando mataron a mis seres queridos por primera vez.
Y fue mi pantalla para evitar parecer débil o mostrar demasiado de mí misma. Pero mi realidad es otra.
Las reminiscencias de Ashley todavía bullen en mi interior.
Ojalá pudiera volver a ser ella. Vivir en Elberta.
Sentir la serenidad de no esconderme. Tener a Dorian cerca…
Las lágrimas traidoras me corren el rímel.
Me limpio el desastre con ayuda de un poco de algodón y después aprieto muy fuerte la encimera con los dedos mientras regaño a mi reflejo.
No debería pensar en él, ni recordarlo ni desearlo. Me enseñó lo que cuesta amar a alguien que no sabe hacerlo. Pero aquí, entre estas paredes, todavía puedo permitírmelo.
Me paso la mano por la falda para quitar una arruga inexistente. Y empiezo a caminar hacia la puerta de mi habitación con la indumentaria necesaria para mantener mi identidad escondida.
La mansión está muy solitaria. Me pesan demasiado las ausencias. Quizá han pasado dos años, pero es difícil estar aquí sin mi padre, Garrett y Simon. Mientras avanzo hacia el garaje, donde me espera el chófer, me recrimino mis últimas decisiones.
El sábado se me fue la cabeza, todavía no entiendo por qué me subí a la moto en secreto y conduje hasta los apartamentos de Ralph y Dorian para observarlos llegar a Austin en directo. Me oculté bajo una capucha, como una auténtica acosadora.
Me detengo y me apoyo un segundo en la pared para no perder el equilibrio. Solo han pasado dos días y sigo inmersa en un estado de ansiedad continuo. Ojalá pudiera vencer mi desbocada necesidad de hacerlo mío para siempre. Verlo fue como si me aporrearan el corazón con un machete una y otra vez.
Suspiro y vuelvo a ponerme en marcha. Me agarro a la barandilla de la escalera para emprender el descenso. A pesar de mis esfuerzos, no he logrado quitármelo de la cabeza, y mucho menos de mi alma.
Dorian es inestable, irascible y alérgico al compromiso. Si lo dejara entrar de nuevo en mi vida, no tardaría en traicionarme otra vez; le da demasiado miedo amar. Y no puedo correr el riesgo cuando la amenaza de mi tío Albert sigue ahí.
Sé que mis primos, Carl y Candy, han instalado aparatos de escucha en mi despacho, que me siguen y que han contratado a un equipo para rastrear todos y cada uno de mis movimientos. Debo ser precavida. Solo estoy a salvo aquí dentro.
Reaparecer ha avivado la amenaza de mi tío.
« Si no cedes, mataré a todos cuantos te importen».
Me suda la palma que tengo aferrada a la barandilla para intentar mantener al máximo mi estabilidad.
Bajo el escalón con tan poco tino que el talón se me dobla y acabo sentada, con un golpe en el coxis y mi autoestima más magullada todavía.
Me tapo los ojos con las manos, con el horror de ese día asido a mi estómago.
Recuerdo la primera vez que escuché esa amenaza, tras una orden directa de Albert.
Cuatro meses antes de cumplir los dieciséis.
Mi tío ya me había arrebatado a mi madre, a mi hermano y a mi abuelo en aquel tiroteo donde resulté herida y me convertí, con diez años, en heredera universal de Reynolds Oil y de los Dallas Cowboys .
Esperó al momento preciso para reaparecer.
Me abordó a la salida de la escuela, disfrazado.
Pero yo lo reconocí al instante y empecé a temblar.
No de miedo, sino de rabia. Quizá por eso tardé horas en procesar sus palabras: si no empezaba a salir con su hijo, mi primo Carl, y me casaba con él tras mi cumpleaños —previa autorización de mi padre—, se desharía de los obstáculos y lograría que Carl obtuviera mi custodia.
Palpo la barandilla de nuevo para levantarme. Temblando. Casi sin fuerzas para no volver a caer. Pero decidida a luchar para borrar el dolor y la rabia.
Mi primo tenía diecinueve años entonces, dinero, una estabilidad aparente y la custodia de su hermana Candy tras la muerte «accidental» de su madre. Había sabido ganarse la compasión de mi padre y un puesto en Reynolds Oil. Pero yo lo conocía demasiado bien. Siempre supe que era un monstruo.
Albert desapareció tras escupir su ultimátum.
El aturdimiento vino después. Corrí a casa y se lo conté a los chicos.
Mi padre quiso creer que estaba equivocada, que Carl no podía estar implicado.
Yo no dudé ni un segundo. Por eso nos volvimos paranoicos con la seguridad.
Hackeé los dispositivos de mi primo, busqué pruebas, sobre todo después de que intentara forzarme en los baños del instituto.
Tomamos todas las precauciones posibles.
No sirvió de nada. Tres días después, el coche de mi padre voló por los aires con él, Simon y Garrett dentro.
Me obligo a continuar bajando las escaleras, aunque escucho el eco de sus voces.
De sus risas. Eran mis pilares. Y cuando murieron, mi corazón se fue con ellos.
Pero no podía permitirme caer. Si quería proteger mi vida y mi herencia, tenía que desaparecer.
Mantener el litigio abierto. Ganar tiempo.
Buscar a Albert antes de que él me encontrara a mí.
Pocos meses después me convertí en Ashley McGregor y me trasladé a Elberta como hija de acogida de los Stone.
Durante años me habían preparado para sobrevivir. Entre estas paredes, lejos del mundo, me entrenaron para no ser una víctima. Mi padre me enseñó negocios, estrategia y el amor por el fútbol americano, con Rupert Evans como aliado en la sombra .
Simon moldeó mi cuerpo y mi mente como armas: disciplina, combate, control emocional.
Sus años en los SEAL fueron mi escudo, aunque ni él pudo prever que acabaría casi sola.
Garrett me convirtió en experta al volante y con los motores.
En Elberta fui una kamikaze en el circuito. Por eso vencí a Dorian.
Yo misma aprendí a hackear . Los ordenadores fueron mi refugio tras la bala que no me mató, pero me señaló como objetivo. Descubrí que podía vigilar el mundo sin que el mundo me viera. Y perfeccioné mis dotes con el paso del tiempo.
Desde aquel tiroteo, cada hora de mi vida fue entrenamiento.
Adopto una postura defensiva de las muchas que me enseñó Simon. Y es como si su voz se colara desde el pasado.
—Madison, no lo olvides nunca: la única con el poder de derrotar a los demás eres tú —solía recordarme—. Puedes con ellos. Puedes con todo. Eres la chica más fuerte de Dallas. No te rindas jamás.
«No lo haré».
Unas lágrimas rebeldes se forman en mis ojos al evocar mis casi dos años de libertad en Elberta, un pequeño pueblo de Alabama donde fui inmensamente feliz.
El circuito, las horas de trabajo en el taller de Rod, Dorian…
—su presencia constante en mi día a día, compartir con él la casa, el gimnasio, nuestros labios…
—, la rivalidad del principio, nuestro tiempo juntos, esas escapadas suyas por la noche a mi habitación, las horas perfectas en la casita del bosque…
Es tan difícil olvidarlo…
También añoro a Sutton, su madre, y a Ernesto, su hermano pequeño; construimos una verdadera familia, una perfecta, sincronizada, feliz. Perderlos está siendo muy doloroso y alejarme de Dorian todavía más, pero no tenía elección.
Me rompo otra vez. Es cíclico. Y más desde mi regreso a la mansión Reynolds, donde los recuerdos me invaden en cada rincón.
Cuando me fui de Elberta pasé un mes y medio en una villa en la isla de Mallorca, en España, una desconocida para el mundo.
Viajé en avión con una máscara de silicona que tapaba mis rasgos para evitar a los detectores faciales.
Usé documentación falsa a nombre de una chica española que volvía a casa después de unas largas vacaciones en Alabama, y allí, en esa vivienda que mi padre había comprado en secreto doce años atrás, cuando mi madre todavía vivía, volví al físico de Madison: pelirroja, ojos azules, pecas, piel pálida…
Se terminaron las lentillas para cambiar el color de mis pupilas al gris, el tinte rubio, el maquillaje en la piel para oscurecerla y esconder mis pecas. Y también debía dejar atrás mi amor, mis sentimientos por Dorian, mi dolor. Pero no lo he conseguido.
Me acomodo las ondas pelirrojas a un lado, como le corresponde a Madison. Y me aliso la falda. Porque ahora soy esta mujer, ya no queda nada de mis ojos grises, de la ausencia de maquillaje. De esa chica rubia que vivía en Elberta.
En España pasé las semanas preparando mi regreso y comprobando que todo siguiera en pie.
La villa de Campos es uno de los secretos mejor guardados de mi familia.
Mis padres la descubrieron en su luna de miel y, cuando se puso a la venta, mi padre la compró para regalárselo a mi madre.
Nunca pudo hacerlo. Albert le robó esa posibilidad.
Otra vez necesito unos instantes para recuperar el aliento.
Las imágenes del día en que sobreviví a una bala me asaltan sin aviso. Recuerdo a mi tío entrando en la cocina con un arma, los disparos, mi abuelo cubriéndome con su cuerpo. Tres vidas apagadas. La mía salvada por centímetros.
A veces todavía me parece imposible.
Desperté en el hospital convertida en objetivo.
La sombra de Albert nunca ha vuelto a apartarse de mí.
Por eso aquella casa quedó como refugio secreto, como salida de emergencia.
Habíamos pasado temporadas allí después del tiroteo, despistando a mi tío gracias a mis habilidades informáticas y a nuestras precauciones obsesivas.
Por eso elegí Mallorca cuando hui de Elberta. Allí podía pasar por una turista más.