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Decido largarme a dar una vuelta, jodido de narices por las ganas de tener a Ashley aquí en vez de acusar su ausencia. No debería, pero me mosquea un huevo verlos tan «acarameladitos». ¿Por qué para ellos el amor no es una mierda? ¿Qué hice yo para no merecerme mi final feliz?
«Engañarla, tontear con otra, dejarla cada vez que lo vuestro se ponía serio, cortar con una nota para largarte con su peor enemiga, obsesionarte con la venganza y hacerla trizas demasiadas veces…».
¡Qué alguien calle a esa voz, joder! Porque vale, sí, lo hice. Pero le pedí perdón, ¿no? Y nos pasamos la última noche hablando. Incluso había decidido ir a terapia para no cagarla esta vez.
«No se lo dijiste ni has cogido hora con un psicólogo, ni siquiera has buscado uno».
Se me tensa la mandíbula.
¡Ella desapareció con una maldita nota! Eso invalida todas y cada una de mis malas decisiones. La suya es la peor.
«Ella solo estaba intentando mantenerse a salvo de ti».
Desecho todas esas palabrejas absurdas de mi mente y me concentro en mi rabia hacia Ashley McGregor. Me dan igual sus razones, mis acciones pasadas o cualquier gilipollez parecida; se lo voy a hacer pagar.
El recuerdo de una paliza de mi padre me sobreviene. Sus palabras, cómo me planteó sus dudas acerca de mi capacidad de conseguir ser alguien en el futuro. Solo tenía ocho años, me había caído con la bicicleta por un barranco y llegué a casa rascado, cansado y dolorido.
Jason Stone nunca toleró la debilidad. Le bastó descubrir un poco de humedad en mis ojos para arrastrarme hasta el garaje y usar el puño contra mi estómago, tres veces seguidas, donde no se veían los golpes.
—Eres un mierda incapaz de lograr nada. —gritó—. ¡Ni siquiera puedes mantenerte sobre una bicicleta!
Olía a alcohol, a rabia, a desequilibrio. A esa edad todavía era incapaz de defenderme. Me dolió, como cada una de las veces anteriores.
—Arregla esa bici o te quedarás sin nada —ordenó antes de largarse.
Permanecí una eternidad hecho un ovillo en el suelo, llorando, con dolor. Lo peor no era la parte física, sino sus abandonos, sus pullas, su forma de destrozarme la autoestima. Me llevo la mano al estómago sin darme cuenta. A veces creo que sigo doblado en ese suelo.
Abro la puerta para salir a la calle y me deshago del pasado, no debo permitirle acosarme ni ahogar mis ganas de seguir adelante.
Hace un calor insoportable, pero eso no me impide subirme la capucha de la camiseta sin mangas para taparme la cara. Quiero pasar desapercibido mientras camino por los alrededores del edificio de apartamentos donde voy a vivir. Aunque, si me paro a pensarlo, en Austin no me conoce ni Dios.
Estamos en un barrio muy residencial, a veintiséis minutos del Darrell K Royal TX Memorial Stadium, el estadio de los Texas Longhorns, mi equipo en un par de días. He recorrido el camino infinidad de veces en el Google Maps, casi podría hacerlo con los ojos cerrados.
Hay bastante trajín de estudiantes recién llegados en la calle, tanto en nuestro complejo como en otros cercanos. Algunos vienen acompañados de sus familiares, otros con amigos, algunos solos…
De repente, siento como si me estuvieran observando.
Mi mirada recorre el lugar en busca de una explicación a mi extraño presentimiento, y entonces la veo. Una chica en el otro lado de la calle, tapada también con una capucha.
Doy un paso hacia ella, magnetizado por algo que no sé explicar. Sus pupilas se encuentran con las mías. Se me eriza la piel del antebrazo. No las veo bien, pero las siento.
Va vestida con unos vaqueros negros muy ajustados, una camiseta parecida a la mía y unas botas de motorista.
No le veo la cara, solo unos cuantos mechones pelirrojos que se ensortijan sobre su hombro, escapándose de la ropa y contrastando con el negro de su atuendo.
Noto su vista en mí, con esos ojos azules que asoman bajo la ropa.
Tengo la extraña sensación de conocerla y de que este encuentro no es casual. Por un segundo absurdo pienso en Ashley. Pero no la ubico, ni la veo lo suficiente para reconocerla. ¿Por qué sigo mirándola como si me imantara? No tiene puto sentido.
Un coche frena mi avance y ella retrocede un par de pasos. Da media vuelta, pero tarda un segundo más de lo normal, como si esperara que la siguiera. Como si me conociera.
—Quédate —susurro, aunque desearía decirlo en voz alta.
Se aleja con pasos lentos, como si le costara marcharse.
El claxon del coche me sobresalta, estaba dando un paso de más.
Me retiro un poco hacia atrás y me meto las manos en los bolsillos, sin sacarle la vista de encima; veo cómo se va haciendo más pequeña a cada segundo, cómo se convierte en un punto lejano, cómo mi cuerpo reacciona de una forma extraña.
Un dolor agudo se propaga por mi cuerpo.
¿Me estoy volviendo loco? Ni siquiera sé quién era y me he pasado unos buenos minutos observándola, con la idea absurda de que podría ser Ashley.
Sacudo la cabeza antes de empezar a andar en dirección al estadio para darle el primer vistazo; alejo a mi chica de la mente, no puedo imaginármela en cualquiera, es absurdo.
Debo concentrarme en mi futuro, estoy preparado para conquistar todas mis metas.