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—Vamos a ver vuestro apartamento. —Señala la entrada a The villas on Guadalupe, un complejo de viviendas para estudiantes con piscina, gimnasio abierto las veinticuatro horas, barbacoa y un sinfín de pijadas parecidas—.
Ya os he recogido la llave, os he llenado la nevera y he amueblado las dos habitaciones, el salón, la cocina… Es un sitio precioso.
Dejo de hablar de mi ex cuando Juls lo insinúa con ese discursillo, pero ni de coña doy el tema por zanjado. Voy a espiar a mi amiga para ver si sabe algo. En este momento solo tengo ese hilo del que tirar y no pienso quitarle el ojo de encima.
Entramos en el complejo mientras nos fijamos en todos los detalles del lugar. Mola. Es moderno, con mucha claridad y colores suaves. Escucho con una sonrisa el murmullo de otros estudiantes instalándose. Seguro que habrá juerga todas las noches.
El apartamento es increíble. Un salón con la cocina integrada, dos habitaciones, un baño y bastante luz natural gracias a las ventanas. Y aire acondicionado… Bendito es tras enfrentarme al calor infernal de este final de agosto.
Meto la maleta en mi habitación, la coloco sobre la cama de matrimonio, la abro y lo primero que encuentro es el póster de Denton Gardner, el mejor jugador de fútbol americano de la historia, exmiembro de los Dallas Cowboys —el equipo de mis sueños— y una de sus grandes leyendas.
Lo cojo con las dos manos y lo observo un segundo, con los recuerdos de Ashley golpeándome las entrañas.
Me tiemblan los dedos cuando lo cuelgo sobre el cabecero.
Cuando Ash se vino a vivir a mi casa y mi madre le asignó mi dormitorio, mi ídolo quedó colgado encima de su cama. Estaba convencido de que la echaría en menos de un mes, y mírala, joder, aquí sigue, asida a mi mente, a mi cuerpo, a mi alma.
Quince minutos después, estoy frente a la nevera en busca de una cerveza y he aniquilado los recuerdos —no me lo creo ni yo—. Mis amigos tardan demasiado en salir de la habitación, y lo hacen con pinta de haberse dado un revolcón.
Sonrío con amargura.
Ambos se agencian una cerveza y se sientan a mi lado en el sofá, frente a un televisor de plasma. Desde la muerte de mi tía, su legado y la beca total nos han permitido este apartamento.
—Juls, ¿qué tal es Madison Gardner? —pregunto para dejar de recrear a Ash en mi imaginación y centrarme en otra cosa—.
Es flipante lo de esa chica. Desapareció hasta los dieciocho años y ahora ha regresado para asumir la herencia millonaria que le dejó su abuelo al morir.
Cuando le disparó su propio hijo… —Silbo—.
Esa parte de la historia me parece de ciencia ficción.
Los ricos están pirados. Madison estaba allí, su abuelo la salvó con su cuerpo moribundo, y seis años después la tía se largó de Dallas sin dejar rastro, tras el extrañísimo accidente de coche que acabó con la vida de su padre, el grandísimo Denton Gardner, y sus dos colegas.
—Dos años desaparecida y ahora, de repente, vuelve —añade Ralph—.
Es raro de cojones. —Mi amigo me muestra una captura de pantalla donde sale una chica con una pamela gigante y unas gafas tan grandes que no me dejan ver ni uno de sus rasgos—.
La tía tiene complejo de escapismo. No es ni medio normal esconderse así de las cámaras.
—Buf, los periodistas se han vuelto locos —añade Juls—. Ni te imaginas lo que es intentar entrar en Reynolds Oil sin que te rodeen. Están al acecho para conseguir la foto del año.
—Siempre me ha intrigado su forma de actuar —comento—.
Y ahora que trabajas en su compañía, Juls, quiero saberlo todo de ella.
¿Dónde ha estado? ¿Por qué se fue? ¿Es tan arrogante como la presenta la prensa?
—Resoplo—. ¿Por qué se oculta? Lo que más me flipa es la ausencia de imágenes suyas en la red. Es como un fantasma.
Me pone nervioso la gente que desaparece sin dejar rastro. Y los fantasmas todavía más.
—No la he visto en persona —explica Juliette, un poco inquieta—.
Solo lleva trabajando en la oficina una semana, y es de no hacerse notar.
Pero me he presentado para el puesto de su asistente personal, así que, si todo va bien, no tardaré en conocerla en persona.
—Parece nerviosa y emocionada, como si ese hecho fuera el motivo de su ansiedad—.
A ver, parece una estirada, no tiene relación con nadie ni se prodiga fuera de su despacho, pero el puesto tiene un montón de ventajas, y el señor Evans, mi jefe, dice que tengo posibilidades.
¡Ains! ¿Creéis que puedo optar de verdad a ese empleo?
Porque me apetece tanto… —Sonríe con nerviosismo—. Saldrá bien, ¿verdad?
—Lo conseguirás porque eres la mejor. —Ya está el novio solícito dándole alas para creerse el centro del universo. Vaya asco—. ¿Cuándo es la entrevista?
—El lunes. —Su expresión sigue tensa—. Si me dan el trabajo, viviré en la mansión Reynolds, en una ala para mí, con cocina y todo.
No tendré que compartir piso con un par de chicas como ahora, y mi sueldo será más alto.
Además, la idea de hacer de asistente personal me gusta.
Es una grandísima oportunidad, a pesar de cómo sea ella.
—Baja un poco la voz—. Aunque tampoco sé si fiarme de las habladurías.
Nadie ha trabajado con Madison; acaba de llegar…
—¿Una ala para ti sola en la mansión Reynolds? —Ralph se acerca a Juliette para abrazarla y darle un beso—. ¡Eso no me lo habías contado! ¿Y te dejarán llevar visitas? La simple idea de pensarlo ya suena increíble.
Sí, joder, su «increíble» es una invitación lasciva de cojones.
Mi amigo ya está imaginándose un folleteo a costa de la hija de mi ídolo.
Pero ya veremos, porque las voces acerca de Madison Gardner la pintan como una cabrona de mucho cuidado.
Y si la pobre Juls va a trabajar para ella, espero que no la fastidie.
Esas pijas indecentes no saben tratar a la gente, se creen que sus millones les dan derecho a exigir a los demás en vez de pedir.
Solo hace falta recordar a otra de mis ex, la capulla de Sasha, para hacerse una idea de cómo ha de ser esa tía.
Y eso que no tienen ni punto de comparación en cuanto a pasta y poder se refiere.
—No tengo ni idea de si voy a tener libertad para invitarte —responde Juliette siguiendo el tono de su novio. Y después le come los morros en plan «estoy caliente de narices»—. Pero se lo preguntaré tan pronto como obtenga el trabajo. Si lo logro, claro.
—Te he echado de menos… —Ralph profundiza el be so con un toqueteo nada inocente. Y ella gime—. No vuelvas a dejarme solo tanto tiempo.
Juliette se sube encima del regazo de mi amigo y no tardan demasiado en levantarse para volver a encerrarse en su habitación.