Nunca te perdonaré (Recuerda 2)
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DORIAN
Detengo el coche a pocos metros del edificio cercano a la Universidad de Texas, Austin, donde voy a vivir los próximos cuatro años, tras doce horas en la carretera junto a Ralph, mi mejor amigo y la persona que siempre ha estado a mi lado, incluso estos últimos dos meses en los que me he vuelto insoportable.
Mi corazón parece una piedra, un músculo duro, resistente y fiero. Pero está roto, joder. Por culpa de Ashley McGregor. La única mujer por la que he estado dispuesto a todo y me lo ha devuelto partiéndomelo en mil pedazos.
Se largó sin dejar rastro. Con una puta nota enganchada en la puerta, como si para ella fuera fácil desaparecer sin ni siquiera decir adiós.
Nunca la perdonaré.
Aprieto los dientes y golpeo el volante con la palma de la mano.
—¿Qué coño haces, tío? —pregunta Ralph—. ¿Se te va la cabeza o qué?
—Nada.
Hago las maniobras y aparco con facilidad, en silencio, mientras mi amigo escribe algo en el móvil. Y, de repente, todo vuelve. Recuerdo el despertar tras nuestra noche de reconciliación, su ausencia, las palabras en ese papel.
«Recuerda… siempre te querré». Esa frase se repite en bucle en mi mente desde que vi aquel mensaje pegado en la puerta de la habitación al despertar de una de las mejores noches de mi vida; la pasé con ella y me desnudé en muchísimos sentidos . Quizá demasiados …
Cuando la leí… ¿Cómo se atrevió a asegurar que me quiere? ¡Me cago en todo! Si de verdad me amara, jamás se habría marchado.
Al darle la vuelta al papel encontré las cinco palabras más lapidarias de la historia: «Pero, aun así, debo irme» .
La busqué hasta quedarme afónico gritando su nombre. Hasta acompañé a mi abuelo a comisaría para denunciar su desaparición. Después me pasé cuatro días con ataques de ira, incapaz de controlarme.
Destrocé el salón de su casa del bosque —donde habíamos vivido los mejores momentos de nuestra historia—, desgarré las sábanas de la cama donde le había hecho el amor una y otra vez y dejé el taller hecho un cementerio de herramientas. De ahí salió la cicatriz de mi mano.
Paso el pulgar por ella.
Allí arreglábamos a Stan, su coche, y mi Mustang GT cupé de 2002, ese que mi viejo me legó por la fuerza antes de entrar en el trullo.
Pero nada de eso consiguió recomponer mi corazón, porque lo vació por dentro.
Y luego me invadió la necesidad de arreglarlo todo, de recuperar cada mueble, cada detalle, cada fragmento del pasado para recordarla.
Ashley ha echado raíces en mi alma y esa casa es lo único que me queda de lo nuestro. De ella.
Ralph y Juliette me han insistido en mi grandísima parte de culpa en su huida. Pero me niego a escucharlos. Ni de coña van a colgarme el muerto.
Es cierto que la traicioné, la engañé, la dejé por una novia a la que no quería con una simple frase manuscrita, la ninguneé y la aparté varias veces por miedo al compromiso —sí, joder, hice todo eso y más—.
Pero su traición ha sido peor. Y me he prometido encontrarla para vengar cada una de mis lágrimas.
A Dorian Stone nadie lo jode y sale impune.
Llevo dos largos meses intentando dar con su paradero.
Al principio los de Asuntos Sociales se unieron a mi causa —Ash era mi hermana de acogida—, pero cuando alcanzó la mayoría de edad, se olvidaron de ella.
Ya tiene los años legales para desligarla del sistema, ¿para qué buscarla si no quiere ser encontrada y ya no es su problema?
Le dejó una carta a mi madre en la que le explicaba que no podía seguir con nosotros porque necesitaba trazarse una nueva vida, aceptar que en breve saldría del sistema de acogida y que había encontrado un rumbo al que no podía dar la espalda.
También dejó un mensaje para su trabajadora social donde se echaba toda la culpa de su deserción. La muy capulla lo tenía todo previsto.
¿Por qué me permitió pasar la última noche con ella si pensaba fugarse de madrugada? ¡Eso me hizo añicos!
Aprieto los nudillos sobre el volante.
—Bienvenido a nuestra nueva vida —dice Ralph cuando pongo el freno de mano y apago el motor. Me dedica una sonrisa enorme que me devuelve de golpe al presente—. Tío, no me lo creo. Estamos en la universidad.
—Con una beca completa —remato.
Bajo del coche frente al complejo de apartamentos que se convertirá en mi hogar los próximos cuatro años, con una sonrisa de suficiencia, ya que me niego a mostrar ni un ápice de amargura, a pesar de que está ahí, perforando mi alma.
Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria.
He buscado a Ash con insistencia. Mi primera opción fue rescatar algo de información del sistema informático que tenía montado en el altillo de la casa del bosque, pero, como buena ciberdelincuente, lo había borrado todo y mis conocimientos en ese mundillo son demasiado limitados.
Recurrí al cerebrito del insti para que se metiera en el sistema y probara de rescatar algo, con un resultado de mierda.
Ashley lo había limpiado a conciencia, y sigo sin saber cómo encontrarla ni dónde está.
Abro el maletero con la mirada un poco perdida. Inspiro con fuerza e intento deshacerme de mis machacones pensamientos. Estoy a punto de iniciar una nueva vida, no me la puedo pasar entera recordándola.
—Ahora viene Juls —anuncia mi amigo con emoción contenida—. Va a pasar el finde con nosotros.
—Guay —respondo, con pocas ganas de hablar.
Bajo la maleta con un movimiento rápido.
Hace dos años pensaba que lo único importante en mi vida era demostrarle a mi padre que no tenía ni un pelo de perdedor, obligarlo a tragarse todas y cada una de sus palizas y sus palabras de mierda al darle donde más le dolía.
Pero entonces apareció Ashley y lo cambió todo, aunque lo vi demasiado tarde.
Ella es… ¡Hostia puta!
Estoy enamorado de ella. Pero del amor al odio hay un paso y yo ya lo he dado. Ha sido más letal que los puños de mi padre, me ha roto sin necesidad de impacto físico, se ha llevado todo lo bueno y no ha dejado ni una maldita migaja de luz a la que agarrarme.
Al principio, cuando acepté al fin que me había dejado, me tiré a unas cuantas tías, por eso de que un clavo saca a otro clavo, pero no tardé en entender que Ash me había averiado hasta para el sexo.
Solo podía pensar en ella mientras me hundía en cualquier otra.
Y cuando me daba cuenta de que la chica no olía igual, de que su voz no era la misma y de que su sabor era diferente me venía abajo. Era demoledor.
Eso que durante años se me había dado tan bien había perdido su color para volverse de un deslucido gris donde solo cabía Ashley McGregor.
Así que dejé de liarme con otras para centrar toda mi energía en localizar a mi antigua «hermana de acogida».
Y, de paso, cerré mi corazón, lo recubrí de una coraza, lo endurecí y lo blindé.
Nada ni nadie podrá atravesarlo de nuevo.
—¡Hola! —Juls aparece por la esquina corriendo y se lanza a los brazos de Ralph—. ¡Estaba loca por verte!
Se cuelga de él, rodeándole la cintura con las piernas, y empieza a besarlo con una devoción de la hostia. Y Ralph no se queda corto.
Mi amiga lleva un par de meses de becaria en Dallas, en Reynolds Oil, una de las compañías petrolíferas más importantes a nivel mundial.
Y está pletórica. Le gusta mucho el empleo, el ambiente, su cambio de vida.
Pero ese trabajo se la llevó lejos de Elberta —nuestro pequeño pueblo de Alabama— y de Ralph, y eso ha impedido que vea a su novio con demasiada frecuencia desde su marcha.
Por eso ahora se colman de arrumacos, besos, gritos, gemidos…
—¡Tíos, joder! ¡Id al apartamento y encerraros en una habitación! —gruño con rabia. No soporto ver la felicidad de las parejas, es un timo—. Que estáis en la vía pública.
Juliette le da un último beso a su chico, se separa de él y se lanza a mis brazos con efusividad, sin darme tiempo a reaccionar.
—Para ti también hay abracitos, tonto —anuncia estrechándome entre sus brazos—. Tenía muchísimas ganas de verte.
—¿Y a ella? —pregunto, suspicaz—. ¿A Ashley también la has echado de menos?
Resopla indignada, coloca los brazos en jarras y me fulmina con la mirada.
Llevo dos putos meses interrogándola acerca de Ash, y la muy capulla se empeña en asegurar que no sabe nada de ella.
Pero no acabo de creérmela. Eran como uña y carne, se pasaron casi dos años pegadas, ¿y he de creerme que no sabe dónde está?
—Mucho —admite—. Ojalá supiera algo de ella. Pero tú tuviste la culpa de su huida, y lo sabes. Así que acéptalo de una vez, Dorian, y deja de culpar a los demás de tus errores.
Se separa de mí para volver a los brazos de su novio con una sonrisa demasiado amplia como para no producirme arcadas. El amor es una mierda. Míralos, embobados, como si de verdad pudieran apoyarse el uno en el otro.
—Es una cabrona —insisto en la misma conversación de los últimos meses—. Me dejó con una puta nota.
—Fuiste el primero en jugársela así. —Se exaspera y vuelve a separarse de Ralph—.
Te portaste fatal con ella, Dorian. No me vengas ahora de víctima.
—Las mismas palabras de siempre, su mismo rencor, su mismo dolor—.
Ella no te engañó, no te prometió la luna para producir un eclipse al cabo de poco tiempo.
Y te dio su última noche. Quédate con eso.
—No entiendo cómo puedes defenderla —mascullo airado—. A ti también te ha dejado tirada.
Ralph suelta un suspiro crispado y se interpone entre nosotros.
—¡Ya basta! —espeta—. Parecéis un disco rayado. Acabamos de llegar, el lunes empezamos la universidad y tenemos un montón de cosas por hacer para instalarnos. ¿Podemos olvidar el temita de Ashley y vuestra terca lucha para decidir de quién es la culpa de su marcha? Se ha ido. ¡Asumidlo! Los dos.
Resoplamos. Pero Juls tarda un milisegundo en sonreír y aparcar el tema. Rodea a Ralph con los brazos, le da un beso y asiente.