Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Lorena recibió con alegría la vuelta a casa.

Había sido una muy buena idea pasar la noche anterior en la posada.

Con diversas excusas, había conseguido retrasar un poco la marcha para que su estómago tuviera tiempo de asentarse.

Una vez estuvieran en su propia cama aquella noche, le pondría la mano sobre el vientre y le daría la noticia.

¿Se alegraría? ¿Se enfadaría? ¿Le pediría a Robin que lo enviara de nuevo lejos cuanto antes para no tener que ver cómo crecía el bebé en su vientre?

Suspiró ante todas aquellas preguntas mientras Robin, Finn y Helena salían a recibirlos. Aunque no preguntó nada, era evidente por la forma en que Helena miró su vientre y luego a Craig que se preguntaba si ya le había contado la noticia.

—Ven conmigo al salón privado a tomar un té —dijo Helena, enlazando su brazo con el de Lorena.

Una vez allí, Lorena le contó lo ocurrido con lady Beattie y cómo habían terminado las cosas entre ella y Craig antes de regresar a casa.

—Conozco a esa mujer —dijo Helena—. Nos visitó una vez antes de que Robin y yo nos casáramos.

Recuerdo que se insinuó a los tres hermanos MacKay.

—Sacudió la cabeza—. No puedo decir con certeza si Craig tuvo algo que ver con ella entonces, pero sé que Finn y Robin siempre se mantuvieron alejados de esa mujerzuela.

—La verdad es que ya no sé qué creer —dijo Lorena, dando un sorbo al té—. Aparte de lo que dijo la mañana en que nos marchamos, no tengo motivos para pensar que Craig haya roto sus votos.

—No creo que lo haya hecho; ni que lo vaya a hacer —afirmó Helena con rotundidad—.

He conocido a los tres hermanos MacKay desde que vivo aquí y los tres son personas honorables.

Sí, Craig siempre encontraba alguna muchacha dispuesta a satisfacer sus necesidades y durante años defendió con firmeza su decisión de no casarse, pero sabía que algún día Robin acabaría exigiéndoselo y que, cuando eso ocurriera, no se apartaría del lecho de su esposa.

Lorena suspiró aliviada al oír a Helena expresar con tanta convicción lo que ella misma empezaba a creer.

—¿Ya le has contado a Craig lo del niño?

—No. Al principio quería estar segura y, después, decidí que prefería decírselo aquí, en casa, antes que en el castillo de Varrich.

—Pues prepara una velada agradable. Pide que os suban la cena a la habitación y, después de un par de copas de vino, dale la noticia.

Lorena observó a Helena, que se había convertido en su amiga y confidente.

—¿Crees que se alegrará? ¿O quizá se enfadará por tener un motivo más para sentirse atado?

Helena soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Querida, Craig es un hombre adulto. Hace años que sabe cómo se hacen los niños. A menos que haya cambiado mucho desde que se casó, no creo que le sorprenda la noticia.

Con el rostro cada vez más sonrojado, Lorena acabó riéndose también.

—Sí. Tienes razón. No debería sorprenderse.

—¡Fuego!

Las dos se miraron y salieron corriendo. El gran salón era un caos. Helena detuvo a uno de los sirvientes que corría hacia la puerta trasera.

—¿Dónde es?

—En el pueblo. Con el viento que hace hoy, varias cabañas ya están ardiendo.

Lorena miró a Helena.

—Tenemos que ayudar. Seguro que hay heridos.

Helena asintió.

—Voy a por mi cesta de medicinas. Nos vemos en la puerta trasera.

Craig bajó las escaleras a toda prisa y sujetó a Lorena por el brazo.

—¿Adónde vas, esposa?

—A ayudar, por supuesto.

Él echó un vistazo a su falda.

—Así no. Sube y ponte unos de mis calzones. Sujétalos con uno de mis cinturones. Las faldas son demasiado peligrosas cerca del fuego.

Lorena asintió y subió corriendo las escaleras.

Solo había visto un incendio una vez. Había sido en la cocina del castillo de Clyth.

Entonces era una niña pequeña y le habían prohibido acercarse, así que únicamente había visto a los heridos.

Cogió dos pares de calzones y el único cinturón que encontró.

Cuando llegó al pie de la escalera, Helena venía hacia ella con la cesta.

—Helena, no puedes ir al incendio con esa falda.

—Ya lo sé. Robin acaba de ordenarme que me quede aquí, pero cuando me negué, me dijo que cogiera unos calzones suyos.

Lorena levantó los dos pares que llevaba.

—Tengo un par de sobra, pero necesitamos otro cinturón.

Helena rebuscó en la cesta.

—Tengo un trozo de cuerda. Servirá.

Las dos regresaron a la pequeña habitación junto a la cocina que utilizaban como enfermería y se cambiaron rápidamente de ropa. Cuando terminaron, fueron a los establos, donde el mozo preparaba los caballos a toda prisa. Con ayuda, ambas montaron en el mismo caballo y partieron hacia el pueblo.

Cuatro cabañas estaban ardiendo y los aldeanos corrían de un lado para otro sacando sus pertenencias al centro de la aldea con la esperanza de salvarlas antes de que sus casas fueran alcanzadas por las llamas. En medio del caos, niños pequeños deambulaban llorando, buscando a sus padres.

—Creo que lo mejor será reunir a todos los pequeños y mantenerlos juntos, lejos del fuego, para que sus padres puedan encontrarlos después —dijo Helena.

—Sí. —Lorena examinó el terreno—. Creo que podemos montar una especie de campamento allí.

Señaló una zona lo bastante alejada de las cabañas en llamas para que el viento no pudiera llevar el fuego hasta allí.

—Hazlo tú. Yo buscaré a los heridos y atenderé a quien pueda.

Helena salió corriendo y Lorena comenzó a reunir a todos los pequeños, llevándolos hasta el lugar acordado.

Intentó tranquilizarlos mientras los padres seguían trayéndole más. Craig salió corriendo de una cabaña en llamas con una anciana en brazos. Lorena le hizo señas y él acudió de inmediato.

—Vamos a mantener aquí a los niños, lejos de sus padres. Puedes dejar a esta mujer con nosotros. Haz saber a los padres que sus hijos están a salvo. Y si encuentras más niños solos, tráelos aquí.

Su marido asintió y dejó a la anciana. Se dio la vuelta para marcharse, pero regresó sobre sus pasos.

—No te acerques al fuego. El viento está levantando chispas por todas partes. Cualquier cosa puede prender.

En aquel momento llegaron tres carros cargados con cubos de agua del arroyo. Los hombres formaron una cadena para ir pasándose los cubos mientras otros regresaban al arroyo. Helena atendía a un muchacho que cojeaba.

—Saltó del tejado y creo que se ha torcido el tobillo.

Siguieron llegando niños. Algunos los traían personas que los habían encontrado vagando solos y otros eran llevados por sus propios padres, agradecidos de tener un lugar seguro donde dejarlos.

Pasaron las horas. Algunas cabañas pudieron salvarse.

Otras quedaron completamente destruidas por el fuego, para desesperación de sus propietarios.

Los carros continuaban trayendo agua y, desde el broch, llegaron otros dos cargados de comida.

Lorena dio de comer a los niños y los más pequeños acabaron durmiéndose, aunque les costó conciliar el sueño por el ruido y por la ausencia de sus padres.

Justo cuando estaba a punto de comer un poco de queso y pan, un muchacho llegó coriendo hacia ella.

—¡Mi hermana! Está en nuestra casa y no puedo sacarla. Es muy pequeña.

—¿Dónde están tus padres? —preguntó Lorena.

—Han ido a ayudar a mis abuelos y me dijeron que cuidara de Faye hasta que volvieran. Pero el tejado de la cabaña empezó a arder. Faye estaba dormida en la habitación del fondo y el fuego corta el paso de la puerta.

Lorena echó un rápido vistazo a los niños.

—Ve a buscar a lady Helena y dile que envíe a alguien para cuidar de los pequeños.

El muchacho salió corriendo y, como Lorena no creía que quedara tiempo suficiente para rescatar a la pequeña Faye, se volvió hacia una niña de unos seis años.

—Haz todo lo posible por cuidar de todos ellos.

La pequeña asintió con los ojos muy abiertos. Era una enorme responsabilidad para una niña de su edad, pero Lorena no podía perder más tiempo. Alcanzó al muchacho.

—¿Dónde está vuestra casa?

El joven señaló una cabaña aislada, con un pequeño huerto delante, de la que seguían saliendo los gritos de una niña. Nadie había llegado aún para intentar apagar el incendio.

—Sigue buscando a lady Helena y, si encuentras al lord Craig, envíalo aquí.

Agradeció llevar puestos los calzones de Craig y echó a correr hacia la cabaña.

Los gritos de la niña ya eran desgarradores. Lorena sintió un vuelco en el corazón. Se dirigió a uno de los carros, cogió un cubo y se echó el agua por encima. Después se quitó el chal, se lo envolvió alrededor de la boca y entró en la cabaña.

El calor casi la obligó a retroceder, pero los gritos de la pequeña la empujaron hacia delante.

Agachó la cabeza y avanzó sujetándose el chal sobre el cabello.

En pocos instantes llegó hasta la niña, la tomó en brazos y, al girarse para salir, la pared que tenía delante estalló en llamas.

Miró a su alrededor. Las cuatro paredes ardían.

«Oh... Voy a morir aquí sin haberle dicho a Craig que va a ser padre. Y que lo amo.»

***

—¡Lord Craig! ¡Lord Craig!

Craig se volvió cuando un muchacho corrió hacia él.

—Lady Lorena entró en mi casa para sacar a mi hermana. Mientras iba a buscar a lady MacKay para que cuidara de los niños, oí cómo se derrumbaba una pared. No vi salir a lady Lorena.

Craig tragó saliva y sintió un miedo como jamás había conocido. Su esposa estaba atrapada en una casa en llamas; no tendría que estar allí, se suponía que iba a cuidar de los niños mientras sus padres ayudaban. ¿Cómo había acabado dentro de una casa ardiendo?

—Enséñamela.

Fueron las únicas palabras que consiguió pronunciar mientras corría detrás del muchacho. La casa estaba completamente envuelta en llamas. Podía oír el llanto de un niño y la voz de Lorena pidiendo ayuda.

—¡Lorena!

Se lanzó hacia la puerta principal y se encontró con un muro de fuego.

—¡Craig! ¡No puedo salir!

El miedo en la voz de su esposa lo hizo entrar en pánico.

—No te preocupes. Voy a sacarte de ahí.

Se volvió hacia los hombres del clan que se habían reunido frente a la cabaña, atraídos por los gritos.

—No puede entrar ahí, señor Craig. Acabo de rodear la casa. Todas las paredes están ardiendo —dijo uno de los ancianos.

Craig lo apartó de un empujón.

—Voy a sacarla.

Miró al resto.

—Traedme un hacha. Un tronco pesado. Un martillo. Lo que sea para abrir una pared.

—No lo conseguirás.

Robin llegó corriendo y le sujetó un brazo. Craig se lo quitó de encima.

—¿Crees que no voy a intentarlo?

—Todo se derrumbará en cuestión de minutos.

La angustia se reflejaba en el rostro del terrateniente mientras volvía a intentar detenerlo. Fuera de sí, Craig agarró a Robin por el cuello.

—¿No intentarías sacar a Helena? —Señaló la cabaña—. ¡Mi mujer está ahí dentro!

Lo empujó.

—No voy a quedarme aquí escuchando cómo muere.

Robin se volvió hacia los presentes.

—¡Ya lo habéis oído! ¡Traed hachas, troncos y acercad uno de esos carros!

—Será mejor que os deis prisa —dijo uno de los hombres—. El techo está a punto de venirse abajo.

Si el techo se desplomaba sobre su esposa, moriría abrasada. Craig cogió el hacha que le tendieron. Robin había conseguido un tronco pesado y el herrero del pueblo apareció con varias barras de hierro de su taller. Craig se quitó la leine y la empapó en un cubo de agua.

—¡Echad agua sobre esta pared! ¡Y no paréis!

Tras varios hachazos, consiguió abrir un agujero lo bastante grande para arrastrarse por él.

Del interior salían densas bocanadas de humo; Creig se introdujo entre la oscuridad y el humo mientras se cubría la cabeza con la leine.

El calor era tan intenso que parecía haber descendido al mismo infierno.

—¡Lorena! —No obtuvo respuesta y el pánico volvió a apoderarse de él—. ¡Lorena! ¡Por favor, respóndeme, esposa!

La oyó toser. Luego, una voz ronca respondió:

—Estoy aquí, al fondo. No veo nada. Hace muchísimo calor.

La pared por la que acababa de entrar comenzó a venirse abajo.

—Mo chridhe, escúchame —gritó Craig—. Si puedes, retrocede hasta una esquina. Cuando esta pared caiga, el aire avivará las llamas. Voy a por ti.

Podía oír el llanto ahogado de la niña y la respiración dificultosa de Lorena.

—Por favor, Craig...

—Aguanta, Lorena.

Se volvió hacia la abertura.

—¡Agua! ¡Traed agua! ¡Rápido!

Robin le fue pasando cubos mientras Craig intentaba abrir un camino entre las llamas. Le devolvió el último cubo vacío.

—Que alguien vaya a buscar a Helena para que atienda a Lorena y a la niña en cuanto salgamos.

Volvió a internarse en la habitación. No veía absolutamente nada y el humo lo ahogaba.

—¡Lorena! Sigue hablándome para que pueda encontrarte.

—Aquí, Craig.

—No dejes de hablar.

Siguió el sonido de su voz y el llanto de la niña. Avanzó lentamente, moviendo un brazo delante de él hasta que, por fin, rozó la mano de Lorena. En ese mismo instante otra pared se desplomó.

—Ven. Ya no nos queda tiempo.

La sujetó por la cintura y la empujó delante de él.

—Aprieta a la pequeña contra tu pecho.

Luego echó la lona mojada sobre los tres y, guiándose más por la memoria que por la vista, los condujo hasta el hueco abierto en la pared.

Lorena tropezó y cayó de rodillas. Craig la levantó a ella y a la niña en brazos y se alejó todo lo posible.

Un instante después, la cabaña entera se vino abajo. Helena llegó corriendo.

—Déjala en el suelo.

Craig depositó a Lorena con cuidado. Un hombre y una mujer, acompañados por el muchacho que había ido a buscarlo, corrieron hasta ellos y recogieron a la niña de brazos de Lorena. La madre lloraba sin cesar mientras les daba las gracias una y otra vez.

Lorena le agarró la pierna a Craig. Las lágrimas surcaban el hollín de su rostro.

—Craig... No me dejes.

Él la miró a los ojos y sintió una inmensa oleada de alivio.

—No, mo chridhe. Nunca.

Se sentó junto a ella y le apartó el pelo de la frente.

—Esta vez me has dado el mayor susto de mi vida, esposa. No quiero volver a pasar por algo así.

Después de examinar a la niña, Helena se arrodilló junto a Lorena. La exploró rápidamente.

—Tiene algunas quemaduras leves y tardará un tiempo en limpiar los pulmones, pero, por lo demás, creo que se recuperará.

Luego miró a Craig durante un instante.

—Tú también tienes algunas quemaduras en la cara.

Solo entonces él empezó a notar el escozor en los brazos. Craig soltó un largo suspiro y se pellizcó el puente de la nariz, luchando por contener las lágrimas.

Había estado a punto de perderla. A su esposa. A la mujer que amaba.