Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Epílogo
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Epílogo

Craig y Lorena yacían uno al lado del otro en la cama. Ambos estaban desnudos, con varias partes del cuerpo cubiertas de pomada y vendajes por las quemaduras que habían sufrido. Una suave manta los cubría mientras dormían.

Craig abrió los ojos cuando la puerta se cerró con suavidad y Helena y Robin entraron en la habitación.

—¿Cómo están mis pacientes? —preguntó Helena en voz baja.

Craig miró a Lorena, que seguía dormida.

—Creo que la poción que le diste está haciendo efecto.

Aún podía oír el silbido en sus pulmones, pero no era tan intenso como cuando regresaron del pueblo.

—¿Cómo está el pueblo? —preguntó Craig.

Robin se apoyó en la pared y siguió hablando en voz baja.

—Unas diez cabañas se quemaron y otras diez sufrieron daños. Esas familias se han trasladado al broch hasta que podamos reconstruirlas. No se perdió ningún animal, aunque llevó un tiempo reunirlos a todos.

—La mejor noticia es que no ha habido muertos y solo unos pocos heridos —dijo Helena mientras observaba a Lorena—. Tu esposa es una mujer maravillosa, Craig.

Él miró a su esposa, que seguía dormida.

—Sí, lo sé.

Helena negó con la cabeza.

—La forma en que se hizo cargo de los pequeños y luego arriesgó la vida para salvar a la niña atrapada fue más que valiente.

Robin cruzó los brazos y observó a Craig.

—Después de que nos contaras a Finn y a mí la oferta de MacKay para que ocuparas el puesto de segundo al mando, Finn lo habló conmigo. Va a viajar allí con tu carta de rechazo y ofrecerá su candidatura en tu lugar.

Craig sonrió.

—Parece que ocupar el lugar de un hermano es una costumbre entre los MacKay. —Frunció el ceño—. ¿Puedes prescindir de él?

Robin se apartó de la pared y se acercó para posar la mano sobre el hombro de Helena.

—Sí. Dos de nuestros primos Ross vendrán aquí. Uno de ellos se encargará de los viajes que pensaba asignarte.

Craig arqueó las cejas.

—¿Hay alguna razón en particular?

Helena miró a Lorena.

—Tu razón acaba de despertarse. —Ella y Robin les sonrieron—. Os enviaremos la comida.

Hubo un tiempo en que Craig habría odiado quedarse en Dun Ugadale. Al mirar a su esposa, supo que ya no quería aquella vida.

—¿Cómo te sientes, mo chridhe?

—Sigo sintiendo que me falta el aire, pero, aparte de eso y de algunas quemaduras, estoy muy bien. —Su voz seguía siendo ronca.

Craig se giró para mirarla, procurando no rozar sus quemaduras.

—Tengo dos cosas que decirte.

Lorena sonrió y también se volvió hacia él con cuidado.

—Yo también tengo dos cosas que decirte.

—Hablaré primero —dijo Craig—. Creo que aún dormías cuando Robin me dijo que dos de nuestros primos Ross vendrán para hacerse cargo de los viajes que se suponía que debía hacer yo.

Su rostro se iluminó.

—¿De verdad? ¿Ya no vas a viajar tanto?

—¿Te alegra?

Ella se encogió de hombros, pero la alegría en sus ojos lo decía todo.

—Quizá. De hecho, lo que quería decirte hará que eso sea una noticia aún mejor.

—Habla, mujer.

Craig vio cómo un intenso rubor ascendía desde sus hermosos pechos hasta el rostro.

—Yo... eh... bueno... supongo que ya puedo decírtelo.

—No me tengas en ascuas, esposa.

Ella tomó su mano y la apoyó sobre el vientre.

—Dentro de unos seis meses serás padre.

Craig abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

Ella suspiró.

—Acabo de hacerlo.

Él la atrajo hacia sí y ambos hicieron una mueca de dolor.

—Perdóname, muchacha. No quería hacerte daño.

—¿Estás contento, Craig? Sé que nunca quisiste atarte.

—¿Contigo? Sí, quiero atarme.

Ella siguió observándolo mientras él reunía el valor para continuar.

—Lorena MacKay, te amo tanto que la mayoría de las veces no puedo pensar con claridad. Casi me muero cuando te vi atrapada en aquella cabaña en llamas. —Le acarició la mejilla—. Por favor, no vuelvas a ponerte en peligro de esa manera. No sé qué haría sin ti.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.

—No eres el único que siente eso, señor Craig MacKay. Yo también te amo y temía no tener nunca la oportunidad de decírtelo.

Él volvió a tumbarse boca arriba.

—Será mejor que no nos acerquemos demasiado. Mis quemaduras protestarán.

Ella hizo lo mismo.

—Sí. Es una pena que no podamos celebrarlo. Sería demasiado doloroso.

Ambos se acercaron un poco el uno al otro. Extendieron la mano y sus dedos se encontraron. Craig entrelazó los dedos con los de ella.

—Tenemos muchos años por delante para celebrarlo, esposa.