Capítulo veinte
Lorena hizo un esfuerzo por no volver a bajar las escaleras y arrancarle uno a uno todos los mechones de pelo rojo a aquella mujer.
Se había sentido muy orgullosa de Craig cuando le dijo al jefe MacKay que su esposa era la mujer adecuada.
Aquella cálida sensación se fue desvaneciendo con cada minuto que esa mujer pasaba abrazada a su marido.
Cuando conoció a Craig el día en que ella y su hermano fueron a Dun Ugadale para hablar del acuerdo matrimonial, supo que era el favorito de las muchachas.
Alto, musculoso, con el cabello oscuro hasta los hombros y unos profundos ojos verdes, no era de extrañar que las muchachas se sintieran atraídas por él.
Y él por ellas. En Dun Ugadale había muchachas que parecían disgustadas cuando ella y Craig regresaron tras la boda, pero ninguna era tan descarada como la mujer que acababan de conocer.
Y sospechaba que, en Dun Ugadale, Helena habría puesto fin a cualquier comportamiento inapropiado.
—No le prestes atención a Beattie, esposa. No es precisamente conocida por su virtud.
Lorena sacó dos de sus mejores faldas y las sacudió para quitarles las arrugas que se habían formado durante el viaje.
—No me molesta —mintió—. Apenas le presté atención.
Él sonrió, casi como si supiera que estaba mintiendo.
—Creo que voy a descansar un poco antes de bajar a cenar.
Desde el día en que sospechó que estaba embarazada, necesitaba dormir una siesta por las tardes.
Helena le había asegurado que era completamente normal y que ella también había dormido largas siestas durante los primeros meses de embarazo.
Sería muy fácil decirle sin más que iba a ser padre, pero seguía conteniéndose, sin saber muy bien por qué.
¿Cómo reaccionaría alguien que nunca había querido casarse al enterarse de que iba a ser padre, un vínculo más que lo ataría?
—Sí, es una buena idea. Sé que no estás acostumbrada a viajar, así que estoy seguro de que un breve descanso te vendrá bien.
Contuvo la respiración mientras preguntaba:
—¿Me acompañarás, esposo?
¿Qué estaba haciendo? Estaba cansada del viaje; necesitaba descansar, no hacer el amor.
Pero no pudo evitar preguntarlo. Su esposo había compensado con creces su ausencia durante los pocos días que había permanecido en casa antes de partir hacia Varrich, pero ahora sentía la necesidad de que la abrazara después del encuentro con lady Beattie.
Él se acercó hasta donde ella estaba deshaciendo el equipaje y la tomó entre sus brazos.
—No hay nada que me apetezca más ahora mismo que acompañarte a esa cama —dijo, inclinando la cabeza hacia el gran y cómodo lecho que ocupaba el centro de la habitación—. Pero Robin quiere reunirse conmigo y con Finn antes de la cena.
Ella asintió, esforzándose por ocultar su decepción.
—Está bien, esposo. Solo pensé que quizá estarías un poco cansado.
Intentó apartarse, pero él no la soltó. Se inclinó hacia su oído y le habló en voz baja, como si hubiera alguien más en la habitación.
—Estoy deseando que llegue el final del día para que volvamos aquí los dos. Traeré una jarra de vino.
Ay, cómo sabía manipularla aquel hombre. No era de extrañar que las damas se apresuraran a levantarse las faldas ante él. Pero no iba a permitir que aquella mujer le estropeara el viaje a Varrich.
—Sí, esposo. Me parece una idea estupenda. Me aseguraré de estar bien descansada para entonces.
Él volvió a sonreír y le dio un beso en la frente.
—Estoy deseándolo.
Con esas palabras salió de la habitación y cerró la puerta suavemente tras de sí. Ella se llevó la mano al lugar donde sus labios se habían posado un instante y se quedó mirando la puerta.
«Estás en un buen lío, muchacha.»
***
Cuando Craig le preguntó por primera vez a Robin si podía llevar a Lorena, lo hizo sobre todo para demostrarle a su hermano que podía ser un hombre casado decente.
Pero ahora que Lorena estaba allí con él, la idea de bailar con ella aquella noche y regresar luego a la habitación, con una jarra de vino y una cama esperándolos para poner fin al día, le parecía extraordinariamente agradable.
También había disfrutado despertándose, aquellas pocas mañanas desde su regreso, con el precioso y suave trasero de Lorena pegado al suyo.
Hacerle el amor al amanecer, cuando ella aún estaba medio dormida, era algo que jamás había experimentado.
Dudaba mucho que despertar junto a una muchacha con la que solo había querido acostarse hubiera resultado tan satisfactorio como compartir aquellas mañanas con su esposa.
Desde su regreso apenas había visto a la muchacha de lengua afilada con la que se había casado.
Sí, de vez en cuando seguía apareciendo aquel brillo de rebeldía en sus ojos cuando él decía algo que ella interpretaba como una orden, pero descubrió que aquello le gustaba.
Era mucho más interesante tener una esposa que, de vez en cuando, le plantara cara con decisión.
Si finalmente se había casado, pese a tantos años proclamando que jamás lo haría, era porque ahora comprendía que una muchacha demasiado complaciente habría convertido su vida en un aburrimiento y le habría dado todavía más motivos para permanecer lejos de casa.
Se dirigió al gran salón justo a tiempo para ver a lady Beattie charlando con otras dos mujeres. En cuanto ella lo vio, dejó a sus amigas y caminó hacia él con paso tranquilo.
—Así que has dejado a tu esposa arriba para no tener que pasar tiempo con ella.
—Beattie, por favor, déjame en paz mientras estemos aquí. Ahora soy un hombre casado. Le debo lealtad a mi esposa y estoy obligado por honor a cumplir mis votos.
—Bah. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. No conseguirás convencerme de que has cambiado. —Le dio un golpecito en el pecho—. Recuerdo perfectamente que durante años dijiste que jamás te casarías. Lo único que se me ocurre es que esa muchacha encontró la manera de atraparte.
—Pues te equivocas. Ahora, si me disculpas, tengo una reunión con mis hermanos.
Se alejó, aunque todavía la oyó gritarle:
—¡Cambiarás de opinión, Craig! Y cuando lo hagas, ya sabes dónde encontrarme.
—¿Has tenido ocasión de hablar con el jefe del clan? —preguntó Craig al entrar en la pequeña sala donde él, Robin y Finn se habían citado.
—Solo unos minutos. Hay cierta preocupación por la posibilidad de que los Gunn se unan a los Sinclair y a los MacLeod en una alianza.
Por ahora no parece un peligro inmediato, pero si intentan sumar también a los Ross, ese bloque rodearía casi por completo a los Sutherland.
Y como nosotros estamos justo al lado, también podría convertirse en un problema para nosotros.
—No entiendo a Gunn. ¿Por qué estaba tan empeñado en que uno de nosotros se casara con Lorena para luego enviarle una nota pidiéndole que actuara casi como una espía?
¿Era ese su plan desde el principio? ¿O crees que todo esto tiene que ver con las alianzas que está intentando formar con los otros clanes?
—preguntó Craig mientras se recostaba en la silla y observaba a sus dos hermanos.
—Eso es precisamente lo que creo que MacKay quiere discutir. Está esperando que lleguen los Sutherland en algún momento de hoy y entonces tendremos una reunión con todos los jefes MacKay y los terratenientes Sutherland.
—¿Cómo piensas manejar a Beattie mientras estemos aquí? —preguntó Finn.
—No pienso «manejarla» en absoluto. Siempre me pareció demasiado descarada y solo me acosté con ella unas cuantas veces, pero por alguna razón llegó a creer que, si algún día cambiaba de opinión respecto al matrimonio, ella sería la elegida.
—Sacudió la cabeza—. No quisiera herir sus sentimientos diciéndoselo, pero sería la última mujer del mundo con la que me casaría.
Me pasaría la vida sacándola de las camas de otros hombres y criando hijos que no se parecerían en nada a mí.
Los tres estallaron en carcajadas, aunque Craig se sintió tranquilo al saber que con Lorena jamás tendría que preocuparse por algo semejante.
Dada la opinión que ella tenía de los hombres, bastante suerte había tenido con descubrir que era mucho más apasionada de lo que había imaginado cuando se casaron.
Después de preparar lo que aportarían a la reunión con el jefe del clan, los demás lairds MacKay y los Sutherland, Craig regresó a su habitación y encontró a Lorena despertándose de la siesta.
El rubor del sueño en sus mejillas y el brillo húmedo de sus ojos bastaron para hacerle pensar en saltarse la cena del gran salón y pedir que les subieran la comida.
Pero sabía que Lorena tenía muchas ganas de conocer al resto de los asistentes durante la cena y, sobre todo, de disfrutar de la música y los bailes que vendrían después.
Con el otoño ya avanzado, aquella sería la última reunión durante mucho tiempo, porque los viajes se volverían difíciles cuando llegaran el invierno y el mal tiempo.
***
Se lavaron después del viaje, se pusieron ropa limpia y salieron de la habitación que les habían asignado.
Cuando llegaron al último escalón de la escalera, lady MacKay estaba de pie a la entrada del gran salón, saludando a sus invitados e invitándolos a sentarse donde prefirieran.
Ella, Craig, Finn y Robin ocuparon una mesa cerca del centro de la sala, rodeados de otras personas a las que Robin conocía de reuniones anteriores.
Lorena miró a su alrededor mientras las sirvientas entraban con bandejas de comida que desprendían un aroma delicioso. A esa hora del día era cuando más apetito tenía. Justo cuando cogía el cuchillo, sintió un codazo en el hombro.
—¿Te importaría apartarte, muchacha? Hace mucho que no hablo con los MacKay y me gustaría cenar junto a Craig.
Sorprendida por el descaro de lady Beattie, se apartó antes siquiera de pensar en ello. Entonces la mujer se acomodó entre Lorena y Craig. Los demás, sin duda tan sorprendidos como ella, guardaron silencio.
Sin embargo, al cabo de unos segundos, Craig se levantó y volvió a sentarse al otro lado de Lorena.
—Lo siento, muchacha, pero disfruto hablando con mi esposa mientras cenamos.
La mujer resopló, pero permaneció donde estaba y se inclinó sobre Lorena para hablar con Craig. Él fue bastante seco con ella, pero aquello no pareció desanimarla.
—Espero que me reserves un baile, Craig —dijo, lanzando una sonrisa burlona a Lorena.
—No, muchacha. Mi esposa tendrá todos mis bailes.
—Oh, estoy segura de que puedes reservarme al menos uno. Sabes que siempre hemos bailado muy bien juntos.
De nuevo dirigió una sonrisa desafiante a Lorena. Cuando Lorena hizo ademán de volcarle el plato de comida en el regazo, Craig le sujetó la mano.
—Ignórala. No querrás montar una escena delante de todos los clanes.
Consternada, Lorena dijo:
—Pero ella...
—Lo sé. Pero no sería bueno para Robin que te comportaras así.
Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Lo que debía haber sido una velada maravillosa con Craig se estaba convirtiendo en una batalla contra aquella mujer odiosa.
Cuando terminó la cena, desmontaron las mesas y las arrimaron a las paredes, mientras los músicos se reunían en un rincón y comenzaban a tocar conocidas melodías escocesas.
Craig la tomó de la mano y la condujo al centro del salón.
—No sé bailar muy bien.
—No pasa nada. Solo agárrate a mí y déjate llevar.
Tras algunos pasos en falso, acabó cogiendo el ritmo y, con el brazo de Craig rodeándole la cintura, consiguió seguir bastante bien los distintos bailes.
Horas después, cuando ya ni siquiera sentía los dedos de los pies, le tendió la mano a Craig.
—Creo que ya he tenido bastante, esposo. Es hora de retirarnos.
Los ojos de él brillaron al recordar la jarra de vino y la cómoda cama que los esperaba arriba.
—Sube tú primero. Iré enseguida.
Ella asintió y, todavía acalorada por el baile, esperaba con impaciencia quitarse la ropa, refrescarse con un paño húmedo y meterse en la cama, donde Craig volvería a calentar su cuerpo. Justo cuando llegaba a la escalera, lady Beattie salió de un rincón oscuro.
—No creas que has ganado, muchacha. Tendré a Craig antes de que se marche de aquí. Nunca ha podido resistirse a mí, y una muchacha sencilla como tú jamás conseguirá retenerlo.
Dicho esto, Beattie se dio la vuelta y se alejó con aire altivo, dirigiéndose hacia la pista de baile. Directamente hacia Craig MacKay.