Capítulo dieciséis
Como casi todas las mañanas, Lorena se levantó de la cama deseando que no hiciera tanto frío sin Craig, se lavó, se cepilló el pelo y se puso una túnica marrón apagada sobre una blusa.
Luego se ató un delantal largo, cubriéndose todo lo que pudo, ya que nunca sabía cuándo volvería al broch cubierta de sangre. O de otros líquidos interesantes.
Ella y Helena se reunían en el gran salón para desayunar cada mañana y repasar la lista de personas a las que pensaban visitar ese día. Con un clan tan grande, siempre había algún tipo de lesión inesperada que atender. Le parecía que los niños siempre estaban dándose golpes.
Mientras cruzaba el gran salón, la curandera le sonreía, dejando a Lorena preguntándose por qué estaba tan contenta.
En las semanas que llevaban trabajando juntas, Lorena había llegado a respetar profundamente a su cuñada.
Aunque seguía burlándose de su perfección, era tan cariñosa, inteligente y servicial que Lorena ya no le guardaba rencor.
Helena le había facilitado la adaptación a su nuevo hogar mucho más de lo que habría imaginado.
También tenía que admitir que le gustaba aprender todo lo relacionado con la curación, aunque descubrió que atender a quienes estaban asustados o doloridos le interesaba más que ocuparse de las embarazadas.
Para ella, la partería no era más que coger de la mano a las futuras madres durante meses y asegurarles que todo iría bien cuando llegara el momento.
Luego, cuando ese momento llegaba, empezaban los gritos, las maldiciones dirigidas al marido y el llanto.
Después llegaban la paz y las sonrisas cuando la madre sostenía al pequeño que había provocado toda aquella histeria.
Mientras tanto, también había que lidiar con el padre primerizo, muerto de nervios, y con el sacerdote que esperaba por si la madre o el recién nacido morían, lo que ponía al marido aún más nervioso.
No, ella lo haría por su nuevo clan si era necesario, pero agradecía que Helena prefiriera esa parte del trabajo.
—Hoy estás muy alegre —dijo Lorena mientras se sentaba junto a Helena.
Era una afirmación bastante tonta, ya que Helena siempre estaba alegre.
—Hoy tengo noticias de Robin.
El corazón de Lorena se aceleró. ¿Iba Craig a volver a casa?
—Robin acaba de enviar a dos guerreros a la frontera, donde Craig tiene su campamento, con instrucciones de que se queden allí y de que Craig y otro guardia regresen.
Lorena hizo todo lo posible por aparentar indiferencia, pero, entre el rubor de su rostro y la sonrisa burlona de Helena, no creía estar engañando a nadie, ni siquiera a sí misma.
¿Cuál sería su reacción al volver a verlo? ¿Habría desaparecido durante aquel mes de separación la pequeña conexión que habían compartido antes de que él se marchara? ¿Se molestaría por haber sido llamado de vuelta?
Robin se unió a ellas y sonrió a Lorena.
—Supongo que mi esposa ya te ha dado la buena noticia. Craig va a volver y debería estar en casa dentro de una semana, más o menos.
—Sí, me lo ha dicho.
Todos daban por hecho que ella estaba feliz por su regreso, pero sus sentimientos eran contradictorios.
Sí, echaba de menos compartir la cama con él, sus juegos amorosos y el calor de su cuerpo durante las noches.
Pero, si era sincera, también echaba de menos hablar con él.
A menudo deseaba contarle todo lo que estaba aprendiendo con Helena.
Cuando dijo que quería que él pasara la mayor parte del tiempo lejos de casa, no tenía ni idea de cómo era estar casada con un hombre honorable y amable.
Aunque fuera un patán arrogante. En el poco tiempo que llevaban juntos, ya sabía que no era Avery Gordon ni David Gunn.
Antes de marcharse habían empezado una partida de ajedrez en la cama por las noches, pero apenas habían llegado a la mitad cuando él apartó el tablero y desparramó las piezas sobre el colchón.
Luego la agarró y, tras unos cuantos besos apasionados, ella acabó tumbada boca arriba mientras Craig le hacía toda clase de cosas perversas.
Así terminó la partida de aquella noche.
Y pronto estaría de vuelta.
Se llevó una mano al vientre. Durante el tiempo que él había estado fuera, había aprendido el oficio de sanadora y, tras una conversación con Helena, tenía buenas razones para creer que estaba embarazada de él.
***
El sol poniente estaba cerca del horizonte cuando Craig vio, desde la entrada del campamento, cómo se acercaban dos jinetes vestidos con el tartán de los MacKay.
Se adelantó para recibir a los hermanos Kevin y Brandon MacKay, ambos guerreros fuertes y guardias del clan.
Los hombres detuvieron sus caballos frente a él y desmontaron.
Frunció el ceño.
—¿Ocurre algo?
—No —respondió Kevin—. Tenemos un mensaje para ti del laird. Quiere que ocupemos vuestro lugar y que tú regreses acompañado de otro guardia.
Le tendió el pergamino doblado.
—Pensaba que estaría aquí unos meses.
No es que tuviera muchas ganas de quedarse.
Maldita Lorena. Echaba de menos a la muchacha.
No solo su cuerpo suave y curvilíneo, que sin duda añoraba, sino también su lengua afilada, que lo mantenía entretenido.
Disfrutaba provocándola y desafiándola. Había ocasiones en las que la pinchaba deliberadamente solo para ver cómo brillaban sus hermosos ojos y cómo levantaba aquella pequeña barbilla.
Le encantaba que ella se sintiera lo bastante cómoda para hacerlo con él.
Sabía que su pequeña y delicada esposa había sufrido abusos tanto por parte de su hermano como de su marido.
Sin embargo, no tenía el menor reparo en plantarle cara.
¿Sería posible que ya confiara en él? Bueno, si regresaba, pronto lo descubriría. También sentía curiosidad por saber cómo se habían llevado ella y Helena.
Le hacía gracia pensar que, antes de casarse, había decidido que vivirían separados la mayor parte del tiempo. Sin embargo, allí estaba, deseando regresar. No sabía si aquello era bueno o malo.
Tras darle unas vueltas al asunto, cogió la misiva de Kevin MacKay y regresó a la caseta de vigilancia para leerla:
Hermano:
Nuestro jefe de clan ha convocado una reunión de jefes en el castillo de Varrich. Quiero que tú y Finn me acompañéis. A menos que la situación allí os haga pensar que debéis quedaros, espero que volváis a casa en cuanto podáis recoger vuestras cosas.
Robin
Al amanecer del día siguiente, él y Gre’gor partieron hacia Dun Ugadale. Como solo eran ellos dos, forzaron el ritmo y, al final del primer día, habían recorrido más de la mitad del camino hasta el broch .
Cuando eligieron un lugar para pasar la noche, él salió en busca de la cena mientras Gre’gor encendía el fuego y se ocupaba de los caballos. Craig regresó al campamento con dos conejos y tres salmones que había pescado en un arroyo cercano.
Era un buen lugar y, aunque todavía se encontraban en territorio MacKay, tomó precauciones, ya que también allí se habían visto renegados.
Durante las semanas que llevaba en su puesto, habían capturado a algunos ladrones, pero, después de darles una paliza, los habían dejado marchar con la advertencia de que perderían la cabeza si volvían a ser capturados.
Él y Gre’gor despellejaron los conejos y los cocinaron sobre el fuego junto con el pescado. Ambos, agotados tras el esfuerzo del día, se desearon buenas noches, se envolvieron en sus mantas y se acostaron.
Apenas había amanecido cuando Craig se despertó y agarró su espada.
Los caballos piafaban nerviosos y sacudían la cabeza.
Había alguien cerca. Miró a Gre’gor, que estaba al otro lado del fuego ya apagado, y vio que también estaba despierto, con la espada en la mano.
Craig se puso en pie justo cuando un caballo irrumpía entre la maleza.
Otros dos hombres, también a caballo, lo seguían.
Ninguno llevaba un plaid identificativo.
—¿Quiénes sois y qué hacéis en tierras de los MacKay?
El primero desmontó y los otros dos hicieron lo mismo, desenvainando las espadas. Sonrió, mostrando unos dientes podridos.
—Nos da igual en qué tierras estemos. Solo queremos el dinero que llevéis encima.
Se lanzó hacia Craig. En cuestión de segundos, los cinco hombres estaban enfrascados en la pelea.
Craig acabó con el líder casi de inmediato; lo dejó retorciéndose en el suelo mientras se sujetaba el abdomen.
Después, él y Gre’gor lucharon espalda con espalda contra los otros dos, que ni de lejos eran tan buenos guerreros como ellos.
Justo antes de abatir al último, Craig recibió un corte en la parte superior del brazo. No se dio cuenta de que estaba herido hasta que terminó el combate y los tres hombres yacían muertos en el suelo.
Entonces sintió el dolor, que casi lo hizo caer de rodillas. Se apoyó en la espada mientras veía bailar puntos negros ante sus ojos. Miró a Gre’gor, que sangraba por el muslo y estaba muy pálido.
—Creo que es hora de volver a casa.
Se vendaron mutuamente lo mejor que pudieron y, tras arrastrar los cadáveres para ocultarlos entre la maleza, montaron de nuevo. Los caballos de los renegados, que evidentemente no estaban entrenados para la batalla como los de los MacKay, habían huido durante el combate.
***
Lorena había pasado, una vez más, el día atendiendo a enfermos y heridos. Ella y Helena estaban preocupadas porque varios miembros del clan padecían la enfermedad del sudor. Un niño pequeño había muerto a causa de ella, dejando a sus padres destrozados por la pérdida de su único hijo.
Se sentía fatal y se culpaba por no haber podido salvarlo.
—No puedes culparte por eso —dijo Helena mientras regresaban al broch , abatidas y agotadas—. Hacemos todo lo que podemos, pero no podemos salvar a todo el mundo.
—Pero era tan pequeño... tan dulce.
—Sí. Es muy duro cuando son tan jóvenes.
—Helena le tocó el brazo con suavidad—. Lo estás haciendo muy bien como sanadora.
No es un trabajo fácil y no todo el mundo sirve para él.
Cuando llegué, había una joven que había sustituido a la sanadora veterana, que quería disfrutar del resto de su vida en una pequeña cabaña con un huerto y un jardín de flores.
La pobre muchacha no estaba preparada para este trabajo.
No soportaba ver sangre y, cuando debía ayudarme en el parto de mi hermana Jena, desapareció.
Lorena miró a lo lejos.
—Nunca pensé que sería buena en esto. De hecho, nunca pensé que pudiera ser buena en nada.
Helena la miró con comprensión.
—Eres una mujer maravillosa, Lorena. No dejes que nadie te convenza de lo contrario.
Oh, aquella mujer era capaz de hacerla llorar. Cuando Lorena llegó por primera vez, deseaba odiar a Helena con todas sus fuerzas. Ahora, al verla junto a Robin, tenía que admitir que el terrateniente había tomado la decisión correcta. Él y Helena estaban hechos el uno para el otro.
¿Significaba eso que ella y Craig también lo estaban?
Después de despedirse de Helena, Lorena empezó a subir las escaleras cuando una de las criadas la detuvo.
—Milady, esta tarde ha llegado una misiva para vos mientras estabais fuera.
—¿Una misiva?
—Sí. La he dejado en vuestro dormitorio.
—Gracias.
Continuó subiendo las escaleras.
¿Quién iba a escribirle? No tenía amigos que le enviaran cartas. Nadie que se preocupara lo suficiente por ella como para molestarse en hacerlo.
Al entrar en la habitación, sus ojos se posaron en el pergamino que descansaba sobre la mesa, junto a la cama. Primero se lavó las manos y la cara; después se acercó, lo tomó y empezó a leer.
Querida hermana:
Espero que seas feliz en tu matrimonio y que te hayas adaptado bien al clan MacKay. Siempre pensé que eras una mujer mucho mejor de lo que Avery Gordon se merecía. Espero que Craig MacKay te trate bien. Si no es así, tendrá noticias mías. Nunca aceptaré que nadie sea cruel o irrespetuoso contigo.
Lorena se detuvo y volvió a leer aquellas palabras. Su hermano nunca le había dicho nada amable en toda su vida. ¿Se arrepentía de haberla maltratado durante tantos años? Había esperado casi toda su vida para oír palabras afectuosas de alguien de su familia.
Se secó las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos y continuó leyendo.
Me alegra mucho que te hayas casado con MacKay. Parecía estar enamorado de ti. Y es bueno tenerte allí.
Se detuvo y frunció el ceño.
«¿Es bueno tenerme allí?»
Sacudió la cabeza, completamente desconcertada, y siguió leyendo.
Sé que sientes un fuerte apego por los Gunn, ya que has pertenecido a nuestro clan toda tu vida. Recuerda, querida hermana: una vez que eres una Gunn, siempre serás una Gunn.
Los MacKay son un clan fuerte, con mucha riqueza, guerreros poderosos, buenas tierras y arrendatarios que pagan puntualmente sus rentas.
Como tu querido hermano, me gustaría que hablaras bien de los Gunn y mantuvieras los oídos abiertos por si oyes cualquier información que pudiera ser útil para nuestro clan.
Nos vendrían muy bien la fuerza y la riqueza de los MacKay, especialmente ahora que estamos teniendo algunos problemas con los Sinclair.
Sé que puedo contar contigo si necesito tu ayuda.
Ella resopló.
Pensó en lo amable que Helena había sido con ella y en cómo Robin se preocupaba constantemente por su bienestar.
Ya no pertenecía al clan Gunn.
La carta terminaba con unas últimas líneas:
Tu querido hermano,
David