Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

—Si alguna vez sientes la necesidad de hablar de ello, puedes venir a buscarme al broch .

La joven asintió justo cuando Helena regresó con un paño y un frasco de crema.

—Esto te ayudará. Te sugiero que hoy intentes descansar. Os vendrá bien tanto a ti como al bebé.

—Oh, no puedo hacerlo. Cuando Gaun vuelve del campo por la tarde, quiere que todas las tareas estén hechas y la cena preparada. No tengo tiempo para descansar.

Helena se llevó un dedo a los labios.

—Te enviaré la cena desde el broch si me prometes que hoy descansarás un poco.

Los ojos de la muchacha se abrieron como platos.

—¿Harías eso?

—Como tu comadrona, eres mi responsabilidad. La buena comida, el aire fresco y las siestas son muy importantes para una mujer embarazada.

Cait comenzó a morderse el labio.

—No estoy segura de que a Gaun le guste.

Helena hizo un gesto con la mano.

—Bah. Ni siquiera tiene por qué enterarse. Mientras la comida esté aquí y la calientes en la chimenea, no notará la diferencia.

La joven soltó una suave risa.

—Sí que la notará, porque siempre dice que soy una cocinera horrible.

—Ya ves —intervino Lorena—. Puedes decirle que has pasado el día mejorando tus habilidades culinarias.

Las tres mujeres se echaron a reír, pero Lorena hervía por dentro. Sabía por lo que estaba pasando aquella muchacha, ¡y además estaba embarazada!

Charlaron un rato mientras Helena preguntaba a Cait por su alimentación, su descanso, sus paseos al aire libre y si el bebé seguía activo.

—Sí, es muy activo. Lo peor es por la noche, cuando intento dormir. No paro de moverme buscando una postura cómoda, pero Gaun se enfada porque dice que lo mantengo despierto y me echa de la cama. —Se detuvo un momento y añadió—. Quiero decir, me pide que me vaya.

Lorena no tenía ninguna duda de que su marido probablemente la expulsaba de la cama de una patada. Aquella pobre muchacha necesitaba que alguien hablara con su marido. ¿Querría Robin intervenir?

***

Después de darle un abrazo a Cait, se marcharon.

—¿Qué opinas de sus moratones? —le preguntó Lorena a Helena.

No quería profundizar demasiado en el tema si Helena tenía una opinión diferente. Probablemente se molestaría si ella acudía al terrateniente y Helena no veía ningún problema.

—A esa muchacha la han golpeado. No es la primera vez que le veo marcas, pero estas son, con diferencia, las peores, y no tengo ninguna duda de que esta vez se trata de una paliza.

—Helena apretó los labios—. Hablaré con Robin esta noche.

Debe visitar su cabaña y hacerle entender a Gaun que golpear a su esposa no está permitido en el clan MacKay.

—¿De verdad? —preguntó Lorena, con sorpresa en la voz.

—Sí. Robin está firmemente decidido a que las mujeres y los niños no sean tratados de esa manera. Ya ha encerrado en el calabozo a un hombre por golpear a su hijo.

Lorena reflexionó sobre ello mientras se dirigían a la siguiente casa.

Allí vivía un anciano llamado Eby que sufría dolores debido al frío aire de Escocia y a su edad.

Helena le había dicho que no sabía la edad del hombre porque él mismo tampoco la conocía.

Pero calculaba que tendría setenta años o más.

Era muy amable y Lorena llegó a la conclusión de que, más que una sanadora, lo que quería era compañía para poder contar sus historias. Cuando se lo comentó a Helena de camino de vuelta al broch , ella se echó a reír.

—Sí. Tenía dos hijos que murieron en una batalla hace unos años. El broch se ocupa de proporcionarle comida y de cubrir sus demás necesidades. Robin le ha pedido varias veces que se mude al broch , pero él siempre se niega y dice que prefiere su propia compañía a la de cualquier otra persona.

Lorena sonrió.

—Sin embargo, le gusta sentarse a contarte historias.

—Sí. Espero que, cuando sea anciana, haya alguien a quien contarle las mías.

—Tendrás a tu hijo y a tu marido.

—Sí. —Se acarició el vientre.

Los sirvientes estaban preparando el gran salón para la cena.

Helena se apresuró a entrar en la cocina para pedirle a Maude que envolviera dos raciones de lo que había preparado y enviara a una de las criadas a llevarlas a la cabaña de Cait MacKay.

La mujer no hizo preguntas; simplemente asintió y cogió un cuenco para servir la comida.

—Kerry, lleva esto a la cabaña de Cait MacKay. Y date prisa.

Lorena dejó a Helena después de guardar los medicamentos y regresó a su dormitorio.

Por tonto que pareciera, esperaba encontrar allí a Craig, de pie, con sus ojos risueños dándole la bienvenida.

Le habría encantado sentarse con él y contarle todo sobre su día.

La gente que había conocido. Las cosas que había aprendido.

Nunca había pasado tiempo hablando con mucha gente ni había tenido una amiga, algo en lo que Helena parecía estar convirtiéndose.

Miró fijamente la cama y se dejó caer sobre ella pensando en otra noche sola, sin un cuerpo cálido al que acurrucarse. Claro que había dormido sola toda su vida, incluso cuando estaba casada, porque Avery le había dicho que no soportaba tener a otra persona en la cama durante toda la noche.

Se cepilló el pelo, se lavó la cara y bajó al gran salón.

Helena y Robin ya estaban sentados a la mesa y, por la expresión de Helena, lo más probable era que estuviera hablándole a Robin de Cait MacKay.

Finn también estaba ausente, ya que había partido temprano aquella mañana para cumplir con su misión.

Era difícil no darse cuenta del amor que se profesaban el terrateniente y su esposa.

Sin duda, ella no amaba a Craig, ni él a ella, pero habría estado bien poder hablar con él durante la cena.

Sin embargo, se había marchado, que era exactamente lo que ella le había dicho que quería cuando se casaron.

«Ten cuidado con lo que deseas, muchacha, porque podrías conseguirlo.»