Capítulo quince
El viaje desde Dun Ugadale hasta la caseta de vigilancia de la frontera les llevó a Craig y a los hombres que lo acompañaban poco más de día y medio.
Pasó todo el tiempo pensando en su esposa.
Odiaba preocuparse por ella. Por si lograría encajar en la vida del broch .
Por cómo se llevarían ella y Helena trabajando juntas.
Seguían discutiendo y ella se mostraba obstinada en ciertos aspectos, pero cada día estaba más convencido de que la lengua afilada de Lorena era consecuencia de años de abandono y maltrato por parte de los hombres de su vida.
El único que estaba seguro de que la había protegido en cierta medida era Knox, pero él mismo afirmaba que había estado fuera del castillo durante meses.
Ella no confiaba en los hombres y tenía todas las razones para no hacerlo.
Si querían tener una vida tranquila, él tenía que ganarse su confianza.
No era algo que pudiera ordenarle. Toda su existencia se había puesto patas arriba.
Su idea inicial de casarse con ella, acostarse con ella y marcharse no había funcionado demasiado bien.
—MacKay, ¿dónde tienes hoy la cabeza? —Gre’gor se puso a su altura—. Creo que pasas demasiado tiempo suspirando por tu hermosa esposa.
Craig gruñó.
—No estoy añorando a nadie. Estoy pensando en lo que nos espera cuando lleguemos a la frontera.
El muy condenado tuvo el descaro de echar la cabeza hacia atrás y reírse, a pesar de que Craig llevaba la sgian-dubh a mano.
—Será mejor que te alejes de mí el resto del día, Gre’gor.
Una vez llegaron al puesto de vigilancia, Craig se concentró en su misión.
No tenía ni idea de cuánto tiempo permanecerían allí.
Al final, Robin enviaría otro contingente de guerreros para relevar a los que estaban destinados en el puesto.
Hacía poco que habían establecido guardias permanentes, pero, a pesar de la nueva alianza entre los MacKay y los Gunn, Robin le había confesado que no confiaba en el terrateniente.
Craig tampoco había confiado nunca en él.
Alguien con tan poco dominio de sí mismo que golpeaba a una muchacha no solo era un deshonor, sino también alguien a quien no querría tener a su lado en el campo de batalla.
Ni en una mesa de negociaciones. Se preguntaba por qué se había dejado convencer tan fácilmente para sustituir a Robin, terrateniente y jefe de Dun Ugadale, por su hermano.
Saltó del caballo y se acercó a Airche, capitán del grupo que ocupaba en ese momento la caseta de vigilancia.
—¿Cómo está la situación?
El capitán se encogió de hombros.
—Ningún problema que no hayamos podido resolver. En su mayoría, pequeños grupos de forajidos que roban a los granjeros.
—¿Has visto a algún Gunn o Sinclair? El terrateniente tenía información de que podrían causar problemas por aquí.
Airche arqueó las cejas.
—¿No acabas de sellar una alianza con los Gunn al casarte con la fiera de su hermana?
Craig sintió que la sangre le subía al rostro.
—No hables así de mi esposa, a menos que quieras cruzar espadas conmigo. Exijo que todos los miembros del clan traten con respeto a lady Lorena.
Airche levantó aún más las cejas.
—Lo siento, Craig. Solo repetía los rumores que he oído.
Craig apretó los puños a ambos lados del cuerpo, esforzándose por no desenvainar la espada y atravesar al hombre.
—No son más que rumores. Espero que desmientas cualquier otro chisme que oigas sobre mi esposa. Parecéis un grupo de viejas cotilleando sobre cosas que no sabéis.
—Sí, lo siento otra vez. No debería haber dicho eso.
Craig asintió y entró furioso en la caseta de vigilancia, todavía con ganas de golpear a alguien.
La muchacha no tenía ninguna posibilidad de ser aceptada si los rumores sobre su lengua afilada habían llegado al clan antes que ella.
Con suerte, trabajando junto a Helena, tan dulce y querida por todos, lograría ganarse un lugar dentro del clan.
Con el ánimo por los suelos, cogió una jarra y se sirvió cerveza.
Los sonidos de los solados terminando sus tareas y preparándose para marcharse resonaban por toda la zona.
Craig se bebió la cerveza de un trago y volvió al exterior, donde sus hombres estaban preparando una hoguera para cocinar la cena.
—Mañana nos dividiremos en grupos de tres y recorreremos toda la frontera entre aquí y el territorio de los Sinclair.
Otra partida de dos cubrirá la zona que limita con los Gunn.
Puede que encontréis grupos de hombres que parezcan forajidos, pero fijaos bien si llevan la ropa limpia y parecen bien alimentados.
Es posible que pertenezcan a un clan y estén fingiendo ser otra cosa.
—MacKay —dijo uno de los guerreros—, ¿tiene el terrateniente motivos para creer que los Gunn están causando problemas incluso después de la alianza con vos y lady Lorena?
—Todo es posible.
No le parecía prudente dar demasiada información a los hombres.
Estaban allí para encontrar a los saqueadores y evitar que robaran y quemaran las pequeñas aldeas.
La política de la situación era asunto de Robin, Finn y él.
Asaron algunos animales pequeños que habían cazado, además de las verduras que habían traído consigo desde el broch .
Cuando terminó de comer, dejó al grupo alrededor del fuego y entró en la caseta de vigilancia.
Se dirigió a la cama plegable situada en un rincón, protegida por un biombo que daba privacidad al capitán de guardia.
Se tumbó, agotado, deseando sobre todo dormir.
Aunque él y Lorena llevaban muy poco tiempo casados, echaba de menos tenerla a su lado, con su cálido cuerpo pegado al suyo.
Sonrió al recordar sus suaves ronquidos.
No era que hubiera pasado mucho tiempo durmiendo con mujeres, ya que normalmente visitaba sus camas y luego se marchaba, pero le parecía que su esposa sufría más pesadillas de lo habitual.
Cuando ella se agitaba mientras dormía, él conseguía calmarla abrazándola y acariciándole la espalda.
Dada su firme determinación de mantenerse independiente, nunca le había contado nada de eso.
Suspiró, esperando que el sueño no se le escapara mientras pensaba en su esposa. Nunca antes había tenido que preocuparse por perder nada ni a nadie durante una misión. Era una sensación extraña. Y no estaba seguro de que le gustara.
***
—¿Qué le pasaba al pequeño para llorar tanto y encoger las piernas? —preguntó Lorena mientras ella y Helena salían de la casa de la joven madre.
—Creo que tiene un problema estomacal. Le he dejado manzanilla para que le prepare una infusión y eso debería ayudarlo. Si no es así, quizá tenga que darle leche de cabra.
—¿En lugar de la leche materna? —preguntó Lorena.
Se dirigían a visitar a la joven que tendría su primer hijo en unos meses. Por mucho que a Lorena no le gustara tener que seguir a Helena todo el día, la mujer no solo era perfecta, sino también una excelente maestra.
Por supuesto.
—Sí. Por extraño que parezca, algunos bebés no pueden digerir la leche materna y les sienta mejor la de cabra.
Lorena reflexionó sobre ello durante un rato. Volvió a tocarse el vientre, preguntándose si ella y Craig habrían concebido un hijo antes de que él se marchara. Miró de reojo a Helena, que empezaba a mostrar un pequeño bulto bajo la falda.
—¿Ya notas algo de tu hijo?
No tenía ni idea de por qué hacía una pregunta tan personal; había salido de su boca antes de que pudiera pensarlo. ¿Se ofendería Helena? La curandera sonrió y se puso la mano sobre el vientre.
—No. Es demasiado pronto, pero supongo que dentro de un mes más o menos el pequeño empezará a dar señales de su presencia.
Llegaron a la cabaña de la joven y Helena llamó a la puerta.
—Cait, buenos días. Soy Helena, vengo a visitarte.
La puerta se abrió y una mujer menuda, con una barriga mucho más prominente que la de Helena y lágrimas resbalándole por las mejillas, apareció en el umbral. Lorena contuvo el aliento al ver el gran moratón que la joven tenía en la barbilla.
—¿Podemos pasar, Cait? —preguntó Helena con su voz suave y tranquilizadora.
La joven miró a su alrededor.
—No se me permite dejar entrar a nadie en la cabaña.
Helena le tomó la mano.
—No pasa nada. Podemos hablar aquí fuera. ¿Quieres venir con nosotras?
—No estoy segura. Quizá un minuto o dos.
Caminó con ellas hasta el final del sendero, donde había un murete de piedra. Las tres se sentaron, y Cait permaneció con las manos en el regazo, retorciéndose los dedos.
Helena señaló a Lorena.
—Esta es la esposa del señor Craig, Lorena.
—Es un placer conocerte, Cait —dijo Lorena.
La joven esposa le sonrió.
—He oído que el señor Craig se ha casado. Te deseo lo mejor.
Después de un momento, Helena preguntó con aparente despreocupación:
—¿Cómo te hiciste ese moratón en la barbilla?
La muchacha tartamudeó un instante.
—Me caí.
Helena hizo una mueca de preocupación.
—Ay, qué mala suerte en tu estado. ¿Dónde te caíste?
Lorena sabía que Helena no creía que Cait se hubiera caído para hacerse aquel moratón. Era evidente que se trataba de un puñetazo en la barbilla. Lorena había recibido suficientes de su hermano y de su marido para reconocerlo. Se quedó sentada, observando cómo manejaba Helena la situación.
—Me caí contra la mesa esta mañana. —Intentó sonreír—. Soy un poco torpe.
—Voy a buscar una crema al carro para que te la pongas en el moratón. Te aliviará el dolor y ayudará a que se cure.
Antes de que la muchacha pudiera objetar, Helena se levantó y se dirigió al carro. Lorena se volvió hacia la joven.
—Cuando estaba casada, yo también era muy torpe. —Sacudió la cabeza—.Siempre parecía tener moratones en la barbilla, en los ojos e incluso en los brazos.
Cait miró a su alrededor y se inclinó hacia ella.
—¿Tu torpeza solo aparecía cuando tu marido estaba cerca?
—Sí. Desde que me casé con el señor Craig no he vuelto a tener ningún accidente. Supongo que casarse con el hombre adecuado te hace menos torpe.
La joven siguió mirándola.
—Gracias.
Lorena extendió la mano y le tocó la de Cait.