Capítulo catorce
A pesar de estar agotado por las tres veces que habían hecho el amor la noche anterior, Craig estaba inquieto y no durmió mucho.
Odiaba pensar que el motivo de su inquietud fuera dejar a Lorena en Dun Ugadale mientras él viajaba a la frontera.
Era lo que siempre había planeado si alguna vez tomaba esposa. Ella viviría su vida; él, la suya.
Lorena se había acurrucado contra él toda la noche y, aunque parecía dormir bien, en un par de ocasiones gimió, casi como si estuviera teniendo una pesadilla.
Finalmente se levantó, se lavó y se vistió.
Los hombres que viajaban con él se reunirían en el gran salón, donde compartirían un desayuno de pan, queso y cerveza antes de dirigirse a la frontera.
Se colgó el claidheamh mòr a la espalda y luego el arco y la aljaba al hombro. Estaba listo para partir y dudó si despertar a Lorena. Ella sabía que se marchaba temprano, así que no se sorprendería al verlo irse. La observó durante un minuto y luego se dio la vuelta y salió de la habitación.
La docena de hombres que viajaban con él ya se había reunido y estaba ocupada comiendo y bebiendo. Cogió un poco de pan caliente y queso y se sirvió una cerveza. Robin entró en la sala y se sentó junto a Craig.
—Quiero averiguar si son los Sinclair quienes están cruzando nuestra frontera o son los Gunn.
Craig soltó un silbido.
—Después de nuestro acuerdo, ¿crees que aún podría estar atacando nuestra frontera?
Su hermano se recostó en la silla y dio un sorbo a la cerveza.
—Tengo la sensación de que algo no va bien con David Gunn.
No confío en un hombre que golpea a sus mujeres para salirse con la suya.
Además, sé que papá nunca confió en el padre de Gunn.
—Se encogió de hombros y dio otro sorbo—.
Es solo una corazonada. Solo te lo digo porque quiero que estés atento a cualquier Gunn que aparezca mientras patrullas la frontera actuando de forma amistosa y servicial.
Finn no estaba porque al día siguiente partiría para reunirse con el terrateniente de Sutherland y tratar cuestiones relacionadas con su frontera común. Craig se apartó de la mesa y se puso en pie. Él y su hermano se estrecharon los antebrazos.
—Muy bien, muchachos, es hora de partir.
Salió del edificio y entró en el establo.
Los caballos estaban preparados y la docena de hombres que lo acompañaba montó y esperó a que Craig se situara al frente.
Con un movimiento del brazo, salieron del barmkin , atravesaron el rastrillo, cruzaron el puente levadizo y tomaron el camino que los llevaría a su destino.
Era un día fresco, con el otoño arrebatando el verdor y tiñendo las hojas de tonos dorados, anaranjados y amarillos. Solo eran dos días de viaje hasta el lugar donde se establecerían durante un tiempo para vigilar la frontera y a cualquiera que apareciera por allí.
Normalmente, durante el viaje hacia una misión, pasaba el tiempo pensando en la muchacha con la que se había acostado la noche anterior y en el plan que había ideado para llevar a cabo su cometido de la mejor manera posible.
Hoy, sin embargo, solo podía pensar en Lorena.
No solo en la noche anterior, en su piel sedosa y en sus femeninas curvas.
Sí, había disfrutado de su cuerpo probablemente más que del de ninguna otra mujer con la que hubiera estado.
Pero no era solo eso. Lorena había empezado a llegarle muy hondo.
Cuando lo había cuidado durante la enfermedad, le había mostrado otra faceta de sí misma.
Aparte de su lengua afilada, había momentos en los que veía a una muchacha asustada e insegura que utilizaba la bravuconería para que nadie descubriera cuánto miedo tenía por dentro.
Suspiró. Estaba pensando como un zagal enamorado.
Su verdadera preocupación era cómo se llevarían Lorena y Helena mientras él estuviera fuera.
Era casi imposible que Lorena no sintiera cierto resentimiento hacia la esposa del laird.
Aunque a Lorena le hubiera dado igual casarse, tenía que dolerle, al menos en cierta medida, que Robin hubiera estado dispuesto a soportar el insulto de enviar a su hermano en su lugar.
Con suerte, él y sus hombres no permanecerían fuera mucho tiempo en esta ocasión.
Se echó a reír para sus adentros. Tras casarse, cuando discutían tanto, había deseado con todas sus fuerzas una misión larga y lejos de casa.
Ya no.
—MacKay, frunces el ceño como si quisieras atravesarle el cuello a alguien con la daga. ¿Quién te tiene tan enfadado?
Gre’gor MacKay, uno de los hombres de su grupo, se acercó a él con una sonrisa burlona. Craig se echó a reír.
—Nadie. Solo estaba pensando en cosas importantes.
—¿En tu chica?
Craig gruñó.
—No. No hay necesidad de pensar en mi esposa. Ella está en Dun Ugadale ocupándose de lo que le corresponde y yo estoy aquí haciendo mi trabajo.
—Solo lo preguntaba porque cuando tu hermano se casó con Helena, de repente encontró un sinfín de excusas para quedarse cerca del broch .
—Yo no soy mi hermano.
Craig dio un toque con los talones a los costados de su caballo y cabalgó hasta la cabeza del grupo.
***
Lorena se dio la vuelta en la cama, preguntándose por qué tenía tanto frío.
Buscó el cálido cuerpo de Craig y se encontró con una sábana fría.
Se incorporó y miró alrededor de la habitación.
Él no estaba allí. Una rápida mirada al trozo de cielo que se veía por debajo de la persiana de la ventana le recordó que Craig tenía intención de marcharse al amanecer.
Probablemente ya era la duodécima hora. Suspirando, apartó las sábanas y dejó caer las piernas al borde de la cama.
No era de extrañar que tuviera frío. Había dormido toda la noche sin camisón.
Lo único que necesitaba era el cuerpo de Craig a su lado para estar caliente y cómoda toda la noche.
Gimió al levantarse, con un dolor intenso entre las piernas por el frenético y apasionado encuentro de la noche anterior. Más le valía aferrarse al recuerdo, aunque le causara dolor, porque no sabía cuándo volvería a acostarse con su marido.
Nunca le había preguntado qué tan grave era la situación a la que se dirigía.
¿Había alguna posibilidad de que resultara herido?
¿O incluso muerto? Se estremeció al pensarlo.
No era que no le importara lo suficiente para preocuparse por su bienestar; era que sabía que David le impondría otro marido si Craig moría.
«Deja de engañarte a ti misma, idiota. Te importa Craig MacKay y te entristecería que dejara este mundo. ¡Admítelo!»
Apartando ese incómodo pensamiento, se lavó, se vistió y se dirigió al gran salón.
Robin estaba sentado a la mesa con Helena a su lado.
Aunque hablaba con Finn, que estaba al otro lado de él, mantenía la mano sobre la de Helena encima de la mesa.
Si Robin hubiera contraído matrimonio con ella, ¿estaría tan enamorado?
¿La miraría como miraba a Helena? ¿Le cogería la mano mientras hablaba con su hermano?
Probablemente no.
Era hora de dejar de compadecerse de sí misma. ¿Y qué si ningún hombre la había amado ni la había deseado? Siempre la habían dejado de lado y la habían ignorado, o la habían golpeado por tener una opinión o por negarse a cumplir una orden.
—Buenos días —saludó a los tres que estaban sentados a la mesa.
Finn, Robin y Helena le devolvieron el saludo. Se sentó al otro lado de Helena. Se sirvió cerveza en la jarra y cogió dos huevos cocidos y cerdo frito de la bandeja que había sobre la mesa.
—¿Estás lista para otro día de curaciones? —preguntó Helena.
Le habría encantado responder con un «¿tengo otra opción?», pero era mejor comportarse. Sin Craig allí para defenderla si se peleaba con Helena, lo mejor era simplemente sonreír y asentir.
—Tenemos que hacer algunas paradas en el pueblo.
Dos muchachos han venido al castillo desde que me desperté para pedirme que visitara su cabaña.
Las madres de ambos no se encuentran lo suficientemente bien como para levantarse de la cama.
También tengo que visitar a dos mujeres.
Una tuvo un bebé hace un par de semanas y la otra dará a luz pronto.
—Parece que va a ser un día ajetreado —dijo Lorena.
A pesar de que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, la idea de ver a un recién nacido le resultaba atractiva. Cuando era pequeña, no tenía contacto con otros niños, ya que pasaba la mayor parte de su vida escondiéndose de su padre.
Mientras su madre aún vivía, le contaba historias de mujeres hermosas e infelices, cautivas en una habitación fría y alta, que eran rescatadas por un caballero montado en un caballo blanco.
Él las sacaba del castillo y se marchaban juntos para vivir una vida feliz.
Había pasado muchas noches en su cama preguntándose si algún día aparecería un caballero sobre un caballo blanco para rescatarla y darle una vida feliz.
Su caballero sería fuerte y honorable. La protegería y la amaría. A diferencia de su padre y de su hermano, nunca la golpearía ni la rechazaría. Ella y su caballero tendrían muchos hijos, a los que amaría y nunca permitiría que nadie hiciera daño.
Entonces su hermano la casó con Avery Gordon y eso acabó con cualquier idea de una vida feliz.
¿Era Craig su caballero sobre un caballo blanco? No, su caballo era de color castaño oscuro.
Se dio cuenta de que Helena llevaba un rato hablándole y ella no había escuchado ni una palabra de lo que había dicho después de mencionar a las dos jóvenes madres. Asintiendo, Helena continuó explicándole los suministros que necesitaban reunir.
Al igual que el día anterior, Lorena siguió a Helena observando lo que recogía: la sanadora perfecta explicándolo todo con su voz suave y tranquilizadora. Lorena sintió la tentación de pellizcar a la mujer para comprobar si alguna vez levantaba la voz.
«Eso no estaría bien. ¡No lo haría de verdad! Creo.»
—Le pediré al mozo de cuadra que nos prepare un carro, porque tenemos muchos suministros que llevar. —Helena miró a Lorena—. ¿Quieres cambiarte de vestido? Si no, puedo buscarte un delantal para ponerte encima. No me gustaría que estropearas una sobrevesta tan bonita.
—No tengo otra para cambiarme; quizá pueda usar un delantal.
—Por supuesto. Si me sigues, te traeré uno.
Helena la condujo a la parte trasera de la cocina, a un pequeño armario donde había varios delantales colgados de unos ganchos. Sacó uno y se lo entregó.
—Este debería servirte. Si vas a los establos y le pides al mozo que nos prepare un carro, yo llevaré los suministros hasta la entrada de la fortaleza.
Lorena se dirigió a los establos, donde un joven estaba cepillando uno de los caballos. Levantó la vista cuando ella se acercó. Se quitó la gorra y asintió.
—Buenos días, milady. ¿En qué puedo ayudaros?
Una vez cerca de él, se dio cuenta de que era mayor de lo que había pensado.
—Me llamo lady Lorena, soy la esposa del señor Craig.
—Sí, lo sé. Soy Finlay MacKay. La vi el día que llegó. Les dije a mis hermanos que el señor Craig se había casado con una esposa preciosa.
Para su sorpresa, Lorena se sonrojó. No estaba acostumbrada a los cumplidos y se sintió tan tonta como una jovencita.
—Gracias, Finlay. He venido a pedirte que prepares un carro para lady MacKay y para mí.
—Sí. ¿Van a atender a alguien?
Ella asintió. Finlay era un joven agradable y se encontró sonriendo mientras él caminaba hacia la parte trasera del establo para coger las varas que se engancharían al poni.
***
Mientras trabajaba, Finlay le habló de la muchacha a la que cortejaba y de cómo planeaban casarse en unos meses.
—Elsie es una chica guapa. Es bonita y rolliza, así que tendrá muchos hijos.
Ahí estaba esa palabra otra vez. Todo el mundo parecía hablar de hijos aquel día.
—¿Te gustan los hijos, Finlay?
Se detuvo antes de volver al establo para sacar el poni y, echándose el sombrero hacia atrás con una sonrisa, respondió:
—Sí. Muchos hijos fuertes que me ayuden en la granja que estoy a punto de comprar.
—¿Y si tienes hijas? ¿Te decepcionarás?
—No. Chicas regordetas y guapas a las que mimar y que me cuiden cuando sea viejo.
Qué actitud tan distinta de la que ella había conocido. Él realmente quería tener hijos y esperaba tener muchos. Se llevó la mano al vientre. Quizá ya hubiera un niño creciendo dentro de ella. La idea la llenó de ilusión.
—Aquí tenéis, lady Lorena. —Finlay acercó el poni y el carro—. Si necesitáis ayuda para cargar las provisiones, tan solo pedidlo
Ella le dio las gracias y regresó a la cocina, donde Helena estaba metiendo medicinas en un pequeño barril.
—¿Está listo el carro?
—Sí. Finlay lo tiene todo preparado.
Helena sonrió mientras cogía el barril.
—Finlay es un chico muy agradable. Está muy enamorado de la joven Elsie.
Lorena cogió la pila de paños limpios que había sobre el banco donde antes estaba el barril.
—Sí, me lo ha contado todo sobre ella y sobre los muchos hijos que piensa tener.
Helena se echó a reír.
—Como es joven y fuerte, creo que está más ansioso por tener hijos.
Lorena intentó ocultar el rubor que le subió a la cara. ¿Las mujeres hablaban de esas cosas? Al parecer, tenía mucho que aprender y parecía que su instructora en muchos aspectos iba a ser la mujer que la había sustituido.
Su primera parada fue en una cabaña propiedad de Michael y su joven esposa, Ari. La muchacha salió a la puerta cuando oyó que llegaban. Tenía el rostro lleno de preocupación.
—Gracias a santa Brígida por haber venido. No consigo que el niño deje de llorar.
Fue ella la que rompió a llorar en ese momento. Helena se acercó y le dio una palmadita en la espalda.
—Vamos, vamos, no es para tanto. Estamos aquí para ayudaros. ¿El pequeño Rhys tiene problemas para dormir?
Ari cambió al niño de posición y aceptó el abrazo de Helena.
El niño gritó con tanta fuerza que Lorena estaba segura de que lo habrían oído desde el gran salón.
Helena tomó al niño de brazos de su madre y se lo entregó a Lorena.
Ella jadeó y lo sostuvo sin saber muy bien qué hacer.
Le frotó suavemente la espalda y lo meció un poco.
Él la miró con sus grandes ojos azules, con las lágrimas pegadas a las largas pestañas oscuras, y dejó de llorar.
Estaba caliente, suave y húmedo. Pero a ella no le importaba.
Era tan pequeño, tan precioso. Entonces sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Sí, quería uno de esos. Y más le valía a Craig volver pronto de aquella misión para ayudarla a tener uno.